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En este “Comodoro Rivadavia”... |
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Enviado por WALTER H. el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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En este “Comodoro Rivadavia”, tan densamente poblado en los últimos años, las posibilidades y opciones en materia de sexo no convencional, son prácticamente nulas por lo que quienes no formamos parte de la “gran mayoría”, tenemos que agudizar el ingenio y estar permanente a la expectativa. No somos “bichos raros”, pero por alguna razón (falta de lugares afines pero sobre todo falta de una “apertura mental”) nos cuesta “horrores” el poder llevar adelante alto tan natural como la vida misma, el sexo.
Por suerte para mí, hace un tiempo atrás recaló circunstancialmente en esta ciudad, permaneciendo por un período de tres o cuatro días, una pareja “gay” conformada por dos muchachos, cuyas edades oscilaban entre los veinticinco y treinta años; estos dos buenos chicos, habían decido unir momentáneamente sus vidas, según lo que ellos mismos me comentaron al respecto, únicamente por razones de índole sexual, sin que nada tuviese que ver en esa decisión, cuestiones amorosas, sentimentales, afectivas, etc., es decir solamente lo habían consumado para satisfacer sus deseos y necesidades más naturales.
El “cómo” me contacté con estos muchachos es algo que no viene al caso y lo realmente importante y trascendente fue que ya la primera de la noches, nos encontró a los tres, completamente desnudos y revolcándonos arriba de la cama; éramos una maraña de bocas, lenguas y manos chupándonos, lamiéndonos y manoseándonos tan desesperadamente, que resulta imposible encontrar las palabras o frases exactas, para describir fehacientemente la forma y la manera de nuestro comportamiento sexual.
Los chicos eran realmente lindos y con sus cuerpos muy bien cuidados y yo, algo mayor que ellos pero gracias a que aparento mucha menos edad de la tengo, no desentonaba para nada al punto que hasta parecía el menor de los tres; obviamente lo que más les llamó gratamente la atención sobre mí, fue, tal y como no podía ser de otra manera, mi hermosa y femenina “parte trasera” (inclusive tuve que comentarles una y otra vez que esa zona de mi cuerpo era total y absolutamente natural, que no había allí nada artificial y que todo respondía a un “obsequio” que me había hecho “la madre naturaleza”, durante la época de mi desarrollo hormonal).
En el plano estrictamente sexual, estábamos, como dije anteriormente, los tres sobre la cama y haciendo absolutamente “de todo”; sin un orden establecido de antemano y sin un “hilo conducto”, los tres nos besábamos en la boca, nos chupábamos tetas, pijas y culos y nos manoseábamos indistintamente; eran tres bocas, tres lenguas y seis manos dedicadas exclusivamente a dar y recibir placer, gozo y satisfacción a su máxima expresión.
Durante mi vida, he de haberme comido cientos de vergas, pero cada vez que estoy ante una de ellas, me agarra la misma desesperación, los mismos deseos desenfrenados; una poronga me “puede”, me “saca”, me “da vuelta”, me “hace desvanecerme” y hasta “perder el conocimiento, el sentido, la orientación, el tiempo, etc.” y en un determinado momento de la cogida tuve ante mí las dos pijas.
Gritos, alaridos, gemidos y jadeos a los cuatro vientos, eran una expresión clara de que yo había perdido todo signo de raciocinio y en ese momento lo único que quería era abalanzarme sobre esos dos preciosos “mástiles” y ello fue precisamente lo que hice; con una excitación por la nubes, empecé a lamer, besar, acariciar, chupar, refregarme por cara, tocar, manosear y comer en definitiva ambos manjares.
Mientras devoraba literalmente una de las vergas, agarraba fuertemente a la otra como para tenerla retenida y que no me la quitasen y la “frutilla del postre” fue cuando me metí ambas porongas en la boca; casi “muero” de placer y solamente una fracción de segundo en la que recuperé literalmente la razón, evitó que le clavase los dientes a esas espectaculares pijas.
A todo esto, los muchachos, lejos de ser meros observadores de la apasionada “mamada” que yo les estaba propinando a sus respectivas, vergas, huevos y “matas enruladas de pendejos”, se besaban fogosamente en la boca, mientras que con una de sus manos pellizcaban mis tetillas y con la otra, se toqueteaban los “cachetes” y hurgaban con sus dedos en sus anos; era como si boca, lengua y manos debían estar ciento por ciento activas en todo momento y no debían tener descanso alguno.
Después de que los tres nos hicimos y nos dejamos hacer absolutamente “de todo”, llegó el sublime instante de las penetraciones; un arsenal de preservativos preveía que aquella no iba a ser una cogida “común y silvestre” ni mucho menos y obviamente no lo fue para nada y así, mi hermosa cola, recibió un sin número “vergazos, porongazos y pijazos” como no los había recibido en años.
Si bien “la cosa” era “todo y entre todos”, mi contextura física mediana, más bien chica, hizo que los muchachos me “manejaran” y me “maniobraran” con mayor facilidad y yo no puse ningún reparo al respecto, sino que, por el contrario, dejé que ellos hiciesen todo lo que quisiesen hacer.
No se imaginan (o sí si alguno de los lectores ya ha experimentado algo similar) lo que fue aquello; “el perrito”, “piernas al hombro”, “de costado”, “de parado” y cuanta posición se nos ocurría en el momento, ya fueran de las más conocidas u otras, que inventábamos repentinamente; el hecho de tener una verga en el culo y otra en la boca sin reparar en quienes eran los dueños de una y de la otra, no hacía más que acrecentar ese instante de placer, de gozo y de satisfacción inconmensurable y alucinante.
Tal era la fogosidad y el ímpetu de aquella fenomenal cogida que, cuando una de las porongas entraba en su etapa de flaccidez natural y ya no había manera de volverla a parar “ni con un crique”, entraban en acción las lenguas y los dedos de las manos, con el propósito de que en todo momento hubiese una penetración propiamente dicha y, como no podía ser de otra manera, terminamos los tres absoluta y completamente exhaustos sobre la cama, empapados en sudor y en “sexo”, pero besándonos en todo momento y metiendo “los dedos en los culos”, como una manera de no “deshacer la maraña” y como si, aquel trío, no debía ser “separado”.
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.com.ar |
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