La mano que mueve los hilos (I)
Tenía que ser una carta breve, escrita de forma impersonal.
Después de unos instantes comenzó a teclear. Apreciados señores:
Un principio clásico. Perfecto para la ocasión. Bien.
Soy un asiduo lector de su revista y les agradecería mucho que incluyesen en su sección "..Pollas calientes que buscan".. el siguiente anuncio:
- Vamos a ver - dijo él en voz alta.
Había llegado a la parte más delicada del asunto. Superando un instante de duda, sonrió y siguió escribiendo.
Chico joven, sin experiencia en el tema pero con buen cuerpo, necesita desesperadamente una buena verga que le inicie en los placeres carnales. Subrayó la palabra desesperadamente. Miró a través de la ventana y se frotó las piernas. Sólo de pensar en ello se ponía cachondo. Ahora venía la pincelada maestra.
De preferencia, muy, muy insaciables.
Era suficiente. Con ese texto conseguiría lo que deseaba. No tenía que pasarse.
Escribid a Sergio Quirós.
Se detuvo un momento al no estar seguro de la dirección del muchacho.
Sin embargo, bastó una ojeada a su carpeta para cerciorarse de que vivía En XXXXXX....
Faltaba el último toque: una despedida sobria.
Agradecido por su deferencia y deseando muchos éxitos a su fantástica revista, les saluda...
El hombre releyó unas cuantas veces la carta antes de sacarla de la máquina de escribir. Se felicitó por los resultados. Después de algunos borradores, había encontrado por fin la fórmula perfecta.
De nuevo se detuvo, pero esta vez para fumarse un cigarro. Tras prenderlo e inhalar una deliciosa dosis de nicotina, su mente, desbocada, se imaginó lo que haría cuando tuviese al muchacho entre sus brazos, bajo su polla...
- Será mío - se dijo -. Ya he esperado demasiado...
Faltaba la firma... ¿Cómo sería la firma de Sergio Quirós? Debería haberse fijado. No obstante, se trataba de un detalle sin importancia, pues, si él la desconocía, mucho menos la sabrían los redactores de la revista, que no lo conocían de nada.
Se inventó un garabato insinuando las palabras Sergio Quirós, con letra muy aguda y, a continuación, con el fin de evitar posibles incidentes, la enmascaró con una rúbrica enmarañada.
Listo.
Buscó un sobre de color amarillo que había guardado para la ocasión y, siempre a máquina, escribió por un lado la dirección de la revista ".. Gaycontac".. y por el otro el remite con la dirección del chico. Tomó un sello de su escritorio y lo humedeció de un modo tan lascivo que, de no ser porque los pensamientos son tan privados como complejos, se diría que ya se veía lamiendo el culito del muchacho.
- Perfecto - se dijo, muy satisfecho.
Le puso la funda a la máquina de escribir y la dejó en un rincón de la mesa. Era de alquiler. Naturalmente, tenía una, pero no la había querido usarla porque sabía que no hay nada más fácil de identificar que la escritura mecanografiada. Había que extremar las precauciones, después de todo, lo que se proponía hacer no era, ni por lo más remoto, una broma inocente.
Se puso un abrigo. Eran las once de la noche y fuera hacía un frío intenso.
El intenso frío de días pasado acabó cediendo y el sol, fuerte y sano, lucía en el cielo el día en que el cartero tocó en casa de la familia Quirós.
- ¿Es que nadie piensa abrir la puerta? - preguntó, a pleno grito, la madre desde la cocina.
Cuarenta y tres cartas calientes (II)
El reloj marcaba las diez de la mañana, sábado. Sergio estaba de un humor de perros ese día y, en realidad, no era para menos. Se había quedado sólo en casa, estudiando para un examen, mientras que sus padres se hallaban de fin de semana en algún lugar de la costa, junto con su hermana pequeña, dándose la vida padre.
- Hora de tomar un descanso - se dijo y salió de su habitación, se precipitó por las escaleras y recaló en la cocina.
Tomó un batido de fresa y cerró el frigorífico. Justo cuando tomaba un vaso de la alacena, sonó el timbre de la puerta.
- Vaya por Dios - murmuró -.Ni si quiera un batido se puede tomar uno en paz. En cuanto dejo los libros viene alguien a molestar.
Se quedó quieto, apoyado en la barra de la cocina, con la esperanza de que fuere quién fuese el que llamaba, se fuese.. pero volvió a insistir.
- Voy - gritó y, batido en mano, se dirigió a la puerta.
Miró por la mirilla y comprobó que era el cartero. Era un hombre alto, rubio, de ojos azules.. pero, terriblemente gordo. No sabía por qué, pero ese detalle le disgustaba.
- Buenas - dijo el orondo cartero.
Sergio correspondió al saludo con un tímido "..hola"...
- Toma - y le tendió tres cartas -, estas son para tus padres.
Se disponía a cerrar la puerta, cuando el cartero, ante su sorpresa, y la indignación del otro por el trabajo que le había acarreado, anunció:
- ¡Y éstas son para ti!
Sergio se quedó atónito al ver el grueso fajo de cartas que el hombre acababa de sacar de su bolsa.
- ¿Para mí? - balbuceó -. ¿Todas?
- Cuarenta y tres, exactamente, si es eso lo que te estás preguntando.
El cartero se alejó murmurando algo sobre la cantidad de horas extras que tendría que hacer si todas las casas tuvieran la desfachatez de recibir cuarenta y tres cartas diarias.
Sergio cerró la puerta con gesto de autómata. Parecía hipnotizado contemplando el fajo de cartas.
Tal vez, de no haber estado tan perplejo y haber alzado la vista, se habría percatado de que, en el interior de un coche negro aparcado al final de la calle, un hombre le observaba. En su rostro, tras unas gafas oscuras como el corazón de una bruja, apareció una sonrisa malvada de afilados dientes. Si esto fuese un cuento, ese hombre habría sido el lobo.
- ¡Cuarenta y tres! - repitió.
Era imposible. Ni siquiera en todo el año recibía tantas cartas, incluyendo las felicitaciones de cumpleaños y las postales navideñas.. ¡nunca!.
Volvió a la cocina y cogió un cuchillo. Con rapidez, casi desesperación, rompió el elástico que las unía y tomó una al azar. - Veamos - dijo, clavando el cuchillo en una de ellas y deslizándolo con suavidad por un extremo. Desdobló el papel y comenzó a leer:
Querido Sergio:
Mi nombre es Guillermo y te digo, de antemano, que tu búsqueda habrá terminado cuando me conozcas, encanto. Tengo una polla de veintitrés centímetros, que ahora tengo tiesa en mi mano izquierda mientras escribo esta carta, y estoy deseando metértela por cada orificio de tu cuerpo: por la boca, hasta el fondo de tu preciosa garganta.. y por el culito, hasta que mi estómago choque con él y tú grites de placer. Te dejo mi teléfono para que hagas buen uso de él, que, de ti, ya me encargaré yo de hacer buen uso. Soy insaciable, como pedías, además de muy, muy activo. Prometo enseñarte todo lo que hay que saber sobre el sexo.
Y, a continuación, bajo un nombre y un enorme pene dibujado en la hoja, un número de teléfono.
Las sensaciones que se sacudieron en su interior eran contradictorias.
El confusión del principio, dejó paso al enfado tras leer las primeras líneas.. pero, al acabar de leerla, además de enfadado, se sentía excitado.
- ¡Qué demonios es ésto! - exclamó, mientras cogía otro sobre.
Éste era azul y las letras, al contrario que la anterior, habían sido escritas a mano con una letra redonda y, de no haber leído el contenido de la carta e ignorar todos los significados de esas lascivas palabras, tal vez habría dicho, infantil.. ¡pero no!, no era infantil.
- ¡Joder! - murmuró desesperado - Pero, ¿qué es ésto?
Sólo media hora después tuvo la respuesta a esa pregunta. Tras leer varias cartas, en las que, gente tan desconocida como salida, le decían: ".. soy un lector de Gaycontact".... "..en el último número de Gaycontact he leído tu anuncio".... "..leyendo el Gaycontact".....
¿Un anuncio? Él jamás había puesto ni un sólo anuncio, ni siquiera para comprarse un perro o vender cualquier cosa, y mucho menos en una revista gay, que, por añadidura, jamás había visto.
- Ya sé, ha sido un error - balbuceó, desesperado, mientras se frotaba la cara, habría otro sobre o, simplemente, de pura rabia se golpeaba las rodillas.
¿Un error? Y una mierda, pensó. Si el nombre que todos esos desconocidos habían escrito hubiese sido otro: Alejandro, Jorge o, yo que sé, Ismael... entonces, sí, podría tratarse de un error. Pero era mucha casualidad que, tanto el nombre, el apellido como la dirección fuesen correctos.
Entonces le dio un ataque de pánico. Su nombre, apellido y dirección publicados en una publicación gay. - Sólo Dios sabe cuánta gente habrá leído el anuncio.. y, a lo peor, cuántos conocidos no se habrán quedado de piedra al leerlo - agitó violentamente la cabeza, tirándose de su rubia melena -. No, no, tranquilízate. Todo ésto no es más que una mala broma y pasará sin más.
El efecto de sus palabras duró lo que dura un cubito de hielo en derretirse en verano.
Se levantó del suelo y, como si le fuese la vida en ello, recogió todas y cada una de las cartas que yacían por todas partes. Las estrujó fuertemente entre sus manos y las tiró a la basura. Pero pasados unos minutos, le pareció que no era suficiente y que, pese a estar en la basura, aún estaban en el interior de la casa. Optó por tirar la bolsa al contenedor, sobre todo, para poder estar tranquilo.
No tardó en volver, pues el contenedor estaba cerca, justamente al final de la calle, por detrás de un coche negro.
Subió las escaleras y, con toda celeridad, volvió a su habitación y prosiguió el estudio en el mismo punto en que lo había dejado, como si nada hubiese sucedido. Tenía sólo diecisiete años, aún no había aprendido que no se puede huir de la vida.
Continuará..