Un mundo nuevo
Enviado por Anonimo el día Miércoles 31 de Diciembre de 1969
 



"..Mi mayor desgracia es no poder contar, a nadie, el secreto de mi gran
amor. Nadie, tal vez, me podrá comprender. Muchos, al conocer mi secreto, es
posible que preguntaran : ¿es cierto el contenido del relato, o es tan solo una
de tus innumerables fantasías?, ¿alucinas?, ¿nos quieres tomar el pelo?. Éstas,
y cuantas preguntas pudieran hacer, no me importan.. tengo que contarlo aunque
sea para recordar, al escribir con placer y tristeza, cómo fue mí secreto, mí
único y gran amor.


Inicio diciendo que estar cerca de él era mi mayor deseo, mi anhelo.


Aún no entiendo cómo fue que nació en mí, el amor. Ni tampoco si fue él
el primero en acercarse o fui yo la que lo atrajo. Esta duda no importa, la
eliminé desde que desperté a la realidad.


Me siento culpable por haber vivido, disfrutado y persistido en esa relación..
y no tanto por la relación en sí, sino por lo que decía antes: tal vez fui yo
la que propició todo. Sin embargo, no me arrepiento. A pesar de la culpa,
dejada atrás en el devenir del tiempo, creo, estoy convencida, que hice bien.
Lo volvería a hacer de presentarse de nuevo la posibilidad de reiniciar lo
vivido. Aunque sigo más viva que nunca.


El amor no se prevé, se presenta y ya.. luego, se construye.


Fui yo la que me senté sobre sus piernas para acariciarle el rostro, y el
pelo. No recuerdo que me hubiera invitado a hacerlo.. él, lo tengo muy claro, al
principio lo que hacía era sonreír y abrazarme, quizá con temor, pero sí con
el deseo de sentirme con sus manos. La primera caricia que me hizo fue alisar,
con calma y dulzura, mi pelo. Su sonrisa desapareció al inicio de esa caricia.
Creo que nunca más volvió a sonreír con los labios.. después, sus sonrisas
las encontré en sus ojos.


Mi placer en ese tiempo, se reducía a sentirlo cerca, a experimentar con su
olor y desear que él me viera y me acariciara, aunque fuera con los ojos. A la
distancia, me parece que ese es el momento de mayor felicidad para los dos..
principalmente para mí, que sí supe cuales eran las causas de mi continuo
ensimármele. Bueno, es más adecuado decir que ensimármele debe entenderse tan
sólo como lo que ya escribí: sentarme en sus piernas en cuanto tenía
oportunidad. Aunque también, casi sin saber qué, me deleitaba sintiendo algo
duro sobre su muslo y que presionaba mis nalgas cuando me sentaba allí.


Las cosas fueron más agradables para mí, cuando mis senos empezaron a ser
notables para él. Yo misma me sorprendí al sentirlos enhiestos. Y más
desconcierto tuvo él. Intuí que no esperaba que tuviera esas prominencias
sobre mis costillas. Y es que yo tomé su mano para hacer que las sintiera. Si
fue así, entonces yo y sólo yo he sido, desde siempre, la seductora. Más
descontrolado lo sentí cuando, sin yo misma saber exactamente porqué, se me
antojó chuparle los dedos de la mano viéndolo a los ojos, como tratando de
comunicarle que eso, era una caricia especial. Su asombro desapareció, al
hacerlo que me devolviera la caricia.. me chupó los dedos con su boca tibia, y
cerró los ojos.


Pasaron muchos días para que me admitiera de nuevo en sus piernas. Todo ese
tiempo lo vi serio, como meditando. Rehuyó mis ojos y se ausentaba de continuo..
durante ese lapso no me habló como antes. Sin embargo, me veía y su alma
conversaba con la mía. Con esa conversación callada, el resto del mundo se
esfumó de mi percepción. Me desarrollaba entre todos sin tomarlos en cuenta,
casi sin verlos, sin que me importaran. Sólo él era de carne y hueso.. El
tener una caricia de él, así fuera sólo con los ojos, me era enormemente
placentero. Y deseaba más. No era ingenuidad, tampoco inocencia. Lo más extraño
es que yo lo comprendí todo desde la eternidad.. hoy, lo entiendo mucho más.


Mis senos se hicieron más sensibles, al tocarlos se encogían.. al
apretarlos, las cosquillas se regaban por todos los rincones de mi cuerpo.
Entonces quise que él los tuviera en sus manos, que fuera partícipe del placer
de poseer tan bellas tetas.. que fuera él quién me produjera todas las
sensaciones en esas que yo consideré, desde que aparecieron, hermosísimas
montañas, lindísimas chichis.


Al regresar a sus piernas, lo abracé. Él me apretó. El cilindro duro en su
muslo, acarició mis nalgas. Fue hermoso. Yo, feliz, le acaricié el rostro, más
con mi sonrisa que con mis manos. Él me retornó la caricia.. y vi la felicidad
en sus labios que reían. Entonces quise estar sobre sus piernas por mucho
tiempo, sintiendo, gozando. Recliné mi cabeza sobre su tórax y creo que hasta
me dormí. No sé por qué, pero en ese instante supe que teníamos un secreto.


A partir de ahí, mi inquietud fue mucha.. no por el secreto, sino porque eran
muy pocos los momentos para estar a solas.. en esa casa vivía demasiada gente.
Cuando estaba segura de que nadie pudiera vernos, corría a buscarlo. Al
encontrarlo, mi corazón y mis senos enloquecían. Él, presuroso, con los ojos
cerrados me entregaba el abrazó cálido, apretado, delicioso, placentero.
Luego, encaramada en sus piernas, con mis pies muy firmes sobre el piso, oía su
dulce respiración. Nuestras bocas nada se decían, sólo los ojos hablaban.
Después, sus manos y las mías eran pródigas en caricias. Mi pelo lo fascinó
todo el tiempo. Lo recorría con el paso lento de sus manos. Lo tomaba, lo olía
con lentitud, como que se transportaba a otro mundo con el aroma de mi pelo recién
lavado. Por desgracia todo era muy rápido.. me separaba, me dirigía hacia el
lugar por donde llegué empujando para que me fuera. La primera vez, yo no
entendí. Después, supe que se trataba de mantener en secreto nuestro secreto,
que nadie nos viera, que nadie se enterara, ni siquiera la oscuridad de la
noche. Pasaban los días y yo me consumía deseando que, cuando nos abrazáramos,
el tiempo dejara de existir y el mundo se apagara.. sin nadie viéndonos, el diálogo
de los cuerpos podía ser eterno.


También empezaron mis temores.


Sentí miedo que nos sorprendieran en el íntimo y callado coloquio. Tuve la
sensación de que la casa era una plétora, que no todos cabíamos en ella.


Por las noches, su recuerdo se hacía muy fuerte. Mis deseos de sus caricias
era ya mucho muy intensos, como que el silencio y la soledad aumentaban todas
mis percepciones y más, cuando tratando de repetir las muy escasas caricias
recibidas, aprendí que mi cuerpo era muy grande, con muchos lugares donde el
paso de la mano o el frote de mis dedos, me provocaban demasiadas sensaciones.
Descubrí, entre los pelitos, una hendidura donde era muy bonito que se quedaran
mis dedos, frotando y frotando. Una noche en que la luna estaba desvelada y mis
dedos insomnes, el frotamiento cobró velocidad estacionaria y no hubo forma de
pararlos. De un momento a otro, el mundo estalló en millones de estrellas,
hermosas y desquiciantes. Todo ese conocimiento me hizo desear que fuera él, el
que hiciera caminar sus manos sobre mi cuerpo y que sus dedos fueran a localizar
aquel puntito donde las estrellas estaban escondidas. Mi desesperación:
nuestras oportunidades para estar solos eran cada día más escasas.. mis deseos
tuvieron que posponer su satisfacción. Y también, porque yo empecé a escuchar
cosas que hasta entonces no entendía o que no me importaban. Pienso que a
partir de esos días mis sentimientos de culpa se hicieron presentes, negros
como Satanás. Pero los deseché. Nada me importaba, excepto obtener sus
caricias, por mínimas que fueran, su ternura que tanto bien hizo en mi espíritu
apenas en la aurora de la vida.


Por mi cabeza rondó por mucho tiempo una idea, un deseo. Casi desde que
tengo consciencia. Creo que esa idea estuvo ahí desde que vi a un hombre y una
mujer, en la televisión, besándose largamente. Mi deseo: besarlo, que él
pusiera sus labios en mi boca.


Conforme el tiempo transcurrió, mis oídos se hicieron sordos a lo que se
decía a mi alrededor. Mi cabeza y mi corazón me dijeron que sólo tomara en
cuenta mis deseos y mis sentimientos. No encontré nada, por más que busqué en
esas palabras, que me dijera que no era correcto hacer y desear lo que hacía y
deseaba. Estuve segura, me lo dijo mi alma lúcida, que era natural que yo
sintiera lo que sentía y que hiciera lo que hacía. Además, no pudo ser de
otra manera puesto que, quisiéramos o no, estabamos juntos. Los seres humanos,
pienso ahora, cuanto más cercanos más se deben amar.


En aquel tiempo, simplemente dejé transcurrir las cosas sin trabas mentales
ni limitaciones de ningún tipo, porque no entraban a mi mente todavía, la
multitud de tonterías que después, y para mi desgracia, poco a poco empezaron
a llegar a mi conciencia a pesar de mis orejas sordas. El ruido era tanto, que
acabó por destapar mi oídos. Mi mejor estado emocional era no escuchar, porque
no comprendía. Y al no comprender mi cuerpo, y mi mente, y mi corazón, no
tuvieron, como mis ojos, mi piel, mi boca, mi deseo y mi decisión, limites,
reglas artificiales.


¿Qué pensaba y sentía él en aquel entonces? Lo ignoro aún en este
momento. Lo único real: no rechazó mi acercamiento, mi afecto, ¿mi amor?.
Pero se ausentó.


Aún recuerdo con enorme felicidad el día en que, sin proponérmelo ni
planearlo, me topé con él después de su ya larga ausencia, descansando en el
reposet y en la casi obscuridad. Cuando lo vi, como por encanto mi boca se secó
a pesar que la saliva la inundaba. Escuché y vi en todas direcciones. No había
nadie, el silencio total era señal inequívoca. Fui hacia él de puntitas, para
no despertarlo, para sorprenderlo. Con lentitud me deslicé hasta sentarme en
sus muslos, como no lo hacía desde tanto tiempo atrás. Su sobresalto fue
evidente. Pero sonrió complacido. Me recosté en su hombro y él, como siempre
que hacía lo que hice, empezó a acariciar mi pelo. Un calorcito enloquecedor
envolvió mi cuerpo, mi mente, mi alma. De pronto recordé mi más recóndito
deseo: ¡besarlo!. Levanté mi cara.. su rostro estaba elevado. Con mi mano lo
atraje y besé su mejilla. El volteó sonriente, sin sorpresa en sus ojos. Esa
sonrisa tan cercana hizo irreversible el beso que ya sentía en mi corazón.
Cuando sus labios respondieron a mi beso, la satisfacción y la felicidad me
saturaron.. así tuve, en mis labios cerrados, su lengua húmeda que los lamía.
Mi cuerpo tembló con aquella increíble sensación. Insistió en lamer. Quise
abrir la boca porque mi lengua anheló también, lamer. Y conocí sus dientes y
su lengua con mi lengua. Sus brazos me aprisionaron.. al estrecharme, el candente
abrazo me saturó de pasión, de ardor. Lo oí y me oí suspirar, como si ambos
esperáramos, desde tiempo inmemorial, el encuentro de nuestros labios, de
nuestras bocas. Deseé con toda mi alma, que aquel beso fuera eterno. Su mano
bajó hasta mis nalgas. Fue la primera vez que sus manos viajaron a lugares que
antes no tocaron. Un levísimo ruido en las alturas lo alarmó. Interrumpió
abruptamente el beso increíble, imperecedero, tanto tiempo esperado. Vete, me
dijo. Fue la primera vez que me habló. Su voz no sólo me sorprendió, sino que
llenó mis oídos como cántico coral. No entendí el por qué de la orden pero,
fascinada por la voz, sin pensarlo y con sigilo, me retiré. Esa noche mis manos
y mis dedos estuvieron activísimos apaciguando la tremenda inquietud que me
causaba la evocación del beso inaugural que tanto impacto causó dentro de mi
cuerpo, y en el cuerpo de mi alma, fue una masturbada sensacional. Mis manos
intentaron reproducir la sensación que mis nalgas tuvieron al sentir la mano
grande y cálida, acción cuyo único logro fue aumentar la necesidad imperiosa
de la mano ajena. Quise tener presente el sabor de su saliva y sólo recordé el
filo de sus dientes y lo suave y móvil de su lengua.


Esa coincidencia fortuita, abrió el espacio para el reencuentro y para
continuar la construcción de nuestro secreto amor como tanto anhelé y que, tal
vez, también él esperaba. La noche siguiente, temblando, me dirigí al lugar
donde lo encontré la víspera, con la esperanza de repetirlo todo y sentir como
la noche anterior.


¡Ahí estaba! Sentí mis costillas aporreadas por un loco corazón
desbocado. En la penumbra propiciatoria, casi salté a sus piernas y casi mordí
sus labios.


Aún recuerdo con estremecimiento todas las inmensas y hermosas sensaciones
que los besos intercambiados provocaron en mí, en mi cuerpo y en mi
afectividad, y desde luego en mi temperatura y en mi excitación. Más cuando
sus manos, antes tan pasivas, cobraron movimiento y recorrieron, al compás de
su lengua que retozaba con la mía, mi cuerpo apenas cubierto por una delgada
tela. Para mi enorme sorpresa, aquel lugar donde mis manos y sobre todo mis
dedos se complacían, se mojó. Me alarmé pensando que me había orinado, pero
la humedad se presentó sin el chorro habitual, certidumbre que aumentó mi
desconcierto y mi placer.


Fueron los primeros minutos de éxtasis que viví en la oscuridad. Vendrían
más. Él jadeó repetidamente, de una manera desconocida para mi.


De nueva cuenta, y cuando yo más deseaba que todo continuara, me dijo ¡vete!.
Obedecí, ahora sí, con cierta confusión y más desagrado.


Cuando regresé a mi cama, estuve segura que me esperaba en el reposet porque
no noté sorpresa alguna en él, al sentarme en sus piernas. Este sentimiento me
regocijó e hizo desaparecer las emociones negativas tenidas por su orden. Eso
me indicó que me esperaría en las noches por venir. Fueron noches increíbles.
Yo caminé en la oscuridad y él me aguardó en la penumbra. No recuerdo cuanto
tiempo pasó.


Una noche me dijo :


- Ven más temprano, mañana.


Lo hice.


Cuando estuve esa noche en la cama, entendí el por qué de la orden: habíamos
estado más tiempo juntos, esa fue la razón. Pero para esa razón había otra:
prolongar las fantásticas caricias de sus manos y los amorosos besos de
nuestras bocas.


Recuerdo también la noche que sus manos tocaron la piel de mis muslos..
inquietante, dulce, inesperada y placentera fue su mano metida debajo de la
piyama cuando llegó hasta mi senos, que no sabían nada del placer de otras
manos sobre ellos. Su mano jugó con cada uno, incansable. Apretó los pezones
sonrosados y pequeños.. de inmediato sentí que algo se clavaba en mi parte
inferior, entre los muslos, entre mis pelos que habían crecido, y también en
mis sensaciones que, como corrientes de placer, recorrieron todos mis sentidos y
los poros de mi piel, sobre todo allá, donde la mano amada se solazaba jugando
con mis pechos. Reales, increíbles, tremendas sensaciones las que conocí esa
noche. Él pareció dudar porque de improviso, pero con suavidad, sacó su mano
que andaba en las alturas, acomodó mi ropa y dio la orden, ya temida por mí,
para que me retirara. En mi cama logré, acompañada solo por mis manos con sus
dedos que se metían entre mis vellos y se mojaban, un tremendo estallido que me
dejó exhausta. Cuando me reponía de esa indescriptible explosión, rogué
intensamente a todos los dioses de todos los cielos que, como antes su boca en
mi boca, sus manos fueran las que produjeran todo aquel goce que yo me provocaba
sola y en la soledad.


La noche siguiente, no estuvo. Lo busqué en el día. No hubo manera de
acercarme a él como yo tanto ambicionaba: aproximarme cuando menos a sus ojos o
a su sonrisa.. no fue posible, eran demasiados los presentes. Eludió mis
miradas. Yo vi cómo apretó las mandíbulas, con enojo o preocupación. No tuve
más remedio que resignarme a esperar la noche. Pero otra vez al llegar, vi la
poltrona vacía. Llorando volví a mi cama. La enorme perplejidad, casi me
paraliza por no saber la causa de su enojo.. hice un enorme esfuerzo de memoria
para comprender por qué no concurrió al lugar de la conspiración. Revisé mi
comportamiento: no hice ni dije nada que lo molestara, creo.. tampoco pudo ser mi
agitación debida a las bellas caricias de su mano audaz en mis hermosos
promontorios, mis lindas chichis, ya que fue él, el que aumentó las caricias
metiendo su mano a donde nunca estuvo antes. Tampoco pudieron ser mis gemidos
casi silenciosos o la inmensa humedad que escurría por mis muslos ya que él no
pudo percatarse de esto, su mano no llegó hasta allá. Siguieron días, sobre
todo noches, difíciles para mí. No se para él.


Supongo que sufrió, puesto que regresó, tal vez para no sufrir más.
Multitud de noches después lo encontré en el lugar, esperándome. Supe de
inmediato que se alegraba, tanto como yo, de volver a estar juntos construyendo
nuestro secreto. Esa bendita noche, fue decisiva. Como que el tiempo
transcurrido sin nuestras nocturnas entrevistas, sin sentir mutuamente nuestras
caricias, le indicó que ya no le era posible contener sus deseos. (hoy entiendo
que antes de irse, era su decisión dar rienda suelta a sus sentimientos, a sus
deseos, pero que las ideas absurdas, que yo también encaré, lo frenaron haciéndolo
sufrir) Me besó con una fuerza desacostumbrada y con una lengua más
serpentina. Sus dos manos acariciaban mi cuerpo, todo mi cuerpo. Primero por
encima de la tela y después, de manera insólita e inquietante, me hizo
levantar los brazos y me quitó el camisón. Fue una sorpresa, pero también fue
hermoso que él me viera como yo me miraba en el espejo del baño, de cuerpo
entero. (yo permanecía por mucho tiempo contemplándome en el espejo, admirándome
y a la vez viendo como mis manos gozaban recorriendo todo lo que me adorna, lo
que me hace bella).


Leí en sus ojos que mi cuerpo, lo fascinó. Hizo que estirara las piernas
para ver mejor los vellos que tanto embellecen el triángulo entre mis muslos y
mi vientre.. triángulo increíblemente atractivo, negro y misterioso. Su
fascinación crecía, lo asumí sin dificultad. Sus manos no pararon. Iban y venían
lentas, suaves, dulces, atentas a mis respuestas. Yo respiraba con frecuencia e
intensidad inusitadas. La humedad, identificada con y en las entrevistas, sin
nada que ver con la orina, estuvo más presente que nunca.. era en extremo
delicioso sentir la viscosidad al frotar mis muslos. Dejó mis labios y mi boca
abiertos. Pero su boca no se iba. Sólo se colocó en otro lado: en mi pezón
pequeñito. Se me abrió una gloria primorosamente gozosa, inesperada, casi
sublime. Suspiró, creo que con placer. Su mano derecha, la más investigadora,
caminó sobre mis muslos apretados. Acarició mis pelos e introdujo sus dedos
entre mis muslos como buscando separarlos.. entendí y los separé con gusto, con
una luminosa sonrisa de feliz complacencia, precisamente esperando que sus dedos
recorrieran la ruta que los míos seguían hasta la hendidura mojada como por
una tormenta y hasta el lugarcito donde las estrellas del placer están
presentes. Lo hizo. Casi oí y gusté esos dedos y así, por fin, se cumplió
otro de mis grandes anhelos, otra de mis inefables fantasías. La explosión
imaginada llegó potente, ¡como nunca!. Grité, fulminada por el placer. El
acalló mi grito con su boca, jadeando con vehemencia. Con movimientos
apresurados me puso la ropa y me empujó, sin decir nada, como indicando que debía
irme. No pudo hablar, estoy segura. Recuerdo esa noche con mucho amor, con
infinita ternura, con enorme placer. Mi grito lo alarmó. Así lo entendí
cuando cuestioné la apremiante despedida.


De nuevo se ausentó.. mis sentimientos de culpa se presentaron con fuerza.
Pensé decirle que mi boca ya no iba a gritar, que permanecería callada,
quieta, como él quisiera, pero que regresara al secreto de los encuentros y la
discreción de la noche cómplice. Esta vez su ausencia fue larguísima, tanto
que yo estuve segura que nunca más iba a volver.


El espejo me dijo que mi cuerpo refulgía por el deseo.. mis manos,
agilizadas, no perdieron oportunidad para causarle todo el placer que el deseo
ordenó, cuantas veces pude durante el día y también en el insomnio de las
noches, pero siempre evocando la maravilla del contacto de sus manos y el amor,
la lujuria de sus besos.


Hoy, hace un año que regresó. Aquella fecha fui al lugar donde acostumbraba
esperarme en el tiempo en que aprendimos nuestros cuerpos, cuando nos adivinábamos
en la semipenumbra. Casi me desmayo cuando vi el sillón ocupado. Su torso recto
y rígido.. su rostro serio, como durante la primera reconciliación.. no
recordaba, ni quise saber, por qué nos separamos. Me acerqué con gran
angustia. Tengo muy presente que era el miedo de no saber que hacer, como
recibirlo, como decirle sin hablar, lo mucho que lo añoraba, todo lo que lloré
en la soledad de mi cama, explicar el por qué de mi presencia en el lugar sin
haberlo visto, sin ser citada.. quedé paralizada por muchos minutos. El levantó
las manos como invitándome. Una sonrisa se esbozaba en sus labios. Eso me animó.
Después de todo, no está enojado, me dije. De todas maneras mis pasos fueron
lentos, como que el miedo no había abandonado mis pies ni mi cerebro pasmado.
Sus manos continuaban elevadas. Su sonrisa se amplió cuando me vio ir hacia él.
El rito, que el tiempo no logró borrar ni desterrar, de sentarme en sus muslos,
se cumplió. El tuvo que abrir las piernas para que yo pudiera colocarme en mi
asiento preferido. Era indudable que mi corazón creció durante su ausencia. En
cuanto me senté, me abrazó y su boca me besó con ardor y fuerza. Yo estaba
tan feliz que el beso, en el primer momento no lo sentí, y sí la lengua que
lamía mis labios. Las evocaciones se confundieron con lo sentido, con las
inmensas sensaciones del momento. Por un instante no distinguí entre la
realidad y los recuerdos, pero sí estuve segura que su abrazo y sus besos no
eran una alucinación. El encuentro no duró mucho. Por primera vez habló mas
palabras que las que le oí durante todo el tiempo que duraba nuestro secreto.
Retengo muy claro, lo que me dijo:


- Creí que te habías olvidado, que no vendrías como tantas noches lo
hiciste. - Sus ojos revelaron una intensa emoción. - Yo debí combatir mi
cobardía y mis... prejuicios para volver. Estoy contento de haberlo hecho. Te
puedo asegurar que, pase lo que pase, nunca más me iré. Estoy seguro que
nuestro amor es irresistible, sin reversa, imparable, no hay remedio posible. Sé
que ya tienes mente como para entender lo que estoy diciendo. ¿Lo entiendes? -
Yo asentí con la cabeza sin atreverme a hablar por miedo a que él callara.


- ¿No tienes dudas?.. ¿no te angustia lo que nos pasa?.. ¿Te puedo preguntar
si tú también, me quieres? - Volví a asentir consciente de que mi cabeza
expresaba todas las necesidades apremiantes de mi cuerpo y claro, más que nada,
las hipertróficas emociones de mi alma.


- Quisiera que me lo dijeras con palabras. ¿Puedes?


- ¡Te amo! - Fue todo lo que pude articular.


Luego nos besamos, con un beso diferente. La diferencia era, indudablemente,
la participación de la consciencia en el beso. Participación que antes era sólo
a medias en mí. Tal vez en él era, desde siempre, por completo consciente. El
beso se prolongó. Nuestro lugar, me dijo pegado a mi oído, es peligroso. Además
nos impide hacer todo lo que tenemos que hacer. ¿Te gustaría acudir a otro
lugar donde pudiéramos vernos, acariciarnos y amarnos?


Me dio un domicilio escrito sobre una de sus tarjetas de visita.


- Te espero mañana, a las nueve en este lugar - Me dijo cuando me empujó,
como era su costumbre, para que me fuera.


No dormí. Mi cerebro era un caos. No podía ordenar mis ideas, desordenadas
por las sensaciones producidas por mis agilísimas manos en mi vulva, en mi clítoris,
que me impedían pensar con claridad y poner un hasta aquí a mi incertidumbre.
Después de gratísimos estallidos, como no se presentaban desde su ausencia, me
tranquilicé y pude razonar.


Nuestra separación tan prolongada, propició la deformación de mis ideas.
Todo aquello que en reflexiones anteriores yo encontraba natural, necesario,
como algo deseable para la humanidad, para todos los hombres y mujeres, y más
si están cerca uno de otro, lo cuestioné.. todo por no tener la mente ocupada
en los recuerdos de la noche anterior, llena de placer sin límites, sin normas,
e inscritas solamente en la expresión, en la realización sentida y deseada de
nuestras emociones y deseos. En fin, las palabras portadoras de ideas, tan
repetidas en ese largo lapso de separación, retrotrajeron las dudas, se
inmiscuyeron altaneras en mi orden mental construido con tanto celo, con tanta
precaución, con tantas dificultades para una mujer que empezaba a formarse
cuando ese orden fue construido. Sin embargo, el hecho de que yo hubiera
continuado mi diario regreso al lugar de la dicha y del secreto, me afirmaba en
mi lógica mental del pasado. No obstante esa conclusión, al levantarme por la
mañana mi confusión y mi angustia eran tremendas. Tal vez por eso, decidí
acudir a su llamado, a su cita.


Mi experiencia, me dije, es reveladora. Me demostró que ese amor no sólo sí
era posible sino que, como una profecía se cumplió, se produjo, se manifestó,
se plasmó, se consolidó y me dio un enorme placer y, también, una enorme
tranquilidad... mientras él estuvo en el lugar secreto. Estudié. Mis
conocimientos, tal vez manipulados por mí, me explicaban y me convencieron de
que es lo más natural en éste mundo que la gente se ame, como se aman todos
los seres vivos. Lo cierto es, me dije esa mañana, que fueron muchos años de
felicidad y disfrute con nuestro secreto. Cierto que fue bastante mi
sufrimiento, realmente sentido, durante todo el tiempo que no lo pude ver. En
fin, comprendí que tenía razón cuando dijo que nuestro amor era inevitable.
Así que, oponerme no sólo era una estupidez, sino algo absurdo por lo
irremediable del amor construido entre él y yo.


Decidí vivir el amor, ¡nuestro amor secreto!


El mundo se podía ir a donde quisiera y seguir pensando lo que le diera la
gana.. el mundo no me importaba, me importaba él. Pero no él solo, sino él
acompañado por mí, viviendo y gozando con toda libertad nuestro amor.


Me trasladé en el metro. Al abordarlo, emprendí un viaje a lo desconocido.
La tierra es redonda y conocida, me dije como para distraer mi angustia. Adentro
del vagón me pregunté si era, como estaba decidido, en verdad irremediable e
inevitable ese amor en pos del cual iba. Mis ojos recorrieron el espacio y una
nueva pregunta me vino : ¿Por qué amar precisamente al hombre que me espera?..
¿no hay tantos hombres a los cuales amar y que les es posible amarme? Conocí
muchos. Conviví y conversé con ellos y, con algunos, me divertí. Con dos tuve
algunos intercambios más allá de los verbales. Con ninguno pude sentir emoción,
afectividad, ni tampoco aquellas exquisitas sensaciones que invadían mi cuerpo
durante las tiernas y amorosas entrevistas que tuve con mi amado, en secreto.
Ninguno se podía comparar con el que, desde tanto tiempo atrás, empecé a
querer, al que siempre deseé, del que siempre esperé sus caricias, sus besos,
sus palabras. Del que, como estaba demostrado, nunca me pude olvidar. Concluí:
¡o amo a este hombre, o a ninguno!. Mi decisión se reforzó y, como
consecuencia, mi viaje y mi amor eran irreversibles.


Al salir a la luz del sol, comprendí que llegaba a descubrir un nuevo mundo.
Al ver el número de identificación de la casa donde él me esperaba, mi alma
se fue al purgatorio, segura de alcanzar la gloria.. cuando toqué a la puerta,
mi corazón desbocado tocó al unísono de mis dedos. Al esperar que esa puerta
se abriera, entendí que el mundo lleno de gente, era horrible, inhabitable para
seres que se aman como nos amábamos él y yo. Cuando traspuse el umbral, viéndolo
a los ojos toda contraída, supe que desde ese momento viviría dos vidas en dos
mundos diferentes y hasta opuestos entre sí.


La libertad total es imposible, pensé con resignación.


Cuando él me tomó por la cintura como para guiarme al interior, alabé su
previsión al buscar este rincón del mundo conocido para fundar el nuevo, el
que aún desconocíamos. El silencio tan inmenso imperante, me confortó: me
hizo confirmar que era un mundo nuevo, deshabitado, sin sombras siquiera. No es
posible decir que fuera el paraíso, pero algo había de eso. Tal vez, después
de fundar el nuevo mundo por nosotros dos, solos, bien podía ser que estuviéramos
construyendo el cielo, el paraíso para todos nuestros descendientes, como si fuéramos
los modernos Adán y Eva. Mis reflexiones no me impidieron gozar sus besos y
contestarlos con toda mi pasión, con todo mi amor, con todo mi ser, con todo mi
cuerpo, con todos mis sentidos puestos en los labios que besaban y eran besados.
Ahí, de pie, inmóviles, nuestras bocas se lamieron, se mordían, mucho, mucho,
y nuestras lenguas no dejaban de brincar una con la otra. Algo me presionaba el
vientre.. era la misma sensación que identifiqué desde que mis pies se apoyaron
en el piso, cuando ya me sentaba en uno solo de sus muslos, era la presión que,
entonces, disfrutaron mis muslos o mis nalgas y que ahora se insinuaba en mi
vientre.. eso me despertó sensaciones inéditas y palpitaciones galopantes. Mi
vulva escurría como si en realidad me estuviera orinando, como pensé la
primera vez que esos líquidos me mojaron. Lo apreté contra mí.


- Que hermoso es besarte sin aprensión, sin prisa, sin angustia, sin el
temor de la irrupción posible de alguien que descubriera nuestro secreto. - le
dije hablándole por primera vez y por primera vez expresando lo que sentía, lo
que pensaba.


- ¿Te gustan mis besos?


- Por ellos, por lo que me hacen estremecer, por lo que me dicen, daría mi
vida.


- ¿No tienes ... dudas de besarme, de estar aquí conmigo?


- Ninguna.


- ¿No piensas, no sientes que estamos haciendo algo incorrecto?


- ¿Es incorrecto el amor?


- El amor no. Pero, ¿es correcto nuestro amor?


- En este mundo sin mundo ni civilización, no sólo es correcto sino
aconsejable, indicado, debido. Aquí, en este mundo, no existe nadie más a
quien amar.


- ¡Que hermoso! Ningún poeta lo podría haber expresado mejor - Mas besos y
agitación de sus manos que iban de mis chichis a la raja inundada.


- Quisiera que me dijeras ... , quise preguntar.


- No puedo agregar nada a lo que dijiste, me interrumpió.


- ¿No tienes dudas?


- Ninguna, hoy. En el pasado las tuve y también sufrimiento inmenso, casi
irresistible.


- ¿Por qué?


- La civilización me tenía enajenado.


- ¿Por qué?


- Porque la absurda civilización insiste en que un amor, como el nuestro, es
condenable. ¡Y yo lo creía!


- ¿Dejaste de creer en la civilización?


- Totalmente.


- ¿Por qué?


- Porque entendí que no es posible dejar de amar, lo que tenemos cerca. Nos
dicen que el amor de los humanos, cercanos, no debe tener contacto físico, que
es incorrecto que se exprese así, físicamente. Es decir: cancelan lo sublime
del amor, la fusión de los seres que se aman. Tardé tanto en comprenderlo y en
admitirlo, como duró nuestra separación. Sufrí lo indecible, por tonterías
insostenibles en una racionalidad deprejuiciada.


Yo lo acariciaba sin perder una sola de sus palabras. Me estremecí con cada
argumento porque esos argumentos estaban derrotando mis rescoldos de civilización.
Esas caricias y un beso que ya no pude contener, pusieron a su boca a besar,
callándolo. El silencio ratificó nuestra soledad. Esa soledad tan deseada a lo
largo de las noches y los días en que nuestro amor empezó a construirse, a
sembrar semillas que hoy florecían. Me besó el rostro. Luego el cuello. Después
las orejas, y yo me estremecí. A mi vez le besaba el rostro. Nuestras lenguas
eran las reinas: reteníamos a los labios en ese sólo sitio para permitir a las
lenguas la mutua caricia. Sus manos vagaban por todo mi cuerpo. Quise sentirlas
directas sobre mi piel. Como si adivinara mi pensamiento, con lentitud,
afectuosamente, con todo el cuidado, me empezó a quitar la ropa. Conforme
descubría la piel, la besaba milímetro a milímetro cubriéndola de saliva y
placer. Besó mis senos y lamió mis pezones.. se pegó a mis pechos mordiéndolos
y mamándolos como recién nacido. Yo sentí mi cuerpo como una tea ardiente y
deseé devolver las caricias. Le mordí los labios para desabotonar la camisa,
después de retirar su saco.. al abrir la camisa me sorprendieron los pelos que
adornaban su tórax.. mi emoción fue reforzada por el placer de besar esos pelos
y morder sus pezones que no eran como los míos, pero qué, estaba segura, sentían
como los míos. Lamí ese pecho enorme y escuchaba sus gemidos que hacían
vibrar mi vagina y a mis muslos mojarse. Luego sonriendo agitada y feliz,
desabroche el cinturón y descorrí el cierre. En ese momento, él me detuvo. Me
besó con ternura, levemente, lamiendo mis labios y mi cuello, y mis senos, y
mis pezones, y mis axilas con largos pelos. Chupando mis dedos de la mano, bajó
sus manos hasta el vuelo del vestido e inició el levantamiento de la estorbosa
prenda.. lo elevó, lo elevó, descubriendo mi piel aún cubierta. Mis hermosos,
mis maravillosos senos saltaron al aire y él suspiró cuando los vio y yo los
tome en mis manos para que viera como crecieron, lo bello que se habían puesto
y la hermosura que adquirieron mis pezones que aún permanecían sonrosados,
esperando ennegrecerse con las caricias que su boca, con toda seguridad, les haría.
Terminó la cansada operación, cansada porque hace perder el tiempo para otros
menesteres, para otras caricias. Arrojó lejos la prenda odiada y luego, de una
manera sorpresiva pero altamente significativa y excitante, jaló con fuerza mis
pantaletas y las rasgó, produciéndome una tremenda agitación, un tremendo
placer, un orgasmo inusitado que me hizo gritar. El creyó que la ruptura de la
prenda nefasta me había molestado.. lo tranquilicé con un beso profundo,
lamiendo sus labios y musitando en su oído el placer, el orgasmo que su bella
acción me produjo. Y más porque así me permitió mostrarle mi bello ombligo,
lo plano de mi vientre, lo mucho que mis pelos habían crecido, lo redondos y
hermosos que se habían puesto mis muslos y lo gracioso que era el triángulo
peludo coronando los lindos pilares que se edificaban con mis torneadas piernas
terminando en ese capitel prieto y triangular.. me retiré unos centímetros para
que él pudiera admirarme y a la vez poder verlo casi desnudo e imaginar como
sería aquello que mis nalgas evocaban añorándolo, que después presionó mi
vientre y que ahora abultaba el pantalón aún en su sitio, aunque destrabado el
cinturón y la bragueta abierta presagiando una notable y seguramente excitante
exhibición. Vi como entornaba los ojos, como lamía sus propios labios y como,
con una mano, trataba de apaciguar al habitante de la bragueta semiabierta. Toda
esa expresión me produjo una tremenda emoción, un temblor casi orgásmico, una
vanidad increíble, una necesidad imperiosa de sentir sus manos, y su boca, y
sus dedos, y sus pies y todo, todo su cuerpo, en mi cuerpo, en cada una de sus
partes, en el vientre plano, en el pubis boscoso, en la vulva hinchada y
deseosa, en los dedos de mis pies y en mis muslos, y en mi boca, y en mis cejas,
y en mis chichis, y en los dedos de mis manos y en... toda mi anatomía que era,
que construí para él, solo para él y a él se la estaba entregando.. en este
momento solamente a sus ojos, ya vendría el tiempo de entregarle todo, a todo
su cuerpo. - Ahora que escribo esto, mi excitación es increíble.. mis dedos,
mas ágiles que nunca, acarician mi clítoris con toda la sabiduría acumulada
por años. Mi excitación creció cuando pensé que era su lengua la que recorría
mi vulva, sus dientes los que mordían mis labios verticales y me arrancaban los
vellos.. que era su lengua la que se extasiaba con mi clítoris y esa lengua la
que me produce este... orgasmo... ¡maravilloso!, pero nunca como los que su
real lengua me produjo en el pasado - Seguro que lo entendió así, porque
permaneció evidentemente complacido, tocándose la bragueta mientras yo hacía
mi exhibición.. pero no hizo nada por quitarse el pantalón. Yo comprendí que
me reservaba ese placer que él quería que yo lo disfrutara como él disfrutó
al quitarme el vestido y desgarrar mi pantaleta... Entonces, me dirigí a él..
mis caderas se movieron provocadoras de manera espontánea, sin que yo hiciera
nada para que se comportaran así, pero sentí que a él le gustó, que gozo con
ese balanceo que hacía más hermoso mi cuerpo, particularmente mi vientre, mi
triángulo y sus bellos vellos, mis muslos preciosos, mis piernas torneadas y
mis pies aún calzados con tacones altos que hacía resaltar mis nalgas y por
eso, para que el viera esas nalgas que se habían redondeado durante su
ausencia, fue que caminé dándole la espalda, pero moviendo con frenesí esa
parte portentosa de mi cuerpo sediento de caricias. Me dejó llegar sin moverse,
pero en cuanto estuve a su alcance me tomo, primero de las manos, luego puso sus
manos en mi espalda, enseguida me atrajo hacia él, después me besó con
ternura y lamió mis labios. Puso sus manos en mis nalgas y las acarició con
fuerza, como para que yo sintiera en todo su esplendor esa caricia tan recordada
y tan ausente, las apretó y luego uno de sus dedos recorrió el extraordinario
surco que comienza en un hueso, que a la mitad tiene un agujero chiquito y
arrugado - lo digo porque lo conozco: lo he visto con un espejo.. cuando lo hice
por primera vez, fue una tremenda novedad por lo hermoso que me pareció y
porque uno de mis dedos de inmediato quiso sentirlo y al hacerlo despertó en mi
tal excitación que me masturbé mientras mi dedo hacía hasta lo imposible por
meterse como se metía en la vagina, claro, hasta donde le estaba permitido,
pero el dedo fracasó y acabo metiéndose donde siempre, en la vagina que tanto
quería - luego se siente la humedad de la vagina y termina entre pelos, en la
hermosa sonrisa vertical que en una de sus comisuras tiene ese botoncito que
tanto placer me da cuando lo acaricio.. bueno, pues su dedo hizo ese recorrido..
de detuvo interminablemente en el culito tratando de penetrarlo. Yo deseaba que
lo hiciera pero el culo egoísta se opuso no obstante que al contraerse parecía
que lo invitaba a penetrar a ir de visita al interior. Él lo entendió así y
retiró su dedo. Yo estuve segura que regresaría, tal vez para no ceder y
meterse a pesar de las negativas que pudiera oponer ese lindísimo agujerito. El
dedo explorador se detuvo en la vagina, en la mera puerta. Empujó, pero con
cuidado.. quería sentir, y creo que lo sintió, el obstáculo que se opone a que
el dedo vaya más allá de lo permitido. Al clítoris, para mi pesar, no pudo
llegar.. es que su mano exploraba desde atrás y... como mis nalgas son tan
bellas, tan redondeadas y tan grandes, el brazo no daba la medida para llegar
hasta el final del surco divino.. divino por la sonrisa vertical que contiene, así
como por el pequeñito tubérculo que tanto goza las caricias. Yo estaba atenta
al recorrido del dedo, pero la boca amada recorría mi piel en el cuello, en las
orejas, en los brazos, en las axilas separando los pelos con la lengua y
olfateando con la nariz.. cuando el dedo regresó al culo, su boca llegó al pezón
derecho y lo mordió con ternura. Lamió por mucho rato mis senos enhiestos y
mis pezones erectos hasta el dolor.. chupó como niño los pezones y apretó con
sus manos la totalidad de las prominencias como si quisiera sacarles líquidos
que no pueden tener aún. Aunque mi cuello se extendió haciendo caer hacia atrás
mi cabeza por el infinito placer que sentía en mis chichis, mis manos siguieron
accionando: forcejeaban con los pantalones para hacerlos descender. Cuando sentí
que bajaban a los muslos, la erección tremendamente deseada, ansiada,
desconocida, golpeó con fuerza en mi vulva y su extremidad se alojó entre los
pelos que la hacen florecer. Gimió como si algo le doliera, pero su boca siguió
chupando una de mis hermosas tetas y una de sus manos se extasiaba agarrando mis
pelos, jalándolos.. su dedo se metió, por fin, entre los pelos, entre los
labios.. fue al clítoris y lo acarició levemente, como si quisiera solo
avisarle que ahí estaba, que en poco tiempo le iba a dar tantas caricias que
bien podría quejarse por el exceso. Luego vagó por todo el interior de la
sonrisa vertical como si buscara los dientes inexistentes en esa boca tan
preciada, y tan deseada, supongo.. no, no supongo, estoy segura que en ese
momento el deseaba verla, olerla, saborearla, tal vez morderla y, desde luego,
penetrarla tanto con su lengua, como con su tremenda erección que yo todavía
no me decidía a tomar en mis manos. Y mi boca volvió a sus pequeñísimos
pezones.. mi lengua los lamió y mis dientes les dieron mordiditas para que
sintieran el dolor placentero, como el que yo sentía cuando los dientes de la
otra boca mordían los míos.. desde luego estos son mucho más hermosos que
aquellos, un tanto ocultos entre tantos pelos negros con algunas canas. Luego
pasé mis manos hasta sus nalgas y les hice lo que las suyas hicieron con las mías..
también mi dedo recorrió el surco pero no alcanzó, ni con mucho, a llegar
hasta el agujero que supuse negro y lleno de pelos. En ese momento me percaté
que no lo había visto desnudo por completo. Así que me retiré, aún cuando
note su descontento porque ese movimiento lo hizo desprenderse de la chichi que
tanto amaba y tanto chupaba. ¡Y lo vi!.. ¡era hermoso, casi tanto como yo!.. me
pareció apolíneo.. bello, muy bello, y más la hermosa erección que palpitaba
a un compas incomprensible. Mi exploración visual duró solo unos segundos
porque mis manos ya reclamaban airadas, satisfacerse teniéndola en su poder.
Regresé sacudiendo mi pelo largo y castaño para que llegara hasta mis senos y
los cubriera para que el gozara de esa exhibición.. mis manos al frente que el
creía, me lo dijo después, era para abrazarlo, pero en realidad era para
llegar cuanto antes al miembro que tanto anhele conocer y que ahora, por fin, lo
tenía a la vista, al alcance de mis manos, tal vez de mi boca y también... de
mi vagina. Bueno, eso está por escribirse. Y lo agarré - esa es la palabra
porque mis manos parecían garras de tan deseosas que estaban, se puede decir,
enardecidas - lo contemple brincar sobre la palma de mi mano mientras la sonrisa
horizontal se hacía más amplia y mi rostro en general era de arrobamiento, de
pasmo ante la belleza y la terrible impresión placentera que me causaba
tenerlo, después de tanto tiempo de desearlo, sujeto por mi mano y cobijado por
mis dedos. Mi boca babeaba de tanto placer. Jale de la cubierta hacia atrás y
esto hizo que apareciera la roja cabeza adornada por su ojo único tan precioso,
esa boquita de pescado que tanto me habían descrito mis amigas en la escuela.
Mi mano fue y vino, corrió para atrás y regresó presurosa.. ese movimiento lo
repetí viendo cómo él entornaba los ojos.. sentí en mi alma su placer. Y
tanto fue el placer, que hasta sus manos se aquietaron. Él fue ahora el que echó
su cabeza hacia atrás saboreando el gozo que mi mano le estaba proporcionando.
Temblaba. Entonces quise hacer más exquisita la caricia y mayor el placer.. me
agaché y lo lamí con toda la ternura de que soy capas.. lamí su ojito, sus
venas bien aparentes, su grueso caño que tiene abajo, mordí y jale los pelos
grandes y tersos con mis dientes, luego lo chupé, primero en la cabeza ciclópea
y, después, a lo largo y a lo ancho. Acabe metiéndomelo todo en la boca,
bueno, no todo porque era demasiado largo y chocó contra mi garganta produciéndome
una muy placentera comezón. Y mi boca fue y vino. Yo sentía su estremecimiento
y cómo con sus manos empujaba o retiraba mi cabeza para que el ir y venir
adquiriera el ritmo requerido, el que le producía mayor placer. Luego detuvo
esa loca carrera de mi boca jalándome del pelo con suavidad. Me incorporó para
besarme en la boca y para aspirar el olor que mis labios recogieron de su verga.
Eso hizo: olió mis labios y me dijo que quería beberse, en su oportunidad, los
líquidos propios, además de los míos. Sus manos recorrían toda mi espalda y
se detenían eternidadez en mis preciosas nalgas. Luego de chupar con ansias mis
labios, chupó de nuevo mis pechos y mis pezones un tanto adoloridos, pero con más
placer precisamente por ese dolor. Separó con una mano mis muslos y se recreó
jalando mis vellos y metiendo su dedo en la hendidura completamente inundada.
Pero como que eso no lo satisfizo totalmente porque me empujó con sus labios
hacia atrás al tiempo que sus brazos llegaban, uno a mi espalda y otro a mis
nalgas.. luego me levantó y fue a depositarme sobre el tálamo. Él permaneció
muchos minutos admirándome, viendo todos mis encantos, jadeando, acezando,
suspirando, casi sollozando, con una mano en su erección y otra en las nalgas,
cosa que me extrañó: pensé siempre que al él solo le gustaba acariciar las mías.
Luego se arrodilló a los pies de la cama y de los míos. Tomó uno de mis pies,
lo acarició.. luego besó cada uno de mis dedos y fue metiéndose uno a uno a la
boca para chuparlo con pasión, con verdadero frenesí, como si eso le produjera
un gran placer. Luego su lengua recorrió mis piernas llenándolas de saliva.. se
detuvo en las rodillas y recaló en las corvas donde me produjo una sensación
inaudita, inmensamente placentera. Pero no paró ahí, siguió hacia arriba con
parsimonia pero en constante ascenso. Lamió durante mucho tiempo la superficie
tersa de mis muslos y yo deseaba que dejara eso para que subiera hasta donde era
esperada desde hacía muchísimo tiempo esa lengua que ya sentía, esa lengua
tan ágil y tan sabia, esa lengua que quería en mi pucha, en mis labios
verticales, que los lamiera como había lamido muchas veces mis labios
horizontales. Y llegó a mis ingles, separó los muslos, aspiró el olor que en
esos momentos era intenso, yo misma lo percibía en toda su magnificencia,
continuó en su tarea de ensalivar toda la superficie de mi piel, pero entonces
empezó a jalar con sus dientes los árboles negros del bosque que tanto habían
crecido desde que él los acarició cuando aún eran pequeños, apenas
nacientes. Y ascendió hasta mi maravilloso ombligo, metió su lengua quizá
como un anticipo de lo que esa lengua sabía de introducirse en todos los
huecos, en los agujeros, en las cuevas y más si esos orificios son custodiados
por una sonrisa vertical. Así siguió hacia arriba hasta alcanzar mis preciados
pezones y se explayó lamiéndolos con cuidado amoroso.. yo estaba como loca,
estremeciéndome de placer y más porque sentía que su dedo explorador había
regresado al agujero arrugado, al culo prodigioso que en ese momento deseó
desesperadamente ser penetrado, violado por tan encantador dedo. Yo, con mis
pies y mis dedos aun húmedos por la saliva producto de las chupadas que les
dio, hurgaba entre sus huevos y trataba de encontrar su culo para también, con
mi dedo gordo, perforarlo como él intentaba hacer con el mío. Me desconcertó
que jalara mi pierna cuyo extremo pedio insistía en penetrar el único agujero
penetrable que él tiene, porque la boca no es agujero, es toda una cueva
deliciosa. Lo mismo hizo con la otra y las levantó separándolas.. entonces
entendí: con esa tierna maniobra mi hendedura, del clítoris al culo, quedaba
totalmente expuesta a su vista como muestra del maravilloso arte que conforma mi
belleza. Así mantuvo mis extremidades inferiores, elevadas y abiertas, como
para no perder detalle de mi vulva y su fantástica selva pilosa.. mis labios de
abajo estaban entreabiertos, sentía el aire que les llegaba como enviado por
sus ojos y también que el que más disfrutaba de esa sensación era mi pequeño
y caliente clítoris que seguía persistentemente demandando la lengua
benefactora. Se colocó una de mis piernas en sus hombros e inició un periplo
majestuoso con su lengua por la otra, a la que ensalivó concienzudamente, desde
los dedos del pie hasta mis pelos, hasta el grueso labio de ese lado que
custodia el ingreso a la gruta del placer, del placer mío y de él, y también
del mismo labio prodigioso, pasando por toda la piel de la pierna y el muslo en
toda la extensión de la cara accesible a su boca. Luego repitió el lamido
extraordinariamente erotizante en el otro lado.. yo creí que la saliva se le iba
a terminar antes que esa lengua y esa boca decidieran ir a congratularse, a
disculparse con mi sonrisa anhelante, continuamente contraída, venturosamente
inundada, prodigiosamente gozante. Pero estaba equivocada. Cuando se despidió
momentáneamente del gran labio de ese lado dándole una mordida bien dada y
bien sentida, colocó mis pies en la superficie del colchón, los arrastro un
tramo hacia mis nalgas y todos mis encantos de tal forma que mis rodillas se
doblaron, aunque los muslos quedaron mucho más abiertos y también mi abertura
mucho más expuesta a sus mirada y a todo lo que él quisiera hacer con ella.
Enseguida me tomó por las ingles y me arrastró hasta que mis nalgas quedaron
en el reborde de la cama, insistiendo en que los muslos se separaran al máximo
posible. Yo, entretanto, puse mis manos a satisfacerse con mis futuras ubres y
sus desarrollados y hermosos pezones .. ¡claro!, mis pechos eran los primeros
beneficiados y los que más placer sentían pues las manos, las pobrecitas,
apenas si trasmiten el placer a otros lados - propios y ajenos - por ejemplo en
ese momento el placer que estaba en mis manos y mis pezones juntos, estaba
repercutiendo directamente en mi clítoris, en mi pucha hermosa, hasta mi culo
se contraía lleno de placer. Desde luego que el sentirme así de expuesta era
tremendamente excitante, placentero en la inmensidad de las sensaciones regadas
por todo mi cuerpo que las percibía hipersensible.. hasta los efluvios de la
vista, de los ojos, me producían un enorme placer y una no menos inmensa
excitación.. con decir que mi grieta escurría como si en efecto me estuviera
orinando, casi continuamente. Y es que ya sentía la inminencia de cumplirse
otro de mis más preciados y persistentes deseos: que la boca amada me chupara
todos los encantos que mi rendija, mi más preciado tesoro, tiene en su
conjunto. Así fue. Él, arrodillado al pie de la cama, apretó mis muslos
contra su cabeza y, sin dejar de presionar, fue acercándose a la boca húmeda
promisoria del placer. Sentí su aliento agitado cuando la boca estuvo a unos
centímetros del objetivo lleno de hebras negras y líquidos olorosos, viscosos..
se detuvo un momento como para oler ávido, el erotizante perfume. En ese
momento nuestras miradas se cruzaron y él, con esa maravillosa sonrisa que
adorna su boca siempre que esta en el placer, me dijo tantas cosas como podrían
ser contenidas en un volumen impreso de regulares dimensiones. Luego, con un
cuidado y una ternura realmente enternecedora abrió mis muslos con una lentitud
que hacía que el placer se incrementara. Su boca, por fin, besó con su sonrisa
horizontal, la sonrisa vertical con ese beso cruzado que es premonitorio de todo
el placer que ambas bocas pueden tener. Besó y besó sin intentar separar los
labios, como reservándose el placer de abrirlos con su lengua. Lamía y lamía
todo el maravilloso triángulo aplastando el bosque de pelos, humedeciéndolos
con su saliva, con esa bendita saliva que es el aceite del amor y del placer,
del afecto y las penetraciones.. Después de interminables lamidas, alternó su
boca con las manos que planchaban lo mojado, pero dejando los labios cerrados..
enseguida colocó sus manos en mis nalgas portentosas y bellas, levantó un poco
mi cadera y su lengua se situó en el vértice mismo de mi querida, de su amada
fisura. Como sutil estilete picaba y huía. Para volver a lo mismo una y otra
vez.. con eso, ese vértice completamente cubierto con la espesa mata de pelos,
se mojó como nunca lo había hecho, ni siquiera bajo la regadera se mojó,
nunca, así. Un molinete de la lengua tanto tiempo amada y anhelada, separó,
abrió, por fin, los labios custodios. Y entonces se inició el verdadero frenesí:
la lengua viajo incansable del vértice coronado por el clítoris a la puerta
del túnel ansioso de caricias y de... enclavamientos. Se detenía y revoloteaba
al sentir el extraordinariamente sensible botón que reparaba a cada lengüetazo..
en otro momento intentaba meterse a la cueva protegida, aún, pero que percibía
a cabalidad la sabiduría de esa lengua en su misión de producir enorme placer.
Mis manos no descansaban posesionadas de mi hermosas tetas, incluso el dolor que
ya tenían por tanto estrujón propio y tantas caricias y chupadas dadas por él,
aumentaba la cantidad y la calidad del placer, del gozo, del erotismo que, tal
vez, estaba llegando al límite superior. Pero esa graciosa lengua se transformo
en un tanto canalla: quiso meterse en el culito, y con un poco que insistiera,
lo logra, puesto que yo lo aflojé al máximo para facilitarle el ingreso.
Estaba tan sensible que hasta el aire hipertérmico que exhalaban sus ventanas
nasales me producía tanto placer que, si se hubiera estacionado ese aire
caliente sobre el vértice de la juntura, seguramente hubiera tenido uno, varios
estallidos orgásmicos. Yo creo que él estaba en las mismas condiciones puesto
que su respiración agitada, sus continuos jadeos y gemidos, su acezar
constante, el sudor que cubría su frente, su tórax y todo su cuerpo, lo
evidenciaba así. Llegó el momento en que la boca y la lengua se quedaron
arriba, entre los pelos más grandes. La punta de la lengua mimó como era
esperado, el clítoris victorioso. Y ya no se retiró. Mimó, arrulló, picó y
finalmente se puso a lamer veloz, aleteador, fugas por momentos, persistente lo
más, hasta que el nuevo mundo que fundábamos con nuestro amor, estalló en
millones de estrellas que salieron de donde estaban escondidas, precisamente en
los bordes, en la cabecita tan curiosa, en las ninfas de envoltura, en la vagina
envidiosa, en todos los pelos que adornan el escondrijo de las estrellas del
placer. Creo que mis gritos se escucharon en toda la galaxia y que las estrellas
del firmamento se estremecieron de envidia por mi gozo, por mi enorme orgasmo.
No supe nada de mí, por un tiempo indeterminado. Me vino a traer a la realidad,
la lengua que, incasable, emprendía una nueva tarea: se dedico a lamer el
culito que aún se contraía lleno de un júbilo indescriptible por toda la
explosión que, iniciada en las alturas de la grieta, venía a radicarse aquí,
para hacerlo dichoso. Dicha que aumentó con esa caricia inesperada, tal vez
nunca imaginada a pesar del prodigio de mi imaginación erótica alimentada
durante todo el proceso de la construcción del secreto que, como se ve, aun no
concluíamos. Mis pezones estaban ardientes, rojos como brasas, duros como el
acero, sensibles como una balanza de precisión. Y él no se dio descanso. Me
indicó por señas - su agitación y superexcitación le impedían hablar - que
me pusiera a gatas, mostrándole mi hermosa grupa y claro, el orificio asediado.
Entonces, por entre mis muslos abiertos al máximo como habían permanecido
durante todo el último tiempo, vi que se puso de pie. No alcance a ver, pero
estoy segura que empuñó su arma del placer y la dirigió hacia la divina visión.
Antes de llegar a los orificios bordeados de pelos, se frotó en los muslos, en
las nalgas, entre los pelos, recorrió la raja de abajo a arriba, y se detuvo en
el culito. Empujó para acariciar, no para penetrar. Ahí estuvo pica y pica,
provocándome tanto placer que parecía que mi orgasmo continuaba indeleble,
siempre en ascenso, nunca en declinación. Después bajó a la humedad, al lugar
donde las ninfas son más sensibles, donde se dan cita los líquidos antes de
escurrir por los muslos, ahí donde la daga insistente aspira a entrar. Siguió
con la misma idea: empujar para acariciar, no para meterse rompiendo lo que
hubiera que romper. Se detuvo, suspiró con fuerza. Creo que su placer estaba
bastante próximo y por eso se dio un descanso. Pasados unos segundos, sentí
que su ballesta azotaba mis nalgas con fuerza como para hacerse notar, como para
que esas bellas nalgas lo tuvieran en cuenta como el hacedor de placeres
infinitos. Se recostó sobre mi espalda colocando su erección entre



 

Menu de navegación: Escorts Barcelona - Escorts Madrid - Escorts Zaragoza - Acompañantes Barcelona - Acompañantes Madrid - Acompañantes Zaragoza

Escorts Acompañantes Zaragoza Escorts Barcelona Escorts Madrid

Escorts Barcelona Escorts Madrid Escorts Zaragoza Contactos Eroticos

Copyright © 2008 EscortsOnFire.com - Todos los derechos reservados | Powered by Gemidos.com.ar | Diseño y programación EscortsOnFire.com | Sitemap