Los áticos son para el verano
Enviado por Anonimo el día Jueves 24 de Julio de 2008
 
En la calurosa calma de una tarde veraniega sólo domada por la
fresca brisa del aire acondicionado voy poco a poco descendiendo
somnoliento por el pozo del sueño. Me hundo en el sofá, lentamente,
desapareciendo de la habitación hacia el centro de la tierra.
Atravieso estratos de vidas anteriores y vislumbro cómo era el día a
día de los ancestros. Atisbo emociones intensas y profundas, también
se advierten promiscuas y placenteras situaciones sufridas por los
ocupantes del camino hacia las entrañas de la diosa Gaia.

Unos fuertes golpes en el cristal me anuncian que estoy llegando al
final del viaje, a chocar contra el espejo que a Alicia la situaba
en el país de las maravillas. Son cada vez más fuertes y seguidos,
con urgencia, son.......

.....son reales y me hacen volver vertiginosamente a la vida de la
habitación fresca-acondicionada artificialmente.

"Por favor, ábreme, rápido, por favor", decía una voz femenina al
otro lado del cristal, de la puerta de cristal de la terraza de mi
ático. Abrí los ojos aunque la luz vespertina era todavía muy
brillante y no me dejó ver quién estaba al otro lado. Tuve que hacer
un esfuerzo infinito para levantarme y llevar mi cuerpo hasta allí.

"Date prisa, por favor, vamos, acércate y abre..." me urgía la chica
que estaba allí. Mi visión comenzó a aclararse y ganar en agudeza.
Vaya sorpresa. Golpeando mi puerta había una belleza en ropa
interior, bueno, mejor dicho estaba haciendo top-less a la vez que
llevaba el resto de su ropa bajo el brazo.

"Espera, espera, ya voy, y deja de machacar la puerta que vas a
romper el cristal", le increpaba mientras abría la hoja de cristal y
salvar la vida de aquella preciosidad.

"Perdona y gracias. He tenido que salir precipitadamente de la casa
de tu vecino, imagínate la situación, su mujer ha llamado al portero
diciendo que bajase a ayudarle a subir unas compras. El tiempo justo
para desaparecer. Él me ha dicho que eres de confianza y, además,
enrollado, ¿no?".

Con mucho desparpajo puso la situación a la luz. Que cabroncete mi
vecino. Mientras que su chica salía a hacer recaditos, él invitaba a
una amiga tan especial como esta, y se homenajeaban a gusto.
Cojonudo. Su mujer llama y todo son prisas que el vecino debe
solucionar. Pues con mucho gusto.

"No te preocupes que no te ha engañado en nada. Aquí estás a salvo,
bueno siempre que yo no tenga ninguna visita que entonces no sé
hacia dónde te vamos a enviar", y pronuncié las últimas palabras con
demasiado énfasis, como si ella ya fuese un asunto de dos, de mi
vecino y mío.

Indudablemente la huidiza había pillado la intención al vuelo y una
sonrisa apareció entre sus labios.

"Bien, cada cosa a su tiempo. Ahora necesito un lugar donde vestirme
y arreglarme un poquito, debo tener una pinta que......" y me miró
fijamente esperando mi respuesta. La respuesta de un hombre a la
frase femenina de "..debo tener una pinta que......" es muy difícil
por lo que opté a contestar a la primera.

"Sigue este pasillo y a la izquierda hay un baño. A la vista tienes
todo lo que necesitas" e hice un recorrido visual completo de su
anatomía, la que estaba a la vista y la que no. Era delgada y más
alta que las mujeres delgadas como ella. Tenía el pelo corto y
alborotado, lo que le hacía que resaltasen todavía más sus grandes
ojos de niña traviesa; sus labios podrían pedir cualquier cosa,
siempre lo conseguiría; a veces los tapaba y otras no, y en estos
casos me di cuenta que tenía unos pechos grandes, como les suele
pasar a muchas mujeres delgadas, y bastante erguidos para su
generosidad; el deporte era parte de sus aficiones o manías, lo que
mantenía su vientre liso y con poderío; sus piernas eran largas y
con bonitas formas que le hacían desplazarse con gracia. Era una
preciosidad que se había colado en mi casa como si fuese una
fantasía de la siesta de la tarde.

"Te vas a quedar ahí toda la vida mirándome o me vas a dejar que
vaya al baño" saltó sobre mi haciendo que volviese del mundo de los
sueños.

"Sí, perdona, ve al baño, pero....¿vestirte?, con lo bonita que
estás así", le arrojé fruto de la excitación que comenzaba a
manifestarse dentro de mi cuerpo.

"Vaya, el vecino es enrollado, como me habían dicho, solo que no
pensé que tanto. Y ¿para qué quieres que me quede así?",

"Para continuar algo que seguro has tenido que dejar a medias hace
un ratito, ¿o no?",

"¿Se me ha notado mucho?, la verdad es que no hay nada que me
fastidie más que tener que cortar un orgasmo por culpa de una mujer",

"Bueno, ya me explicarás esto después, pero.... sí, se te ha notado
claramente. Pero no te voy a hacer un repaso al manual de la
excitación femenina en este momento. Seguro que quieres tomarte algo
fresquito, ¿no?",

"Me vendría bien una cervecita fría, muy fría, gracias. Voy a
vestirme de todas formas, no quiero más sustos. Por cierto, ¿tú no
esperas a nadie?"

"Espero que no, quiero decir que no espero a nadie". Estaba
consiguiendo ponerme nervioso. Seguía con sus preciosas tetas,
coronadas por dos areolas bien definidas y elevadas y un par de
pezones que decían cómeme, cómeme a cada instante y con cada vaivén.

Sin poder evitarlo me acerqué hacia ella sin dejar de mirarle a los
ojos, pasé un par de dedos por el borde de su cara, descendiendo por
su cuello, saltando el obstáculo de su clavícula, comenzando a
escalar por su pecho, hasta llegar al pezón, que al contacto con mis
yemas se endureció visiblemente a la vez que su dueña cerraba los
ojos y dejaba escapar un ligero suspiro.

"¿Qué haces, traviesooo, ahhh..? ufff, eso ha dolido, eres muy
bravo, ¿no?".

Me atrajo más hacia ella, hasta que nuestras caras estaban casi
unidas, se humedeció los labios, los acercó a los míos y me plantó
un beso que casi llevaba el sello de la pasión. Se dio la vuelta y
se llevó toda su ropa hasta el baño.

Menos mal que estaba en el pasillo de mi casa y no en medio de
cualquier lugar público, estaba helado, mejor dicho, petrificado, me
había dejado de piedra, saboreando el beso que había explotado en mí
con una cascada de sensaciones.

Esta vez sonó el timbre de la puerta. Alerta. Primero, una mirada
por la indiscreta mirilla. Anticiparse al enemigo. Tenía un botín en
casa y podría empezar los problemas. Era el vecino. Ahora le veía
como el otro, el enemigo a batir.

"¿Sí?", contesté desde dentro.

"¿Qué?, ¿cómo va todo?, ¿está esta todavía ahí?, no puedo estar
mucho aquí en la puerta, o me abres o tengo que irme.", susurraba
con premura.

"Todo va bien, no te preocupes por nada. Hiciste muy bien en decirle
que viniese aquí, es una chica muy maja. Se está vistiendo para
irse. Todo controlado", dije como si estuviese leyendo un prospecto
de una medicina.

"¿Pero....? ¿Cómo qué todo controlado? ¿Y si viene tu mujer? Todo
controlado. Dónde la vamos a mandar ahora, ¿al tejado?. Dile que se
dé prisa en marcharse, ¿vale?", dando la sensación de que lo que más
le preocupaba es que pasase demasiado tiempo en casa del vecino
enrollado. Vamos, que casi ni le importaba que viniese mi mujer.

"Oye, ¿has visto un sujetador transparente?", me dijo desde la
puerta del baño mi inesperada visita.

"Que sí, que se va a ir ya, porque si no, mira que bonito, tú te
quitas un problema para que lo tenga yo, hasta ahí podríamos
llegar", le dije al vecino para que se fuese a su casa cuanto antes.

Dado que nuestras dos puertas están muy juntas y la suya estaba
abierta, oí un par de chillidos de su chica que me anunciaron
problemas inmediatos.

"Raúuuulllll, Raúuuullll, me quieres explicar de quién es este
sujetador?.

Abrí la puerta y vi como su cara cambiaba de color, bueno, era
abandonada por él, mejor dicho.

"La cagaste tío, tienes un problema. Esta me ha dicho qué si he
visto su sujetador. Tienes dos trabajos urgentes, convencer a tu
chica de la bondad de ese hallazgo y conseguir el hallazgo para
dárselo a esta antes de que mi mujer llegue a casa. Y creo que
tienes para todo ello poco más de una hora".

Cerré la puerta y me fui directo al baño, a darle las buenas nuevas
a mi huésped.

Al llamar la puerta se abrió solita, dejando ante mí una imagen que
ya me acompaña en todas mis fantasías. No sólo no se había vestido,
sino que al encontrarse un baño en el que había de todo lo que una
mujer necesita para sentirse guapa, había empezado a ponerse un
polvito por aquí, una rayita por allá, un color por este ojo, un
poquito de este perfume por el cuello, vamos, ni que estuviese en la
feria de muestras de Lancome. Y, como toque final, y así la
encontré, había decidido que era un buen momento para quitarse
algunos pelitos que pueden acabar dentro de otras personas. Joder,
eso es aplomo. Cómo alguien en su situación puede desentenderse
tanto del peligro y dedicarse a su embellecimiento. Sentada en una
pequeña butaca y con una de las piernas descansando lejos de ella,
hacía contorsionismos para acercar peligrosamente la cuchilla hacia
sus labios inferiores. Levantó la vista, me miró, y volvió a su
tarea.

Sólo se me ocurrió un "¿puedo ayudarte?" frente a aquel espectáculo.
Me ofreció la cuchilla y en un momento estuve sentado en el suelo, a
menos de dos palmos de un coñito maravilloso, apetitoso, jugoso, y
todos los calificativos inimaginables. Sus labios mayores se abrían
con una simetría pasmosa, casi artificial, y los pliegues que
guardaban su botón mágico eran de un color rosáceo intenso. Por los
lados, en sus ingles, aparecían tímidamente unas raíces que eran el
objeto de los ataques de ella. Con sumo cuidado e intentando calmar
mi respiración para que se calmase el temblor que mis dedos no
podían esconder, le apliqué espuma de afeitar a los lados de esa
entrada al paraíso. De la abultada piel que cubría su clítoris
partían cinco líneas delgadas de vello, perfectamente separadas
entre si, y se abrían hacia su monte de Venus, asemejando los rayos
del sol al amanecer. Ella ya había hecho lo más difícil, delimitar
esos rayos. Ahora me tocaba a mí el trabajo menos artístico, pero no
por ello dejaba de ser muy apetecible.

Al aplicar la cuchilla sobre esa zona tan sensible y oculta, me
pregunté "....¿qué coño hago aquí, en mi cuarto de baño, depilando a
una tía que no conozco, sabiendo que dentro de poco va a llegar mi
mujer, soy un inconsciente..." pero una fuerza superior a la razón
me tenía embargado. Además, también era más inconsciente todavía a
sabiendas que la mujer del vecino le estaba montando una buena
bronca por la industria del calzado ajeno. Eso iba a explotar y
seguro que la onda expansiva llegaría a mi casa, era sólo cuestión
de tiempo.

"Por cierto, ¿no te preocupan los problemas que se están montando y
los que se montarán por lo del sujetador?".

"¿Ha aparecido ya?, menos mal, aunque todo tendría arreglo, seguro
que una casa que tiene un baño tan surtido, tiene bastante ropa
interior de mujer socorrida, y por las prendas que veo por aquí,
tenemos una talla similar", dijo apuntando a un corto vestido que mi
mujer solía usar en verano para estar en casa.

"Sí, ha aparecido ya, pero donde no debía aparecer. Ya te vale, en
la carrera te lo has dejado en la otra casa y ahora su mujer lo ha
visto. Vamos a tener problemas."

A pesar de la conversación yo seguía con mi dulce trabajo, usando la
mano izquierda para separar lo que estorbase a la cuchilla, aunque
allí no sobraba nada, todo estaba muy bien y en su sitio.

"Oye, ¿tú has hecho esto más veces, eh?. Bueno, espero que lo del
sujetador no vaya más allá que otras veces. Tengo que poner cuidado
con recoger toda la ropa cuando salgo de esta manera. Sobre todo en
invierno. Siempre me cuesta tanto saber si llevo ropa interior o no,
sobre todo de arriba, que se me olvida.

Sus palabras me encendían cada vez más, además decía las cosas de
una forma tan natural que no sonaba petulante ni engreída.

Una vez que acabé de depilar esos laterales decidí aplicar un
bálsamo sobre ellos, para que no se irritase y que mejor que la
saliva. Acerqué mi lengua hacia sus enrojecidas ingles comprobando
mi buen trabajo, nada se notaba, sólo suavidad y dulzura. Advertí un
leve suspiro y un estremecimiento en ella al pasar la lengua por
ahí, le estaba calmando la irritación que siempre sucede a la
cuchilla. Aplicaba generosamente una pátina de saliva y pasaba de un
lado a otro de su brillante rajita dejando arrastrar la lengua, con
intención. A cada uno de estos gestos ella respondía con una ligera
presión de sus manos en mi nuca. Cuando pensé que ya estaba curada
de sus recientes heridas, dediqué mis conocimientos a disfrutar del
manjar que se ofrecía abierto y lampiño, ese sol fuente de vida y
hundí con precisión mi lengua con la punta endurecida dentro de su
coñito y la moví como un látigo.

"Joderrr, que cabrón estás hecho. Ahhh.... qué tienes ahí lancero
bengalí, uhmmm".

Lancero bengalí, nunca me habían dicho eso pero me gustaban las
películas de aventuras aquellas. Como un buen súbdito del Golfo de
Bengala, seguí atacando aquella fortaleza con ahínco, deslizando mi
lengua de arriba abajo y de abajo arriba a los ritmos que la
respiración de ella solicitaba, procurando rozar desinteresadamente
su clítoris, lo que hacia que arquease el cuerpo con el peligro de
caerse de la butaca de diseño. Empezó a agitarse, la cosa iba bien,
me lanzaba palabras que apenas entendía y menos con mis orejas
sensualmente ocluidas por sus suaves y deslizantes muslos. Cuanto
daría en ese momento por ser como los peces. Respirar por branquias,
sacar el oxígeno de las humedades femeninas en vez de necesitar
aire. Salí a la superficie, tome una buena bocanada del precioso gas
y volví a sumergirme en el atolón polinesio yendo directamente a por
la madreperla. Descubrí mi tesoro entre los pliegues que lo
custodiaban y apliqué dulcemente mis labios a esa protuberancia
marina y como si de una fuente se tratase busqué sorber su esencia.
La embestida que me dio al sentir su botón poseído de forma tan
intensa hizo que ambos cayésemos al suelo, aunque ella desde más
alto.

"Que hostiaaaa, ahhh.....sigue ahí donde estabas, sigue, lancero que
tienes la perla en tus labios, pero no pares, cabrón, no paressss,
ahhh", que sintonía, la perla en mis labios. Al acercarme a
continuar la labor que tenía mi miembro a punto de estallar oí unos
sonidos ya familiares en esa tarde. Esos maravillosos golpes
cristaleros que iban a acabar con la puerta de la terraza.

"¿Pero quién será ahora?, dijo contrariada mi amante casual.

"No tengo ni idea, pero te advierto que los golpes son idénticos a
los que tú dabas hace un rato. Alguien ha saltado por la terraza.
Tengo que ir a ver."

"No me lo puedo creer, otra vez a medias, esto no puede ser", lanzó
al aire totalmente fuera de si.

Me acerqué a la puerta y allí estaba el vecino, con un sujetador en
la mano y la cara bastante colorada. Abrí ligeramente la puerta para
coger la prenda pero él empujó con decisión para entrar en mi casa.

"¿Sigue aquí, no?. Me he jugado la vida por esta prenda y quiero
dársela en mano."

"La vida no sé, pero te han dado un par de hostias que todavía las
llevas marcadas en la cara. Vaya con tu chica. Por cierto, ¿cómo te
has hecho con el sujetador?".

"Eso te lo digo luego, ahora dime dónde está Nadia y espero que no
te hayas aprovechado de la situación, ¿eh?", me increpó demasiado
excitado.

"¿Aprovechado?, creo que te he sacado de un buen apuro como para que
te importe lo que suceda después. No creo que estés en condiciones
de poner las reglas. Tendrás que volver a tu casa antes de que te
echen en falta, supongo que también al sujetador."

"Sí, a ella le ha dado un ligero ataque de celos y está reuniendo
fuerzas en uno de los baños superiores. No tengo mucho tiempo, pero
¿dónde coño está Nadia?".

"Bien, en el baño, pero lo que puedas ver no debe sorprenderte", le
preparé.

Abrió la puerta del baño e introdujo por ella la controvertida
prenda, imagen a la que siguió la voz de Nadia:

"Maravilloso, mi wonderbra, una cosita menos. Te lo ha traído Raúl,
¿no?, bueno, ahora ¿no vas a acabar lo que has empezado?, creo que
con este cepillo no es lo mismo, cariño".

"Lo que ha empezado, pero...¿qué cojones está pasando aquí?", Raúl
abrió la puerta del todo y allí apareció ella, ante nuestros ojos,
con el grueso mango del cepillo haciendo las veces de improvisada
polla.

"Hola Raúl, ¿estás ya solo?" le dijo inocentemente, mientras sacaba
con lentitud el cepillo de su coño, "¿quieres que pase a tu casa?",
seguía preguntando a la vez que continuaba con su acicalamiento. "Me
estaba poniendo guapa para ti, para que continuásemos con lo que
tuvimos que cortar", y le regaló una preciosa sonrisa.

"¿Continuar?, parece que tienes muchas cosas que continuar, si no
fuese porque tengo que volver ahora mismo a casa esto no iba a
acabar bien."

Hablaba con voz entrecortada, demasiado cabreado, por lo que decidí
hablar con él. "Oye Raúl, la tía está buenísima y la situación ha
venido rodada, además, no creo que tenga que recordarte hace unos
meses una escena similar pero con los personajes trocados. Venga
tío, no te lo tomes así, no nos vamos a cabrear por esto, ¿no?,
además, joder, parece que te molesta más que esté ella aquí, en esas
condiciones, a que estuviese tu mujer."

"Pues en cierta manera sí, me molesta más, aunque me he dado cuenta
que ésta no desaprovecha ninguna oportunidad por estas latitudes",
se le notaba que estaba cediendo en su postura de celoso
multilateral, por lo que le animé a que volviese a su casa,
intentase calmar a su mujer, que eso era lo primero, y que yo me
ocupaba de todo lo que tenía que ver con Nadia. Pareció aceptar,
aunque a regañadientes, viendo la prioridad de otros asuntos, por lo
que volvió a desaparecer por la medianía de las terrazas vecinas.

Volví con mi invitada esta vez dispuesto a concluir algo que
habíamos empezado en esa comunidad dos de los vecinos más avezados.
Abrí la puerta del baño y me la encontré con la ropa interior
puesta. El sujetador viajero le quedaba cañón, sus impresionantes
tetas todavía se mostraban más exhultantes que al aire, intentaban
salirse de esas copas que las aprisionaban y yo iba a ser el lancero
salvador. Me acerqué con decisión, llevé las manos hacia atrás
buscando un broche y allí estaba, lo hice saltar y a continuación
sus dos tetas quedaron al alcance de mi boca. Las apreté con ambas
manos por los lados y acerqué sus pezones de tal manera entre ellos
que con mi gran boca empecé a chuparlos a la vez. Aquello pareció
entusiasmarle porque me ofrecía su pecho con generosidad y ella
misma lo movía hacia los lados para hacer más amplia la caricia
verbal.

La excitación que con la visita de Raúl en parte me había
abandonado, volvió con renovadas fuerzas y me pareció buena idea que
Nadia la advirtiese también, por lo que le di la vuelta y apoyé con
fuerza mi miembro en su culo sin dejar de girar mis palmas sobre sus
maravillosos y erguidos pezones. La chica seguía estando tan
excitada como antes, lo que comprobé al llevar mi mano a su lloroso
coñito, por lo que le hice agacharse un poquito más, hasta que por
detrás apareció ante mí su preciosa rajita coronada por el círculo
perfecto que describía su culito. Estaba fuera de mí, no iba a dejar
pasar la ocasión de hacérselo allí mismo. Me bajé los pantalones
cortos que llevaba deslizándolos con los dedos de los pies, cosa
nada fácil, y dejé de acariciar sus tetas para llevar las dos manos
a separar los labios de su húmedo chochito. Puse la punta de mi
enrojecida polla en su entrada y empujé de tal forma que se salió y
sólo conseguí que fuese ella la que con su mano me indicase el buen
camino.

Así, con ayuda y de un solo envite, entré todo lo que esa posición
da de si, que no es demasiado, ya se sabe. Un grito de placer se
escuchó en todo el baño, mientras sus puños se cerraban sobre las
toallas más cercanas.

"Dale, dale, cabrón, que esta vez es la buenaaaaa,
ahh,...así....sigue, sigue, ahora no pares....", me decía convencida
de que eso ya no tenía marcha atrás.

Que bien se estaba dentro de esa mujer, joderrr, una y otra vez,
entraba y salía a mi gusto, y ella me correspondía avanzando su
precioso culito hacia mí cuando intuía que yo empujaba hacia ella.
El plash, plash que hacían nuestras caderas al chocar tenía un
compás de ensueño y el choff, choff de su húmeda gruta tenía un
estribillo fácil de recordar y placentero de ejecutar. Era divina y
podría estar ensayando todo el día esa melodía de pasión con ella.
Pero tristemente no iba a poder ser. El timbre de la puerta
reventaba de los apretones que le estaban dando, junto a
contundentes golpes que procedían de la propia puerta, todo a la vez.

"No me lo puedo creer, sigue ahí, no pares llame quien llame, me da
igual, no me voy a quedar cortada esta vez, nooooo por favoooorrrr",
empezó ordenando para acabar casi suplicando, pero no podía hacer
oídos sordos a tanta llamada. Debía ser algo urgente e importante y
tal y como estaba el patio era mejor dar la cara.

"Siento tener que sacarla, reina pero igual es mi mujer, he dejado
cerrado por dentro y eso es siempre muy sospechoso. Vete vistiendo y
espera instrucciones", le dije con toda la pena de mi corazón,
estaba más contrariado que ella por la interrupción, pero era mi
casa y tenía que tomar decisiones rápidas. Nuevamente acerqué el ojo
a la mirilla y allí estaba mi vecina, aporreando mi puerta y
diciendo claramente: "¿Dónde está esa puta, dónde?. Ábreme Nío, abre
de una vez.".

Estaba claro que algo sabía porque lo buscaba en el lugar adecuado.
Abrí la puerta pero con la cadena puesta, para ganar tiempo e
intentar calmar a esa fiera antes de que accediese a mi casa.

"Cálmate Sara y dime qué es lo que pasa y a quién buscas con tanto
interés. Tranquila", dije en voz alta para que me oyese Nadia y
supiese lo que tenía que hacer rápidamente.

"A la puta que ha estado en mi casa, con Raúl, y ahora está aquí que
él me lo ha confesado. A la que ha perdido el sujetador que ahora no
aparece. A esa hija de la gran puta que se va a acordar del día de
hoy, te lo aseguro. Pero, ABRE LA PUERTA DE UNA PUTA VEZ,
NÍÍÍÍOOOOOO", joder, iba en serio, estaba terriblemente cabreada y
eso que le habían dicho la verdad. Joder con la verdad que mal
efecto causa a veces en la gente.

"Espera, espera, que voy a buscar la llave", inventé a pesar de
estar abierta la puerta y sólo a falta de quitar la cadena. Me
acerqué al baño y le dije que fuese hacia la terraza y saltase a la
de Raúl, que ahora estaba su mujer intentando entrar y por allí
podría salir del edificio, ah, y que no se olvidase nada esta vez.
Le planté un húmedo beso en los morros y un tenemos que vernos en
los oídos y le empujé hacia la terraza, cerrando la puerta una vez
que ella ya saltaba la medianía. Giró su cabeza y me lanzó un beso
desde sus labios que atravesó el cristal con decisión.

Volví a la puerta donde estaban mis vecinos y quité la cadena
dejando que ella entrase como un vendaval mientras le indicaba a
Raúl, que se había quedado hecho una estatua en la entrada, que
Nadia estaba ahora en su casa.

"Vete para allá que ya entretengo lo que haga falta a tu mujer. Vete
y haz que se vaya de una vez por todas, ¿está claro?, y por Sara no
te preocupes, ya me ocupo yo, en serio".

"Sí, ya sé cómo te ocupas tú de las mujeres que salen de mi casa
para entrar en la tuya. Ya hablaremos, aunque tengo que reconocer
que hasta ahora sólo me has hecho favores, eso es así".

"Y así va a seguir siendo, salvándote el culo como lo estoy haciendo
hoy, ¿o no?".

"Sí, así es, pero comprenderás que tenga mis recelos, creo que en tu
lugar yo haría lo mismo con ellas y eso es lo que me mosquea, ser
parecidos."

Por no alargar más la conversación que habría que tener
tranquilamente, una larga noche con unas copas delante, le empujé
hacia su casa y cerré la puerta. Ahora sólo había que entretener lo
más y mejor a Sara y creo que me iba a gustar el encargo.

"Sara, por favor, ¿a quién buscas?, no te das cuenta que estoy sólo,
que Selene todavía no ha llegado y que no hay dentro ninguna puta de
esas que tú dices. Que sepas que no necesito los servicios de esas
reputadas profesionales, todavía."

"Sí es que Raúl es un cabrón. He encontrado un sujetador que no es
mío en casa y hemos tenido una movida que te cagas. Pero, de verdad,
que aquí no hay nadie, ¿no ha entrado ninguna mujer esta tarde?",
preguntó truncando el buen camino que llevaba su confesión.

"Que no, que te digo la verdad, estaba durmiendo un poquito, con el
aire acondicionado hasta que has llamado a la puerta de esa manera
tan eficaz", dije imprimiendo a mi voz todo el tono de naturalidad
que me era posible.

"Si a ti te creo, al que no creo ni gota es a Raúl, es un cerdo de
verdad. Si no ha venido aquí ninguna mujer, en mi casa ha estado
una, no sé cuando, pero ha estado y se ha dejado su sujetador,
porque mía no es una talla 100, eso lo sé bien", y se miró el pecho
que aunque era más reducido que el de Nadia a mi me parecía también
precioso y en su sitio.

"Pues mira por donde yo hubiese apostado porque tenías una 100. Sin
dudarlo" y puse mi cara más inocente, la del chiste. Y funcionó.
Sara no pudo contener una risa que contrastaba con los dos regueros
casi secos de lágrimas derramadas apenas unos minutos antes. Pero le
hizo muy bien. La puso guapa y atractiva.

"Gracioso y mentiroso nos ha salido el vecino, pero simpático y con
tacto para tratar a una mujer en esta situación, ¿a qué no tienes
algo de beber para celebrar tu inocencia?", y se fue directamente a
la cocina.

"Pues creo que sí pero va a tener que ser un poquito de Etiqueta
Blanca con hielo, el whisky de las situaciones calientes" y serví
dos en sendos vasos que me había regalado la propia marca. Le puse
un par de dedos pero me quitó la botella para ponerse una mano
entera.

"Vaya arranque para ser el primero que te tomas esta tarde. O mucho
quieres olvidar o estas tomando fuerzas" le insinué brindando con
ella y por ella.

"Y por ti también, que lo sepas, que eres el más enrollado de aquí y
no porque lo diga Raúl, el cabronazo ese....", me dijo acercándose
un poquito más para volver a chocar nuestros sólidos vasos.

Ahora era el momento de tomar una decisión pero antes había que
repasar las tres reglas básicas:

Regla número uno: no aprovecharse de ninguna mujer que esté hablando
mal del marido y con la que estés bebiendo en ese momento.

Regla número dos: no enrollarse con las vecinas, sobre todo si
conoces y tratas al vecino.

Y regla número tres que está en clara oposición a las anteriores: si
una mujer solicita tu ayuda y crees que vas a sacar beneficio de
ello, préstasela sin dudarlo y sin aplicar las reglas uno y dos.

Y Sara estaba solicitando mi compañía y comprensión, además, y se me
estaba olvidando, tenía el encargo de su chico de entretenerla y
esto iba bien, muy bien, vamos, tan bien que si Raúl le echaba
huevos podía acabar la faena que tuvo que cortar y cumplir con la
insatisfecha Nadia, a la que ambos no habíamos dejado a medias. Por
lo que estaba decidido, Sara se quedaba allí el tiempo que hiciese
falta y la consolaría hasta donde fuese necesario, las cosas que
pudieran pasar bienvenidas.

Tan ensimismado estaba en la ética de la elección adecuada que no me
percaté que a Sara se le volvían a empañar los ojos. Le sequé las
lágrimas que asomaban y la atraje hacia mí, haciéndole notar el
calor de mi acogedor pecho. Ella se resistió ligeramente pero bajo
mi cálida y confiada mirada dejó caer su cabeza sobre mi hombro y a
mí llegaron los acordes de aquel Put your head on my shoulder, de
alguien que ahora no venía a mi mente y le empecé a acariciar la
espalda, primero tímidamente pero después, una vez que ella no
separaba su pecho del mío y su respiración se iba haciendo cada vez
más agitada, pasaba mis manos por toda la extensión que mi brazo me
permitía.

Las escenas vividas con Nadia me habían dejado muy tocado y
sensible, sobre todo en ciertas partes que habían jugado esa tarde
como si se tratase de una inacabable montaña rusa. Ahora tocaba
volver a subir las grandes rampas y el tibio aroma que desprendía su
cuerpo, pegado al mío, me ayudaba en las cuestas. Le giré la cara
hacia mí y besé sus labios con precipitada pasión, fue un gesto casi
artificial que luego suavicé mostrando un interés más comedido. Ella
respondió con soltura y avaricia, como si fuese la única persona a
la que le permitiese besar su boca, buscando mi lengua con interés,
para saciar una sed que se había despertado esa tarde. Así estuvimos
durante un espacio de tiempo indefinido, pero que no tuvo que ser
demasiado porque cuando me quise dar cuenta ella estaba bajando mis
pantalones cortos y me indicaba que me subiese a la encimera, para
tenerme más a mano, bueno, es decir, mejor a boca.

Al ver liberada mi deseosa polla ella se entregó a la labor de
acariciar, chupar, sorber, lamer, succionar, presionar, y un sinfín
de verbos que pueden aplicar a esta acción de devorarme como nadie
lo había hecho últimamente, y eso que mi chica es toda una experta o
a mí así me lo parece. Si seguía así me iba a hacer correrme allí
mismo y eso no me parecía bien, aunque tan bravo como me sentía no
creo que tuviese problema en volver a atacarla una vez me vaciase en
su preciosa boquita, lo que no iba a tener era tiempo, los elementos
cercanos amenazaban.

"Uhmmm, Saraaaa, no pares, sigue así, pero dónde has aprendido a
hacer esas cositas con la boca, aghhh, divina, eres divina,
Saraaa....", me escuché gimiendo mientras tenía esos estratégicos
pensamientos. Todo un misterio el desdoblamiento del hombre mientras
le están haciendo una buena mamada, ¿a ellas les pasará lo mismo?.

Ya estaba decidido. No le iba a dejar seguir, prefería que fuese mi
boca la que hiciese que ella me recordase, volví a apartar de mí,
por segunda vez esa tarde, a una mujer preciosa que estaba
haciéndome ver el cielo y la senté sobre la encimera de la cocina,
subiendo su vestido hasta que apareció un minúsculo tanga
transparente totalmente humedecido por sus propios jugos. Uhmmm, en
su punto. Arrimé mi boca a esa dulce prenda y sople todo el calor
que había dentro de mí hacia su coñito, a la vez que aspiraba uno de
los aromas que más echo en falta en las perfumerías.

Sara dio un gran suspiro ante la brisa que inundó su centro de
gravedad y fue con sus propios dedos la que separó la fina tela para
que tuviese todo el acceso del mundo a su ya húmeda rajita. Esta vez
no estaba dispuesto a dejar pasar el momento y nada ni nadie iba a
evitar que hiciese correrse a la dueña de aquel tesoro. Con
verdadera gula me apliqué a chupar, lamer, soplar, succionar e
incluso mordisquear aquellos labios que se ofrecían abultados y
enrojecidos de deseo. Los separé con mis dedos dejando entrever la
entrada al túnel del placer y hundí mi lengua todo lo más profundo
que pude, hasta que mi nariz se empotró contra su clítoris.

"Uhmmm, qué tienes en la boca lancero bengalí, ¿un puñal?."

¿Lancero bengalí? ¿otra igual? ¿qué pasa, que anoche pusieron una
del imperio británico en India o era la del plus de los viernes?.
Pues nada, en distancias cortas ya se sabe, la espada no es buena
pero una buena daga. Por lo que seguí indagando si aquella gruta
tenía paredes sólidas a lo que Sara contestaba que sííííí, que
síííí, que sigue ahíííí. Deslicé mi daga hacia la parte superior de
la caverna, buscando el interruptor de la luz y vaya que lo
encontré, a Sara se le iluminaron los ojos con un brillo especial
cuando descubrí el mecanismo y le di una buena capa de lubricante en
formato saliva. Mientras, para no perder tensión, introduje dos
dedos dentro de su coñito, ahora podía ir a tientas, no necesitaba
la reciente iluminación para darme una vuelta por su coñito,
movimientos a los que ella respondía alzando sus caderas hacia mis
dedos y lengua. Advertí que ella estaba a punto de irse o venirse,
que siempre queda más cariñoso que irse, y aproveché sus movimientos
para introducir el meñique en su fuente untuosa para después
llevarlo escurridizo a su entrada trasera. Y de un solo golpe le
ensarté al más pequeño de la familia dentro de su apretado culito.
Sara soltó un pequeño grito, me llamó dos veces cabrón y me animó a
que lo llevase más adentro pero a mí me interesaba su botón, por lo
que no hice mucho caso a su sugerencia, no se puede atender a todo,
pero ¿Sara sí?. Dejé al aire su interruptor y le besé con elegancia,
dando ligeros rebotes sobre él hasta quedarme enganchado por su
magnetismo. Ella empezó a gemir de verdad, sin importarle dónde ni
con quién estaba, totalmente desinhibida; sus gemidos pasaron a ser
gritos y las yemas de sus manos a clavarse en mi cráneo. Tal y como
estaba sobre la encimera, comenzó a manifestar unos espasmos que yo
noté, sobre todo, en el anillo que presionaba mi meñique y, algo
menos, en los dedos que danzaban dentro de su coñito. Con las manos
imprimió un ritmo a mi cabeza al compás de sus gritos que sólo
emitían una palabra:

"Así....., así......, así........, así........, así........" y así
sucesivamente seguía estrellando mis labios contra ella mientras un
verdadero río de jugos abandonaba su coñito a lo largo de mis dedos.
Fue bestial, nunca había visto a una mujer correrse de forma tan
intensa teniendo a mi lengua como culpable. Se quedó encogida sobre
la encimera, tiritando y sintiendo los coletazos de ese orgasmo tan
reciente.

Al irse apagando su voz en un potente ronroneo empezaron a emerger
otros sonidos ya familiares y nada agradables a mis oídos. Primero,
los dichosos golpes en la puerta. Alguien intentaba llamar mi
atención porque no podía entrar con su propia llave y mira que lo
intentaba. Mi mujer sin duda, lo que confirmé en la mirilla. Menos
mal que cuando entró Sara había dejado puesta la llave en la
cerradura, para evitar un contratiempo como el que se avecinaba. Con
ello impedía la entrada de mi mujer aunque tuviese la llave y me
daba unos minutos preciosos. Además, no delataba mi presencia en el
interior, podría haber sido un olvido al salir. Eso me daba unos
minutos de ventaja para intentar pensar. Volví a acercar el ojo a la
mirilla y ya no estaba allí, sino que llamaba insistentemente al
vecino para que le abriese la puerta y supongo saltar por las
terrazas, como ya venía siendo costumbre este verano. Ufff, que
situación, demasiada tensión y morbo y encima, miré hacia abajo, y
parecía un pingüino, aunque no sé si esas aves podían aguantar una
erección como la que tenía en ese momento. Mi polla iba por libre
porque no era momento de mantenerse tan arrogante, había que dejar
al cerebro pensar y para ello se necesita sangre. Durante unos
minutos sólo se escuchaba el insistente timbre de la puerta de al
lado. Estaría todavía Raúl dentro con Nadia, seguro, porque si no ya
hubiese intentado ver cómo le iba a su mujercita. Volví a la cocina
y allí estaba Sara, preguntándose qué era todo ese jaleo y porqué la
había abandonado en un momento así, se abrazó a mí y me empujó hasta
una silla para sentarse encima de mi lustroso puñal, pero eso era
más de lo que la situación permitía. Le expliqué que mi mujer estaba
intentando entrar y que estaba llamando a su puerta pero que Raúl no
le abría. Ella volvió a la realidad y a Raúl.

"Ah, ese cabrón, ahora pretenderá tirarse a tu mujer, ¿verdad?" me
dijo echando sus manos a su cara.

"Que no, que no es eso. Ahora hay que conseguir que él le abra la
puerta para que tú puedas salir de aquí tranquilamente, ¿entiendes?,
ellos deben venir por la terraza. Voy a abrir la puerta para
facilitar las cosas y que no haya que romper ningún cristal, no
sería el primero, pero tienes que irte de aquí, ya le explicarás a
Raúl porqué no fuiste a casa directamente al salir de la mía. Ah, y
mejor date una vuelta por ahí y tranquilízate, tómate algo y más
tarde vuelves, ¿entendido?", le susurré al oído.

Nos acercamos a la mirilla para ver si mi mujer seguía allí y no
estaba. En ese momento la puerta de la terraza chirriaba anunciando
una nueva visita por lo que despedí con un beso en los labios a Sara
que me dijo: "ha estado muy bien, gracias por atenderme así, te debo
una de verdad" y me plantó un tierno beso en los morros.

Al cerrar la puerta e irme hacia la terraza no podía creer lo que
veían mis ojos, Nadia otra vez allí, bueno ya entraba hasta la
cocina, que es el primer lugar cubierto de la casa al que se llega
viniendo de la terraza.

"Joder Nadia, todavía no te has ido, ahora que tenía esto casi
solucionado", le dije al borde del infarto sin dejar de admirar su
preciosa figura que esta vez venía completamente vestida, por lo
menos de las prendas exteriores.

"Sí, dónde voy a ir, si tengo que salir de allí siempre a la carrera
y ahora es otra mujer la que llama, pero ¿qué líos os traéis aquí?,
por cierto ¿no alquilan nada en este simpático edificio?, aunque...
no sé, creo que nadie aquí sabe acabar un trabajito...hombres", no
perdía ni el atractivo ni el sentido del humor. Esa mujer era
increíble pero ahora se tenía que ir y ya.

"Nadia, esa otra mujer es la mía. Ahora el problema lo tengo yo, por
lo que tienes que irte ya; no te puedes quedar ni un segundo más,
ponte en mi lugar, vamos que te tienes que ir echando hostias porque
no me equivoco si te digo que dentro de nada están en la puerta de
la terraza Raúl y mi mujer", le apresuré acompañando a esa belleza a
la puerta. Me volvió a plantar un jugoso beso en los labios mientras
yo cerraba y dejé en el aire un nos vemos nada prometedor pero nada
comprometedor. Hoy sólo despedía mujeres guapas en mi puerta, vaya
día.

Me fui directamente a la cocina para colocar los posibles
desperfectos del guiso reciente; una vez resuelto este paso me
dispuse a esperar la visita con una revista en la mano y sentado
cómodamente en el sofá, como si nada hubiese pasado. El corazón me
latía con fuerza pero la situación empezaba a estar bajo control o
eso creía al principio. Pasaron los primeros minutos y me pude
calmar del todo, pudiendo pensar en posibles excusas o explicaciones
para todo lo que tuviese que oír.

Unas fuertes ganas de mear me estaban entrando, además de que se iba
haciendo cada vez más intenso un dolorcillo de huevos debido, sin
duda, a que en una tarde de tanto ajetreo sexual todavía no me había
ido o venido ni una sola vez. Al llegar al baño se encendieron las
alertas. Joder, que caos, Nadia había dejado todo patas arriba y se
me había olvidado, hasta la cuchilla estaba allí, con la espuma
suavizante. Ufff, que agobio, eso iba a ser más difícil de explicar,
tenía que recogerlo todo lo antes posible, colocarlo en sus sitios
adecuados, bueno, más o menos, porque igual igual era imposible. Y
la amenaza de la visita seguía latente pero no se materializaba aún,
lo que me hacía pensar en que iba a tener tiempo de asear el aseo. Y
así fue y, aunque me llevó más tiempo de la cuenta, ellos no
llegaban. Tanto empuje para entrar a casa y ahora qué, se habían
desvanecido las ganas de mi mujer o......una idea asaltó mi cabeza,
o más que desvanecerse se habían despertado en casa del vecino.
Joder, tenía que impedírselo, yo había consolado a su mujer pero no
era lo mismo; en mi caso, lo había hecho sobre una realidad pero en
el de ella, sólo pasaba que no podía entrar en casa, nada más. Y
ahora, el muy cabrón estaba cuidando de ella mientras se solucionase
lo del cerrajero, que por cierto también vivía en unos de los áticos
del edificio pero no estaría en ese momento. Ya habíamos echado mano
de él en alguna ocasión. ¿Y porqué ella fue a ver a Raúl si no
pensaba saltar por la terraza?, lo que ya habíamos hecho en
anteriores ocasiones.

Mi cabeza daba vueltas y empezaba a ver escenas en las que mi mujer
se entregaba en los brazos de Raúl, olvidando la llave, a mí y al
resto del mundo. Me estaba encendiendo por los celos pero no eran
los únicos responsables del calor que tenía, una sensación de sana y
morbosa curiosidad me estaba inundando. ¿Cómo podría saber qué
estaba sucediendo en casa del vecino?, si llamaba a la puerta se
rompía todo, sólo me quedaba la opción que hasta ahora todo el mundo
usaba. El paso natural: la terraza.

Tenía que poner cuidado, primero, en no caerme, sólo faltaba eso, un
muerto o muy mal herido, y después en no hacer ruido si quería ver
lo que pasaba sin ser visto. Todo lo que siempre ha habido de voyeur
en mí se despertó con el acicate que era mi mujer a la que iba a
espiar. Una incipiente erección me acompaño en el salto decisivo.

Una vez en la terraza contigua me orienté gracias al conocimiento
previo del terreno, dado que habían sido varias veces las que había
estado allí y me deslicé, ocultó por las plantas, hacia la puerta de
su terraza. No tuve que realizar grandes esfuerzos visuales, allí,
ante mis propios ojos estaban los dos. Que cabronazo, no había
perdido tiempo desde que Nadia había abandonado el piso, que tampoco
era tanto, había convencido a mi mujer que la puerta podía esperar,
con su inventiva, seguro que le dijo que yo había salido hacía un
rato, que había oído la puerta y no le había dejado acercarse a la
medianía de las terrazas para comprobar que la puerta estaba abierta
y esperando a mi mujercita con las tareas hechas.

No, era mejor entretenerla, por si acaso a mí me venía bien y
remataba con Nadia. Si en el fondo, el muy hijodeputa, pretendía
hacerme un favor aunque por las posturas y las cercanías que tenía
con mi mujer, el favor se lo estaba ofreciendo a ella, no había
duda. Aunque, a decir verdad, yo había hecho lo mismo con su mujer.
Consolarla.

Mientras continuaba con estas disquisiciones no podía apartar la
vista de ambos. A través del cristal de la terraza tenía una visión
de primera fila y era imposible que me viesen. Raúl, echado encima
de ella mientras besaba todo lo que a su alcance estaba hacía muy
difícil que prestasen atención al intruso que al otro lado del
cristal no perdía ni un solo fotograma de aquella escena. Mi mujer
estaba disfrutando, conozco su reacción cuando le muerden suavemente
el cuello y se arquea hacia atrás, como estaba haciendo justo en ese
momento. Las manos de mi vecino y desde ahora rival, se perdían por
debajo del top de ella buscando liberar las tetitas de mi chica, lo
que hizo sin demasiado trabajo, dejando la prenda como si fuese un
collar, alrededor de su cuello. Se apartó para tener una vista mejor
de su pecho, a la vez que me escondí tras unos troncos del Brasil
por si desde allí les daba por mirar hacia el jardín, en plan
romántico. No perdía vista de lo que Selene le estaba entregando,
porque fue ella la que aprovechando la distancia se empezó a bajar
la cremallera del vaquero. Con parsimonia y sin dejar de mirar a sus
ojos. Le estaba poniendo a mil la muy.....

Joder, y yo estaba a reventar con la escenita que le estaba haciendo
Selene, allí, pared con pared. Me desabroché un poquito el pantalón,
por aquello de la circulación sanguínea y de paso me regalé unas
ligeras caricias que me vinieron la mar de bien. Mientras, dentro de
la casa, mi mujer, con las piernas abiertas y tumbada en el sofá le
ofrecía su tesoro a Raúl, el que no se hizo de rogar y enterró su
cabeza entre los muslos de ella. Si hacía una buena faena la tendría
de su parte para el resto de la eternidad, así era ella. Y por las
convulsiones que describía su cuerpo él se estaba ganando la vida
eterna. Selene debía de ir tan excitada que en breves momentos
reconocí un gran orgasmo en su interior, apretó la cara de Raúl
contra su coño, deseando introducir parte de él en su interior
mientras su clítoris era besado hasta tocar el cielo. Que pena no
poder oír sus gritos.

Aquello iba a hacer que me corriese, no podía imaginar que me
excitase tanto ver a mi mujer disfrutar con otro, una vez superado
los celos iniciales. Abracé mi polla con emoción, pensando que era
ella la que iba a entrar en el coño de Selene. Volví la vista al
interior y observé como ella, ligeramente recuperada y de rodillas
en el sofá estaba maniobrando en los pantalones de Raúl pero la
posición que ahora tenían ambos no me permitía ver exactamente qué
pasaba. Sólo tenía una imagen trasera de él, los pantalones algo
sueltos y los brazos de ella que, de vez en cuando, abrazaban su
culo. No hace falta mucha imaginación para saber que le estaba
comiendo la polla en agradecimiento a sus atenciones pero desde ese
punto de observación a mí no me satisfacía la imaginación y
necesitaba pruebas reales. Me desplacé hacia una pequeña ventana
situada a la derecha de la puerta y desde la que tenía una
perspectiva diferente, más elevada, más jugosa. Con verdaderas
ansias, Selene hacía desaparecer la polla de Raúl dentro de su
pequeña boca para después centrarse sólo en la amoratada punta y
vuelta una y otra vez al jueguecito de magia de hacer desaparecer
las cosas delante del público. Él estaba en la gloria porque sólo le
acariciaba el pelo y le empujaba su miembro dentro con rítmicos
golpes de cadera. Seguro que no estaban callados y hubiese dado
medio brazo por oírles, pero la ventana estaba cerrada y me tenía
que quedar con el cine mudo. Hubo un momento en el que parecía que
se iba a correr, por como tensó el cuerpo pero ella, experta en esas
lides, ralentizó su trabajo porque se quería reservar un premio
mejor. De un único tirón le arrancó literalmente sus pantalones y
pude ver como su polla se sintió libre y arrogantemente apuntaba al
cielo, bueno al techo, ella se puso a cuatro patas, subida en el
sofá y se bajó su precioso tanga que quedó enrollado a la altura de
sus muslos, a mí esa imagen me volvía loco y con ella estaba
incitando a Raúl a que la atravesase con su sable. Sabía incitar a
un macho, había llevado su mano a la rajita para abrirla a su vista
y hacer con ello que la invitación fuese irrechazable.

Desde mi torre de vigía pude comprobar como Raúl sujetó a mi mujer
por las caderas y de un solo impulso le clavó la polla hasta lo más
hondo de sus entrañas. La respuesta de su cuerpo fue como si hubiese
recibido una descarga eléctrica porque se arqueó como una serpiente,
se retorció sobre el miembro del asaltante y, unos segundos después,
inició una danza de aproximación en la cual sus manos impulsaban el
culo de Raúl para que la penetración fuese cada vez más profunda.
Estaba disfrutando como hacía tiempo no le veía hacerlo. Esa imagen
hizo que mi polla volviese a pedir asistencia y casi sin darme
cuenta me encontré agarrado a ella e imprimiéndole un masaje muy
agradable.

Dentro la batalla continuaba. Ahora era el agresor el que estaba
decidido a dar una buena lección a su víctima, le había bajado la
cabeza con fuerza hasta que las mejillas de Selene tocaban los
cojines del sofá, su culo no podía estar más elevado y él no dejaba
de bombear dentro de ella su polla, con ganas, con deseo, con
pasión; estaban brillantes, sudorosos, creo que era por la falta del
aire acondicionado aunque también estaban a tope. El castigo que le
estaba infringiendo a mi miembro era cada vez mayor y ya empezaba a
sentir los primeros cosquilleos que denotan que se va a llegar a un
punto sin retorno, por lo que me contuve, no quería acabar antes que
ellos. El momento era precioso, los tres estábamos a punto de
corrernos aunque ellos no sabían que formaban parte de un suculento
y distante menage a trois.

Como venía siendo habitual esa tarde algo empezó a marchar mal. Pude
advertir como Raúl se retiraba y miraba angustiado hacia la puerta
de entrada. A su vez, mi chica intentaba recoger sus ropas que
estaban esparcidas por el salón mientras hablaban entre ellos de
forma entrecortada. Esta vez no me hizo falta saber que decían.
Seguro que alguien estaba intentando entrar en casa. ¿Sara?. Es
posible, tal vez había pasado más tiempo del que parecía y ya le
habían entrado ganas de volver a casa, igual para reencontrarse con
su chico porque se sentía culpable de lo que había sucedido y estaba
dispuesta a perdonarle su travesura anterior y la dudosa procedencia
del sujetador perdido.

Venga, otra vez la carrera de salto de obstáculos. ¿La harán
olímpica para el 2012?. Cerré mis pantalones como pude, para
asegurarme que no me iba a caer en el traslado pero qué iba a ser de
Selene. Por un lado me alegraba que no hubiesen podido acabar, como
solía ser lo habitual, que se jodan, pero por otro, estaba en la
gloria, se le veía tan arrebatadora y a mi no me hubiese importado
abonar convenientemente los troncos de Brasil en una explosión
conjunta de los tres.

Me trasladé con rapidez a mi salón, me tumbé en el sofá y me hice el
dormido, era lo mejor para el momento y así podría pensar en los
flecos de la situación para que todo pareciese normal. Sólo quedaba
la reacción de Selene, pero no estábamos para reproches mutuos, lo
importante es que Sara no advirtiese la presencia de mi mujer en su
casa y para ello era importante que se diese prisa. Dejé la puerta
de la terraza abierta, para facilitar su huida y como desde el salón
tenía un sector de la terraza a la vista pude comprobar como, al
igual que había hecho Nadia hacia unas horas, mi mujer saltaba la
valla y se iba vistiendo a la carrera, aunque todavía tenía sus
preciosas tetas a la vista y traía sus sandalias en la mano. Espero
que no se le haya olvidado ninguna prenda. Sería el cuento de nunca
acabar.

Terminó de vestirse en la cocina y haciendo alarde de una frialdad
impresionante dijo en voz alta:

"Ya te vale, campeón, aquí dormido tan ricamente y la llave puesta
en la cerradura. Como para una urgencia. Es que no tienes remedio",
y se acercó a la puerta, quitó la llave de allí, la abrió y echó un
vistazo para ver cómo andaba el rellano. Volvió a cerrar la puerta y
despacito se fue acercando a mí, agarró desde abajo la ligera sábana
que solemos usar cuando está puesto el aire acondicionado y tirando
de ella exclamó:

"Pero que tenemos aquí..vaya, vaya,...un regalito para mí...vete a
saber en quién estarás pensando ahora mismo. Espero que en mí porque
voy a ser yo la que se aproveche de esta hermosura. Nío, despierta,
vamos, o... mejor ya te despierto yo..." y se agachó con decisión
hacia mi polla que estaba tan deseosa de ser tratada bien y hasta el
final que creció rápidamente en su boca. Llevé mis manos a su cabeza
para que supiese que estaba disfrutando de su llegada y eso era
realmente lo que sentía, verdadero placer y saber que nadie nos iba
a molestar esta vez.

No pasó mucho tiempo hasta que me encontré sentado en el sofá y con
ella frente a mí, en cuclillas y cabalgando sobre mi endurecida
polla, deslizándose desde la punta hasta la base sin que se saliese
de su coñito, de circo. A cada bajada, mi chica soltaba un gritito
que me hacía comprender que estaba a punto de correrse y yo no podía
aguantar más así que aceleré las embestidas, ella se destapó del
todo, nunca le había oído gritar así, sin morder ningún cojín, Raúl
había hecho maravillas y me la había dejado en puertas. Desde aquí
gracias, vecino. Ambos nos fuimos casi a la vez de forma estrepitosa
y vaciándonos por completo como vasos comunicantes.

Caímos extenuados sobre la alfombra y poco a poco nuestra
respiración se fue normalizando mientras continuábamos abrazados.
Cuando los latidos de nuestros corazones dejaron oír los ruidos del
exterior ambos pudimos percibir claramente, desde la casa vecina,
las exclamaciones de Sara:

"Sí, sí, Raúl, me vas a matar,...perooo...no pares.....sigue
así.....qué te pasa
hoy....estássss.....como....nunca....ahhhh...cabrón.....me
matas......ahhhhh....".

Todo había vuelto a su cauce, ese iba a ser un buen verano para los
áticos.
 

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