Verano excitante
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Hace tres años ya, que "..compartí".. un verano con mis amigos y amigas. Éramos una docena: 6 y 6. Algo así como parejas. Por cuestiones de disciplina los campamentos de hombres y mujeres estaban separados. Los campamentos estaban distribuidos a lo largo de la orilla del lago algo así como a 5 minutos caminando entre uno y otro. Lógicamente llegar del primero hasta el último tomaba poco menos de una hora.

Dos de mis amigos y yo ocupamos el campamento de un extremo. Las chicas, en el extremo opuesto --su área-, y los otros tres estaban en el primero de los campamentos de hombres, o sea, junto al último de las chicas. Cada campamento tenía su propio guía. En realidad no sé como eran los de los demás campamentos. Casi no nos veíamos. Teníamos, cada grupo, muchas actividades.

Durante la semana que estuvimos ahí, montamos a caballo, nadamos, esquiamos en la laguna, fuimos de cacería, acampamos en el bosque y algunas otras cosas más. El último día estaba destinado a ir de visita por los alrededores en un tour, ya que no conocíamos los poblados vecinos. Al terminar, tendríamos tiempo para comprar recuerdos de la estancia por la región en una de estas villas.

Nuestro guía se llamaba Aníbal. Era todo un tarzán moderno. El jefe de ellos nos había puesto al tanto sobre él. Había quedado huérfano desde niño. Sus padres habían sido los dueños del campamento. Su tío y jefe se volvió su tutor a la muerte de sus padres. Intentó mandarlo a la ciudad a estudiar, pero él no se sobreponía a su pena sino estando en la región. Por eso es que lo dejaron ahí.

Construyeron una cabaña. La última, justo después de la nuestra. Ahí vivía él, en el rincón más aislado de la región. No le gustaba apartarse de ahí y conocía la zona como sus manos.

"..Teníamos el mejor guía".., nos dijeron.

Él tenía sus propios caballos, uno era de porte salvaje -el suyo-, de tono castaño y el otro era gris y nada menos elegante. Como él tenía su modo personal de atender a sus huéspedes, casi no estabamos en contacto con el resto de los grupos. No nos importó.

Los amigos con quienes compartía, eran bastante vagos pero acataban. Ellos eran entre sí bastante más amigos que conmigo. Por eso es que tenían una complicidad especial. Eso, tampoco me importó.

Yo me sentía maravillado por ese goliat. Sus largos cabellos castaños cubrían todo su cuello. Sus brazos y el resto de su cuerpo parecían perfectos. Tal como los de cualquier atleta. El tono de su piel era el mismo en todo el cuerpo. Bueno, eso es lo que pretendía averiguar. Su pecho y sus piernas eran poco menos que lampiños. Una capa casi invisible de delgadísimo bello los cubrían. Solo bajo su ombligo, nacía un hilo delgado de denso cabello que bajaban hasta... ocultarse bajo su ropa. Y bajo sus brazos perfectos, sus axilas mostraban también abundante y estético cabello castaño que tenía siempre aspecto fresco.

Tendría unos 22 o tal vez mi edad: 21. De vez en vez, apreciaba su miembro bajo sus ropas, que al parecer siempre dormía. Formaba un volumen considerable bajo su short. También bajo este, pero por su parte posterior tenia un atractivísimo trasero. Sus glúteos estaban arqueados perfectamente. En fin, todo él parecía estar hecho a mano.

Como decía, a doquiera que íbamos, mis amigos montaban juntos. A unos 20 metros tras de nuestro caballo. Seguramente para sentirse libres de la vigilancia de Aníbal. Yo los olvidaba solo poner mis manos sobre sus muslos para sujetarme. Ignoro si él sentía ese hierro mío casi dentro de su trasero. Yo diría que no. ¡Era tan inocente, siempre había vivido ahí! Me encantaba también, durante las cabalgatas, poner mis manos sobre sus pechos para asirme firmemente.

Me imaginaba frotando sus pezones ligeramente cafés, con mis pulgares, hasta conseguir que se erectaran. La verdad es que no era un experto en este tema. Nunca lo había hecho con otro hombre.

En fin, siempre que la situación se prestaba, lo acariciaba disimuladamente. Una ocasión hasta me sujeté de él metiendo las manos en los bolsillos de sus shorts, por supuesto buscando algo más.

El sábado, después de ir de cacería, el plan era hacer una fogata por la noche frente a la cabaña. Aníbal escuchó inquietos a los caballos y los llevó a su cabaña temiendo que estuviesen lastimados.

-Comiencen ustedes, yo volveré con algo para cenar -nos dijo con su voz serena.

Yo aproveché para recostarme en mi cama para pensar eróticamente en él. Mis amigos decidieron ir a buscar un poco de leña, para estar preparados ya para cuando Aníbal llegara. 

Solo recuerdo que desabotoné mi short mientras no estaban. Bajé mi bragueta y me toqué. Mi tronco ya estaba humedeciéndose con ese líquido transparente. Apreté y saboree lo que quedó en mi mano. Tendría tal vez 17 por 5 cms. y su cabeza estaba descubierta y bastante roja. Hacía ya bastante que no "..me la jalaba"... A pesar de que parecía un pene de acero, presto a eyacular, no quería venirme. No supe más y me quedé dormido.

A la mañana siguiente me vi. Estaba en la misma posición que la noche anterior. Sentí un poco de pena, seguramente me habrían visto Carlos y Joel. No me importó, nos conocíamos bastante bien. Recordé que ese día -domingo- debimos levantarnos y caminar hacia el centro del campamento, a la Casa Grande, que era el lugar de reunión, para alcanzar a tomar el tour. Aníbal no gustaba de ir a este último paseo, así que debíamos haberlo hecho solos. Como ya pasaban de las nueve, supuse que, tal como nos advirtieron, nos habrían dejado.

Qué suerte que así haya pasado.

Me incorporé. Me abotoné y busqué a aquel par. Los encontré en su habitación. Carlos estaba boca abajo y desnudo sobre su cama. Era excesivamente velludo, y podía ver entre sus nalgas, el abundante bosque que al poco se despejaba para dejar lucir sus prominentes bolas. Joel, por su parte, boca arriba y también desnudo, tenía sobre sus genitales un extremo de la sábana. De ella asomaba la punta de su mazorca. Parecía que tenía una de esas erecciones matutinas. Supuse que les pasaría lo mismo que a mí, que tendrían tal vez un mes sin hacérsela.

Antes de despertarlos los contemplé. Aunque habíamos compartido la ducha en los gimnasios muchas veces, siempre los había mirado muy discretamente. Ahora no tenía que cuidarme.

Suavemente rocé las nalgas blancas y peludas de Carlos y comencé a excitarme. Mi pene quería liberarse. Toqué también la cara interna del muslo de Joel. Hice a un lado la sábana. No lo notaría. Lo conseguí. Joel finalmente se había decidido a afeitar sus genitales. Sus bolas colgaban disparejas cerca de su culo. Acaricié entonces a ambos, trataba de hundir mi mano entre las nalgas de Carlos y al mismo tiempo la otra masajeaba el paquete de testículos larguiruchos y afeitados del rubio. Me contuve ya que no quería despertarlos.

Traté de pensar en otra cosa para relajarme. Mi pene segregaba sus mieles otra vez. Cuando más o menos lo conseguí, nuevamente me acerqué a ellos. Los desperté moviéndolos pícaramente por sus zonas eróticas, es decir, a uno por sus nalgas y al otro por su vientre. Se miraron uno a otro. Tampoco se extrañaron. Carlos caminó desnudo hacia lo que era la sala y se paró justo bajo el marco de la puerta esperando que yo hablara. Su aparato colgaba de él flojo, casi escondido por su vellosidad. Él sabía que estaba bien provisto, por ello, siempre que encontraba la ocasión, aprovechaba para excibirse. Eché un vistazo efímero para apreciar el dulce que emergía de su boscosa entrepierna oscura. Un momento me bastó. Medía tal vez 8 por 3 cms. en reposo. Era cobrizo, no estaba circuncidado. La punta de su pene tenía una capucha carnosa que escondía un glande igualmente rosado. Alguna vez escuché que inflado hacia temblar.

Entonces ya estaba yo sentado en su lugar. Joel se incorporó. Buscó un calzoncillo que se puso. Alcancé a apreciar, cuando se agachó, que se había afeitado también por atrás y pude ver su ano grisáceo. De vez en cuando tenía una de esas ideas locas de afeitarse "..todo cuerpo"... ¡Vaya que iba en serio!

-Debemos buscar a Aníbal. Hemos perdido el tour. ¿Volvió ayer?

-No --dijo Carlos, que seguía a mi derecha aún desnudo.

-Si quieres búscalo tú. Nosotros después de almorzar, nadaremos y esperaremos a que dé la hora de irnos.

-Sí -repitió el velludo, al tiempo de que jugaba con sus genitales como para terminar con una comezón. Su miembro resorteaba a cada tirón que daba a sus vellos.

-Bien, yo iré. Nos vemos -entonces me levanté y los oí planear su día.

La verdad es que ardía de ganas por estar a solas con mi tarzán. Sin problemas llegué a su cabaña. Al parecer estaba vacía. Después de pensarlo un momento, recorrí todo su interior y tras cerciorarme de que efectivamente no estaba, regresé. Habrían pasado tal vez 20 minutos. Al acercarme, hundido en mis pensamientos, no escuché los sonidos que provenían de la habitación y cuando iba a comunicarles la noticia, el panorama fue sorprendente. Carlos hincado al pie de la cama, concentrado en un trabajo oral. Joél me vio y con la mano llamó la atención de Carlos, este, al ver la dirección de su mirada, se volvió también a verme. Me miró asustado. Se retiró del miembro de su compañero -que hasta ese momento había estado ingiriendo profundamente-, y me miró de frente. Joel, estaba de costado sobre la cama, apoyando uno de sus hombros, abriendo y cerrando sus delgadas piernas como bisagra, como convidándome el recurso que tenía desplegado. No lo miré.

-¿Quieres unirte? Será divertido -habló Carlos al tiempo que su mirada de temor cambiaba por una de complicidad.

-No gracias -tartamudee, dando un paso atrás.

-Entonces... ¿podemos contar contigo? Tu sabes... -me interrogó Joel.

No lo dejé terminar. Respondí convincente.

-Por supuesto, guardaré su secreto -dije mientras pensaba como escapar de esta escena-. Aníbal no estaba.. imagino que ya habrá regresado. Volveré para partir.

Mi asombró no daba a más. Mi primera reacción fue involuntaria. Mi pene estaba como una estaca, pugnando por salir del calzón. Desde afuera los observé a través de un orificio en la pared de su habitación. Estaban teniendo sexo desesperada e impetuosamente. Como si fuera su última vez.

-Déjame a mí. -le dijo Joel, mientras dejaba su posición.

Se levantó. Tumbó en la cama a Carlos y apoyó su abdomen en la orilla mientras comenzaba a ingerir el vástago de su pareja, tal como minutos antes hacía su compañero. Definitivamente había escuchado lo correcto, este hombre-lobo tenía un arma de alto calibre. Mediría tal vez 19 y 5 de ancho. Su bello púbico que alcanzaba a camuflajear hasta casi la mitad de su cañón, sin duda parecía cubrir no solo eso sino todo su cuerpo. Joel, no solo chupaba, con sus manos peleaba con el bello tan espeso que tenía que hacer a un lado para alcanzar el culo de Carlos. Al parecer lo logró. Solo empece a perderse de mi vista su mano entre las nalgas del peludo. Cansado de este movimiento de vaivén, Joel cambió la estrategia. Después de que Carlos se recorrió hasta la orilla, Joel lo tomó como a un bebé a quien se va a cambiar un pañal. Empujó sus piernas estiradas hacia sus hombros, doblándolo en dos. Contempló su chorizo afeitado como para concentrarse. Carlos lo interrumpió desesperado.

-¡De prisa, tenemos que probar tanto! -exclamó mientras manoteaba sobre el colchón.

Ese pene blanco sostenía un par de bolas de forma restirada. No tenían consistencia, siempre colgaban de él y se sacudían como cueros viejos. El pene, por su parte, constaba de 18 por 5 cms. y estaba tan arqueado que parecía que quería clavarse en el ombligo de él mismo. Su cabeza comenzaba a ponerse rojiza, mientras escurría lubricante. Exprimió su plátano y tomó el néctar, lo depositó en el bosque negro que cubría el agujero.. apuntó y le clavó todo de un golpe, tal como se clava un garfio. Adentro y afuera, adentro y afuera, una y otra vez. Carlos desesperadamente movía la cabeza a uno y otro lado, como buscando dar escape a esa sensación de placer, pero sobre todo de ardor. Joél le soltó las piernas. El otro las apoyo en sus hombros.

Gemían ambos a cada inserción. Joél se aceleró y dijo:

-Estoy cerca.

Sacó entonces el miembro y forzándolo hacia abajo para apuntar a la cara de Carlos, comenzó a venirse.

Bañó al peludo con dos primeros disparos mientras este se acercaba de un brinco a la fuente. La tomó firmemente y devoró el resto. Tomó por las nalgas al rubio y lo hizo girar. Su ano quedó frente a él. Hundió nariz y boca entre sus nalgas. Vi cómo realmente lo saboreaba, movía su boca suave y lentamente, como su estuviera besando unos carnosos labios. Y vaya que eran labios, pero de proporciones bastante mayores. Se retiraba de él. Sacaba su lengua y nuevamente se hundía entre las nalgas. En esa posición inclinaba su cabeza hacia uno y otro lado a la vez que lo recorría de arriba a abajo, buscando trasmitir más placer. Lo estaba consiguiendo, Joel alimentaba nuevamente su garfio de energía. Nuevamente estaba pulsando completamente cargado. Carlos frotó los muslos lampiño y se dejó caer de espaldas.

-Siéntate -le dijo en actitud expectante.

No tuvo que repetirlo. Joel montó sobre él comenzando a dar brincos en la cama. Carlos tenía que frenarlo, parecía que no se llenaba con nada. Su pene rasurado chocaba contra su ombligo formando hilos trasparentes en él como telarañas, producto de la viscosa miel.

Solo vi que Joel se vino de nuevo. Se retiró de Carlos, que al mismo tiempo le anunciaba con gemidos de extasis que se venía, recorriéndose hacia atrás terminando de consumir el derrame del peludo, mientras acariciaba sus bolas. Aseguraría que el grito de Carlos pudo oirse hasta las cabañas más próximas. Finalmente Carlos comenzó a juntar con sus manos el producto lechozo de la segunda eyaculación del garfio de Joel. Cuando me percaté de mi estado observé que mi ropa estaba mojada. Creo que me vine junto con ellos. Joel se unió a Carlos en un beso mientras se acariciaban de nuevo y rendidos por la fatiga descansaron. Entonces decidí alejarme. Giré mi bolsa de canguro de manera que no dejara ver el derrame escandaloso sobre mi short. Caminé pensativo hacia la morada de mí guía. Sí, mi guía.. durante el transcurso de la semana, las relaciones entre ambos se habían vuelto mas estrechas. Tal parece que él necesitaba un amigo de la edad. Yo no tuve inconveniente. Eso me hacía sentirlo más mío que de nadie.

Llegué. Nuevamente vacío. Sin saber qué hacer, caminé. Junto a la casa, estaba el hogar de los caballos. Me introduje. Estaban tranquilos. Después de observarlos, noté el tobillo vendado que uno de ellos tenía. Aníbal había tenido razón. Al salir tomé por un camino angosto y pobremente que descubrí dibujado entre los arbustos. Avancé por él silencioso y me detuve unos metros antes de llegar a final de este, al oír unos ruidos. No vi nada y decidí avanzar aún más calladamente. Todavía escondido en el camino lo vi. A unos metros de distancia, de aspecto triste, me ofrecía su perfil. Estaba apoyándose sobre uno de sus pies. Sus pantorrillas, como el resto de su cuerpo eran robustas. Su short parecía no tener ninguna buena sorpresa bajo de sí. Solo el abultamiento de su trasero. Más arriba, su abdomen marcado, daba paso a sus pechos robustos. Su cabeza estaba agachada. Casi no podía verle la cara ya que su cabello caía sobre ella. Estaba arrojando piedras al lago.

3 o 4 veces rebotaban sobre su superficie antes de hundirse definitivamente. No pude resistir más y decidí acercarme.

Aníbal reaccionó asustándose y después de reconocerme, en su cara se dibujó una noble sonrisa.

-Hola, ¿te pasa algo?

-Estaba acostumbrado estar solo. Ahora, con cada campamento me desacostumbro cada vez más. Pero qué pasó ¿no tomaron el tour?

-¡Ah! No nos levantamos. De cualquier manera, prefiero seguir aquí -contesté fingiendo cierta indiferencia.

Entonces, ya recuperado, soltó sus piedras y me dijo.

-Sígueme, te mostraré un lugar donde podremos lanzarnos al agua a nadar -me invitó asumiendo que querría hacerlo.

Por supuesto que acepté. Ansiaba contemplar su desnudez. Porque supuse que no lo haríamos de otra forma. Subimos una pequeña cuesta. Desde ahí podríamos arrojarnos. Él desabotonó su short y sosteniéndolo en su lugar con sus manos, me interrogó.

-¿No quieres nadar? -dijo mientras yo distinguía entre la abertura de su ropa, una mancha oscura que anunciaba su genital-. Si lo prefieres, caminaremos.

-No, no te detengas -tartamudee, y después corregí mi insinuación-, nos caerá bien refrescarnos.

-Y sabes que el agua está rica -dijo mientras yo me levantaba la playera.

Cuando pude ver otra vez, él estaba ya desnudo frente a mí esperándome. Con las manos a la cintura, y parado al centro de sus piernas, sus hombros contrastaban con lo angosto de su cadera. No quería que viera mi miembro febril, pero no pude controlarme y terminé por observarle. Era un centauro, uno de esos personajes mitológicos que eran parte hombre y parte caballo. Aunque solo su miembro fuera de animal. ¡Gigante! De unos 11 por 4 cms. durmiendo. Mi excitación no daba a más. Circuncidado. Sus bolas hacía juego perfectamente con el miembro. Grandes, largas y peludas. Sin duda cualquiera imaginaría que este no estaba mal. Pero verlo, ver ese miembro ligeramente más oscuro que su piel morena clara, de aspecto tan fresco como sus axilas, tan flácido, tan dormido, superaba las expectativas. La línea delgada y densa de cabellos que bajaba de su ombligo terminaba en un triángulo invertido, también de denso aspecto, que enmarcaba ese caramelo de carne. Sus axilas y genitales combinaban. Ambos tenían abundante cabello castaño.. el que faltaba al resto del cuerpo. Y en sus ingles se veía excesivamente marcada la línea que separa las piernas del abdomen.

Por fin tomé el control de mí mismo.

-Adelántate, todavía tengo las botas puestas -intenté persuadirle.

Entonces dio unos pasos hacia la orilla de la colina. Miré otra vez su miembro, miré como este se movía armoniosa y naturalmente a cada paso que daba, y entonces se paró frente al agua en la misma postura anterior ofreciéndome su espalda, mientras buscaba el mejor lugar para arrojarse.

Comprobé lo que vi antes. Sus hombros amplios y bien formados disminuían en su torso hasta terminar en unas caderas pequeñas, pero suficientes para alojar ese par de volúmenes de carne separados por una senda estrecha y oscura. Seguramente así solía bañarse porque el color de su piel, como supuse, era igual en todo el cuerpo. Solo sus genitales eran ligeramente más oscuros. Lo que los hacía mas antojables.

Volvió su cabeza y sin verme asintió.

-Esta bien, no tardes. Quiero mostrarte algo.

Entonces se agachó como un experto clavadista hasta tocar con sus manos sus pies. Cuando lo hizo vi abrirse un poco esa senda estrecha que había entre sus nalgas. Expuso ante mí el color auténtico de su piel. Esta era blanca y rodeaba su ano, despejado de cabellos como la mayor parte de cuerpo. Se arrojó en un clavado al agua. Me apresuré mientras trataba de imaginar qué habría querido decir. Por fin terminé y sin pensarlo me arroje también cuando él todavía no salía a la superficie. Alcancé a distinguirlo bajo el agua cristalina. Iba hacía arriba. Estabamos los dos flotando en la superficie, y lo observé mirando extrañado mi miembro, sin poder distinguirlo bajo la ondulante agua.

-Entonces observé un cambio en el suyo. Hubiera sido imposible no notar algo en una masa de tal tamaño. También comenzó a crecer.

-Nademos a la otra orilla -propuso mientras comenzaba.

Le seguí.

Parados sobre la rampa de tierra, el agua nos llegaba hasta arriba del abdomen. Era imposible ocultar nuestros cuerpos.

-¿Qué te pasa? -hizo una ingenua pregunta.

-No lo sé, tal vez estoy apenado. Para ti es algo natural -mentí. En el gimnasio había compartido la ducha viendo veintenas de hombres desnudos. Eso sí, ninguno de esos tamaños.

Decidimos caminar rampa arriba. Él echó unos cuantos vistazos a los 17 cms de mi largo mástil que ya no podía controlar. En un intento por ternimar con mi vergüenza decidí mejor tomar mi pene con mi mano y descubrir totalmente su cabeza, que hasta ese momento todavía estaba cubierta de la delgada capa de piel dejando así que él viera como empezaba a descubrirse el color rosado de los pliegues próximos al glande. Mi circuncisión era casi una obra de arte, parecía que mi miembro era un dulce de dos sabores: de fresa en la punta y de chocolate en la base. Él no dejó de notar esto. Yo por mi parte conté unos 15 cms. del suyo, que hasta ese momento apenas se había separado de sus bolas y que parecía congelado en esa posición, sin ánimos de continuar su desarrollo. Cada uno caminamos hacia lados opuestos. Me llamó la atención otro camino apenas dibujado que se adentraba en la flora. Sabía que él conocería el porqué.. las tierras habían sido de su padre y ahora eran suyas.

Me volví repentinamente al tiempo que, señalando con el brazo el camino, le preguntaba.

-Y ¿eso? -lo sorprendí. Su torso estaba torcido, no podía verle su cilindro (porque eso era), pero sus ojos miraban mi trasero.

Entonces comprendí que si no era la primera vez que veía a otro hombre desnudo, sí era la primera en que veía a un hombre excitado. Queriendo parecer que no le ocurría nada, respondió volviéndose y caminando hacía mí.

-Es un camino secreto -dijo dando especial entonación a esta última palabra.

Se detuvo a unos 5 pasos de frente a mí. -¿A dónde conduce? -no supe si le interrogue a él o a su miembro, cuya cabeza empezaba a desencapucharse, y que no podía dejar de mirar.

Sin querer, se hizo un momento de silencio. Noté como otra vez él miraba ingenuamente el mío, que había dejado ir el agua que lo humedecía para comenzar a cubrirse con el jarabe que de él brotaba. Y nos volvimos a ver el suyo. Comenzaba a erguirse. Nunca antes había presenciado algo similar. Dudo que ver levantarse un obelisco en tiempos antiguos haya sido tan excitante. Alcanzó casi 20 cms. y tendría su ancho tal vez 6. Lo dicho, era un centauro. 

Alcanzó un aspecto horizontal. Entonces él, imitándome, retrajo la piel que cubría su cabeza dejándola al descubierto. La punta era de aspecto rosado. Afilada en su extremo como para penetrar a cualquiera. Se había levantado lo suficiente para verla por debajo. Su hendidura era larga y bajo de élla comenzaban los pliegues de la piel ligeramente más oscura de su tronco. De no ser por el peso que algo así no puede dejar de tener, ese hierro humano habría estado recargado contra su vientre eclipsando su ombligo.

Estaba temblando. Seguramente nunca pensó que ver a otro hombre caliente le produciría semejante sensación. Bajo los pliegues que marcaban el fin de su cabeza, comenzaba el canal por el que me encargaría de hacerle vaciar esas pesadas bolas que se habían abultado ya.

Trató de cubrir su desnudez con su mano derecha. Ni el sol habría tapado una cosa así. Me acerque a él sorprendiéndole. Le retiré su mano, con mi izquierda, mientras con mi derecha le tomé el pene desde la raíz, lo apreté mientras él se estremecía y, oprimiendo ese canal, conseguí hacer que brotara una gota transparente de su cabeza. La tomé y me la llevé a la boca. 

Yo también temblaba. Parece que sería nuestra primera vez. En un intento por relajarnos le dije.

-¿Es tan secreto? ¿No me dirás hacia dónde conduce?

No dijo nada. Dudo que pudiera decir algo. Me tomó con las manos mis ingles, que no estaban tan marcadas como las suyas, y se animó a seguir con los dedos su camino hacia mi entrepierna. Acarició de abajo a arriba mi miembro como conociéndolo, y tomó, como antes hice yo, la gota que le había hecho brotar.

-Claro -Caminó con grandes zancadas delante de mí, sobreponiéndose a su excitación. Mientras admiraba otra vez su hermoso trasero le seguí-. Es lo que quería mostrarte.

A cada paso que daba recobraba su seguridad. Por fin, después de hacer a un lado unas cuantas ramas que cubrían el camino, llegamos.

Estabamos frente a una caverna. Nos adentramos en ella. Para mi sorpresa, adentro no estaba oscuro. Tenía unos convenientes orificios hechos por el tiempo por donde se ventilaba e iluminaba.

-Solo yo sé de este lugar -dijo mostrándose orgulloso mientras frotaba sus nalgas, consiguiendo antojarme por cierto. Se sentó en la piedra que parecía un altar cubierto de musgo seco y suspiró sin saber que se acomodaba para comenzar a hacerle un trabajo oral. Esa piedra nos serviría. Me acerqué a él, lo tomé por su cintura, él abrió sus piernas y me dejó colocarme entre ellas. Nuestros penes se golpearon un par de veces mientras me agachaba a lamer sus pezones. Uno a uno se erectaron. Subí hasta el cuello. Avancé hasta su barba e hice lo mismo. Le daba mordizcos mientras sentía sus cabellos rasurados contra mis labios. Entonces bajé de nuevo. Dejé de abrazarlo. Ardía en deseos de chupársela. Así lo hice. Saboree las mieles que el miembro ya no podía contener. Lo recorrí como cuando se chupa un helado que empieza a derretirse de sus lados. Lamí sus bolas y me las ingenié para intentar devorarlas. Imposible.

El no hablaba. Solamente acariciaba mis hombros mientras yo trabajaba con su caña. La ingerí. Imposible cubrirla toda. Arriba y abajo, lo intenté una y otra vez. Imposible. Entonces, obsesionado con esconderlo en alguna parte de mi cuerpo lo insté a que tomara la iniciativa. Se levantó y yo recargué mi vientre en el altar.

-¿Ves esto? -le dije mientras flexionado hacia la izquierda, con mi mano tiraba de mi nalga.

-¿Tu ano? -había respondido. Su mano derecha empujó hacia afuera la otra nalga- Ya lo veo.

Su izquierda se movía queriendo simular una masturbación.

-Métemela.

Su cara estaba congelada. No entendía lo que estaba oyendo. Pero su instinto se lo sugería.

-¡Anda! -presioné mientras pensaba en lo imposible que parece a veces que los monumentos de hombre que conoce uno compartan nuestros gustos, es decir, que también sean homos.

Entonces sentí como mi ano comenzaba a estirarse. No estaba seguro si podría contenerlo, pero lo intentaría. Comenzó a doler.

-Espera, ¡ah! -gemí de dolor-, espera.

-¿Qué pasa?

-Falta algo -le dije al tiempo que me volvía con desesperación, tome cada pene con una mano y los estimulé-, falta lubricante.

No pensé conseguir tanto. En especial de él. Seguramente estaba ardiendo en fiebre. Ya no me coloqué boca abajo. Así, unte el líquido en mi ano y en su tronco y abrí más mis piernas. Quería verlo.

-¡Vamos, hazlo!

Se acercó empujando una de mis rodillas hacia mí. Con su otra mano forzaba hacia abajo su miembro, de manera que embonara en mi ano. Y comenzó. Sentía cada una de sus venas al pasar por mis esfínteres. Al terminar de presionar, me incliné. Todavía faltaban unos 4 cms. y yo sentía reventar.

-Él parecía el experto. Esperó un momento y continuó.

Recargué mis codos en el altar. Me tomó de la cintura y comenzó su vaivén. Sentía tanto dolor, pero también tanto placer, que a cada inserción gemía. "..¡Ah!, ¡Ah!"... Lo hacía muy bien. Su barra, de vez en cuando, incontrolada por tan acelerados movimientos, se salía de su sitio. Él, maliciosamente, la jugaba entonces alrededor de mi ano. Metía la punta tan solo y me dejaba esperando. Se detuvo y se hincó ante mi culo. Como un animal lo hace, acercó la nariz, la deslizó hacia arriba por él. Siguió con su lengua. Era sumamente hábil. La escena era similar a la que vi en mi cabaña. Mordía mis nalgas. Buscaba introducir su lengua en mi ano y me hacía cosquillas mientras tiraba con sus labios de los cabellos que cubrían el circulo rosado. Subía hasta mi miembro y recogía cada derrame de caramelo líquido que este arrojaba.

Tal como se le pone tiza en la punta a un taco de billar, él rodeaba mi miembro y lo frotaba con sus labios y dientes. Mis 18 por 5 cms. no estaban nada mal. No podía más, una barra no habría resistido tanto. Entonces, grité:

-¡Me vengo, me vengo!

Por supuesto que el no conocía la expresión, y no le importó lo que hubiera querido decir. Siguió en su juego. Poco antes había descubierto que podía trabajar al mismo tiempo con sus dedos en mi ano, y así lo estaba haciendo. Entonces su boca se inundó de leche espesa mientras la caverna se inundaba de mis estentóreos gemidos. A cada expulsión correspondía un grito. Entendió entonces a qué me había referido mientras tragaba cada secreción. No le bastó y como a un helado, chupaba no sólo a la punta, sino a cada vena que el miembro dejaba ver.

Lo tuve que retirar de mí. Me empezaba a colmar de dolor. Mi miembro estaba enrojeciendo y sus venas se marcaban cada vez más. 

-Es mi turno -dijo mientras habría sus piernas esperando.

Quería que yo se la metiera. No entendía que yo no podía más. Seguramente entonces también sería la primera vez que se vendría. No quise dejarlo así y tomé con mis dos manos su asta. De nuevo fracasé en mi intento de devorarla. Lo estaba masturbando mientras yo me recuperaba. Estaba hincado frente a ese poste de carne inmenso. Mis dos manos, una junto a la otra apenas si alcanzaban a rodearlo aunque no alcanzaban a tapar sus extremos. Estaba comprobando que era sumamente grueso. No me había recuperado del todo, pero mi miembro no dormiría. Aunque todavía dolía, no podía resistir metérselo aunque fuera una vez. Lo coloqué boca abajo. Forcé su acero hasta que con dolor lo colocó fuera del altar, apuntando hacia abajo. Él estaba abriendo sus piernas ofreciéndome su anillo rosado, enmarcado por un sendero blanquecino. No lo despreciaría. Con cada mano presioné de nuevo nuestros miembros extrayendo fácilmente los néctares. Los unté en su culo y me dispuse a clavarlo. Así lo hice. Una y otra vez él me recibía con un gemido. Seguramente su ano era tan delicado como grande era su caña. Cada gemido que él daba me excitaba más y más. Pero tuve que detenerme. Sufría punzadas de dolor en la cabeza de mi miembro. Con el pretexto de cambiar de estrategia, mientras me recuperaba lo volteé boca arriba y saboree todo lo saboreable en su entrepierna.

Una vez más, resistiendo el dolor lo inserté en su rico ano blancuzco, me aceleré desesperadamente y grité. Expulsé por segunda ocasión el jugo de mi vientre dentro de su ser. Como pude, aguantando el dolor seguí el ritmo. Mis manos comenzaron a trabajar. Las dos juntas subían y bajaban. Quería ver su potencia, así que cuando él se levantó yo tomé su lugar comprometiéndolo a que no tocaría mi miembro. Aceptó y comenzó a reventar mi canal. Parecía que no conseguiría que él se viniera. Solo a mí me estaba colmando el dolor.

Por fin comenzó a gemir. Gemíamos juntos. Él con sus manos estaba formando un rombo alrededor de mi ano, acariciando mis nalgas y muslos hacia arriba y abajo. No le quedó más después de su compromiso de no tocar mi punzante palo, que por cierto estaba de un rojo intenso producto de dos eyaculaciones seguidas.

Entonces él se vino. Tal vez fueron quince disparos enérgicos y de gran volumen. Así, en la posición de parto en que estaba, 5 de ellos bañaron mi pecho alcanzando también mi cara. Me avalancé al origen de estos brotes y comencé a ingerir el resto con mi boca. Chupé y chupé tan duro que él gemía tanto como yo antes.

Finalmente el turno de separarme le correspondió a él. También había enrojecido por tanto placer, pero aún dura, todavía punzaba con cada latido de su corazón. No quise abusar de él y lo dejé reposar. Teníamos toda la tarde. Apenas serían las 3.

En un intento por despejarnos salimos a caminar por el valle. De vez en cuando, lo tomaba por su cadera y acariciaba la región de su ano. Él aprendía rápido e intentaba algunas otras cosas. No hubo área entre los arbustos en que no acabara encaramado uno en el otro. 

No sé cuántas veces lo hicimos.

Al comenzar a soplar el viento fresco que anunciaba el inicio de la noche, tomamos el camino opuesto. Nadamos, nos vestimos y todo acabó. Tal como siempre, guía y turista, caminamos rumbo a la cabaña. Cuando nos acercábamos me aseguré de hacer suficiente ruido para no sorprender a aquel par. Otra vez dormían desnudos en sus camas.

-Dijeron que nadarían -dije a Aníbal que presenció el espectáculo-. Seguramente terminaron cansados.

Comenzamos a arder, pero nos contuvimos cuando por nuestro ruido ellos comenzaron a despertar. Al ver a Aníbal, se sorprendieron, pero no se cubrieron, en su lugar caminaron frente a nosotros y comenzaron a acomodar su equipaje. Parecía como si quisiera ahora también Joel presumir frente a nosotros. Nuevamente sus miembros se movían rítmicamente a cada paso, y cuando se agachaban, estos penes pendían de los contrastantes cuerpos. El del peludo, ricamente descubría su glande circuncidado entre sus bellos. El lampiño, como siempre, nos exponía su ano que ahora lucía de un rosa intenso producto de la cojida de aquella tarde. Yo no sé Anibal, pero ese panorama me insitaba a desnudarme y hacerle el amor a mi centauro una vez más. Tuve que contenerme. Después de todo, ellos no imaginaban mis deseos y no quería que lo supieran. Al terminar se vistieron.

Tiempo después llegó la hora de partir. Caminamos hacía la Casa Grande. Aníbal nos acompaño. El tío despedía personalmente a cada uno, invitándolos a volver al año próximo. Nos tocó el turno.

-Veo que fueron buenos turistas. Aníbal no acostumbra acompañar hasta aquí a sus huéspedes. ¿Vendrán el año próximo? -preguntó casi afirmando.

-Por supuesto -respondimos los tres como uno solo mientras yo miraba a Aníbal entristecerse.

Abordamos el camión. Al año siguiente, llegamos justo cuando el tío estaba partiendo. Regresaba al norte del país. Nos dijo que Aníbal ya no lo necesitaba, que su matrimonio le había hecho reponerse. Después de nuestro campamento, él tuvo que hacerse cargo de un grupo de tres chavas. Se enamoró de una de ellas y se casaron. La pareja se había mudado a la Casa Grande y continuaría el negocio de su tío.

Volvimos los mismos 12. Por fin salió él. Había cambiado ligeramente. Nos presentó a su esposa. Yo por mi parte, presenté a la mía. Nos hospedamos en la misma cabaña.

Desde entonces las cosas han cambiado ligeramente, aunque nada significativo. Carlos, Joel y yo nos hospedamos juntos siempre y en la misma cabaña. Ellos así lo quieren, saben que yo guardo su secreto y les doy tiempo solos. Anibal, con pretexto de atendernos como merecemos, se muda temporalmente a su antigua cabaña.

Yo, por mi parte, cada último día de campamento, recorro un conocido camino secreto.

 

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