SEXO EN DÍAS DE LLUVIA
Enviado por Walter H. el día Jueves 18 de Junio de 2009
 

Si bien la casa que había rentado Marcos allí en las “sierras cordobesas”, contaba con más de una habitación y con varias camas, después de aquel primer y espectacular encuentro sexual que mantuvimos en la piscina (del cual me explayé extensamente en mi relato anterior), nos acostamos juntos, desnudos obviamente, en la misma cama y luego de hacer el amor todas y cada una de las noches, nos dormíamos en la típica posición “cucharita”.

Por las mañanas, Marcos, al levantarse, se acercaba sigilosamente hacia mí por detrás y tomándome de la cintura, hurgaba con su otra mano por debajo de mi camisola, hasta dar con mi aterciopelado trasero desnudo; aprovechando su mayor altura y contextura física, apoyaba su torso contra mi espalda y me mecía a su entera voluntad, al mismo tiempo que acariciaba mis carnosos glúteos y besándome nuca y cuello.

“Imposible iniciar la jornada de mal humor o contrariado” – Exclamarán seguramente mis estimados lectores y con toda razonabilidad, obviamente después de pasar una noche como la descrita en el primer párrafo y de levantarme en las condiciones como las detalladas en el párrafo anterior, en las que inclusive muchas veces, posteriormente a toda esa gama de “mimos y de arrumacos”, Marcos me tomaba y me poseía allí mismo y en plena mañana.

Aún en los casos en que, imprevistos tales como factores climáticos adversos, nos alteraban los planes en pleno período de vacaciones, no incidían para nada en nuestro estado de ánimo y sobre todo en el mío y un ejemplo de ello fue lo que ocurrió al tercer día de nuestra estadía, cuando una torrencial lluvia, nos impidió efectuar una excursión que habíamos contratado con mucha antelación y que aguardábamos su concreción con mucho anhelo y expectativa.

Una vez que la agencia de viajes y turismo nos informó acerca de la cancelación de la excursión, Marcos se cambió de ropas para ponerse más cómodo y después de tomar un libro se sentó en uno de los sillones del living; yo, entre tanto, me desnudé por completo y me vestí con una larga camisola, tal y como hice desde un primer momento, aunque solamente para moverme dentro del perímetro de la casa y me paré frente a un gran ventanal, con el objeto de observar la lluvia.

“¡Súbete un poco la camisola!” – Exclamó Marcos al levantar la vista y verme, a sabiendas de que debajo de esa prenda, estaba eso que tanto lo fascinó desde un primer momento.

Sin moverme del lugar en el que me encontraba, comenzar a levantar muy lentamente mi camisola, hasta que mi asombrosa y sorprendentemente hermoso trasero, quedó completamente al descubierto.

“¡Qué maravilla! ¡Por favor! ¡Cómo puedes tener semejante trasero!” – Exclamó Marcos intentando al mismo tiempo retomar la lectura, pero yo inmediatamente comencé a menear y a mover erótica, provocativa y exageradamente mi increíble “masa glútea”; ello, sumado a mi diminuta cintura, mis levemente ensanchadas caderas, mis muslos rellenos y bien torneos, pero sobre todo a mi inusualmente maravilloso trasero, hizo que Marcos volviese a exclamar:

“¿Pretendes infartarme acaso?”

Marcos dejó definitivamente la lectura y acercándose hacia mí, se arrodilló frente a mis blanquísimos glúteos y dijo con un tono de voz que denotó cierta angustia:

“¡Hay Walter! ¡Amo fervorosamente este trasero! ¿Qué haré sin él?”

“¡Disfrútalo ahora! ¡Si tanto lo amas, demuéstraselo pues!” – Exclamé con una amplia, incitante y muy provocativa sonrisa; a sabiendas de que mi buen amigo se había enamorado literalmente de mi precioso trasero (ojalá, mis queridos lectores, pudiesen ver mi alucinante parte trasera, para constatar así que no exagero en lo más mínimo), yo me refería a él como una especie de ser animado e inclusive al mencionarlo, lo hacía en tercera persona.

Marcos comenzó a acariciar, tocar y manosear mi trasero, alternando ello además con suaves y tiernos besos, lo que provocó en mí una rápida excitación, sobre todo por la gran sensibilidad que poseo en esa parte de mi cuerpo, la cual se tradujo en gemidos y jadeos de placer.

Afuera, la lluvia arreciaba cada vez con mayor fuerza e intensidad y yo, mientras la observaba, parecía decirle: “¿Ves? ¡No me has arruinado para nada el día!”

A todo esto, Marcos, había entrado en una especie de estado desesperante, debido al enorme gusto que tenía por mi trasero y lo abrazaba, lo tocaba, lo besaba y se refregaba su cara en él; al punto tal inclusive, que introdujo su lengua por completo en mi rosado orificio anal y comenzó a girar la cabeza como si estuviese besando a alguien en la boca; en ese instante creo, que si monumental parte trasera le propusiese matrimonio, él aceptaría en forma inmediata.

“¿Lo disfrutas? ¿Lo gozas?” – Pregunté de manera socarrona, sobre todo teniendo en cuenta que ya era conocedor de la respuesta.

“¡Oh sí! ¡Lo gozo! ¡Lo disfruto! ¡Lo amo! ¡Lo beso!”

“¿Lo tomarás? ¿Le harás el amor?” – Volví a preguntarle, al mismo tiempo que me agachaba levemente y arqueaba la cintura, como poniéndome ya en posición para ser penetrado, para posteriormente, dejar de lado mi susurro pasivo y sumiso y exclamar fuerte y de manera imperativa:

“¡Házmelo ya!”

Mientras Marcos se colocaba una protección, yo comencé a introducir mis propios dedos en mi ano, debido a que ya no podía aguardar un segundo más.

“¡Anda! ¡Ven! ¡Rápido! ¡Penétrame ya de una buena vez!” – Le dije a Marcos pero por suerte para mí, no tuve que volver a repetirlo, ya que me buen amigo con su pene debidamente “enfundado”, me poseyó rápidamente, me tomó, me hizo suyo, me amó tal y como a mí gusta ser amado por detrás.

Por razones obvias, desconozco por completo el sentimiento y la sensación que experimentan las mujeres al ser penetradas en sus vaginas, pero no debe ser muy diferente a lo que siento yo cuando un gran pene es introducido dentro de mi ser; es el mayor gozo, placer y satisfacción que puedo llegar a experimentar, sintiéndome en esos instantes, realizado en forma total y completa.

“Puto, maricón, gay, etc.”; díganme pues lo que se les antoje y lo que les venga en ganas, pero mi trasero y yo hemos nacido para ser cogidos, para ser tomados, para ser poseídos y por eso los hombres me encantan, me fascinan, me enloquecen, me dan vuelta por completo y mi buen amigo Marcos no era la excepción ni mucho menos, por eso celebro el haberlo conocido a través de Internet y el haber convivido con él esos siete maravillosos y alucinantes días.

Lo que prosiguió a continuación, seguramente mis adorados lectores, podrán intuirlo, imaginarlo e inclusive hasta visualizarlo tal vez, pero lo cierto es que, montado sobre su pene que aún permanecía dentro de mí, Marcos me tomó en brazos y me llevó hasta el sillón, el mismo en el que unos instantes atrás, lo tenía sentado y tratando de leer un libro (¡Qué iluso este Marcos! ¿No?).

Allí, me hizo el amor una y otra vez, al punto tal que la lluvia ya había cesado e inclusive comenzaban a asomar temerosos aún, los rayos del sol y Marcos continuaba penetrándome, una y otra vez y en las más alucinantes e increíbles posiciones.

 
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