Amor Salvaje
Enviado por WALTER H. el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Este último domingo, he disfrutado de un encuentro sexual de altísimo voltaje, casi salvaje y cuyo preámbulo fue todo lo vivido en la semana recién pasada ¿La causa? Muchísima pornografía; fotos, videos, textos, relatos y sobre todo muchos E-mail muy calientes que he estado recibiendo a diario (uno de ellos, de un hombre que describió con lujo de detalles, la manera en que tomaría, de poder hacerlo, mi hermosísima cola).
Todo ello hizo que la temperatura de mi cuerpo fuese subiendo a diario hasta casi estallar; para colmo, tal vez por causa de las reuniones típicas de fin de año, ninguno de los “candidatos” en mi agenda estaban disponibles este fin de semana y en vano esperé recibir una propuesta o proposición a través de mi correo electrónico, así que ayer (domingo), por la noche, previo prepararme para tal efecto, salí “de levante”.
Obviamente yo, al no ser un “profesional del sexo”, no puedo andar por la vía pública semi-desnudo o vestido de manera extravagante, como lo hacen quienes “venden su cuerpo” (me resultaría a todas luces más fácil si exhibiría abiertamente mi preciosa y por demás tentadora cola), pero mi amplísima experiencia en el tema, hace que sepa fehacientemente que tipo de indumentaria utilizar para que, en forma por demás discreta, hacer notar que “me estoy ofreciendo” (además por supuesto, de la manera de moverme, de andar, de posar, de mirar, de gesticular, etc., en definitiva, de provocar e incitar).
Más rápido de lo esperado (generalmente hay que dar varias vueltas y aguardar con paciencia un buen tiempo), un automovilista “mordió el anzuelo”, se detuvo a mi lado y me invitó a ascender al vehículo, invitación que obviamente acepté en forma inmediata; apenas estuve dentro del automóvil comencé a tocarle y a acariciarle la entrepierna y mientras lo hacía, lo puse al tanto de mi estado de excitación y de “gran calentura”, al tiempo que le comentaba la forma en que le agradecería, lo premiaría y lo recompensaría por haberme “elegido” y de paso también, le garanticé cien por ciento de placer.
Hubiese preferido que me llevase a la intimidad de un hotel, pero el hombre optó por el típico lugar al que asisten las personas para coger, independientemente de la condición sexual de cada uno, es decir, a la zona céntrica de Comodoro Rivadavia, situada entre la costa y el complejo de edificios conocido con el nombre de “Las Torres”. Por supuesto a ese lugar se debe concurrir únicamente si el vehículo en cuestión posee los vidrios total y absolutamente oscuros (con el grado máximo de polarización), ya que siempre suele haber gran cantidad de rodados, a veces, estacionados casi uno al lado del otro (Seguramente más de un “lector comodorense” de esta página ha ido alguna vez a ese sitio ¿No?).
El hombre se desabrochó el pantalón y descubrió su zona genital, pero yo estaba demasiado excitado así que me desnudé por completo y me zambullí sobre esa por demás tentadora entrepierna; mi estado de “calentura” hizo que devorara prácticamente esa deliciosa verga, tocándola, acariciándola, besándola, chupándola, refregándomela por toda mi cara y comiéndola.
Nada de lo que le hacía a esa preciosa pija, larga, gruesa, bien erecta, dura y caliente, pero por sobre todo completamente recta, lograba calmar mi “sed de sexo” ni satisfacer mis necesidades; una y otra vez la tomaba entre mis manos para mirarla y “admirarla” e inmediatamente volvía a abalanzarme sobre ella, para comerla íntegramente.
Tal y como siempre me ocurre en estas circunstancias, solamente una fracción de segundo en la que el raciocinio pudo más que la excitación, impidió que mordiese y le clavase los dientes a ese manjar; el hombre, a todo esto, jadeaba y gemía de placer, además de reiterar en todo momento, el enorme placer y el gozo que estaba recibiendo a través de mis “mamadas” - ¡Esto no es nada! ¡Esperá que te preste la colita! - Exclamé e inmediatamente cambié de posición y comencé a mostrarle, a exhibirle y a ofrecerle en definitiva, mi preciosísima cola.
El hombre, tal y como reaccionan todos quienes observan mi cola por primera vez, no daba crédito a lo que veían sus ojos, hasta que se decidió al fin a tocar aquello (tal vez para comprobar, a través del tacto, que esa hermosa cola, mezcla mágica de hombre-mujer, era real). Yo aproveché para provocarlo, incitarlo y hacerlo desear, acercándole y retirando mi cola alternativamente; meneándola de un lado hacia otro y haciendo movimientos circulares, hasta que el hombre, preso de su excitación, me tomó, agarró mis carnosos “cachetes”, apretándolos fuertemente con ambas manos y después de manosearme y toquetearme íntegramente toda la superficie de mi cola, comenzó a comérmela, a darme mordiscos suaves, a lamerme mi “profunda zanja” y a chuparme mi “rosado agujero”.
Prácticamente estaba cogiéndome con su lengua y yo debía morderme los labios para no gritar de placer; así estuvo un buen rato, comiéndome la cola una y otra vez, tal vez como una manera de retribuir en parte, lo que yo había hecho minutos antes con su hermosa verga; hasta que yo ya no pude más y empecé a pedirle, a suplicarle y a implorarme que, de una vez por todas, me penetrase, me tomase, me poseyese y me cogiera con ímpetu.
Previo “enfundar” su pija en el preservativo, me penetró fácil y rápidamente mientras yo apreté fuertemente los “cachetes”, para aprisionar esa poronga sublime dentro de mí y luego presioné mi cola sobre su zona pelviana, como si quisiese que introdujera también sus redondas y peludas “bolas” dentro de mí; el hombre me preguntó si lo estaba sintiendo y ante mi obvia respuesta afirmativa comenzó a moverse, a “serrucharme”, a cogerme,
No hay nada en este mundo que me otorgue mayor placer y gozo sexual, que el sentir una gran y preciosa verga, moviéndose dentro de mí como el “pistón de un motor” y para extender lo más posible esa sensación inconmensurable de satisfacción, le pedí al hombre que no intentase “acabar” aún y que, a cambio, yo lo colmaría de placer con un sin número de poses, cuales fueron sucesivamente “el perrito”, “piernas a los hombros” (por delante), “el jinete” (cabalgando yo sobre su pija) y toda otra que se nos ocurría en el momento y que era factible llevar a cabo dentro del automóvil.
Cualquiera de los concurrentes a ese lugar, de solo observar el feroz movimiento del vehículo y la manera en que se “sacudía”, seguramente supondría (y de hecho así era) que se trataba de una fenomenal cogida e imaginar aquello me producía aún más excitación. Al cabo de una frenética “culeada” el hombre soltó, grito sordo mediante (el lugar no ameritaba subir el volumen de la voz), un hermoso chorro de “leche caliente” dentro de su preservativo y obviamente dentro de mi preciosa y hambrienta cola.
Después de reponernos de tan tremendo esfuerzo y de vestirnos con nuestras respectivas prendas, abandonamos aquel prodigioso sitio, objeto de todo tipo de placer sexual, pero ya a mitad del recorrido de regreso, volvió a invadirme el mismo estado de excitación y rápidamente puse al conductor, al tanto de ello, al mismo tiempo que le indicaba un lugar muy cercano, pero contrariamente al que habíamos estado recientemente, total y absolutamente solitario y sin ningún tipo de “miradas indiscretas” a varios metros a la redonda.
El hombre en principio fue reacio a aceptar mi proposición pero después de volver a garantizarle otro instante, tan o más placentero y gozoso que el anterior, tomó rumbo al sitio indicado por mí y una vez allí, lejos de todo y de todos, volví a desvestirme por completo, pero esta vez me bajé del vehículo y me ofrecí, absolutamente desnudo, al aire libre y al calor de la noche, cuya temperatura invitaba a andar “tal y como vine a este mundo”.
El hombre no se animó a desnudarse completamente tal y como lo había hecho yo, pero si descendió también del automóvil y, previo bajarse el pantalón y el calzoncillo, me ofreció su pija; esta vez, no tuve que reprimir jadeos, gemidos, alaridos y gritos de placer, así que exterioricé fuertemente todo el gozo que sentí al comer, una y otra vez, esa deliciosa poronga que a punto estuvo de hacerme desvanecer y perder el conocimiento, a causa de tanta satisfacción, gozo y placer.
Si aquella “succión de miembro” fue alucinante, las sucesivas penetraciones y sus respectivas cogidas, colmaron todo tipo de expectativas; el hombre me tomó, me poseyó y me hizo suyo de mil maneras, para finalizar cogiéndome encima del “capot” del vehículo; mi actitud era de entrega, sumisión y pasividad total y absoluta y a merced del hombre, a quien directamente le ofrecí mi hermosísima cola para que hiciese con ella lo que quisiera.
Yo solamente gritaba, gemía, jadeaba; expelía alaridos al aire de placer, de gozo y de profunda satisfacción y arengaba, a gritos también, al hombre para que no decayera en el ímpetu y en el ritmo furioso y enloquecedor de una cogida que estaba resultando, a todas luces, indescriptible con palabras.
Una vez que aquel hombre, quien había salido tal vez solamente para “ver que pasaba”, derramó la última gota de su delicioso néctar y después de darnos ya ambos por satisfechos, volvimos a vestirnos con nuestras ajeadas, arrugadas y descuidadas prendas, para abandonar, cogida y lugar en forma definitiva y regresar al lugar al cual, cada uno tomaría rumbos diferentes, no sin antes por ciento, colocar a ese afortunado (por haberme encontrado a mí – modestia aparte) en mi agenda, para algún futuro encuentro.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar

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