Chocolate Blanco
Enviado por Daniel "San Martín" 25/02/90 el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
El ocaso de ese día fue realmente caluroso, por eso la tarde resultó tan
excitante.
Después de compartir con esa preciosura, de curvas sensuales y movimientos
irresistibles, un bocado de media tarde, me di cuenta que esa salida era
solo una excusa para saciar mi hambre carnal...y el de ella...
Al principio ella no dice nada, solo me mira de arriba a abajo y me sonríe.
Poco a poco se acerca a mí, y se sienta encima de mí apoyando su cola
perfecta en mi pelvis ya entrado en calor de excitación.
Nuestras piernas se entrecruzan...Nuestros labios, se acercan cada vez más y
más...
Sus ojos serenos y castaños se posan en los míos y pienso en la promesa de
placer que tengo ante mí.
Entonces ella lleva sus dedos repletos de restos de chocolate derretido a mi
boca, donde mi lengua saborea lujuriosamente el sabor celestial del dulce de
su mano mientras el movimiento de nuestros cuerpos, nuestros suspiros y
nuestra temperatura se intensifican...
Ella lleva sus manos a mi nuca, y empuja mi cabeza hacia sus rojizos y
carnosos labios. Nuestras bocas se abren y ambas lenguas se encuentran en
una batalla por darle a la otra más dulce placer...
Me recuesto lentamente en el gentil césped, y cuando me doy cuenta, su
lengua se encuentra recorriendo mi cuerpo de arriba a abajo.
Rápidamente me deshago de mi ropa así como ella lo hace sin quitar sus ojos
de mi entrepierna.
Poco después ella toma mi verga y la saborea despacio, suave, con una mirada
de alegría y calentura que me empuja poco a poco hacia el orgasmo.
Solo puedo gozar del placer mientras le digo y le grito cosas sucias una
tras la otra.
El placer se intensifica porque a cada grito mío ella redobla la intensidad
de sus besos, lamidas y mamadas por lo que me siento contento y más caliente
que nunca.
Cuando siento que estoy por acabar, le digo que pare, solo para retrasar mi
placer y brindárselo a ella.
Mi Diosa lujuriosa entierra su cara en mi cuello, mordiéndolo,
acariciándolo, susurrándome mil promesas de placer sin límites, haciendo que
la sangre que recorre mi cuerpo hierva cada vez más y más.
Con gran emoción, me incorporo y la siento de espaldas encima mío y me
siento vigorizado con una perfecta excitación al sentir el calor del sudor
de su espalda.
Lentamente, me deslizo dentro de ella, su musical gemido es casi
instantáneo. Acaricio suavemente su cabello sedoso y hago que sienta la
humedad de mi lengua desde su cuello de cisne hasta el interior de su cálida
boca. Su cuerpo empieza a moverse, primero lentamente, arriba y abajo en un
sensual meneo. La velocidad de nuestros cuerpos aumenta en el momento en que
siento sobre mi cuerpo, la humedad de su entrepierna.
Mis manos rodean sus suaves y carnosos senos mientras su cuerpo se estremece
de goce apasionado.
Sus suspiros intensos, sus gemidos salvajes y sus lujuriosas exclamaciones
enloquecen mi mente privándome de la razón. Ya no existe la razón, el placer
es ahora mi mundo.
Rápidamente se incorpora para acostarse mirando hacia arriba y levantando
sus piernas con una elasticidad trabajada mostrándome el tajo de la lujuria,
y todas las cosas que con el podría hacer.
Acerco mi boca a su entrepierna, y sin hacerla esperar inserto mi lengua en
su húmeda entrepierna.
Hurgo con grandes ansias su interior procurando sostener sus piernas que se
mueven de placer mientras ella ríe de felicidad y plenitud.
Cierro los ojos y juego a buscar su clítoris al tacto, lo encuentro y lo
envuelvo en la humedad y lujuria de mi lengua juguetona mientras inserto
uno, dos, no, sino tres dedos en su interior y siento que el placer ya es
demasiado. Su cuerpo se retuerce y libera mayor humedad pues mi Angel de
lujuria alcanza su primer orgasmo. Ya no existe la razón, el placer es ahora
su mundo.
Me arrojo de nuevo a su cuerpo, nuestras bocas se encuentran nuevamente y
proseguimos con los movimientos de lujuria indescriptible mientras entro en
ella otra y otra vez cada vez más caliente debido a los movimientos sutiles
que su cadera realiza.
Trabajo ferocidad animal en ella. Y ella gime cada vez más con mayor
calentura, y me lo demuestra pidiéndome que haga mil cosas con su cuerpo...
La última vez que entro en ella, nuestras miradas se encuentran, el tiempo
se detiene y una intensa eternidad hecha de placer pasa...Ya no existe la
razón, el placer es ahora nuestro mundo.
Cuando el tiempo empieza a transcurrir normalmente, nuestros más ruidosos
gemidos de orgasmo se hacen oír, nuestras lenguas vuelven a juntarse, no
cansadas, sino más lujuriosas que nunca, siento la plenitud del placer
carnal en cada parte de mí, y solo puedo pensar en lo feliz que me siento,
teniéndola a mi lado...
 

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