Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años de edad. Nunca supe con certeza la causa pero, presumo que hubo infidelidad por parte de mi madre.. nunca más se habló de ella y la olvidé. Mi vida junto a mi padre fue de amor y dedicación a mi persona y no puedo decir que fui infeliz, todo lo contrario. A los diez años comencé a padecer de dolores en la espalda y los médicos declararon problemas renales. Cambiamos de médico en varias ocasiones y siempre sucedía lo mismo: comenzar los análisis, radiografías, etc. Resultaba molesto para mí por los enemas que preceden a las radiografías de riñones: uno a las diez de la noche y otro temprano en la mañana. Era fastidioso estar enseñando el culo a las enfermeras y resistir la manguerita que sin delicadeza te enfilan para luego depositar casi un litro de agua en las entrañas. Hasta los doce años era fastidioso, pero después era intolerable. Había comenzado a menstruar y tenía pelitos que no deseaba mostrar. Por cuestiones de recato y respeto, mi padre me llevaba a la clínica y allí alguna enfermera con cara de sueño ejecutaba la operación.
A los trece años, mi papá hizo compromiso con una mujer de 30 años y la llevó para la casa a vivir. Una mujer bonita, trigueña, de senos fuertes, cola hermosa y fogosa. Desde que llegó me llamó la atención su trigueñez latina.. sus labios morenos, su pelo negrísimo y su piel no rosada como la mía. Trató de hacer amistad conmigo pero yo la rechazaba sin motivos verdaderos, me sentía retada, ocupaba mi lugar, distraía a mi papá. A pesar de ello papi la amaba y deseaba.. de ello dan fe los gemidos que escuchaba de noche en la puerta de su habitación. En las mañanas se mostraba con descaro al ir al baño.. desnuda aunque cubierta por una ligera bata de estar. En ésas ocasiones me miraba con cinismo o ironía y yo apartaba la vista. No pude resistir observarla bañarse en varias oportunidades (siempre por el ojillo de la cerradura). Se bañaba con erotismo, pasaba la esponja por su piel con sensualidad, tocaba su cuerpo con lujuria. Una mañana temprano entré primera al baño para asearme y encontrándome desnuda entró ella. Quedé sorprendida y ella ni se inmutó. Se despojó de su ropa y entró a la ducha sin cerrar las cortinas. Hizo más que nunca. Se abrió de piernas y colocó la ducha portátil al frente de su coño, cerró los ojos y dejó que el agua tibia la acariciara. Con la otra mano estrujó sus pechos, acarició sus nalgas y masajeó su sexo en gestos que nada tienen que ver con la higiene. Me hipnotizó la visión. Su abundante vellosidad parecía de azabache, sus labios vulvares refulgían de piel trigueña, el púrpura de su sendero brillaba en invitación. Hacía mucho rato que debía haber terminado mi aseo pero estaba embobecida. “¿Me acompañas?” invitó al descuido. “No, muchas gracias” respondí con acritud. Terminé de asearme y salí corriendo del baño. Me encerré en mi dormitorio y quedé presa de extraños pensamientos.
A la noche comenzaron mis fiebres y papá me llevó a un nuevo especialista. La decisión fue comenzar un nuevo estudio y yo sabía lo que eso significaba. Las radiografías se harían al día siguiente y debía ponerme un enema esa noche a las diez y otro a la mañana siguiente a las seis. Comencé a sufrir por adelantado el ritual de la enfermera con el depósito y la manguerita. Cerca de las nueve y media se me acercó papá a proponerme que el enema me lo pusiera mi madrastra y con ello nos evitábamos la visita a la clínica. Acepté de mala gana porque reconocí que resultaba más cómodo en la casa, solo me preocupaba mostrarme a la madrastra. A las diez entró ella con el recipiente y los preparativos. “Quítate toda la ropa y acuéstate sobre mis piernas” Me pareció extraño, pensé que era mejor acostada en la cama y que solo necesitaba bajarme las pantaletas pero, diciendo y haciendo fue lo mismo. Colgó el equipo en una puntilla de la pared y comenzó a desnudarme. ¿Rozaba mis senos y pezones o eran ideas mías? ¿Sus dedos palparon mi intimidad o lo imaginé? Me acostó sobre sus piernas. Esta vez no terminaba en la manguerita sino en una pequeña cánula (de tamaño infantil) que lubricó con un poco de vaselina. El calor de sus piernas se trasmitía a mi vientre, su olor a violetas me inundaba, temblaba por la expectativa. Separó mis nalgas y puso la punta de la cánula en mi ojete, presionó un poco y se deslizó suavemente hacia mi interior. No la introdujo completa, sólo la punta y accionó la llave dando comienzo la entrada de agua tibia a mis intestinos. ¿La hacía girar o eran ideas mías? “No te preocupes, no te dolerá ni te lastimaré” Comenzó a acariciar mis nalgas muy superficialmente y a poco hice un movimiento “involuntario” que introdujo toda la cánula en mi interior. El agua entraba muy lentamente y apenas sentía las molestias en mi barriga. Comencé a temblar de excitación y temía que ella se diera cuenta. Ya no tenía dudas: la cánula entraba y salía lentamente al tiempo que con sutileza hacía giros que me provocaban erizamientos y corrientes por todo el cuerpo. La encajó con firmeza y extendió sus dedos por mi raja llegando a separar mis labios y coquetear con mi coñito. La miré sorprendida, “es que se sale si no la aguanto” respondió a mi mirada. Me relajé y suspiré ante la nueva situación. A ratos, sus dedos se “reacomodaban” y rozaban mi clítoris, paseaban por la entrada de mi vagina o pellizcaban mis labios. La cánula seguía moviéndose y no pude soportar el escape que salió de mi interior, me sentí aturdida y avergonzada, ¿qué diría mi padre si se entera que me corrí durante un enema? “¿Falta mucho?”, pregunté con aspereza. “Ya terminamos”, expresó mientras extraía la cánula y cerraba mis nalgas para evitar que el agua escapara. Permanecimos unos minutos así hasta que me dijo que ya podía ir al baño. Sentada en el inodoro la observé recoger las cosas y llevarse los dedos al olfato. Estaban empapados de mis jugos y brevemente los pasó por sus labios. Entró al baño y preguntó si me había lastimado o dolido. Tuve que responderle que no, se lavó las manos y la parte superior de un muslo donde se observaba una mancha brillosa de mis fluidos. “No es tan doloroso, de hecho puede llegar a resultar agradable, todo depende de tu disposición mental. Temprano vuelvo con el otro, ya sabes que son dos. Que descanses bien”. Se retiró y quedé muy pensativa. Luego me acerqué a la puerta de su dormitorio y escuché sus exclamaciones unidas a las de mi padre. Aquella noche me sentí extraña y confundida, nunca un enema había provocado cosquilleos de excitación en mí y mucho menos un orgasmo. Las enfermeras lo hacen mecánicamente y ni se inmutan pero, mi madrastra jugueteó con la pequeña cánula y me hizo venir. ¿Se lo contará a papá? Sentí temor por la posibilidad y me preparé a negarlo todo.
Muy temprano sentí que me acariciaban dulcemente y al abrir los ojos encontré a mi madrastra sonriendo y con todo preparado. “Tenemos tiempo porque es muy temprano.. tu papá aún duerme”, dijo mientras comenzó a desnudarme. Solo la cubría una ligera bata y el olor a violetas era hechizante. Me tendí sobre sus piernas y suspiré mientras esperaba. Manipulaba con la vaselina y antes de introducirla la detuvo ante mis ojos. No era la misma de la noche, se trataba de una de adultos de dimensiones bastante mayores. De color carmelita claro, arqueada y con el extremo mucho más pronunciado que el cuerpo. No tuve tiempo de protestar ni expresar nada, abrió mis nalgas y puso la punta en mi orificio presionando muy ligeramente. Sentí la entrada del extremo grueso deslizarse dentro de mí. Comencé a excitarme por la sensación de aquello en mi culo. “¿Te molesta?”, preguntó muy bajito. Al girar la cabeza para responderle hice un giro “accidental” con el cuerpo, y la cánula entró completa. No recuerdo mi respuesta, sentía placer por la nueva dimensión que tenía encajada. Sin sutilezas ni disimulo separó mi raja y apoyó sus dedos en mi intimidad. Sobaba mis labios y clítoris, el dedo corazón se movía sutilmente, como serpiente en busca de la presa, explayándose en mis labios menores y entrada de vagina. Me humedecía cada vez más y no podía acallar gemidos. Sentí pellizcos en mis pezones y enderecé la posición para facilitarlo. Las caricias me electrizaban y un volcán comenzó a gestar desde mi interior. Creo que hasta comencé a balancearme en busca de más satisfacción. Un orgasmo explosivo detonó y me licué como nunca lo había hecho. Recuperé el ritmo de mi respiración y pregunté si había terminado.
─.. ¿Cómo terminado si no ha entrado aún ni una gota de agua? No te apenes por correrte, en la adolescencia suceden ésas y muchas otras cosas …
El agua comenzó a inundarme lentamente y me recuperé de la vergüenza, ¿qué pretendía?, ¿adónde me conducía?, ¿por qué me vine con sus manoseos? No puedo decir que me disgustaron. Su conversación me trajo a la realidad y me sorprendí de sus comentarios.
─.. Tienes demasiado desparramados los pelos de tu coño. Es mejor depilarlos un poco y mejorar la apariencia, una mujer debe cuidar su apariencia siempre, ¿no crees?
─.. No sé depilarlos, nunca lo he hecho …
─.. Al regreso del médico te ayudo, si quieres …
Claro que quería, depilarlos y mucho más, todo lo que ella propusiera. Continuó conversando conmigo sobre amor, sexo, caricias y cosas así. Me contó que a mi papá no le gusta el sexo anal porque lo considera sucio y confesó que a ella le agrada mucho. “Parece que a ti también”, dijo. Me pareció atrevido el lance pero tuve que reconocer que me he venido dos veces con las cánulas y sus caricias. ¿Pueden creer que esa mañana asistí contenta a las radiografías? Deseaba terminar y volver a casa. Así se produjo, mi papá le rogó encarecidamente que cuidara de mí porque él tenía mucho trabajo e incluso esa noche llegaría tarde. “No te preocupes, ve tranquilo que yo me ocupo de ella”, fue su comentario.