Despedida al retirado
Enviado por petero el día Jueves 24 de Julio de 2008
 
Lento se vistió esa mañana el Dr. Lazo.  Era el último día en que asistiría a su trabajo en la
Sociedad de Ingeniería en la que prestaba sus servicios como médico salubrista, asesorando los
proyectos de construcción de la empresa en embalses ubicados en zonas pantanosas, en los cuales
había que luchar contra las enfermedades que se propagan en las aguas descompuestas en que se
desarrollaban las faenas.
No quiso apurarse. ¿Para que? No sabía como enfrentar lo que se venía después. ¿Qué haría con su
tiempo libre? Si ni siquiera tenía en la cabeza algo que lo hiciera recordar con agrado algún pasaje
de su vida.  No era santurrón ni mojigato, pero con el tiempo su vida se había convertido en una
serie de actos rutinarios que lo hacían olvidar cada vez más el pasado.
En la oficina sabían de su retiro y también de la desazón que lo embargaba.  Todos sus compañeros
trataron de animarlo, deseándole suerte en su futuro y todos le pronosticaban que se divertiría a
raudales con el tiempo libre que ahora tendría a destajo.   Muy cortésmente agradecía todos aquellos
augurios, pero en su interior sabía que nada de esto sucedería.
Sus jefes directos pasaron a saludarlo y despedirse.  Hubo un coktail en que participó todo el
personal de la sección.  Las secretarias que lo asistieron y las de los departamentos afines fueron
extremadamente cariñosas en sus despedidas.   Esto lo animó y le recordó en algo su pasado de hombre
galante.  Era enchapado a la antigua, pero nunca dejo de apreciar un  hermoso par de piernas
femeninas, una cintura cimbreante al caminar, y las curvas de ese generoso cuerpo de secretarias y
empleadas de la oficina.
Ya se habían sucedido todas las despedidas y se aprontaba a colocar en su inseparable maletín sus
últimas pertenencias personas del escritorio.  En eso ingresa su última secretaria, la que con un
gesto cariñoso pero absolutamente carente de toda malicia, como actuaba siempre, le avisa que viene
personalmente a despedirse Gilda, una empleada de la división de planificación que trabaja en el
piso inmediatamente superior.   Le llamó la atención este anuncio.  La recordaba como de mediana
estatura, pasados los 40 años, castaño a moreno era su cabello, nada de exageradas  sinuosidades en
su cuerpo, de una amplia sonrisa y a veces una pícara mirada.  Se habían encontrado algunas veces en
el ascensor.  Gentilmente le había dado la pasada para que saliera primero, y no había podido evitar
una mirada directa a las piernas hasta las nalgas contorneantes de la damisela.   También recordaba
que en algunas largas y tediosas reuniones de planificación de los trabajos de la empresa en los que
le correspondía participar, la había visto interviniendo y tomando apuntes. Dado a que su opinión
médica era mínima, se distaría observando a los demás participes.  Se había detenido en mas de una
oportunidad en el término de su vestido, un poco más elevado que de costumbre por sobre la rodilla,
dada la posición que ocupaba en la silla.  Al sentirse observada, recatadamente ella lo ponía en su
lugar.  Con la mirada no daba aprobación a su impertinencia, pero tampoco lo censuraba.
Desde su escritorio él escucha.  -Adelante, el doctor la recibirá-.  Y en un murmullo le dice: -Por
favor sea breve, no alarguemos innecesariamente estas despedidas-.
Ella le hizo un gesto de aprobación a la secretaria y entró lentamente, asegurándose oír tras de sí
el ruido de cierre de la puerta.
-He querido venir personalmente a despedirme de Ud.-le dijo.  -Lo vamos a echar de menos-,  y se
sentó en la sillita que estaba frente a su escritorio un poco más separada que de costumbre del
mueble.
Desde su lugar pudo ver el doctor como ella cruzaba las piernas al tomar asiento  No quedando cómoda
a la primera vez, cambó de posición, pasando la pierna antes ubicada abajo a estar ahora encima.
No pudo evitar dirigir la mirada a tan hermosas extremidades que se movían grácilmente hasta
encontrar su cómoda posición.  Al levantar la mirada se dio cuenta que ella lo había estado
observando todo el tiempo.  Se sintió "pillado".  Enrojeció por unos instantes para recobrar luego
la compostura.
-Le agradezco su gentileza y su amable visita.  Ya poco queda por hacer por estos lados.  Me voy
satisfecho de haber dado lo mejor de mi.  No se exactamente a que me dedicare en mi tiempo libre-.
-De seguro encontrará en que ocupar su tiempo-le contestó. -Todavía es Ud. un hombre con energía y
apuesto.  No le faltará.  Ya verá-.
-Gracias por el piropo, pero creo que no mas me queda permanecer en mi casa recordando viejos
tiempos, que ni siquiera sé si son tan buenos-.
-Tiene Ud. Todavía mucho por adelante y mucho por recordar-le dijo mientras lentamente estiraba el
brazo hacia su escritorio para entregarle un pequeño paquete de regalo muy finamente envuelto.
-Es para que nos recuerde-le dijo coquetamente.
-Es a Ud. a quien voy a querer recordar-le contestó con un dejo de aire conquistador, mientras abría
su obsequio.
Del interior del envoltorio sacó un hermoso pañuelo de seda, muy fino y de delicados bordados.  Se
lo agradeció muy emocionado, llevándolo hacia la cara, para sentir su suavidad, percibiendo el
exquisito perfume que emanaba.
-Quiero que recuerde este momento de despedida, que se supone triste, como algo un tanto distinto en
su vida-.
Dicho esto se paró, y colocándose al lado de la silla del doctor, con un gesto rápido pero delicado,
soltó los tres botones que sujetaban las partes de su vestido.  Al abrirlo vio el doctor una imagen
que en su vida se había imaginado y jamás olvidaría.
Ella estaba de pie mostrándole su hermoso cuerpo.  Sus pechos erguidos de singular tamaño, abrazados
por un sostén de color violeta que los realzaba, del tamaño justo para cubrir el pezón, pero dejando
que este se trasparentara.
Al ver tal exuberante belleza hizo un gesto como de querer ocultarse tras el pañuelo que recién le
había obsequiado.  Ella suavemente se le acerca, le toma una de sus manos, se la acerca al vestido,
invitándolo a abrirlo y continuar su examen.
Baja entonces el doctor un poco la vista y observa los destellos de un brillante blanco, de gran
tamaño que decora el obligo de la damisela, que se eleva y baja al ritmo de su respiración.  Sus
ojos pasan rápidamente a una diminuta tanga del mismo color que el sostén que aprecia como si
tuviera encajes en sus bordes, y que no es más que el precioso y tupido vello pubiano que se asoma.
Se da cuenta que de la cintura nacen dos largas cintas que mas abajo sujetan  unas medias negras,
realzando el liguero de manera sublime este cuadro de éxtasis.
Permanece unos instantes inmóvil.  El doctor apenas respira de emoción.  No atina a decir ni hacer
nada.  Jamás había soñado ni se esperaba una situación como esta, menos de ella, a quien nuca había
dejado de mirar, pero nunca se imaginó que alguna vez sería correspondido.  Y de que manera!
Ella retrocedió y con la misma agilidad con que había abierto el vestido se lo sacó para que el
doctor la viera en toda su grandiosidad.   Lentamente comenzó a girar, observando el doctor todo el
esplendor. Su espalda finalizaba en grandes y hermosas nalgas, apenas adornadas por las tiritas del
colaless, que culminaban en esas hermosas y excitantes piernas, que, sujetas por un portaligas, eran
enfundadas por medias negras con la costura dibujada, que antes tanto le habían quitado el sueño.
Recuperada su posición inicial, ella comienza nuevamente a vestirse, no sin antes, a pretexto de
acomodar una prenda, se inclina hacia delante, para que el doctor pudiera observar en toda plenitud
esos hermosos senos, ahora colgantes, realzados por una fina cadenita de oro.
Le resultaba difícil respirar al doctor, pero en ningún momento dejaba de observar y deleitar tan
magnífico espectáculo.
Nuevamente erguida, ella terminó de abotonarse el vestido y acercándosele, le susurró al oído -ya no
recordara nada triste en el día de su despedida-.
Y tomando una de sus manos, la colocó en su cadera para que por sobre la ropa, para que deslizándola
percibiera el portaligas y el broche que sujetaba la media.  Se dio media vuelta y desde la puerta,
con la mirada mas picara que el doctor haya visto se despidió con un beso al aire.
Antes de cerrase la puerta tras ella, la oyó agradecer a su secretaria y decirle que esperara un
poquito antes de entrar, puesto que el doctor estaba efectivamente muy emocionado.
 

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