HAYDEE, LA BRUJA AGNÓSTICA 4.
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

HAYDEE, LA BRUJA AGNÓSTICA 4. EL CALLEJÓN DEL ARMADO
I. Tradiciones.
El reciente fallecimiento de Midi Lang Dee y la aparición de aquella forma maléfica (ver Haydee 2. El cambiaformas) había atraído la atención de Tageslicht, tanto como par atender un par de viejos asuntos archivados y la mayoría relacionados con la nueva España durante el siglo XVI, “pródigo en leyendas y sucesos sobrenaturales” como se leía en el tomo II de “tradiciones y leyendas de la colonia” coloquialmente referido solo como “tradiciones”, una pesada recopilación pactada a nueve entregas y confiada a Haydee con muchas reservas y que relataba mas o menos de manera confiable, la vida sobrenatural de aquellos tiempos.
En esos momentos Haydee conducía rumbo a la que en el siglo XVI dio en llamarse “el callejón del armado”, actualmente ya no existía el citado callejón y de hecho la zona eran tan solo un par de calles en el centro de la ciudad de las que se decía, era común escuchar e incluso ver cosas extrañas, siempre y cuando se estuviese dispuesto a quererlas ver y escuchar y ya que Haydee no tenía ningún problema con ambas cosas estacionó el auto cerca del lugar y espero un tiempo prudencial hasta pasada la media noche, “hora de fantasmas” según se decía en la tradición popular. Por supuesto, al ser una consumada agnóstica no creía en esa patrañas pero “los fantasmas” al igual que muchas otras cosas que no consideraba posibles, eran en efecto reales y lidiaba frecuentemente con ellas creyera o no en su veracidad, después de todo un árbol en el bosque cae independientemente de la presencia de un observador.
Salió del auto y recorrió un par de veces las calles, era extraño pero el cielo estaba bastante despejado tanto como para notar el brillo de las estrellas. Se detuvo entonces en una esquina y encendió un cigarrillo pensando que quizás debía empezar a considerar la posibilidad de dejar de fumar. Estaba aún sumida en sus divagaciones celestes y cancerígenas cuando el fino vello en su nuca se erizó y entonces supo que algo extraño y posiblemente improbable ocurriría. Ser una bruja tenía muchas ventajas y una de ellas era esa especie de imán para lo sobrenatural, no necesitaba buscar los problemas solo tenía que esperarlos. En esos momentos solo deseó que no se tratara de un espectro arrastrando cadenas, tal cosa además de irritable era demasiado ridícula como para tener que soportarla a las 2 AM con una incipiente migraña. De cualquier manera si se trataba del mítico “armado” de la leyenda, no le sería muy difícil encontrar a un hombre en la típica armadura española con yelmo y todo, así que echo a correr guiándose por sus percepciones.
Al doblar en una esquina completamente agotada sorprendió a un hombre vestido a la usanza antigua, caminando a paso lento y alejándose cada vez mas de ella. Usaba un casco afilado como el de los soldados en la conquista, vestía además una casaca, medias y zapatillas, completando el juego con aquella extraña prenda inferior que a ella le parecía un ostentoso pañal. En definitiva no era el armado pero si que era un fantasma.
II. Una compañía militar.
El espectro se volvió, girando rápidamente al mismo tiempo que desenvainaba su espada, dibujando una rúbrica de advertencia en el espacio frente al posible enemigo. Haydee supo entonces que no era otra cosa que uno de esos muertos que se niegan a aceptar que en definitiva ya no estaban vivos, comportándose igual o tanto mas que si aún fuesen capaces de tocar la tierra, ajenos a las posibilidades de si inmaterialidad. Aún así el fantasma se notaba amenazante así que palpó en uno de los bolsillos de su cazadora, un conjuro oriental de restricción para espectros.
Sorprendentemente, cuando la visión reconoció a su enemigo y ya que no era una mujer lo que él esperaba por contrincante enfundó su espada, haciendo una reverencia al mismo tiempo que en un perfecto pero espectral español antiguo decía:
-Mi señora, capitán Rodrigo de Salamanca natural de Burgos a vuestra merced y servicio.
-Un poco lejos de su tierra lo le parece caballero? Que hace en Méx... la Nueva España?. Replicó Haydee un tanto sorprendida ante la actitud servicial del español.
-Mi señora, hace mucho que perdí el rastro de mi compañía, tristemente casi el mismo tiempo desde que no era bendecido con tan bella presencia. Sería un honor escoltarla en el sereno a vuestra morada.
De inmediato Haydee pensó en llevarlo a una casa de seguridad que tenía a unas calles de ahí y que casi nunca utilizaba. En el trayecto investigaría amablemente mas del español, sobre todo por que aún cuando concordaba con la leyenda del armado no vestían en efecto una armadura. Así y con tan inusual compañía abandonó la calle, escuchando durante el camino la historia del capitán Rodrigo y de cómo era (o había sido) miembro de una compañía militar hasta que una noche mientras bebía en una taberna local, escuchó sobre “el armado”, un sanguinario villano y ladrón del callejón sin nombre a un costado del convento de San Diego.
-Poco después de la media noche fui al encuentro del armado y ahí, solo en el callejón me planté entre las ruinas. Llamé al bellaco y antes de que gritara tres veces y sin saber de donde, apareció el armado, sus ojos siniestros me lanzaron destellos de miedo tras la celada al ver la hoja de mi espada y oír mi nombre y rango, entonces le escuche implorar:
-“guardad ese acero... os esperaba”.
Entonces no sabía quien era o si aquel me conocía, fue que me pidió leer la insignia en mi espada y a cambio el recitaría la nobiliaria en su acero, ambos lo hicimos tras lo cual el villano clamó: “esta noche la maldición de la familia ha de terminar. Mi codicia y mi cobardía, caerán ante vuestro valor. Clavad vuestro acero sobre mi pecho, sabéis bien que atravesará mi cuerpo”.
Me negué entonces a darle muerte hasta saber quien era, y ya que el cobarde se mostraba renuente a descubrir su rostro, con un movimiento de mi espada levanté la celada de su yelmo, descubriendo que era tan solo un espectro descarnado implorando el descanso. En tal caso clavé mi acero en su pecho y luego....
Habían llegado a la casa de seguridad y la historia del capitán concordaba con lo que ella sabía de la leyenda del armado solo que el final no era del todo feliz, al menos para el natural de Burgos ya que como había leído:
“desde aquella noche, no volvió a aparecer en aquel callejón, el espectro del sanguinario armado”.
Parecía que el español había redimido al original armado de su maldición, cualesquiera que ésta hubiese sido al ocupar su lugar en el callejón. Tanto el propio militar como Haydee desconocían el origen de la anatema y como había leído previamente en las tradiciones:
“ésta se había perdido en algún punto del siglo XVI y mucho antes de que apareciese el caballero de Burgos”.
Haydee de momento no podía hacer mucho por el infortunado capitán y se lamentaba ese hecho ya que en realidad no le hacía mal a nadie. En realidad detestaba tratar con fantasmas pues la mayoría eran testarudos, rencorosos y en resumen unos verdaderos imbéciles, pero la afabilidad del español le hizo olvidar que era un espectro, seguramente al igual que al propio capitán ya que la mano otrora enguantada y que ahora sostenía delicadamente con la suya efectivamente no estaba ahí y el fino contacto era tan solo producto de su imaginación, tan es así que cuando los labios aunque pálidos y espectrales buscaron los suyos con mas simpatía que desenfreno, le devolvió vehemente el beso, permitiendo además que sus manos divagaran a placer sobre su cuerpo. Podía ser un caballero pero al parecer eso no lo eximía de satisfacer ciertas necesidades.
III. Ella parecía una niña.
Lo cierto es que a Haydee no le importo demasiado que tras el beso y los furtivos escarceos en el portal de la casa, el burgalés quisiera ir un poco mas allá, tocándole ambos senos sobre la cazadora, ávidamente y quizás hasta con un dejo de sorpresa por su turgencia, jugando con ellos en círculos mientras la besaba de un modo un tanto menos tierno y mucho mas lujurioso que al principio. Sus fríos labios cada vez le parecieron mas ardientes y su boca mas sedienta por sus labios entreabiertos.
Haydee sonrió e incluso dejó escapar una risita que el español no pudo descifrar, en realidad le causaba un tanto de gracia que un hombre muerto fuese el responsable de tan apasionados besos y ardientes caricias. Haydee se apoyó en su hombro y dejó que él siguiera su curso. Así, sintió como las manos de su exaltado caballero, iban una y otra vez de amasar sus nalgas a estrujarle los pechos al mismo tiempo que restregaba discretamente contra sus caderas el bulto que asomaba imponente entre sus ropas. Luego y en un acto que sorprendió a la excitada Haydee, la levantó en brazos llevándola instintivamente al interior de la enmohecida casa hasta hallar lo que en algún momento había sido una alcoba.
El español acariciaba a Haydee sobre la ropa, besando y lamiendo toda la piel que lentamente quedaba al descubierto conforme descubría la manera de hacerla desaparecer. Por sobre el escote pronto asomaron sus abundantes pechos y el español se prendió a sus pezones para chuparlos y lamerlos uno y otro a la vez, en una actitud que parecía tenerlo fascinado tanto por la plasticidad de la piel tibia como por la dureza de sus pezones. Haydee por su parte se entregaba pasivamente a las sensaciones ya que había comprobado en un par de ocasiones al tratar de acariciarlo en la entrepierna, que la integridad física del espectro no se mantenía en todo su cuerpo y esta iba y venía. Aún así, el español se las arreglaba bastante bien y con algo de ayuda de Haydee terminó de desnudarla. Cuando finalmente sus ajustados pantalones quedaron fuera y la minúscula braga estuvo a la altura de sus rodillas, el depilado y humedecido coño de ella quedo al descubierto y a la completa vista del español que exclamó:
-Cuando os miro la entrepierna vos parecéis una niña... pero vuestros pechos, por mi patria que prosperáis como nodriza...
Ansiosa y divertida por la aseveración del español, abrió las piernas echándose de espaldas sobre la cama, uno de los pocos muebles que la casa contenía y que no recordaba existiera en aquel cuarto. El burgalés aprovechó su posición para besarle el cuello y sus hombros mientras le acariciaba los pechos, acercándose cada vez mas para que su sexo coincidiera con el de Haydee.
Como esperaba, el español era bastante convencional y rápidamente se montó sobre ella en una típica posición de misionero. Haydee empujó las caderas hacia el frente buscando y un par de centímetros del instrumento del español la penetraron. No obstante de su variada y en ocasiones poco convencional vida sexual, Haydee nunca había tenido un encuentro con un espectro, para su regocijo el instrumento que en esos momentos la penetraba rítmicamente se sentía igual de bien que si se tratara de uno vivo y aunque el resto del cuerpo se mantenía entre lo etéreo y lo tangible, la polla era bastante dura y mas rígida de lo que nunca hubiese esperado de un fantasma. Su vagina estaba tan mojada para entonces que no tuvo ningún problema para acostumbrarse al visitante y poco a poco empezó a moverse mas rápido, ganando mas hierro dentro de ella. El español aceleró el ritmo de sus movimientos y todo su miembro estuvo dentro, ella le llevó las manos hasta sus tetas y así, apoyado en ellas, comenzó a estrujárselas con delirante pasión mientras se la follaba como no lo había hecho a una mujer en mucho tiempo.
Como Haydee no deseaba mas que recompensar tanto como le fuese posible al desafortunado español, se desligó de su abrazo y girándose debajo de él hasta darle la espalda le dirigió el instrumento hacia su orificio posterior, no estaba segura pero algo le decía que no era algo a lo que él estuviese acostumbrado pero si que lo disfrutaría ampliamente. Haydee por su parte, no lo admitían con mucha frecuencia pero lo cierto era que disfrutaba de igual forma por delante que por detrás.
Con lentitud y sin entender mucho de lo que pasaba, el español fue introduciendo su instrumento entre las opíparas nalgas de Haydee, entusiasmado por sus repentinos gemidos mezcla de placer y expectación. El burgalés sentía dentro de lo que su condición espectral le permitía la presión del estrecho orificio sobre su verga y el delirante masaje con que las nalgas de Haydee le cobijaban el miembro conforme éste se abría paso por entre su abundante trasero. Embargado por la excitación, apenas logró introducir la mitad de su instrumento cuando inició un ritmo acelerado, ella se tumbó lánguidamente sobre la cama jadeando de placer con la intensidad del bombeo del español, abandonándose a las bizarras sensaciones de coger por el culo con un espectro.
Ella estaba al borde de un orgasmo, sus gemidos ganaban intensidad y su respiración era cada vez mas fuerte cuando el español se sujetó a sus pechos y comenzó a gemir en algo parecido a un orgasmo. Haydee apretó con fuerza su esfínter y empujó hacia atrás las nalgas sintiendo que aquel duro pedazo de carne seguía en su interior sin embargo, no percibía nada mas, si él se había en efecto corrido o no era desconocido para ella, lo que en realidad no importaba porque llegado a este punto, Haydee no pudo continuar. Un orgasmo anal de avasalladora intensidad se apodero de ella y comenzó a gritar con todo su ser, a agitarse frenéticamente...
IV. Una aparición no hostil.
Mas tarde Haydee se despidió del Burgalés con un beso. Al día siguiente reportaría a Tageslicht que “la aparición no hostil de arcos de Belén”, era en realidad el otrora capitán Rodrigo de Salamanca natural de Burgos, buen hombre, magnifico soldado y patriota (amén de buen amante a pesar de estar muerto) que tras haber liberado el alma maldecida del original armado, se encontró a él mismo maldito y negado al descanso de los muertos por una maldición absurda.
Acaso era justo? Merecía ser castigado el burgalés por hacer lo que el buen juicio y la misericordia le habían dictado hacía cinco siglos atrás?. Así era como se recompensaba al justo en el otro mundo?. Haydee pensó que la muerte al igual que la vida estaba plagada de injusticias y ella al igual que los demás vivos, solo podía ser mas cuidadosa con sus decisiones, dentro de las cuales estaba quizás contempladas un par de visitas mas al buen Rodrigo de Salamanca. Pero como todo en ella no existía nada seguro.

 

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