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Sexo y Promiscuidad |
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Enviado por WALTER H. el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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En varias ocasiones, he hecho hincapié en lo “promiscuo” de muchos de los vecinos del barrio, promiscuidad, sobre todo en algunos aspectos de la vida diaria, que muchas veces llevaba a producir situaciones, sino increíbles, al menos impensadas.
Durante una temporada estival, una de aquellas promiscuas familias del barrio, se tomó un período de vacaciones y al cuidado de la casa dejó a una mujer, hermana de la dueña, quien vivía con sus dos hijos, uno de mi edad y otro algo mayor y que, para no desentonar, tenían como principal carta de presentación “la promiscuidad”.
Tal y como no podía ser de otra manera, no habían pasado aún más de dos días en el barrio y los hijos de aquella buena señora, ya solían cogerme y en esto estaban una tarde, prácticamente en plena vía pública, cuando su madre los sorprendió en pleno “acto sexual” y los reprendió furiosamente, diciéndoles:
“¡Pendejos de mierda! ¡Ya están haciendo kilombo! ¡Después yo tengo problemas con los vecinos por culpa de ustedes!”
Por supuesto todo ese repertorio, acompañado de tirones de pelo, de orejas y algunas “nalgadas” (para ser un poco más suave en la descripción) y mientras se sucedía aquello, uno de los chicos exclamó a modo de alegato:
“¡Pero si él no le va a contar nada a nadie! ¡Él se deja y le gusta! ¡Además todos los chicos lo cogen!”
Sin dejar de lado la reprimenda, la madre insistió:
“¡Bueno, pero yo no quiero tener kilombo con los vecinos y menos que después que nos vayamos del barrio, vengan a hacerle comentarios sobre nosotros a mi hermana!” y finalizó diciendo:
“¡Al final siempre tengo problemas con los demás por culpa de ustedes! ¡Pendejos de mierda!”
Yo, si bien ya estaba bastante acostumbrado a esta forma tan particular de comunicación entre los integrantes de una misma familia del barrio (no por mi parte porque mi casa era una especie de “oasis” al respecto), me incomodó un poco tanta violencia verbal (y de la otra) y la mujer debió haberlo notado, porque inmediatamente después, me sonrió (aún no la había visto hacerlo desde que llegó el barrio) y me dijo:
“¡Perdoná! Pero estos dos (sus hijos obviamente) siempre me hacen quedar mal y siempre tengo problemas con los vecinos por su culpa” y concluyó preguntándome:
“¿Querés venir a casa a tomar la leche?”
Esa era una de las características principales de aquellos vecinos, por un lado su “promiscuidad” llegaba a niveles exasperantes, pero por otro, podían llegar a darle a uno lo que no tuviesen, en caso de considerarlo necesario.
Yo respondí afirmativamente a la invitación que me había hecho la mujer, pero primero fui hasta mi casa para solicitar el permiso correspondiente y acto seguido, nos encontramos los tres chicos, sentados a la mesa y a punto de merendar.
Mientras la mujer preparaba “la leche”, los chicos aprovechaban cualquier ocasión, para meterme manos en el culo; seguramente, se habían quedado con muchísimas ganas de cogerme cuando su madre los interrumpió y yo si bien los dejaba que me tocasen (a mi también me gustaba y mucho obviamente), tenía terror que la señora los sorprenda nuevamente y vuelva a “arder Troya”.
Después de merendar, los chicos me llevaron a una de las habitaciones y allí sí, cerraron la puerta, me despojaron de mis ropas y empezaron a cogerme furiosamente; a mí me gustaba “a horrores ser cogido”, creo que desde siempre y mi actitud al respecto, siempre fue de extrema pasividad, entrega y sumisión, pero aquellos chicos, vaya uno a saber porqué (tal vez por estar acostumbrados a hacer todo “a los golpes”) me toqueteaban, me manoseaban y me cogían como si yo no quisiese que lo hicieran, más aún, me tomaban como si me estuvieran “violando”.
Por supuesto que mi figura, por demás linda y agradable, mi piel exageradamente blanca y perfumada, pero sobre todo ese culo que despertaba admiración en todo el mundo, contribuía a que los chicos me cogieran casi con desesperación.
El contraste entre ellos y yo era más que notorio, particularmente en lo que respecta al aseo y al cuidado personal, ya que ambos chicos “olían” a falta absoluta de limpieza, pero a decir verdad, ello, lejos de incomodarme, me agradaba y mucho (el olor a sucio es excitante a veces).
“¡Hijo de puta! ¡Cómo te estoy cogiendo! ¡Cómo te gusta que te cojan!” – Exclamaban los chicos y en lo mejor de aquella “culeada”, la mujer abrió intempestivamente la puerta y volvió a sorprendernos; yo no sabía a donde meterme y supuse que nuevamente comenzaría “el lío”, pero “hete aquí” que la buena señora sonrió y dijo:
“¡Bueno! Si quieren cogerlo y a él (por mí obviamente) le gusta y se deja, cójanlo aquí adentro, pero afuera, en calle, ni se les ocurra, porque los muelo a palos”
Aquella expresión de la madre, fue tomada como un visto bueno por sus hijos y éstos entonces empezaron, a partir de esa tarde, a cogerme “a puertas cerradas” y más de una vez, se peleaban entre ellos por “poseerme” e inclusive tenía que intervenir la mujer para poner las cosas en su lugar y “ordenar la culeada”.
“¿Tanto te gusta que los chicos te cojan?” – Me preguntó una tarde la señora mientras me preparaba la leche y ante mi respuesta afirmativa, con un gesto de cabeza, volvió a decirme:
“¡Qué lindo! ¡Cuando seas grande vas a ser puto! ¡Y bueno! ¡Cada uno elige que quiere hacer con su culo!”
El ameno diálogo terminó abruptamente porque los chicos venían corriendo, peleándose entre sí y gritando:
“¡Yo primero! ¡Yo lo cojo primero! ¡No! ¡Me toca a mí! ¡Vos lo cogiste mucho más tiempo que yo”
Por supuesto ni siquiera dejaron que terminara de merendar y rápidamente me llevaron a la habitación, para quitarme la ropa y cogerme, apretarme el culo con fuerza, manosearme, toquetearme y hacerme poner en cuanta posición se le ocurría en el momento.
Aquellos quince días, período en el que aquella familia estuvo en el barrio, fueron espectaculares, no sólo por las hermosas cogidas que me dieron los chicos, por la fuerza y a modo de violación (si bien yo me dejaba sumisamente), sino porque además toda esa situación era particular y hasta impensada, es decir, el hecho de que dos chicos me cogiesen dentro de una casa y que su madre no sólo lo consintiera, sino que inclusive fuese ello materia de conversación a la hora de la merienda; si ello era “promiscuidad” ¡Que viva entonces la “promiscuidad”! |
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.com.ar |
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