Una broma inocente? (III)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

La "..broma".. se descontrola (V)

Eran las diez. El denso manto de la noche había caído sobre la gran urbe y, en la carretera del Olvido reinaba el silencio.. pero no la calma.

Sergio se sentía como un animal salvaje perseguido por cientos de cazadores. No lograba concentrarse en el estudio. Iba de un lado a otro de la casa, nervioso, se asomaba a las ventanas, miraba el teléfono, la puerta, las ventanas.. nada le parecía seguro. Un oscuro presentimiento rondaba su mente, pero estaba tan borroso que no conseguía dislumbrarlo con claridad.

Por undécima vez en una hora, se asomó a la ventana de su cuarto. La calle estaba como siempre: silenciosa y tranquila. Respiró profundamente y volvió a su labor. Sin embargo, media hora después se cansó y se puso a escuchar música. Sonaba Marta Sánchez. Por debajo de la pegadiza canción, le pareció escuchar algo. Se incorporó y permaneció escuchando.

¡De nuevo el mismo sonido!

Rápidamente, se levantó de su asiento y bajó el volumen de la "..desconocida"... Entonces lo oyó claramente. Era el teléfono.

Se precipitó escaleras abajo y lo cogió.

- Diga - aún no había mirado la pantalla.

- Hola encanto

¡Esa voz! Sintió una desagradable presión en la boca del estómago.

Ante el silencio de Sergio, el extraño se precipitó:

- ¡No cuelgues! - era una orden y, como tal, no se le pasó por la cabeza contradecirla -. ¿Te gustan las pollas?

Incontrolablemente, comenzó a llorar. Se sentía desesperado, impotente.

- ¡Vamos, contesta! ¿Te gustan?

- ¡Sí! Resonaron una perversas carcajadas.

- Así que, pusiste el anuncio - afirmó con malevolencia.

- ¡No¡ - gritó y se dejó caer en el sofá, tras dar unos leves y callados pasos sobre la alfombra -. No sé nada de ese anuncio.

- ¡Mentiroso! - le increpó más serio - Lo tengo entre mis manos.

Desesperadamente, presa de una gran ansiedad, dijo:

- Yo no lo puse - sus palabras fueron casi un suspiro.

Se produjo un breve silencio.

- De acuerdo - murmuró -, juguemos al "..veo, veo"... Yo empiezo. Veo, veo.

Sergio se quedó helado. Sus ojos abiertos, se abrieron aún más y sus febriles manos limpiaron el sudor frío que perlaba su frente. Pero no dijo nada.

- ¡Vamos, juega! 

- ¿Qué... Dios mío, ¡basta!

- ¡Juega! - ordenó la voz cavernosa.

- ¿Qué... ves?

Para crear expectación, calló unos instantes.. después anunció:

- Tu casita.

El auricular resbaló de la temblorosa mano de Sergio y se estrelló contra el suelo. Se levantó y se acercó hasta la ventana. Fuera, en frente mismo, había una furgoneta azul.

Con miedo en el cuerpo, recogió el auricular. 

- ¿Te gusta mi furgoneta, encanto? - preguntó malévolamente -. Te sorprendería la cantidad de cosas que he hecho en ella...

- ¡Llamaré a la policía, psicótico de mierda! - le interrumpió violentamente. - ¿De veras? ¡Qué miedo! - dijo, burlándose -. ¿Y cómo piensas hacerlo? Recuerda, encanto, que sólo yo puedo cortar la comunicación, y, como comprenderás, no tengo intención de...

- ¡Tengo un puto móvil! - gritó desesperadamente -. Ahora mismo llamaré a la policía... ¡Vete preparándote, cabrón!

Sorpresas y sobresaltos (VI)

Y, sin más, colgó violentamente. Pensó unos instantes dónde había dejado el móvil.

- ¡En mi habitación! - se dijo y, acto seguido, salió disparado escaleras arribas.

Entró en su cuarto como un rayo.

- ¿Dónde está, dónde está? - murmuraba nerviosamente mientras buscaba en los cajones de su escritorio, situado al fondo, de cara a la pared.

De pronto, se giró. Un fuerte ruido, al cerrarse violentamente la puerta, le había sobresaltado.

- ¿Buscabas ésto, encanto?

Apoyado contra la puerta, mirándolo fijamente, había un hombre que sostenía dos móviles en sus manos.. pero el de la derecha, uno rojo, era el de él. 

En un primer impulso, Sergio pensó asomarse a la ventana y gritar.. sin embargo, no lo hizo, le parecía suicida. Además, probablemente no lo oiría nadie.

- Sorpresa - dijo, triunfal, el desconocido.

Sergio lo miraba fijamente, con miedo. Era un hombre atractivo que, probablemente, no tendría más de cuarenta años. Vestía unos vaqueros y, bajo una gran chaqueta de cuero, una camisa prieta de color blanco que mostraba unos pectorales muy marcados. Sin embargo, no fue eso lo que más llamó la atención del muchacho, sino una pistola que, en un movimiento de él, había visto prendida a su cintura,

- ¡Mis padres llegarán en cualquier momento! - dijo, tratando de amenazar al extraño.

Pero la cara de triunfo de él no varió. Sonrió y, tras mirar el reloj, dijo:

- No te preocupes. No estaremos aquí mucho tiempo.

Sergio sabía que hiciese lo que hiciese, aquella era de antemano una batalla perdida. No podía luchar contra él, así que se mostró más, digamos, resignado.

- Bien - dijo el desconocido desde la puerta -, ¡qué comience el juego!

Un escalofrío recorrió el cuerpo del muchacho.

- A partir de ahora, deberás llamarme siempre "..señor"... Harás lo que yo te ordene o, de lo contrario, serás castigado. ¿De acuerdo?

- Sí, señor.

El señor dejó los móviles en un cajón de un pequeño armario cercano a la puerta y se sobó el paquete.. después, ordenó:

- Desnúdate y enséñame el culo.

Lentamente, con cierto pudor, el muchacho obedeció. Se desprendió de la camisa roja y del chándal, finalmente se quitó los calzoncillos para placer del señor que, como un gato en celo, se relamía de gusto contemplando al chico.

Era joven, tendría diecisiete años. Su rostro angelical desentonaba con el cuerpo que tenía. Su polla, pese no estar erecta, era bastante apetitosa. Ya sabéis, de esas gruesas y largas con el glande redondeado, brillante.

En pocos minutos, Sergio estaba de espaldas a su señor, encorvado y con el culo en pompa.

Se acercó rápidamente, como un cazador hambriento. Primero pasó sus manos duras y seguras por las nalgas, las sobó y apretó cuanto quiso.. después, ya agachado, tras humedecerse los labios, clavó la boca en el precioso lugar.

- ¡Ah! - gritó Sergio, que sintió como las piernas le flaqueaban al sentir tanto placer.

El tacto húmedo de la lengua lamiendo cada rincón de su inexplorado culo y la aspereza de la barba de tres días, rozando su delicada piel, casi le hace correrse allí mismo. 

El señor se levantó e hizo que él también se incorporase.

- Vaya, veo que te ha gustado, encanto - mirando la enorme erección del muchacho -. Bien, me alegro de que te guste, porque esto acaba de comenzar.

Ahora...

Se detuvo. Sus hábiles y velludas manos desabrocharon el botón de los pantalones y bajaron la cremallera. Sergio palideció cuando se sacó la polla.

Era enorme. Mediría, por lo menos veintidós centímetros y era enormemente gruesa, llena de venas.

- Ahora - retomó la frase -, vamos, cómetela.

Y al agitarla de un lado a otro, el muchacho se negó rotundamente. Le parecía imposible tragarse semejante sable. Se imaginaba vomitando...

- Trágatela - y volvió a contonearla.

Sergio volvió a decir, con violentos movimientos de cabeza, que no. Sin mediar palabra, el señor, con la polla fuera, lo cogió con fuerza y lo arrostró por el sombrío pasillo hasta el baño. De un empujón lo sentó en el suelo.

- Bien, ahora como castigos, harás lo que te diga o...

Se detuvo bruscamente y le dejó ver con claridad el arma.

- ¿De acuerdo?

No le quedó más remedio que decir que sí, ya llorando.

- Colócate delante de la taza - le señaló el retrete, esperó hasta que se ubicase en donde le indicaba y, después, continuó -. Ahora, arquea la espalda y coloca la cabeza en el centro.

Obedeció. Su cabeza estaba en el mismo centro de la taza.

- Bien, ahora abre bien la boca. Te voy a mear para que aprendas a no despreciar una polla como ésta.

Sergio trató de librarse, salir corriendo, pero el desconocido lo interceptó y, retorciéndole las manos, lo colocó en la posición que quería.

Le presionó los carrillos y, finalmente, abrió la boca al máximo.

Doradas gotas comenzaron a inundar la boca del asustado muchacho que, a pesar de la situación, se había vuelto a empalmar. Cuando su pequeña boca no pudo contener más cantidad del precioso líquido, se desbordó como si fuese un río salvaje y corrió por su cuerpo menudo y tembloroso de excitación. 

- Ahhh - gimió el señor, desde lo alto, con aire de superioridad, mientras seguía vaciando su enorme manguera.

Sergio no lo dudó ni por un instante y, una vez que hubo acabado la meada, se tragó lo que le quedaba en la boca. Estaba cachondísimo, no paraba de pajearse e introducirse el dedo por su culito.

- ¿Quieres mamármela? - preguntó el señor, sacudiéndosela.

Obtuvo una respuesta satisfactoria. Sergio se incorporó y de rodillas inició una brutal mamada. Parecía que la boca se iba a resquebrajar de un momento a otro, debido al considerable grosor del nabo, pero no lo hizo.. es más, se la tragó toda repetidas veces. Cuando llegó hasta el fondo, rozando el vello púbico, que era espeso y olía a semen, sin duda a recientes pajas, se la sacó lentamente y comprobó con satisfacción, era la primera vez, que la verga estaba roja y completamente lleno de saliva que goteaba por la punta.. y el rostro del desconocido emanaba placer.

No se detuvo más en contemplar la polla. Se inclinó ligeramente y con brusquedad exquisita se introdujo un huevo en la boca. Lo mantuvo allí durante varios minutos, saboreándolo, jugando con él. Lo lamía, lo estrujaba y mordisqueaba con los dientes, provocando indescriptibles sensaciones para ambos. Después el otro.

- ¡Francamente bien, encanto...! - balbuceó, a lo que añadió -. Pero ahora...

Lo asió entre sus fuertes brazos y, tras besarlo, lo giró. 

- ¡Ohhh! - gimió Sergio al sentir como algo duro y grueso le entraba por su culo.

Continuará...

 

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