Bretreito Miller
Siempre las cosas terminan por pasar. Es como ser jalado por cincuenta
briosos caballos, la resistencia que uno empeña no es nada. Así me sentí una
noche, mientras empinaba mi taza de café y acababa con el último trago. Di
vueltas en la habitación con esa mezcolanza de sensaciones en mi vientre y en
todo lo bajo de mis piernas, en el cuello y la punta de mis dedos, y, sobre
todo, en mis genitales. Salí y bajé las escaleras con prisa, afuera respiré
hondo y paré intempestivamente toda esa energía furiosa y ancle los pies en el
suelo para poder pensar, para saber que iba a hacer. Los caballos
desaparecieron. Quede quieto, caminar hasta la esquina era lo de siempre, pero
cuando el chofer del taxi asomó su cabeza por la ventanilla y me ofreció el
servicio no pude contenerme. Arriba di la dirección. No hablé más, apretaba
las manos y las miraba y apretaba las piernas y sentía como había algo de
humedad en ellas. Al llegar bajé pronto, de nuevo con esa ansia tan
tremendamente mía y después de pagar seguí mirando la puerta durante mucho
tiempo.
Si pasaba la puerta, ya todo sería diferente. De allí en adelante yo sería
otro y muchas de las cosas que serían de mi vida ya no lo serían más.
Respiraba hondo, giraba la cabeza mirando con indecisión la calle, pero preferí
dar cinco pasos y tocar la puerta.
Adentro, todo era penumbra y música y cuerpos replegados a las paredes,
sumergidos en los sillones, acostados en los mullidos tapetes. Quien me abrió
la puerta sólo me preguntó sobre la persona que me había invitado, se asomó
sobre mi hombro, como para ver quién podía estar afuera y después cerró la
puerta apoyando a la vez con suavidad una de sus manos en mis caderas, empujándome
dentro del lugar, haciéndome avanzar por el angosto pasillo que luego se
agrandaba hasta dejarme en una gran habitación perfumada y obscura, que se nutría
de varios pasillos por donde llegaba cada vez más gente y por donde también se
iban parejas tomadas de la mano, devorándose y tocando todo a su paso.
Esperé encontrar a quien me había invitado, pero no lo esperaba con agrado,
sino con una extraña sensación de vergüenza que me inmovilizaba y que me
obligaba a replegarme en la pared cada que alguien pasaba a mi lado, no pude
seguir en mi celda de temores porque alguien me jaló del brazo y me sentó en
un amplísimo sillón cubierto de sábanas muy suaves para después ponerme un
trago en la mano y seguir como si nada. Eso me extraño pero me puso a la vez
tranquilo, bebí con rapidez aquella bebida, era vodka con jugo de uva,
delicioso. Hasta ese momento no había hecho más que concentrarme en la gama de
sensaciones que me invadían, en las velas alrededor de la habitación central y
en los cuadros bellísimos que en su mayoría contenían cuerpos desnudos de
hombres y mujeres.
Viniendo del pasillo y al centro, estaba un cuadro que iba del cielo hasta el
suelo de la habitación, enmarcado con un grueso y rebuscado marco dorado, con
formas que semejaban llamas. Allí, dos mujeres algo robustas, sostenían en sus
brazos a dos niños mientras les besaban en la boca. Las mujeres, a su vez, eran
abrazadas por dos jovencitos delgados y nervudos con el pene al alza que se
miraban uno al otro. De igual manera, los jóvenes eran arropados en los fuertes
brazos de dos hombres musculados y morenos, muy morenos, un color de piel
hermoso, parejo, uniforme que los cubría de la calva hasta los pies, porque los
hombres no tenían pelo. Los dos, introducían una de sus manos entre los muslos
de los chicos, rozando casi sus testículos. El fondo del cuadro eran cientos de
cuerpos de hombres y mujeres de todas las edades, todos diminutos, creando un
tapiz uniforme con distintas tonalidades provocado por las cabelleras largas de
las diminutas y pelirrojas mujeres que prevalecían en el cuadro.
A los lados, dos cuadros más, donde dos mujeres, una en cada cuadro,
mostraban una espléndida musculatura situadas de espaldas, una de ellas, la de
la izquierda, con las piernas abiertas y los brazos de igual forma, dejando
entrever sus labios vaginales y una ligera cantidad de vello púbico. La mujer
de la derecha, también madura sin llegar a vieja, elevaba sus manos al cielo en
dirección al oeste, apretando cada uno de sus músculos y estirando sus
piernas, ligeramente colocada de perfil, permitiendo apreciar el contorno de sus
diminutos senos y la grandeza de sus duras y redondas nalgas.
Diríase, que aquello era un santuario del placer, y salí por unos minutos
de mis cavilaciones acerca del significado de los cuadros, cuando observé el
techo y sin poder evitarlo, salieron de mi boca aquellos dos cubitos de hielo.
El techo era también una pintura, sentí que estaba viendo algún mural de José
Clemente Orozco, abrí y cerré los ojos, tratando de descubrir entre toda esa
obscuridad las formas impresas en aquel liso y extenso muro. La pintura era
apagada y luminosa en algunos puntos, como con los murales de Clemente, así que
después del esfuerzo pude observar la silueta de una mano enorme, de gruesos
dedos, sostener delicadamente una verga de gran tamaño, eso estaba al centro de
la sala. La mano era fuerte y a la vez de líneas gráciles, los dedos se extendían
por debajo de la base del pene, extendiéndose como finos tentáculos hasta los
testículos de aquel gran falo. Donde terminaban aquel par de anatomías existía
el fuego, la carne se transformaba en llamas para dar paso a otra serie de
figuras que nacían de la lumbre misma. Niñas danzaban entre si, desnudas, de
cabellos rubios, hacían una rueda y todas se miraban unas a otras en la
entrepierna, con una sonrisa pícara y a la vez con algo que sentí como deseo,
antojo. El techo estaba rodeado de mujeres recostadas, con apariencia alegre,
todas blancas con el pelo negro y largo y ondulado, les llegaba hasta la
cintura, explotaban en risotadas, viendo con ternura a los niños, que las
mordisqueaban en todos lados. Todo sobre mi estaba lleno de detalles, de pequeñas
figuras, no podía distinguir más entre esa dura oscuridad. Almohadones y
cojines por todos lados. Rojos y con rombos multicolores, rojos, púrpuras, su
brillo natural aquí era apagado pero no por eso menos llamativo. La gente se
abrazaba a ellos cómodamente y cuando por fin quise ver, me di cuenta que el
techo de la sala bien podría haber sido un espejo: Mujeres y hombres, niños y
niñas, ningún anciano. Todos reían y jugueteaban entre si, los menores no
tomaban alcohol y se arrimaban melosos a los mayores del suelo pellizcándoles
los pezones y recibiendo también caricias y besos. Los sonidos eran tranquilos
y subterráneos, música clásica, una temperatura agradable, el cuchicheo no
era en nada molesto, los gemidos de los cuartos contiguos se revolvían con todo
aquello produciendo una atmósfera muy difícil de explicar.
Tenía que quitarme la ropa. Lo sabía y nadie tenía que decírmelo. Así
que me levanté y como si lo hubiera pensado en voz alta una mujer me llevó a
una regadera en un pequeño cuarto sin nada de luz, terriblemente obscuro, donde
después de haber aventado mis ropas por alguna parte me di un duchazo. Sentí
algo de temor por la obscuridad, el agua la percibí como nunca la había
sentido, era tibia y lenta, gotas gruesas resbalaban por cada recoveco de mi
humanidad, allí comencé a sentirme distinto, nunca supe que alguien estuvo
conmigo todo el tiempo hasta que abandonó el cuartillo rozando con sus uñas la
rugosidad de mi escroto.
Cuando calló la regadera, alguien me arropó con una toalla suave y ancha.
Me asomó apenas a uno de los pasillos y comenzó a secarme.. recorrió palmo a
palmo mi cuerpo, entonces supe que era un hombre. Sus grandes manos secaron mis
piernas, se deslizaron por mi espalda, pude sentir la tibieza de su aliento
cuando empezó a secar mis nalgas masajeándolas cuidadosamente. Mis pezones se
endurecieron y me estremecí, temblé sin tener frío. Chupeteo con delicadeza
mis testículos e intentó introducir un dedo en mi ano, yo no se lo permití,
apreté y con un movimiento de mis caderas le indiqué que prefería lo que me
hacía por delante. Él recorrió con su lengua perfectamente ensalivada la
totalidad de mi pene, desde el tronco hasta la punta y continuó apretando mis
nalgas para seguir con mis muslos. Sentí como se levantó y beso con dulzura
mis pequeños pezones, rozó con sus labios los míos, percibiendo una aroma de
colonia delicioso y luego, pude escuchar el rastro de sus pasos mientras se
alejaba.
Estuve duro durante todas aquellas caricias. Sólo al final pude aflojarme un
poco. Entre toda esa obscuridad traté de distinguir si alguien más me miraba,
pero nada, sólo sentía caricias.
Caminé por uno de los pasillos viendo las líneas de luz salir por debajo de
las puertas. Me cegaban. Tope con una pared lisa y no tuve más remedio que
volver por donde venía. Esboce una sonrisa cuando finalmente, al volver la
vista sobre el pasillo, vi mejor todo. Era como si hubieran encendido diez
cirios. Vi el lugar donde antes yo había estado. Y con vergüenza comprobé que
bien pudieron haber visto varios cuando yo era acariciado. Me sonreí
sueltamente y moví mi cabeza de un lado, eso dio paso a una sensación de
felicidad. Gané confianza y entré con paso gatuno a la gran sala, donde supe
que siempre fui observado, las sonrisas me decían eso y yo quise por fin
platicar con alguien.
Miré en todas direcciones, buscando un lugar para acomodarme, sentí a cada
paso una mano masculina o femenina tocarme, a cada caricia era una breve
respuesta de mi pedazo de carne, paré de pronto cuando sentía una pequeña
mano tocarme los huevos y apretarlos como si se tratara de probar unos aguacates
en el mercado, vi hacía abajo y encontré a una chiquilla riendo que después
de eso corrió a sentarse con otros chiquillos con quienes rió sin mesura. Tuve
ganas de ir y sentarme con los niños, pero la sola idea de causarles algún daño
me preocupaba, no eran unos bebes tampoco, pero si tendrían algunos diez o doce
años, a decir verdad, el individuo más joven que se encontraba en esa reunión
tendría diez años a lo mucho, y de allí uno podía observar a jovencitos más
grandes hasta llegar a la edad madura, los treinta y cuarenta años.
Por la parte de los jovencitos me espantaba, pero yo estaba muy excitado,
miento si dijera que nunca me había imaginado en una situación así, por eso
es que fue tan difícil contenerme y aguantar las ganas de venir, no podía
rechazar una invitación de éstas otra vez. Debía de sentirme orgulloso, la
gente que estaba en este lugar, según Alphonsine, era gente escogida, gente
hermosa, mujeres y hombres dados, niños y niñas como ángeles, mujeres y
hombres maduros enamorados del sexo, de carnes aun firmes y plenos de
experiencia. Sé muy bien que Alphonsine me estudió mucho tiempo antes de
invitarme y que buen cuidado tuvo de hacerme hablar de sexo y de revisar la
literatura que encontró en mi casa. Se topó con Sade, con la biografía de
Novo, con los textos de Luis Zapata, novelas gay norteamericanas, novelas
francesas, fotos de mujeres preciosas y un libro de Vargas Llosa, todo me
declaraba como candidato, debió primero de haberse fijado en mi físico:
mediano, fuerte y delineado, dulcemente bronceado, de tez dorada, cabellos
enroscados en mis orejas y sobretodo, pulcro, limpio, siempre limpio. Mis labios
son como de mujer, mis ojos son grandes y con pestañas al cielo, eso le gusto a
Alphonsine, mi belleza. Se fijo también, estoy seguro, en mi oficio, columnista
de la sección cultural de un periódico. Supo en todo momento que yo vendría
aquí, y yo supe en todo momento que no habría de soportar la tentación, Oscar
Wilde siempre tuvo razón.
Yo no estaba de acuerdo en la penetración de niños, pero estos ya eran
adolescentes, aún así no podía evitar verlos como niños. Opté por tirarme
sobre unos grandes y flojos cojines, a un lado de la sala, enseguida de una
pareja de mujeres que jugueteaban con una de las adolescentes más hermosas que
hubiera visto. Ambas le besaban el cuello y los labios, mientras una recorría
sus senos, otra se deslizaba por su espalda y acariciaba sus piernas, las manos
de todas se tocaban entre si, y reían quedito, muy rico. A mi izquierda, un
hombre maduro dejaba que un jovencito de unos doce años disfrutara de su verga,
él recostado muy junto a mí, a la altura de su boca otro jovencito, de unos
diez años, metía en la boca de aquél hombre su delicado y pequeño miembro,
jadeando de placer, permitiendo a su vez que aquel hombre introdujera la punta
de su dedo en el ojillo de su ano. Una niña se unía al placer, y por debajo
del chico que mamaba, se colocó boca arriba para poder chupetear los huevitos
del muchacho, ella acariciaba frenéticamente su rajita limpia y clara. Frente a
mí, en el centro, una mujer era penetrada a ritmo lento por un chiquillo de
diez años, otros dos de ellos chupeteaban sus pezones mientras la mujer
estiraba sus manos y acariciaba sus pequeños glúteos, apretándolos y pellizcándolos
a cada instante. Atrás de mí, arriba en el sillón, dos jóvenes de unos
veinte años tenían relaciones. Uno boca abajo mordiendo y babeando una
almohada muy delgada, mientras el otro le metía toda su verga, le besaba el
cuello, le acariciaba sus brazos musculosos, estaban teniendo un gran placer, me
sentí tremendamente caliente ante todo este espectáculo, cada rincón de la
casa estaba llena de gente que compartía su cuerpo. En una de las esquinas, un
hombre maduro le daba de pie a un jovencito de quince años aproximadamente, en
otra de las esquinas, dos mujeres maduras se besaban y se hacían el sexo oral,
mientras a su lado, dos chiquillos practicaban el sesenta y nueve con seriedad,
tirados en el suelo.
Toda esa visión me convenció. Bañándome, había perdido más tiempo que
con la llegada tarde, no había platicado con alguien para adentrarme en esto.
No hubo necesidad. No use palabras. El tacto respondió antes que mi lengua y me
encontré de pronto tocando las nalgas del joven que metía su verga en el hoyo
de su compañero, justo detrás de mí. Las masajie duramente, hincandome de
rodillas para verlas bien. El joven volteo y me sonrió con complicidad, luego
volvió a la posición original poniendo más énfasis en la faena. Las besé y
recorrí con mi lengua toda aquella preciosa y perfecta línea que las
atravesaba. Respiré su olor a macho, que manaba de sus huevos y de su culo,
sentí lo denso de su aroma y lo agrio de sus vapores, mi boca se llenó de agua
y no paré hasta que sentí mi lengua dentro de sus nalgas, haciéndole
cosquillas en ese aro rugoso, tan rico y estrecho, que se contraía con cada
embate de mi lengua. Mi verga se ponía dura, muy tiesa, me causaba un placer
infinitesimal sentir como apretaba sus nalgas movido por el placer que yo le
brindaba.
Le metí el dedo y sentí su temperatura, caliente miré para todos lados, el
ya esta ocupado y no podía atenderme, vi a los ojos a uno de los chiquillos que
estaba con el hombre de al lado y con una sonrisa lo invité conmigo. Me tiré
de nuevo al suelo y él caminó coquetamente hasta mi rostro, lo acerqué y lo
cogí con mis tibias y amplias manos de las pompis, poniéndolo más junto,
hasta que metí en mi boca aquel pitillo duro y lo chupé con hambre, con
delirio, despegándome solo para besar y ensalivar su vientre, meterme los
huevos completos en la boca, jalarlo y besarlo, volver de nuevo al punto de
partida. El chico era bellísimo, delgado, con el vientre tibio y dibujado,
lleno de vellos claros, de color miel en su piel, de lindas venitas azules que
le bajaban por el brazo desde la axila. Él rodeaba mi nuca con sus manos, y me
acariciaba delicadamente, me jalaba la mano y metía mis dedos en la raja de su
culillo, luego se separó de mí y me empezó a besar los pezones, a chuparlos,
a pellizcarlos con cariño. Me recosté de nuevo y su lengua caminó por en
medio de mi abdomen, hasta tragarse de un bocado mi polla.
Allí chupó como un experto, nunca nadie me había mamado así, menos un
jovenzuelo, olfateaba mis testículos, cogía con su mano mi pene y restregaba
la cabecita en sus labios húmedos, empapados, la restregaba con su mejilla, la
chupeteaba en su base, en el frenillo y comenzaba otra vez. Fue debajo de mis
grandes y pesados huevos y hurgo con su lengua en mi ano, fue una sensación
increíble, un calambre electrizante que me recorrió todo completo, apreté los
dientes y todo cuanto tuve a mi alcance. El chico me hizo girar y poco me
importo, yo sentía como mi anillo pedía algo, quería que me la metieran, mi
ano se movía con vida propia, el chico se trepó y empujó con ganas, sentía
su pitito empujar y las cosquillas me enloquecían, riendo y gritando
imprecaciones, tonterías, -¡mhh, ay chiquito! -le decía. Mi ano cedió y
palmo a palmo las paredes de mi recto mandaron sensaciones placenteras a mi
cabeza, una y otra vez entró y provocó ese universo de sensaciones. Quería
que me la metiera más rápido, que se convirtiera en una máquina y que nunca
parara. Eso no podía ser, y quedé convencido cuando el chico exclamó un
suspiro y se vino en mi. Aún no chorreaba, era un chiquillo, luego me contó
que tenía once años.
Una mujer que observaba la situación, me habló sonriente desde el centro de
la sala, no había mucha distancia, así que como enano, me fui de rodillas,
abriéndome paso ente los cuerpos hasta llegar a la mujer, que divertida miraba
a las jovencitas chupárselas a un hombre moreno, ya maduro. Recostada sobre sus
nalgas y muslos, me abrazo y me besó, diciéndome: "..Sigue aquí, no te
detengas"... La recosté en el suelo para poder contemplar la parte más
hermosa de su perfecta anatomía: sus nalgas. Enormes, morenas y duras. El
cuerpo de una negra. Saboreo con parsimonia las líneas de su cuerpo, me detengo
especialmente en la curvatura de sus nalgas y subo ya un poco más rápido hasta
su nuca, de donde nacen unos cabellos gruesos, negros, sanos y lustrosos que se
doblan por su hombro izquierdo hasta descansar en la alfombra. Por primera vez
distingo el color de la alfombra. Es ligeramente rosada, algo del color salmón
de aquellas botellas de vino que están junto a la entrada principal ¿Será
vino rosado? Pudiera ser vino blanco, y veo esa especial tonalidad por las
lanzas ondulantes que nacen de las flamas de las velas. Mientras, empiezo a
masajear las nalgas de esta bella y grande mujer, pienso en el chiquillo de
apenas hace un rato: sentí tanto placer, tanto deleite por sentir que yo lo
guiaba, que le daba algo. Era algo tierno, tan hermoso. Lo sentí como un
cachorrillo hambriento, ¡yo me sentí como un cachorrillo hambriento! , lo
devoré con fruición, lo dejé hacer, lo sentí dentro, quise que disfrutara,
¡cuantas veces no soñé de niño hacer lo que aquel chaval había cometido!
Tal vez por eso lo disfrute tanto. La mujer sonreía coqueta con la mejilla
aplastada contra la alfombra, me miraba de reojo, pícara y complaciente. Husmee
entre sus nalgas, me desplacé hasta su pepita, le pasé la lengua mil veces,
chupé y chupé hasta sentir como gemía y apretaba los cuerpos más próximos
con su largos y morenos dedos. Su espalda se perlo de sudor y adquirió esa
propiedad de hacerlo más caliente, más sexual, me tragué su aroma y aspire
embriagado, metí la punta de mi lengua en su ano y palpé una por una las
rugosidades del mismo. No pude más y la levanté con fuerza, poniendo la punta
de mi verga inflamada en sus apretados esfínteres, empujé y empujé,
resbalando y yéndose mi verga a enterrarse en su vagina. La sacaba y la ponía
de nuevo en el lugar, esto me provocaba un placer inmenso, era un reto, esto era
diferente, ahora yo era el invasor, yo entraba en ella y pensaba que ella debía
de sentir lo que yo hace un rato con el chaval. Aunque mi verga era más grande,
mi cabeza rosada era suficiente para hacerla exclamar aunque fuera un quejidito,
para que su ano cosquilleara, que sintiera ese hormigueo en la periferia de su
ano, la ricura del estremecimiento al sentir algo dentro de sí, en un lugar tan
apretado y caliente. Cuando entro la cabeza de mi verga cerré los ojos y me
concentré en la sensación: sentí las paredes de su recto apretar con fuerza
mi pene, lo ahorcaba y procuré no moverme en lo más mínimo porque sabía que
podía salirse.
Seguí con mis manos aferradas por debajo de sus caderas, jalándola hacía
mi cuerpo, era deliciosa esa tibieza y tersura de su bajo vientre. Me decidí y
empuje con más fuerzas, ignorando sus pujidos, su morder la almohada, pero
poniendo atención en las contracciones de su ano, en el latir de su vientre, en
el olor de su cuerpo, de su ano ultrajado. Su ano cedió por fin, lentamente mi
verga avanzó por su camino y adoré tenerla sumergida en ese lugar, tomé
saliva en mis dedos y cuando saqué un tramo de mi verga la unté
cuidadosamente, para comenzar de nuevo la penetración, ahora más fácilmente,
aumentando la velocidad poco a poco y haciendo más constantes sus gemidos. Ella
reaccionó a estos embates de mi verga empujándose sola hacía mí, jadeando
interminablemente, ferozmente, poniéndose a tono con el ritmo que imperaba en
toda la sala, porque ya todos estaban en una orgía frenética, y yo me sentí
inmensamente feliz, feliz como nunca antes.
Después de haberla penetrado y derramarme en ella, me erguí presuroso y
caminé por sobre encima de la gente hasta llegar en cuatro o cinco grandes
pasos al cuartillo donde me había bañado. Me encontré con que estaba lleno.
Hombres y mujeres se bañaban preparándose para una nueva faena, yo con esa
intención me acerqué al baño, para desprenderme de sudores y sabores ajenos,
para estar limpio para ellos, para todos.
Entré y recibí el agua entre todos. Estaba fría y riquísima, el agua
alcanzaba mojarnos a todos, porque había más regaderas pero todas en dirección
al centro, para que mojaran bien a todos. Estar en medio de todos era fantástico:
el roce de la piel de varios, sentir como te tocan y te enjabonan, como tu
puedes enrollar tus manos en los vientres y en las caderas, enjabonar aquellos
triángulos, sin pensar si son de hombres o de mujeres, sentir manos que tallan
la raja de tu culo, que te besan tu boca mojada y te pican por detrás con su
verga, mujeres que pegan sus senos a tu pecho brevemente para luego voltearse y
hacerlo con otro, maravilloso.
Salí lleno de ellos. Como si me hubieran dado algo. Me sentí confiado y
pleno y quería más y más, pero primero me senté en un amplio y hondo sillón
-como todos- y dejé que otras personas se acomodaran conmigo, todos hundidos
allí, satisfechos y tomando las bebidas de, efectivamente vino rosado, que un
jovencito, ayudado por dos casi niñas, una rubita y una morena, nos ponían en
las manos. Me calmé poco a poco hasta quedar sumergido en una sensación
deliciosamente envolvente y cálida de paz, quietud, tibieza. Sensaciones
lejanas para mí hasta este día. Yo no se hasta ahora si la idea de destino
provenga de todas esas cosas que tenemos en la cabeza y que de algún modo nos
llevan a caer en la trampa, cual fuera que sea. Trampas vivas y gozosas, como ésta,
o trampas dolorosas y angustiantes. Yo había caído en el placer y por eso poco
me importaba haber sido arrastrado por las circunstancias, aunque esto me
incrustó la duda, una más, de fijarme bien qué caballos me jalaban, y sobre
todo, si tenían algún conductor.
Reposé y bebí con deleite del vino aquél. Acercaba el frío líquido a mis
labios, mojándolos poquito, tratando de que eso fuera una caricia prodigada por
mí mismo. Tenía tiempo de no darme un cariño yo sólo, ¡Qué mejoría y tan
de pronto! Los efectos del buen sexo. Recordé de pronto, los relatos leídos en
mi computadora en las noches de más angustiosa soledad, de insomnio terrible,
ninguno se acercaba a esta, mí realidad. Aquí todo era mejor y verdadero. Aquéllos
relatos me provocaban una risa, unos conseguían ponerme a tono y otros
francamente los cerraba después de haber leído el primer párrafo. Creo que de
tanto provocarme con eso, terminé por acudir al sitio y luego contártelo ¿pero
que me podrías decir tú?
Una mujer mayor entró por el pasillo principal, el que venía de la puerta
por donde yo entré. Ella era ya mayor que todos, tendría cincuenta y tantos años,
pero muy bella y de unos ojos y movimientos simpáticos. Eso la hacía especial.
Junto con las dos mujeres musculosas de los cuadros, que para mí sorpresa
estaban en la sala y no paraban de besarse y de sobarse los muslos, ella era
especial, las tres eran cosa especial en aquella reunión. Tenía unos senos
tremendamente grandes, blancos, de pezones rosas grandes también, una cintura
pequeña y unas anchas caderas rellenas de carne, nalgas hermosas, pero enormes,
una cosa muy llamativa. Sus piernas eran muy fuertes y delineadas, poderosas. Su
abdomen era liso pero carecía de la contundencia y la frescura de las mujeres jóvenes
y de las chiquillas. Aún así, era divino y me recordaba el vientre amplio y
acogedor de las blancas y regordetas mujeres de las pinturas que se exhiben en
los museos de renombre. La mujer transmitía una ternura, enviaba ondas de
calor. Era rubia y pequeña, una nota discordante para mí, su pequeñez, pero
eso era compensado con su robustez y su espalda perfecta, ligeramente amplia y
simétrica.
Ella buscó donde sentarse y yo me desplacé rápidamente para hacerle el
hueco que ella pronto ocuparía. Caminó y se sentó. Dijo: "..¿Cómo ha ido
todo? ¿Te lo has pasado bien? Por supuesto. Le dije. Hicimos charla y yo no podía
evitar desviar mi mirada de aquellos grandes ojos cafés para posarlos luego en
sus senos grandes y, por su piel, suaves. "..Muchacho, te gustan, tócalos,
que a eso viene uno a mi casa".. Sorprendido por la respuesta y con la
curiosidad avivada nuevamente, quise hacer mil preguntas, pero ella me apretó
las mejillas con su mano y con un "..no, no, no".. me calló. Sonreí y
dirigí una de mis manos a sus pechos, que los acariciaron y los recorrieron,
deteniéndose sólo para apretar entre los dedos y muy despacio, las bolitas
rosas de sus pezones. Era divertido apretarlos entre mis dedos, el cuello de mis
dos dedos, el índice y el medio, comprimían con delicadeza aquél rosado
grano, la piel lisa de mis dedos captaba su suavidad y no pude menos que sentir
un rico cosquilleo, muy suave, casi imperceptible pero agradable por lo mismo,
por la atención que tenía que poner en ellos para sentir.
Acaricié sus caderas y extendí la palma de mi mano izquierda sobre su tibio
vientre, allí le di vueltas y vueltas, luego usé las dos palmas para acariciar
completamente y luego seguir hacía arriba levantando sus tetas para luego
dejarlas deslizar por entre las palmas y apretarlas apenas. Ella me miró dulce
y una vez que retiré mis manos para posarlas sobre sus muslos, extendió una de
sus manos y comenzó a acariciar mi pecho, deteniéndose en mis pezones, para
pellizcarlos con los dedos engarruñados, para mojarlos con los dedos llenos de
saliva, luego desplazo su mano por mi vientre, sintiendo con sus dedos las
formas de mis músculos abdominales y llegando finalmente hasta mi polla erecta
que se estremeció ansiosa cuando fue acariciada y pelada dejando escapar una
brillante y espesa lágrima.
La mano siguió hasta mis huevos, los agarró con una mano y los tuvo allí
mientras se acercó para besarme. Su saliva era olorosa y fuerte, más
deliciosa. Me besó enloquecida acelerando el ritmo de las cosas. Trepó sobre mí
y sola condujo mi grueso pedazo de carne hasta su gruta, que ya estaba muy
empapada, y golosa, devoró hasta el último tramo de monda. Sus grandes tetas
me quedaban enfrente, metí mi cara de inmediato entre esos dos melones y comencé
a aspirar, a oler, a probar. Chupaba como un bebé y movía mi boca de sus senos
hasta su cuello oloroso a perfume. Sus carnudas piernas me quedaban a los lados
y las recorría emocionado, llegando hasta sus nalgas para apretarlas
fuertemente, para jalarla con fuerza hacía abajo, que sintiera mi verga hasta
adentro, hasta el fondo, hasta la matriz si era posible, quería inundarla de
semen, quería que bramara de placer.
La madura señora gimió y el semen se fue escapando por entre las piernas de
ambos, mojé mi culo con mi mismo semen y alguien detrás de mi se encargó de
limpiarlo con cuidado, era una chiquilla de acaso diez años, para sorpresa mía,
que con pequeños lengüetazos que iban y venían como si se tratase de la
lengua de una viborilla, desaparecía el espeso jugo blanco. Reí por tan buen
juego de lengua, no podía contenerla risa, era un cosquilleo tremendo y yo me
mordía los labios, las lamidas en mi ojillo habían prolongado mi orgasmo y aún
seguía sintiendo pequeños espasmos que me endurecían el vientre de forma muy
sabrosa. Dejé a la mujer madura por la paz y ella me dejó a mí, para quedar
recargado plácidamente en el sillón, con aquella rubita prendida de mis testículos
y yo, yo acariciándole el pelo.
Mis ojos fueron directo al centro de la sala, donde dos mujeres musculosas de
cuerpos bronceados y delineados se mamaban las pequeñas tetas. Se apretaban los
muslos con desesperación y se comían la vagina. Una iba primero y después la
otra. Estas dos colosales criaturas se volteaban una a la otra para probarse
mejor, se mordisqueaban las enormes y duras nalgas y yo me levanté, la niña
hizo un ¡pop! con su boca al soltar mis testículos y fui a dar al suelo con
aquellas hermosas criaturas.
Eran cuerpos hermosos. Me dediqué a una por completo y la otra se despidió
con una señal circular de sus dedos, que pensé, significaría su pronto
regreso.
Datos del autor: Admirador de la generación Beat, de Lewis Carrol y Sade.
Disfruta un par de whiskys en algún lugar obscuro mientras con una
lamparilla ilumina las páginas de algún libro. Es aficionado a la literatura
licenciosa, escribe cuentos y este es su primer envio.