La bendición del párroco
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Dedicado a Karmencitas porque, con toda seguridad, de no haber recibido su e-mail, jamás habría seguido escribiendo. Gracias por darme ánimos de esa forma tan sencilla y descuidada.

El párroco entró al confesionario. Pasaron unos minutos hasta que, por fin, alguien se decidiese a confesar sus pecados. En esos largos minutos de espera, su mano, trémula y venosa, se deslizó por la rejilla hasta acariciar, rememorando inconfesables momentos, el improvisado agujero que tanto placer le había proporcionado. Aún, al cerrar los ojos y humedecerse los labios, podía sentir la leche, glorioso semen, de aquel rubio muchacho que acudió a el buscando consuelo.. sí, sin duda, se lo proporcionó. Sonrió y, súbitamente, murmuró:

- Delicioso.

Un chirriante sonido le apartó de sus lascivos pensamientos.. alguien entraba en esos momentos al confesionario. Sus ojos verdes contemplaron a un hombre alto, de pelo negro y complexión robusta, arrodillarse ante él y, en "..sottovoce".., decir:

- Perdóneme, padre, porque he pecado - su voz era peculiarmente llamativa.

Unas palabras amables, invitando siempre a la confidencia, salieron del clérigo. Entonces, el desconocido bajó la vista y comenzó a hablar.

- Verá, padre, en ocasiones siento tentaciones...

- Pues como todos, hijo - argumentó en tono conciliador.

El semblante del hombre se volvió turbio. Su mirada se cerró ligeramente, sólo permitiendo ver un pequeño fragmento castaño de sus ojos, escrutadores, y sus labios, antes rígidos, se tornaron trémulos. Estalló.

- ¡No, padre, como todos, no! - balbuceó, mirando el techo del confesionario -. - - Yo... yo soy horrible...

Se detuvo bruscamente. Unas amargas lágrimas corrieron por la rugosa mejilla hasta desembocar en su emocionada boca que se disponía a hablar, cuando fue interrumpida amablemente por el párroco.

- No digas eso, hijo mío. Todos somos hermosos ante los ojos de Dios y...

- ¡Reserve sus putas neuras cristianas para quien quiera oírlas! - exclamó, interrumpiéndole brutalmente, y después, en tono más bajo, añadió -. Usted es igual de horrible que yo. Sólo que usted no tiene conciencia... usted no sabe... no sabe nada...

La frente del párroco se perló de sudor frío. Estaba descolocado, no entendía a cuento de qué venían todas esas increpaciones.

- Pero, ¿qué dices, hijo mío?

- No insista. Conozco su secreto, padre.

- Yo no tengo secretos, hijo mío - arremetió, tratando de no perder la compostura.

- ¿Está seguro de eso...?

Y su mano, una mano rígida pero ligera, se deslizó hasta la cortina y la corrió. Las argollas resonaron fuertemente al chocar contra la pared, dejando al descubierto el secreto: un agujero del placer. 

Dando un irónico tono, completó la pregunta:

- ..., padre?

Durante más de un minuto reinó el silencio. El párroco se quedó postrado en su reclinatorio, ojos bien abiertos, mirada perdida y semblante serio. El desconocido agudizó todos sus sentidos, sin embargo, no vio ni escuchó reacción alguna.. sólo silencio.

- Yo no tengo secretos - reiteró, recuperando la calma -, hijo mío.

- ¿De veras? - bajó la vista, sacó una caja de cigarros de la chaqueta y prendió uno. Sólo cuando hubo dado una intensa bocanada, continuó -. - - Quizás sea cierto. Como quiera. De cualquier modo, no es mi intención recriminarle nada, solo...

Sus labios se transformaron momentáneamente en un ovalo jugoso, y expulsó un anillo de humo. Lenta, muy lentamente, chocó contra la rejilla. Algo de ese aroma llegó hasta el párroco que, al inspirarlo, volvió de golpe a su acostumbrada serenidad.

- Si tienes algo que confesar, habla, hijo mío.. de lo contrario, abandona inmediatamente la iglesia.

El extraño sonrió.

- Sí, claro - inhaló y exhaló una intensa bocanada de humo -, padre. - - Discúlpeme, no debería haber perdido los nervios de ese modo. - - Comencemos de nuevo. Perdóneme, padre, porque he pecado.

En esta ocasión, el clérigo guardó hondo silencio.

- Como ya he dicho, en ocasiones me veo tentado por bajas pasiones y, aunque hasta hace poco tiempo no me importaba, es mas, disfrutaba enormemente con ello, el otro día ocurrió algo espantoso, algo...

De nuevo, en su tono sereno de siempre, el clérigo tomó la palabra, interrumpiéndolo.

- ¿A qué te refieres con "..bajas pasiones".., hijo mío?

- Al sexo, padre, al sexo con otros hombres - comentó dando las últimas caladas al pitillo y, graciosamente, se llevó la diestra a la boca -. ¿Nunca lo ha sentido, padre? Nunca ha deseado...

- Yo no soy Dios, hijo mío, y también me veo tentado en ocasiones por el diablo.

Al otro lado de la rejilla, resonó una estrepitosa carcajada. Se acentuó el olor a tabaco.

- Vamos, padre, no sea usted hipócrita - se detuvo. Los lánguidos dedos de su diestra tamborilearon alrededor del agujero.

De nuevo, el párroco guardó prudente silencio. El desconocido se limitó a sonreír, prosiguiendo inmediatamente sus confidencias. Pese a todo no pudo evitar sentirse excitado por la sugerente imagen de una polla atravesando ese agujero y recalando en los beatos labios del párroco.

- En cualquier caso, yo sí, continuamente. Pero ahora permítame confesarle mis más perversos pecados, padre.

- Adelante, hijo mío, cuéntamelo todo - murmuró la voz del clérigo, quien, a pesar de todo, ya tenía las manos bajo la sotana, bien sujetas a su sagrado miembro - . Te escucho

- Me acuso de haber pervertido a un muchacho, de haber hecho con él todo lo que se me pasó por la cabeza - murmuró en tono acusador -. Aunque, lo juro por Dios, todo comenzó sin que hubiese premeditación alguna por mi parte.. al menos al principio no. 

Los ojos del clérigo se abrieron, y su rostro, turbado, se acercó un poco más a la rejilla. Con voz tranquilizadora se interesó por la confesión:

- Tranquilo hijo, Dios siempre te querrá. Pero, cuéntame, hijo, ¿cómo fue, quién es ese muchacho al que has pervertido?.

Antes incluso de que el desconocido le proporcionase la respuesta a sus preguntas, su sexo ya latía, presa de gran excitación, bajo su negra sotana.

- Un estudiante joven, de unos dieciséis años... Quizás usted lo recuerde, padre. Haga memoria: un muchacho rubio, alto, que vino a usted buscando algo que le proporcionó hace ya más de un mes.. es decir, alivio y una buena polla...

Bruscamente, el párroco trató preguntar cómo demonios lo sabía.. sin embargo, el desconocido le interrumpió contestando directamente a su pregunta.

- ¿No lo imagina? Me defrauda, padre, le creí más despierto. Yo soy Don Juan, el bibliotecario y propietario de la polla que hizo al muchacho acudir a usted. Si se pregunta que cómo sé que acudió a usted, puedo contárselo, padre. ¿Quiere saberlo?

Indudablemente, el desconocido disfrutaba jugando con el párroco. Prueba de ello, el modo en que guardó silencio hasta que el sacerdote, más salido que nunca, se lo imploró.

- Él me lo dijo cuando, tras haber notado su predisposición al sexo, quise saber que le había hecho olvidarse de sus temores. Me comentó lo que usted le dijo... y lo que le hizo. Imagino que habrá disfrutado enormemente, sabe mamarla como nadie.

>> Después de su visita, al día siguiente, creo, durante el recreo me siguió hasta los servicios de profesores y me pidió que lo follase - la voz del desconocido temblaba ligeramente -. ¡No se puede imaginar como lo pedía! 

Tengo ya mis añitos y, le aseguro, que jamás había visto a nadie tan salido como a ese muchacho.

Aferrando su enorme polla, el clérigo preguntó:

- ¿Qué hiciste, hijo mío? - a lo que añadió en tono casi implorante - Dime, hijo, lo follaste, ¿verdad?

- Por supuesto.. ¡y de qué manera! Cerré la puerta con pestillo y me fui a por él. No disponíamos de mucho tiempo, es más, en cualquier momento podría entrar alguien, así que tras comerle la boca y sobarle por todas partes, le bajé los pantalones y arranqué sus calzoncillos, lo tumbé boca a bajo en el suelo y le abrí las piernas.

>> Su culito blanco y suave me volvió loco, padre.. pero ni la mitad que su agujerito, casi abierto, deseoso de ser llenado por mi verga. A cada roce daba un brinco, parecía estar impaciente.. sin embargo, aunque tan predispuesto estaba que, le aseguro, no lo necesitaba, tuve la precaución de comérselo para lubricarlo. Los estremecimientos del muchacho a cada lamida, cada vez que mi lengua se adentraba más en el, eran impresionantes. Fue entonces cuando no puede más.

>> A toda prisa, me bajé la cremallera y dejé salir mi polla.. estaba tan dura y mojada como ahora. Inmediatamente, me tumbé sobre él, hice presión sobre su culo hasta que la punta de mi nabo estuvo dentro, y lo abracé fuertemente, depositando mis manos en su boca para evitar cualquier sonido que pudiese descubrirnos. Y, con sádica lentitud, se la metí hasta el fondo.

>> El muchacho, a medida que mi verga se adentraba en su húmedo y hambriento culito, tal y como esperaba, trató de gritar, de placer o de dolor, no lo sé, ¡no me importaba!.. pero lo contuve. Me quedé quieto un momento para sentir como temblaba bajo el peso de mi cuerpo, clavado como estaba por mi sexo, abría la boca, llenándome los dedos de saliva, y, trémulamente, pedía más.

El desconocido se detuvo, y su mano se encaminó a su paquete. Tras acomodar algo que se movía con gusto, prosiguió:

>> Como comprenderá, padre, le di más. No pude frenarme. Tan cachondo estaba que, en ese momento, cuando me puse a envestir con fuerzas, chocando ruidosamente contra su culo, fue como si me olvidase del muchacho.

Fue realmente extraño, padre, no me importaba si le dolía o no, sólo oía su dulce voz pidiendo más y más, a lo que yo reaccionaba acelerando el ritmo e introduciendo, una y otra vez, todo mi nabo. Fue fantástico, créame. He dado por culo a muchos tíos, pero no como ese día. Cuando me corrí, lo hice allí mismo, encima suyo, con los brazos rodeando su menudo cuerpo y mis manos tapando su boca.

>> Nos quedamos así unos segundos, un minuto a lo sumo, tiempo en el cual me dijo que había sido estupendo, pero que quería más.

El relato, tan excitante como interesante, cesó. Entonces el clérigo tomó la palabra.

- Bueno, hijo mío, creo que no has hecho nada horrible, sino lo que cualquiera hubiese hecho en tu lugar.- - - Hizo una pausa y, como para dar mayor sentido a su sermón, añadió -. - - Él lo deseaba del mismo modo que lo deseaba cuando vino aquí aquel día.

Don Juan sonrió amargamente, dejando entrever una sonrisa sin brillo ni gracia, y, en tono más amargo que su sonrisa, murmuró:

- No, padre, no es esa parte lo que me inquieta... Hay más.

El párroco contempló, a través de la rejilla, al bibliotecario. Al hacerlo comprendió que aquel muchacho se hubiese sentido atraído por él.

- Seguro que tiene una buena polla, al menos eso me dijo el muchacho - pensó, mirando el prominente bulto de sus pantalones.

De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos.

- Ese primer encuentro en los servicios fue sólo el comienzo de una larga y ardiente relación. Las dos semanas siguientes fueron excitantes, pero agotadoras. Se las arreglaba, no sé como, para que estuviésemos a solas. Me pedía que le hiciese de todo. No le importaba la violencia con que se la metiese por el culo o la boca, pues, en pleno arrebato, me olvidaba de él y le arremetía con todas mis fuerzas. Sinceramente, padre, nunca había disfrutado tanto como con él...

El clérigo, quien ya tenía algo entre manos, no pudo resistir la curiosidad.

- Entonces, ¿qué...?

- Muy simple, padre. Por mucho que nos corriésemos, por muchas perversiones que le enseñase siempre terminaba diciendo lo mismo: "..más, quiero más"... - - Aquellas palabras, por la fuerza de la repetición, no tardaron en hacer mella en mi inconsciente.

>> Y precisamente fue así, inconscientemente, como maquiné algo que le quitase las ganas de follar durante un buen tiempo: decidí organizar una orgía en la que él fuese el juguete de todos. La idea me sobrevino viendo una película porno y, aunque en ese preciso instante no lo relacioné con nada en especial, no conseguí librarme de ella. La imagen de aquel joven actor rodeado de manos, asediado por grandes y húmedas bocas, penetrado brutalmente y sin descanso por cada orificio de su cuerpo por varios hombres velludos, me persiguió durante semanas enteras.. semanas en las que me masturbaba, incluso dormía, pensando en ello. Así que, sin pensar demasiado en las consecuencias, me puse manos a la obra.

Don Juan humedeció sus labios y, mirando fijamente los ojos del párroco a través de la rejilla, se sacó su sable. Era grande, de huevos velludos, glande descubierto y mojado ya, apreció, aferrando el suyo, el clérigo.

>> Debo reconocer que no me costó demasiado conseguirlo. Al muchacho no me costó convencerlo, pues no se trataba de la primera vez, para que fuese el viernes por la noche a mi apartamento.. y lo demás, tres grandes pollas manejadas por tres perversos cerebros, aunque pensé que sería difícil, no lo fue tanto. 

Fui a un bar de ambiente durante una semana y reuní a tres tíos, dispuestos a follar, con la promesa de que les serviría carne joven y que podrían follárselo por arriba, por abajo o de cualquier modo. No pusieron reparos cundo les indiqué el día, el viernes, una hora antes que él.

>> Fueron puntuales. El primero en llegar fue Tom, un negro alto, rapado, de físico fibrado. A él lo elegí por su polla, una preciosa porra negra de punta carnosa, y por sus labios, tan gruesos como apetecibles, expertos mamadores.. el segundo en llegar fue Héctor. Recuerdo lo que me llamó la atención de él: la manera tan feroz en que penetraba, tanto por el culo como por la boca. 

Pero he de decir, padre, que más por la boca. Es uno de esos tipos que no se contentan conque se la mamen, no, el no.. a él le gusta hacerlo como si penetrase por el culo. Te aferra la cabeza entre sus dos enormes manos y te obliga a tragártela entera, hasta los huevos.. el último fue David. A él lo seleccioné por su mente retorcida, por su capacidad de organización. En el cuarto oscuro era él el cerebro de todas las perversiones. Decidía quien debía poner el culo, lo que debían hacer los otros.... en definitiva, un líder nato.

>> Al llegar las diez, todo estaba preparado. El muchacho no tardó en llegar. 

Por supuesto, lo recibí con total normalidad, de modo que no sospechase que le tenía varias sorpresas preparadas para esa noche. Así que, obrando con normalidad, una vez se hubo cerrado la puerta me dejé hacer lo que le dio la gana, aunque, eso sí, le fui llevando hasta donde yo quería.

>> A cada beso, cada caricia, le conduje, sin que él se percatase de mi estrategia, hasta el dormitorio del fondo. Elegí esa habitación, y no otra, por sus características. En primer lugar, la insonorización y, no menos importante, por tener una puerta que comunica con un pequeño baño en el que, como se puede imaginar, padre, estaban mis tres amigos desconocido esperando con la polla tiesa, preparadas para entrar en acción.

>> Lo desnudé despacio, muy despacio, acariciando cada centímetro de su cuerpo adolescente. Aquella noche llevaba sólo un chándal y una camisa, sin ropa interior.

>> Él se dejaba hacer, pero quería más rapidez. No fue fácil negarle mi polla a su boca, pero lo hice con el pretexto de que me apetecía hacer algo diferente. Le propuse atarle las manos a la cabecera de la cama y vendarle los ojos.. no lo dudó. Su boca dijo sí.

>> Tomé dos trozos de cuerda de la mesilla de noche y lo até. Parecía un Dios griego atado, preparado para un rito sexual. Por último, tomé un pañuelo y se lo anudé alrededor de su rubia cabellera.

>> No tuve que decir nada, mis tres "..amigos".., ya en cueros, salieron de su escondrijo y, tal como lo habíamos organizado, Héctor subió conmigo a la cama y ocupó mi lugar. Le dije al muchacho que me la mamase y, con voz normal, le ordené que abriese bien la boca para meterle el tolete por la garganta. Obedeció.

>> Y, en cuanto su joven y sonrosada boca se hubo abierto, Héctor le metió la punta para que la saborease. Me puse cachondo contemplando como, si de un caramelo se tratase, le chupaba el capullo pensando que era mi polla. Pero entonces, Héctor inició su estilo propio. Sin ningún miramiento, se la sacó y, tras escupirse en la punta, sin aviso previo se la metió hasta el fondo como una taladradora. Creí que el muchacho vomitaría, pero no lo hizo. Aunque es cierto que se convulsionó y sus manos se apretaron fuertemente contra los puños de la cabecera, pude comprobar por su palpitante empalme que seguía cachondo y que, con toda seguridad, estaba disfrutando.

>> Pasaron unos tres minutos así, en los que yo y el resto de mis "..amigos".. nos conformábamos, en el más estricto de los silencios, a pajearnos y meternos mano unos a otros. Particularmente yo, sentí una atracción incontrolable hacia Tom. Aproveché cualquier oportunidad para agarrarle aquel vergazo negro...

>> Pero eso fue después. Mientras tanto, Héctor procedió a quitarle la venda. 

Fue muy listo y, tal como lo ensayamos, no se la quitó hasta que tuviese su tolete taponando su boca y garganta, para evitar cualquier posible mal reacción. De cualquier modo, no la hubo, ya que cuando la arrancó de su rubia cabellera, mi joven amigo se limitó a mirarnos, de uno en uno, con cara perpleja. Sus ojos verdes, por último, recayeron en mí. Me limité a sonreír.

>> - Te vamos a follar, mis amigos y yo, y te vas a portar bien, ¿verdad? - le inquirió Héctor, quien aún lo tenía empotrado, con su tolete, contra la cabecera de la cama.

>> Su bello rostro encendido se encendió aún más. Tras unos segundos, en los cuales, con ojos desorbitados, contemplaba la tranca de Tom, afirmó con la cabeza. Sólo entonces Héctor le liberó su garganta, diciéndole al oído, aunque lo suficientemente alto como para que lo oyésemos todos:

>> - Espero por tu bien que las únicas palabras que salgan de tu putita boca se limiten a monosílabos de placer. No quiero ninguna queja, ni siquiera una pregunta, ¿entendido? Confórmate con saber que te vamos a dar lo que andabas buscando.

>> Entonces se acercó David, igualmente empalmado, y le dijo:

>> - Ahora te vamos a soltar. Confío en que serás un niño bueno porque no quisiéramos ser desagradables contigo, encanto.

>> Y así lo hizo.. la cuerda acabó en el suelo. Nosotros, por el contrario, acabamos sobre la cama, en torno a él. Creo, padre, que ningún cuerpo ha sido tan manoseado como el de él aquella noche. Cada uno tenía sus predilecciones, por supuesto. David parecía encaprichado por sus axilas. No solo pasaba la lengua con fruición, sino que, además, pegaba el rostro, las mordisqueaba, jugueteaba con el bello e inspiraba el sensual sudor del muchacho.

>> Tom, sin embargo, se decantó por otras zonas, más en concreto por sus partes bajas. Disfrutaba enormemente devorando sus huevos, escupiéndolos y volviéndoselos a introducir en su negra boca. Cuando se cansaba de esas dos enormes bolas, que yo imaginaba rebosantes de leche, se deslizaba hasta su culito. El contraste no podía ser más excitante. Cualquiera que hubiese contemplado su negro rostro enterrado hasta el fondo de su blanco culito, enloquecería.

>> Yo, por mi parte, mientras contemplaba ese increíble contraste racial, me entretenía mamándole el tolete. Lo tenía, le gustase o no, más duro que en días anteriores. Aunque, bien mirado, padre, era normal. Jamás, en su joven vida, experimentó tanto placer como entonces.

>> Creo que el único que le disgustaba, aunque sólo en parte, debido a la violencia que empleaba, era Héctor. En ningún momento le acarició. Su único contacto hasta entonces se había limitado a su boca. Seguía, de pie inclinado sobre él, al tiempo que nosotros degustábamos el banquete, metiendo y sacándosela brutalmente de la boca. 

>> Dejamos los preliminares para iniciar la acción, una vez todos estábamos bien encendidos.. incluso el muchacho.

>> De nuevo fue Héctor quien tomó la iniciativa. Lo levantó en peso y le dio la vuelta. Sus manos expertas se encargaron de abrirle las piernas al muchacho y, cuando pensábamos que iba a montarlo, dijo:

>> ¡Vamos Tom! - le metió un dedo en el culo y, mirando al negro, añadió - 

Demuéstrale lo que puede hacer un pollón de chocolate como el tuyo.

Tom se acercó, clavó sus manos en la cama y se la metió. Entró con facilidad, pues se lo había comido muy bien y aún estaba mojado, pero sólo hasta la mitad que, en realidad, era como si ya le hubiese entrado una normal. El muchacho gritó, pero Tom no se detuvo. Se acercó a su oído y le dijo:

>> Tranquilo, te cabrá toda.

>> Héctor gritó que se la metiese hasta el fondo e, inmediatamente, vimos como el negro, nuestro magnífico negro, se dejaba caer sobre él. Se escuchó el ruido de los dos cuerpos al chocar, pero fue tapado por un gemido de placer. 

Era el muchacho quien, arqueando su fibroso cuerpo, temblaba de placer bajo aquel enorme cuerpo de ébano.

>> Tras unos segundos, Tom comenzó la embestida. Fue salvaje. La cama temblaba como nunca antes lo había hecho.. estoy convencido de que no hubo un solo muelle que no vibrase de envidia esa noche. Aún me pongo cachondo al recordar al negro saltando sobre él, dándole con su verga negra al muchacho hasta correrse dentro de él, pues le sobrevino en unos de esos botes.

>> Después lo follé yo. Al indescriptible placer de la penetración se unió el aliciente de sentir la leche de Tom a cada enculada resbalando por mi sable. 

También me corrí dentro, envuelto tanto por mis jadeos como por los gemidos del muchacho.

>> Sin darle descanso a su culito, ni a su boca, pues de ella se seguía encargando Héctor, tomó el magnífico lugar, dentro de sus nalgas, David. Él fue quien más caña le dio, porque se la sacaba casi entera y se la metía hasta el fondo, de modo que aplastaba sus huevos contra el cada vez más rojo culo del muchacho, quien ahora sí hacia serios esfuerzos por zafarse de la verga de Héctor que le rebosaba la garganta.

>> Finalmente David se corrió, entre increíbles gritos, también dentro. En el mismo instante en que el sable de David se deslizó por el esfínter y salió empapado y chorreante de semen, el de Héctor entró por el mismo camino del placer.

>> Héctor no le dio con menor intensidad, muy al contrario, parecía que le partiría algo de seguir a ese ritmo. De cualquier modo, siguió clavándosela hasta el fondo y, después, haciendo círculos en el interior. El muchacho volvió a gritar de placer, aprovechando que ya nada le bloqueaba la garganta, pero Héctor fue más rápido y lo hizo con sus dedos.

>> Finalmente, cuando me percaté de que estaba apunto de correrse, le imploré que lo hiciese en mi boca. Quería saborear todas nuestras corridas en mi boca.

>> No lo dudo, la sacó, ya chorreante, y, tras una o dos metidas en mi garganta, durante las cuales saboreé una magnífica mezcla de sabores, descargó un fuerte chorro de semen. Pese a que me lo quise tragar todo, no pude. Pero "..mis amigos".. se apresuraron en recoger con sus sabrosas lenguas lo que caía, así como robarme el delicioso tesoro de mi boca.

Se hizo el silencio, pero, contrariamente a lo que esperaba, el párroco no lo rompió. Sólo se escuchaba una respiración agitada. Al pegar la cara a la reja, Don Juan pudo ver, con satisfacción, como se la cascaba el clérigo.

Prosiguió.

>> El muchacho se incorporó, se vistió y se marchó corriendo, sin ni siquiera lavarse. Imagino que cuando llegó a su casa lo hizo apestando a hombres. Ya me entiende, padre.

Por fin, el párroco recuperó la palabra.

- Creo, hijo mío, que no dejará de apestar a hombres aunque se lave mil veces.

Don Juan sonrió, pero sólo un instante. De nuevo se volvió a notar en su rostro la misma sombra que al principio. 

- No lo sé. Aquella fue la última vez que lo vi.

- ¿Qué? - inquirió con perplejidad el párroco.

De nuevo, silencio.

- ¿No lo has vuelto a ver? 

Don Juan, en respuesta, le entregó una hoja que sacó del bolsillo. El clérigo la leyó y, al terminar, no pudo evitar precinarse. Sus ojos se poblaron de lágrimas, pero, pasados unos minutos, recuperó la compostura y, en tono conciliador, añadió:

- Ahora lo comprendo, hijo mío. Sin embargo, no debes sentirte culpable. Son cosas que pasan. Los caminos del señor son inescrutables, por tanto, lo único que puedes hacer es acatarlos. Por mi parte, hijo mío, te concedo la absolución.

El semblante del bibliotecario se suavizó y de sus labios, siempre serios, salió una sonrisa sardónica.

- Gracias. Ahora me siento mejor, pero no es sólo eso lo que yo quiero ahora, padre.

- Dime hijo mío. Siempre y cuando esté en mis manos...

- No está en sus manos - hizo una breve pausa y después completó la frase -.. sino en su culo.

El párroco sonrió perversamente y se levantó del reclinatorio. Apoyó sus manos contra la reja, puso el trasero en pompa y se levantó la sotana, de modo que su hermoso y santo culo quedó al aire. Entonces, dijo:

- Claro que sí, hijo mío. Ven, acércate a Dios.

Don Juan, empalmado, se levantó, salió del confesionario y, como un espíritu que lleva el diablo, se introdujo en la otra parte del confesionario, donde le esperaba el párroco con las piernas abiertas y el culo más abierto todavía.

Cinco minutos más tarde, dos ancianas que en la iglesia entraron para rezar, miraban con curiosidad el confesionario.

- ¡Qué extraño! - comentó la más anciana a la del rostro ovejuno -. ¿Por qué se sacudirá de ese modo la pared del confesionario?

La señora del rostro ovejuno, mirando hacia allí, puso cara de póker. 

Ninguna de ellas sospechó nada....

Ninguna de ellas sospechó que el párroco se había ganado el cielo.

A L E J A N D R O

* * *

Nota del autor: Cuando escribí la primera parte de esta historia, debo decir, en honor a la verdad, que no amparaba la intención de continuarla. Sin embargo, ¡ya véis!, aquí esta la secuela. En cierto modo, sólo en cierto modo pues lo mío me ha costado idear la trama, se ha escrito sóla. Fue como si los personajes - mi querido párroco, mi alter ego, el bibliotecario - hubieran cobrado vida y me obligasen a escribir. Quién sabe, tal vez fuese la providencia divina... :)

Con respecto al desenlace, tal vez haya quien lo tache de confuso, pero me ha parecido el final ( o no) perfecto. Ciertamente no digo qué pasó, qué es eso que sucedió después, o qué ponía la carta.... pero ahí, como diría mi adorado párroco, radica su belleza, hijos míos.

 

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