as imágenes se repetían en su cabeza con insistencia. A través de la cámara
de vigilancia había visto a la chica de aquella empresa masturbarse
furiosamente una tarde de sábado, en su puesto de trabajo, delante del
ordenador. Ella misma, vigilante jurada, de servicio en los monitores, había
sentido una curiosa excitación al ver a quella mujer semidesnuda jugar entre
sus piernas con sus dedos, introduciéndose el mango de un abrecartas y luego
muchas más cosas a lo largo de casi dos horas. Había llegado el relevo y sintió
que tenía las bragas pegadas a su sexo por la cantidad de flujo que había
generado, motivada por su sesión de voyeurismo.
No había dicho nada a nadie, pero ahora sentía que necesitaba ver otra vez
a la chica, antes de que otro compañero o compañera descubriesen sus
actividades. Deseaba algo que aún no tenía definido. Hasta ahora había tenido
experiencias heterosexuales, sin dejar de disfrutar con la presencia de cuerpos
de mujer desnudos, cubiertos de sudor en el gimnasio, en el vestuario, en las
duchas. Acostumbraba a tomar el sol en top-less en las playas más familiares, y
completamente desnuda cuando ella y sus amigas decidían recorrer apenas
doscientos metros para alejarse de los ruidosos grupos de adultos y emjambres de
niños.
Solía pasar de los mirones que hacen del paseo a la caza de pechos y coños
el deporte favorito del día de playa, sólos o en grupos y por supuesto dejando
a sus mujeres a cargo de los niños. Aunque a veces decidía vengarse de ellos.
La mejor táctica era incorporarse en la toalla y mirarles directamente a los
ojos mientras fumaba con insolencia. Incluso abría las piernas y les dejaba
atisbar un esbozo de su coño parcial o totalmente depilado, según días. Era
infalible: se ponían nerviosos y bajaban la vista, mostrando un repentino interés
por la arena, las conchas y las algas que se enroscaban en sus pies.
Solamente un día le "..falló".. su táctica, con un muchachote joven
y con más arrestos de los que hubiera esperado. Al abrir las piernas y enseñarle
su sexo el muchacho frenó en seco, admiró el paisaje y se dirigió directo
hacia ella. Cuando llegó a su altura tiró la bolsa y la toalla en el suelo y
de un solo movimiento se quitó el bañador, dejando ver una polla en estado de
semierección. Ella le miró a los ojos y luego bajó poco a poco recorriendo el
cuerpo, buen pecho y brazos, piernas fuertes de deportista, hasta parar hacia la
mitad, donde el chico había cerrado su mano en torno a la polla, ahora
totalmente dura y erecta, e imprimía un lento movimiento de vaiven. iSe estaba
haciendo una paja a veinte centímetros de su cara y sin cortarse un pelo!. Era
ella la que se sintió confusa aunque inevitablemente caliente. Los granitos de
arena se estaban aglutinando bajo su coñito y en sus labios por causa del flujo
que estaba empezando a manar.
El chico, en cambio, lo tuvo muy claro. Acercó su mano a la cabeza de ella.
Acarició su pelo y, mientras avanzaba un paso, presionó suavemente su nuca
acercando su boca al capullo, grande y morado. Ella no pudo o no quiso
resistirse y abrió sus labios, acogiendo la polla del chico, iniciando una
mamada que terminó en un polvó fantástico al atardecer, a pocos pasos del
mar. El chico resultó ser un buen amante y excepcionalmente tierno, teniendo en
cuenta que era un perfecto desconocido y que cualquier otro en su caso la
hubiera tratado como una golfa de playa. Sin embargo fué delicado al
penetrarla.. fuerte y casi salvaje cuando ella perdió la cabeza al sentirse toda
llena y empezó a gemir, gritándole con voz ronca que la empalara toda..
divertido, haciendo incluso un chiste sobre el peligro de que hubiera cangrejos
de la especie "..come-sexos".. sueltos por la playa.. y muy dulce al
besarla y acariciarla después de que ella se corrió con un grito, perdida
cualquier precaución ante la posibilidad de ser vistos por otros paseantes.
Ella le correspondió durante casi toda la noche por el inesperado regalo de
un amante competente, follando con él como lo haría una vieja amiga,
preocupandose mutuamente de que el placer fuera el invitado de honor al
encuentro de ambos cuerpos. Hoy era su día libre y decidió acercarse hasta la
calle donde vivía la chica. Había averiguado su filiación en la base de datos
de que disponían en el servicio de vigilancia del polígono industrial. Estaba
cerca de su propia casa, así que fué andando. El paisaje urbano era el típico
de los años sesenta, casas baratas con escaso gusto arquitectónico y tendencia
a parecerse a colmenas. Caminó lentamente, sorteando a los grupos de niños que
jugaban en la acera. Llegó hasta el portal donde se supone que vivía la chica
y paso de largo, sentándose en los veladores de un bar a unos cincuenta metros,
en la acera de enfrente.
No es que fuera a montar guardia, simplemente tenía un cierto deseo morboso
de verla asomada a la ventana, regando sus plantas en la terraza o saliendo a
comprar a las tiendas del barrio. Pidió una cerveza y se relajo disfrutando del
frescor de la sombra que proporcionaba el edificio. Hacía mucho calor aquel
verano, sentía el sudor correr por sus muslos, bajo la amplia falda india que
llevaba. Un top de algodón, dejando su ombligo al aire y realzando sus pechos
era el complemento perfecto.
Pasó casi una hora y tomó otro par de cervezas. Ya era casi de noche, las
familias salían a pasear al ceder el calor del día. Pero no había ni rastro
de su objetivo, así que decidió marcharse. Pagó la cuenta y desandaba su
camino cuando se abrió la puerta de una terraza en el segundo piso. Allí
estaba ella. Salía con un barreño en los brazos. Extendió un tendedero
plegable y comenzó a tender ropa interior. Ante su mirada atónita la chica fue
prendiendo con las pinzas de la ropa un muestrario de bragas y sujetadores de
ensueño. Había varios tangas, su prenda favorita. Berenjena, negro y fucsia
eran los colores más frecuentes. Practicamente iguales a los que ella misma tenía
en los cajones de su cómoda.
Sin perder detalle, siguió andando hasta quedar casi enfrente de la terraza.
La chica llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantas. Claramente
sus pechos estaban libres debajo de la tela de algodón y sus pezones se
marcaban con toda claridad. El bamboleo indicaba que eran de un tamaño como dos
manzanas, tal como había tenido ocasión de comprobar en los monitores. La
curva de sus nalgas se perdía con los amplios pantalones, pero las piernas,
hasta donde alcanzaba a verlas, eran bonitas y largas.
Abrió su bolso como buscando el tabaco pero en realidad uso sus manos para
apretar el borde de cuero contra su pubis. Su sexo empezaba a destilar flujo
mientras veía a la chica y recordaba sus piernas abiertas y el abrecartas
asomando entre sus labios...
Y justo en ese momento, cuando la chica regresaba hacia el interior de la
casa y ella se sentía francamente mojada y excitada sonó su móvil, como la
campana de un coche de bomberos, sacándola de golpe de su ensoñación.
- iSi? -, contestó.
- Paula, soy Fernando. iqué tal estás?
- Ya ves, pasando calor. iDónde estás? -, su sexo estaba pidiendo a voces
actividad...
- iQuéres que nos veamos?
- Siii -, te voy a follar hasta dejarte seco, pensó mientras quedaban en
sitio y hora. Si estás solo me acerco por tu casa en una media hora.
- Bien, te espero con algo fresquito para tomar.
- Date una ducha para estar fresquito....-, una sonrisa perfilando sus labios
humedos.... Te tomaré a tí...
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