Una cogida Fenomenal
Enviado por WALTER H. el día Domingo 20 de Julio de 2008
 
El sábado por la noche se concretó el “encuentro sexual” que habíamos concertado, previamente, Internet (correo electrónico) mediante y fue verdaderamente  “a l u c i n a n t e”, porque el muchacho en cuestión no usó “foto shop” ni ningún otro truco fotográfico para “venderse”, sino que era simple y sencillamente hermoso y sexualmente ciento por ciento activo (para mi fortuna).
 
Además, después de haber cogido en el interior de automóviles, en baños, plazas y lugares públicos (algo para mí por demás excitante por cierto), tendría sexo esta vez en una habitación y sobre una cama “matrimonial”; así que después de los saludos protocolares y de una breve conversación preliminar, nos dirigimos al cuarto y nos desnudamos rápidamente.
 
Yo me sentía “toda una diosa” y después de darme un ligero baño, le pregunté al muchacho si deseaba que me vistiese con alguna prenda en particular (bombachas, medias, porta ligas, camisón, etc.) pero me respondió que allí, en ese lugar (un departamento que alquilaban entre tres hombres para satisfacer sus deseos, necesidades y fantasías sexuales), no contaba con ningún tipo de indumentaria (ni femenina ni masculina), así que simple y sencillamente nos recostamos sobre la cama.
 
Antes que nada, le dije lo hermoso que era y lo mucho  que me gustaba todo su cuerpo y su figura y le pregunté si, mi parte trasera, había colmado sus expectativas, ya que él había llegado hasta mí a través de mis relatos y no había visto fotografía e imagen alguna de mi monumental cola; obviamente y tal como yo suponía de antemano, me llenó de elogios y halagos hacia mis muslos, piernas y por supuesto hacia mi generoso culo, al que prometió darle el tratamiento que se merecía.
 
Comenzamos con suaves “mimos”, con tiernos y dulces toqueteos; él acariciaba mis muslos y yo, su torso varonil, sus hombros y sus bíceps, hasta que se inclinó levemente sobre mí y empezó a pasar su lengua sobre mis tetillas, lamiendo y chupando mis pezones, hasta extraer de mí el primer gemido de placer. “Si ello eran las preliminares como será el final” – Pensaba yo para mis adentros, mientras “me dejaba hacer” (como siempre).
 
En ese momento quería “partirle la boca de un beso”, pero como conozco de antemano que el tema de los besos entre hombres, tiene sus adeptos y sus no tan adeptos, decidí dejar pasar el tiempo, no apurarme e ir de a poco; así entonces, comencé a acariciarle el pelo mientras el muchacho continuaba succionándome ambos pechos y mi paciencia y mi buen tino, tuvieron su merecido premio cuando él levantó la cabeza, me sonrió en forma muy picaresca y lentamente fue acercando su cara a la mía, hasta que nuestros labios hicieron contacto.
 
Nos dimos un suave beso en la boca pero lleno de pasión y de fogosidad; yo mantenía los ojos cerrados y en una actitud de sumisa entrega, me dejaba besar, permitía que la lengua del muchacho penetrara mi cavidad bucal; poco a poco fuimos abriendo más y más nuestras bocas, hasta que comenzamos de llenos a besarnos furiosamente, mientras movíamos desesperadamente nuestras cabezas.
 
¡Qué locura! ¡Cómo me gusta aquello! El placer que me produce “el dejarme besar” en la boca, es algo que no se puede describir con palabras y máxime aún porque, además de recibir esos deliciosos besos, yo ya había estirado uno de mis brazos, para hacerme de esa preciosa entrepierna, la que acariciaba, tocaba y manoseaba, imaginando ya el sabor que tendría una vez que comenzase a degustarla.
 
Precisamente, una vez que hube saciado en parte “mi sed de besos en la boca”, me incorporé y me acerque a la zona genital del chico; allí continué con las suaves caricias, el toqueteo y el manoseo, hasta que mi boca hizo contacto con ese “manjar” y entonces empecé a besar, a lamer, a refregarme la pija en mi cara.
 
“¿Querés que te la coma? ¿Querés que me la trague entera?” – Le pregunté al muchacho, obviamente en referencia a su entrepierna y antes de esperar su respuesta, introduje ambos huevos en mi boca y comencé a succionar fuertemente, mientras acariciaba y toqueteaba todo el “bello pubico”; después hice lo propio con la verga, la que me tragué por completo y durante un buen rato la tuve íntegramente dentro de mi boca.
 
“¡Ah! ¡Oh! ¡Qué bueno que sos chupándola!” – Susurraba el chico y eso que aún ni siquiera había comenzado a comer como realmente se debía hacerlo, todavía no había empezado a succionar y a “prenderme” de esa fenomenal fija “cual ventosa”; pero “hete aquí” que el muchacho tenía otros planes, otras intenciones, las cuales estaban relacionadas directamente como mi hermosísima cola, más que con que le hiciese una mis acostumbradas espectaculares “mamadas”, así que apenas me pidió el culo, yo me di vuelta y se lo ofrecí por completo.
 
Es tal la sensibilidad que tengo en la cola que ante el menor roce, una tremenda excitación me invade absolutamente, más aún cuando el muchacho comenzó a toquetearme y a manosearme mis blanquísimos y carnosos “cachetes”; al ser estos suaves y tersos y no tener si siquiera una pelusa sobre la superficie, sus manos se deslizaban plácidamente y así, fue acariciándome una y una vez, glúteos, mi profunda “zanja” y mi rosado “agujero anal”.
 
Después de esa manoseada íntegra y por demás completa, llegó el sublime momento de “hacerme comer la cola” y el chico entonces “bajó” hasta allí y después de ubicar su cara frente a mi enorme trasero, empezó a lamerlo, a besarlo, a chuparlo e inclusive a morderlo, según ascendía la “calentura”; cuando su lengua comenzó a trabajar dentro de mi ya dilatado orificio, yo apretaba los “cachetes” y aprisionaba su rostro dentro de mi gran culo.
 
Al cabo de esa por demás alucinante “chupada de cola”, me ubiqué en la posición del “perrito” (en cuatro patas) y comencé a menear todo mi trasero, a mostrarlo, a exhibirlo, a ofrecerlo como diciéndole: “¡Acá está! ¡Es para vos! ¡Es tuyo! ¡Tomalo!”; había llegado en síntesis, el momento de que aquel hermoso muchacho, precioso de pies a cabeza, me hiciese suyo, me penetrara, me tomase, me poseyera, en definitiva, me cogiera como yo estaba esperando que lo hiciese.
 
Previo colocarse el preservativo (algo por demás necesario e indispensable hoy en día, independientemente del momento, del lugar y de la excitación), se ubicó detrás de mí y lentamente fue penetrándome, como si supiese a priori que ello prolongaba mi gozo y mi enorme placer; “¡Oh! ¡Ah! ¡Sí! ¡Qué hermoso! ¡Qué locura! ¡Cómo me gustaba!” Solamente hay que cerrar los ojos e imaginar el cuadro, yo, con mi cabeza y mi torso apoyados sobre la cama, mis rodillas haciendo las veces de “pedestal”, para que mi cola quedase bien arriba, bien levantada y bien abierta y el muchacho detrás de mí, con su verga ya toda adentro de mí, cogiéndome, asido a mis “cachetes”, a mis caderas o sus brazos colgando a los costados de su cuerpo.
 
“¡Qué hermoso culo! ¡Cómo te dejás coger! ¡Ah! ¡Sos tan puta! – Exclamó el chico, pero inmediatamente después de esta última frase (se notó claramente que le salió de bien adentro), se excusó y me preguntó: “¿No te molesta que te diga puta? ¿No te incomoda?” – “¡No! ¡Para nada!” – Le respondí y agregué además a viva voz: “¡Porqué me va a molestar si soy una putita! ¿Viste que linda puta que soy? ¿Viste la cola de minita que tengo? ¡Soy una loca, una puta y me gusta que me cojan!”.
 
Entonces el chico se soltó por completo y empezó a “serrucharme” con todo, a cogerme furiosamente mientras yo lo arengaba exclamando: “¡Ay! ¡Sí! ¡Así! ¡Más! ¡Cogeme más! ¡Más! ¡Sí! ¡Así! ¡Ay cómo me gusta! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh! ¡Cogeme! ¡Cogeme por favor! ¡Cogeme! ¡Cogeme! ¡Cogeme!”
 
“¡Si! ¡Te cojo putita linda! ¡Tomá guacha puta! ¡Tomá toda la pija!” – Gritaba el chico mientras el ímpetu y ritmo frenético de la cogida habían adquirido un cariz maravilloso; el fortísimo golpeteo de su pelvis contra mis “cachetes”, se escuchaba en toda la habitación y solamente fue sobrepasado por el alarido del muchacho cuando eyaculó dentro de mí (preservativo mediante), derramando un por demás abundando “chorro de leche caliente”.
 
Luego de aquella fenomenal “culeada” y de haber satisfecho en parte, nuestra tremenda excitación inicial, nos tomamos un respiro como para reponernos, pero inmediatamente después volvimos “a las andadas” y una vez que el muchacho recobró su erección peneana, comenzamos a coger en diferentes posiciones y yo, particularmente, me hice penetrar en cuanta forma se me ocurría, obteniendo en cada una de ellas un gozo, un placer y una satisfacción tal, que me resulta prácticamente imposible describirla con palabras.
 
Aquella noche, ya en mi casa y una vez que puse mi cabeza sobre la almohada, me sentí tan realizado, que dormí con una calma y una placidez, estado que me acompañó todo el resto del fin de semana.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar

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