Una broma inocente? (II)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

El coche negro se retira (III)

Seis horas en el interior de un coche, haciendo guardia, es mucho tiempo. Justamente el que llevaba nuestro misterioso hombre, acechando hasta la más nimia novedad. Pero nada había sucedido en ese tiempo, salvo que el cartero le había entregado un grueso fajo de cartas y que, tiempo más tarde, Sergio había salido de su casa, bolsa negra de basura en mano, para deshacerse de ella.

Lo que contenía esa bolsa eran cartas subidas de tono. Lo sabía porque, cuando Sergio cerró la puerta, él, discretamente, había rescatado la bolsa y pasado a su lectura, la cual le proporcionó muchos placeres.

En seis horas, leyendo una carta tras otra hasta llegar a cuarenta y dos, se había masturbado, por lo menos, siete veces. Las cartas eran muy verdes y, algunas, contenían fotos de penetraciones, mamadas, besos negros...

Pero, en esos momentos, pasadas seis horas, ya no quería pajearse, sino que ocurriese lo que tanto esperaba: que apareciese por allí algún hombre con ganas de follar.

- Vamos, vamos - murmuró y deslizó la vista de un lado a otro de la calle.

Puesto que nada nuevo apareció por la carretera del Olvido y dado que él tenía compromisos que cumplir, encendió el motor para marcharse.

Vigila quién llama (IV)

Cuando el cálido rostro de Sergio se apartó del libro de Filosofía, el reloj marcaba las cinco de la tarde. No había comido y ni siquiera había sentido hambre, pero al saber la hora, fue como si su estómago se hubiese despertado de golpe.

Bajó a la cocina. Dudó unos instantes sobre si tomar pizza o, por el contrario, un bocadillo.. finalmente se decidió por el bocadillo. Reservaría la pizza para la noche.

Lo había preparado, de jamón y queso, cuando, al coger un refresco del frigorífico, algo en el suelo le llamó la atención. Un pedazo de papel sobresalía por debajo de la nevera. Se agachó y lo recogió.

- Vaya, vaya - dijo y arrugó el papel.

Era una de las cartas que había recibido esa mañana.

- ¿Quién demonios habrá hecho ésto? - murmuró, dirigiéndose al salón con el bocadillo, el refresco y la carta, medio arrugada.

Comenzó a comer, al tiempo que leía de nuevo la carta. Cada vez que la releía, sentía como su sexo se endurecía más y más. Pronto se sorprendió metiéndose la mano bajo los calzoncillos y sobándose el nabo.

- ".. Tengo una polla - leyó - de veintitrés centímetros, que ahora tengo tiesa en mi mano izquierda mientras escribo esta carta, y estoy deseando metértela por cada orificio de tu cuerpo: por la boca, hasta el fondo de tu preciosa garganta.. y por el culito..."..

Apartó el improvisado almuerzo-merienda y ocupó sus manos con algo más apetitoso: su cuerpo. Se acarició los pectorales, cerrando los ojos, como imaginó lo haría ese desconocido: lentamente, pellizcándose con suavidad los pezones al tiempo que su diestra, incombustible, iniciaba un movimiento erótico sobre su polla.

Quién sabe hasta donde habría llegado de no haber sido interrumpido en pleno punto álgido por el teléfono.

- ¡Mierda! - maldijo, levantándose rápidamente, con la polla aún medio fuera de los pantalones.

En el teléfono, que sonaba una y otra vez, apareció reflejado el teléfono de un móvil que no conocía.. sin embargo, le sonaba de...

Violentamente, con el alma en vilo, ojeó la hoja que aferraba su mano. Era el mismo número.

- ¡Joder! - dijo.

Sus ojos, abiertos de par en par, con las pupilas dilatadas, observaban como sonaba el teléfono y, a cada timbrazo, el piloto rojo del aparato se encendía. - ¿Qué hago, qué hago? - murmuraba, agitando violentamente las manos al aire.

Descolgó el auricular, sin pensar, y dijo:

- Diga - percibió su voz temblorosa.

Se produjo un breve silencio, pero casi en el acto, al otro lado, surgió una voz grave, varonil.

- Hola Sergio.

- Hola. ¿Quién eres? - preguntó, en plan inocente.

Por un instante, albergó la esperanza de que si negaba rotundamente haber puesto el anuncio o, sencillamente, haber recibido su carta, todo se solucionaría.. se equivocaba.

- Soy, aunque aún no lo sepas, el poseedor de la polla que te hará gozar.

Se quedó mudo.

- Espero que estés preparado - dijo.

El miedo y la perplejidad del muchacho se acentuaban por momentos. Se preguntaba de qué estaría hablando ese que llamaba, y así se lo hizo saber:

- ¿De qué está hablando?

- Primero pides caña y ahora te echas atrás haciéndote el loco - dijo en tono agresivo su interlocutor -.¿De qué vas, tío

- ¡Yo no he pedido nada! - objetó furioso.

- Sí, claro - dijo -. Sólo espero que estés preparado.

- ¿De qué estás hablando?

- Digo: que espero estés preparado para follar con un tiarrón como yo, encanto.

En su voz había cierto deje lascivo, perturbador.

- No sé de qué está usted hablando - repuso tajantemente, pero para entonces, la comunicación se había cortado

- ¡Mierda! - y con un seco golpe colgó el auricular.

Decenas de insultos e increpaciones varias fueron dirigidas hacia el autor de la pesada "..broma"...

Continuará...

 

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