Las Vueltas que Da el Mundo I
Nadie podía saber lo que había pasado. Nadie debía siquiera intuirlo. Aquel tenía que ser el pequeño “gran” secreto de los dos. Nadie, pero lo que se dice nadie, debería de saberlo, porque la vergüenza, y sobretodo el miedo, serían irremediables.
Era un frío día de febrero. Uno de esos fines de semana en los que su padre no trabajaba el sábado habían hecho que Juan fuera con toda su familia a casa de la abuelita Marcela. Allí, con ella, vivían sus tíos, Armando y José, este último un solterón de más de treinta años sin novia y pon pocas esperanzas de tenerla. Armando era el pequeño de los seis hermanos, de los cuales la mayor era la madre de Juan, y sólo tenía seis años más que éste. Estaba en una edad en la que ya se han dejado casi por completo todos los lastres de ser un niño y se ha terminado prácticamente de desarrollar. Esto no pasaba de largo para Juan, que desde que era pequeño se había visto atraído por los hombres mayores de una forma especial, sobre todo de aquellos que fueran grandes, no gordos, y masculinos, aquellos que le hacían sentir seguro.
En casa de la abuelita Marcela sólo había cinco alcobas. Era una de esas casas antiguas que hay en todos los pueblos de España, una casa castellana de adobe con un zaguán bastante grande, una salita con mesa camilla y brasero donde pasar las tardes de invierno, una sala algo más espaciosa donde reunir a la familia en las grandes ocasiones, una alcoba en la primera, dos en la segunda, un cuarto que servía de despensa, la cocina con la ídem baja y la “económica”, un baño y dos dormitorios, estos dos ocupando la mitad de lo que antes era la cuadra. El terreno era grande, y lo que no ocupaba la casa en sí, como otra casa cualquiera de pueblo castellano leonés, lo ocupaba el corral, que antaño guardaba gallinas y otros animales de granja y que ahora sólo guardaba los perros que tío José llevaba para sacar el ganado por el campo. La casa, que era de dos pisos, tenía el superior totalmente diáfano y se usaba para curar los chorizos de la matanza y guardar todo lo que molesta en otro sitio o no sirve para nada y da miedo o pena tirar.
La verdad era que la casa no era tan pequeña. En sus años había llegado a acoger una familia de nueve personas, y eso sin contar ni con el baño ni con las dos habitaciones nuevas. Pero aquellos habían sido otros tiempos. La ya anciana abuela Blasa, bisabuela de Juan y viuda desde hacía más de veinte años, dormía en la alcoba de la salita, y en otra cama de la misma, dormía José desde hacía muchos años. La abuela Marcela dormía ella sola, como buena viuda, en otra de las alcobas, esta de la sala, y el tío Armando dormía en una de las habitaciones nuevas, en la que tenía una cama de matrimonio. Pero con la llegada de la familia de Juan las cosas cambiaban. Los padres de Juan dormían en la habitación de Armando, pues su cama era mayor a la que había en la segunda alcoba de la sala. En la otra habitación nueva dormían en una litera el hermano mayor y el inmediatamente siguiente a Juan, la hermana, que aún era pequeña, dormía con la abuela Marcela y Juan tenía que compartir la cama de 1´20 de la segunda alcoba con su tío Armando.
Lo cierto es que ya hacía tiempo que a Juan le llamaba la atención su tío Armando. Casi sin que el se diera cuenta, ese chaval que había jugado con él de vez en cuando hacía unos años se había convertido en un hombre de esos que a él le llamaban la atención. Su cuerpo mayor al suyo, sus manos curtidas por el trabajo desde hacía un par de años, su barba sin afeitar de unos días, rubia como su pelo, hacían que una extraña sensación invadiera su cuerpo. El ya sabía hasta cierto punto lo que le pasaba, pero no era consciente del todo. Con trece años, llevaba ya un par de ellos masturbándose, y últimamente lo hacía pensando en su tío. Nunca le había visto desnudo, pero se lo imaginaba sin nada de ropa, con un cuerpo, no de atleta, pero si de hombre. Se acordaba de su cara con esa barba sin afeitar de unos días y pensaba que ese era un rasgo de virilidad, lo que le ponía aún más cachondo.
Pero nada más que eso era lo que había habido por el momento. Hasta aquella noche. Juan y Armando compartían cama como otras veces, sin darle mayor importancia, ya que ellos dos eran tío y sobrino y los dos varones. Pero en aquella noche ocurrió algo que a Juan le sorprendió algo, le gustó más y le dijo casi todo de su tío. Armando había salido por la noche con sus amigos del pueblo. Juan se metió en la cama que iba a compartir con él y se durmió sin más complicaciones, como hacía todas las noches, tanto en su casa como en cualquier otra. Pero aquella noche iba a ser distinta, e iba a dejar una marca a fuego en él para siempre. Porque cuando su tío llegó y se metió en la cama, al momento, todo un mundo de sensaciones se despertó para Juan.
Armando tenía la costumbre de abrazar a todo el mundo mientras dormía, pero como prácticamente siempre dormía solo no había problema. Pero aquella noche dormía con Juan, y haciendo caso a su “instinto protector” le abrazó como él tenía costumbre. A mitad de la noche, Juan se despertó y se sintió seguro, protegido, porque su tío le tenía amarrado y abrazado sin casi dejarle mover. Pero sentía algo más. Era una sensación que emanaba de su interior. Y una fuerte curiosidad emergió de su ser y, correspondiendo a los abrazos de su tío, Juan comenzó a acariciarlo mientras, al mismo tiempo, exploraba ese cuerpo que tanto le llamaba la atención, tanto había imaginado y con el que tanto se había excitado.
Una leve erección había aparecido con el abrazo de su tío, pero según Juan iba acariciándole se iba haciendo mayor. Cuando Juan llegó a la parte que más le impresionó y más marcado le dejó, que es el culo de su adorado tío, que estaba tumbado boca abajo, la excitación llegó al máximo y Juan se tuvo que hacer una paja. Desde entonces, la noche había sido un ir y venir de su mano del cuerpo de su tío a su polla y de su polla al cuerpo de su tío. A la mañana siguiente, Juan no podía recordar cuantas veces se había corrido, pero de lo que sí estaba seguro era de que había sido más de dos y más de tres. Tras cada paja había dormido un poco y después se despertaba de nuevo con la polla tiesa pidiendo que una mano diestra le aliviara la excitación. Entonces era cuando Juan quitaba su mano derecha del culo de su tío, un culo como no encontrara jamás otro igual, y la dirigía a su polla para hacerse una paja, y a mitad de la paja, soltaba su polla durante un momento y acariciaba ese culo que tanto le calentaba
Por la mañana recordaba lo que había hecho. En un momento en el que su tío le había dejado, había aprovechado para meter la mano por debajo del calzoncillo y aferrar la polla de su tía, e intentar hacerle una paja a él, pero la polla de su tío, por una extraña razón, no se ponía dura, y tuvo que desistir por aquella noche. Al hacer memoria y ver el buen rato que había pasado, pensaba que en realidad su tío era el mejor hombre de la tierra que él conocía. Y pensaba que a la próxima no le dejaría escapar sin que de aquella polla que a él le había parecido tan apetecible le diera toda la leche que pudiera dar. Pero eso tendía que ser en otra ocasión, pues las vacaciones tocaban el fin Juan tenía que volver a su casa, a unos doscientos kilómetros de su querido tío, y volver a la rutina de unas clases agotadoras de 8º de EGB, a la espera de que un puente de esos que suele haber durante el curso, o de que las vacaciones de Semana Santa lleguen pronto. Si en aquella ocasión volvían al pueblo, su tío no se escapaba.