Tus silencios están cargados,
tanto como tus palabras
de las palabras no dichas,
de las dichas sin palabras,
de aquellas que nos embrujan,
que embrujando nos halagan
halagos que traen suspiros,
suspiros que se enmascaran
en las palabras no dichas
y en los silencios se amparan
La autovía se perdía entre un puñado de olivos clavados en el horizonte,
mientras un sol de justicia bañaba esa llanura infinita que tan sólo la
presencia de algún cerro desnudo impedía otorgarle el epíteto de
"..manchega"... Del motor del coche surgía un zumbido constante al cual
se le sumaba el producido por el tórrido viento que torpemente trataba de
introducirse por la ventanilla de Lorena. Muchos kilómetros nos separaban ya de
nuestro origen, pero no menos lo hacían de nuestro destino. Y entre un punto y
otro tan sólo había eso, kilómetros. Y silencio, un silencio atronador. Un
silencio que yo trataba de cargar de contenido, pero siempre ignorando en qué
medida era recibido por aquella pelirroja de bote que había logrado cautivarme,
o se esfumaba por la ventanilla para ir a parar a cualquier ladera rocosa.
Cualquiera que fuese su paradero, de nada servirían aquellos suspiros que yo
cargaba emocionalmente si no eran acompañados, antes o después, de una
declaración de intenciones. Yo me había declarado a Lorena mil y una veces. En
el parque de Cembreros, en varias playas del Cantábrico, en los pastos de Valle
Estrecho e, incluso, en aquel coche. Pero en todas esas ocasiones sin la barrera
que en este momento me impedía hacerlo: su presencia.
El castillo de Sax dominaba al municipio como el astro rey lo hacía sobre
aquel paraje desértico, mientras la canción de Mägo de Oz que brotaba
tenuemente del radiocassette no lograba abrirse paso entre el denso discurso de
nuestras bocas calladas.
"..Si no puedes hablar sin tener que oír tu voz,
utilizando el corazón...
Bebe, danza, sueña, siente que el viento
ha sido hecho para ti...
Vive, escucha y habla usando para ello el corazón.
Siente que la lluvia besa tu cara
cuando haces el amor...
Grita con el alma, grita tan alto
que de tu vida, tú seas,
amigo, el único actor."..
Joder, qué calor - fueron sus primeras palabras en más de 150 kilómetros.
Aceptó mi propuesta de hacer un alto en el camino en el próximo hostal de
carretera que encontrásemos.
Aquel dichoso bar de mala muerte se hizo esperar, pero a cambio nos brindó
una pequeña arboleda donde poder aparcar mi fatigado Opel Kadett sin que las
altas temperaturas le incordiasen durante un rato. Una vez me aseguré de que la
sombra cubría por completo al vehículo, apagué el motor. Con el cantar de la
chicharra y el ruido de los camiones que circulaban por la autovía, nos
desabrochamos los cinturones. Nuestros cuerpos estaban entumecidos por las
largas horas de viaje y hasta abrir la puerta para salir se había convertido en
una empresa irrealizable. Fue entonces cuando noté que Lorena había fijado su
mirada en mí, y un escalofrío me recorrió desde mi sudorosa frente hasta mis
acaloradas piernas. Sin desviar mi vista de los pinos sylvester que crecían
unos metros más adelante, le pregunté si no quería salir a tomar algo fresco
en el bar, pero no hubo respuesta a mi cuestión. Lorena había captado mis
silencios durante el trayecto, y los estaba dando réplica. Nos dijimos muchas
cosas, y todas de una belleza tal que si hubiesen tenido que ser expresadas con
palabras, habrían perdido toda su plenitud. Ya no cantaba la chicharra, ni los
camiones circulaban por la carretera. Ya no hacía calor, ni nos encontrábamos
cansados del viaje, porque el viaje estaba a punto de comenzar.
Aquel páramo alicantino podía compararse con un auténtico horno, donde
unos cuantos millones de vatios torturaban impunemente a un puñado de
matorrales agonizantes. Ni fuerza tenían ya para resistirse con un quejido a
las perversas voluntades del astro rey. El sol, Lorena. Los matorrales, yo. El
cazador cazado por sus propias balas, por sus propios silencios. Silencios
resultantes de los propios gritos abortados. Abortados por la lengua de Lorena,
la cual recorría cada oquedad de mi boca, succionando todo líquido que en
aquel desierto pudiesen segregar mis glándulas salivales y engullendo todo
sonido que de mis cuerdas vocales, o de algún lugar más profundo, pudiese
surgir. Aquella hierba seca que yacía bajo los agostados árboles cumplía a la
perfección el rol para cuya interpretación había nacido: formar un cómodo
colchón sobre el cual nuestros cuerpos enredados pudiesen revolverse de manera
confortable. Y así lo hicieron, puesto que ni una gota del sudor de nuestra
piel se iba a derramar, a partir de entonces, por causas meteorológicas. Lorena
se despojó con facilidad de su camiseta, así como de su sostén, mostrándome
su par de esbeltos y sudorosos senos. Los froté con delicadeza, mientras ella
me restregaba su culo, aún vestido, por el bulto que sobresalía de mi pantalón.
Quise besar sus rosados pezones, pero ella me lo impidió retirándose hacia
detrás para acercar sus dientes a mi pantalón. Alcé un poco la cintura para
facilitarle la empresa de despojarme de mis bermudas con su boca. Le costó un
poco más de lo esperado, pero cuando por fin lo logró, mi verga salió
disparada con tal violencia que golpeó en su cara. De inmediato, aquella
estudiante de Derecho se tomó la justicia por su mano y se vengó de mi
inocente miembro devorándolo despiadadamente. Aplicó sus labios contra mi
glande de una manera casi caníbal, produciéndome una mezcla de placer y dolor
totalmente desconocida para mí. Sin embargo, una vez ejecutada su sentencia, se
negó tajantemente a verse correspondida con un frenético cunnilinguis, tal vez
por temor a mi revancha. Prefirió masturbarse ella solita antes que ver su clítoris
estrujado por mi lengua, y una vez se consideró suficientemente lubricada me
cabalgó de manera apoteósica. Lorena tomó mi polla con sus delicados dedos y
se la introdujo muy lentamente. Yo sentía cómo las convulsiones que agitaban
todo su cuerpo manaban de aquel delicioso tesoro. Un gemido de protesta salió
de su garganta al comprobar que su garaje no era capaz de cobijar por completo a
mi automóvil. Sin embargo, nada podía ya rebajar su estado de excitación.
Aunque un trailer se saliese de la autovía y nos arrollase, el cuerpo inerte de
aquella veinteañera seguiría abalanzándose sobre mi sangriento trozo de
carne, posiblemente separado de mi cuerpo. Mi sorpresa fue mayúscula al
comprobar que mi polla se estaba introduciendo totalmente en su vagina, cuando
al comenzar aquel trance amoroso eran al menos cuatro los centímetros que
inevitablemente quedaban a la intemperie. No quise ni pensar qué tipo de
tejidos se habrían rasgado en el interior de Lorena, con los párpados cerrados
y entregada totalmente al coito. Sentí de manera clara cómo se corría. Noté
que un escalofrío la recorrió el cuerpo, el cual se arqueó de manera que su
cabello acarició mis tobillos. Parecía ida, sumida en un sueño del cual
despertó cuando las sensibles paredes de su vagina apreciaron el engrosamiento
de mi pene que precedía al momento que estaba esperando. Rauda, se extrajo mi
polla y la colocó frente a sus manos abiertas. Viendo que ella no modificaba su
posición, me la meneé lo necesario para que mi semen desbordase sus palmas
abiertas y se derramase, en pequeñas cantidades, por sus brazos. Tan pronto
como el chorro cesó, propinó una deliciosa lamida a mi glande y salió
corriendo hacia el coche. De su bolso sacó un frasquito en el cual vertió la
gran parte de la lefa que con sus propias manos había recogido. Aquel bote
estaba ya muy colmado de un "..gel".. amarillento con el cual se mezcló
la preciada crema que había surgido de mis testículos. Quise preguntarle
acerca de su curiosa colección, pero me lo impidió arrodillándose sobre mi
cabeza y tapándome la boca con su calenturiento coño. Empecé a lamer como no
había podido hacer anteriormente cuando me percaté de que el líquido que mi
lengua extraía de su interior y que se esparcía por toda mi cara poseía un
tono rojizo que era... muy inquietante . A una cierta distancia, en el
radiocassette del coche, Fito Cabrales ilustraba la escena con aquello de:
Se me ponen si me besas
rojitas las orejas...
Pisoraka pisoraka@mixmail.com