M¢nica (05, El Juego)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Hacía las nueve de la tarde llamaron al timbre. Mònica se levantó como un
resorte y se dispuso a abrir. Llevaba aún la misma falda y camisa rota de la
tarde. Sergi la abrazó, apretándola fuertemente, agarrándole las nalgas, sin
más. - Dame las llaves de tu casa - Sin pensarlo, las cogió del bolso y se las
entregó. - Ahora vámonos.


- ¿Qué quieres que me ponga? - preguntó Mònica, sin saber dónde iban.
Otra vez la mirada de Sergi denotaba indiferencia al responder: - De hecho, da
igual.


Temerosa de lo que Sergi hubiera planeado, se puso una falda larga y una
camiseta holgada, lo menos sexy posible. Bajaron en el ascensor, sin hablar, y
pasearon un rato, en silencio. A Mònica le pareció que él sí sabía dónde
iban. Se paró delante de una tienda de ropa. En el escaparate había ropa de
todo tipo, todo muy a la moda. La cogió de la mano y entraron. Era un lugar
grande, con bastante gente entrando y saliendo. - Siéntate aquí y espérate.


Al poco rato Sergi volvió con una falda corta y una camisa de botones - Pruébatelo.
- Mònica cogió las piezas sin mirárselas y se encaminó a uno de los
probadores, que estaban al fondo del local. Corrió la cortina y entró. No había
casi gente esperando, pero se fijó en un grupo de chicos. Debían tener unos
veinticinco años y eran extranjeros, parecía que un poco pasados de copas. Se
encerró y cogió su camiseta para quitársela, cuando las cortinas se abrieron
y Sergi apareció. - Deja la cortina abierta. - Le miró, implorante: - No, por
favor, no me lo hagas hacer. - Él se limitó a mirarla. Mònica bajo la mirada,
resignada, oyendo como Sergi le ordenaba: - Y no lo hagas demasiado rápido. -
Lo vio sentarse en un banco, un poco apartado, vigilándola.


Sin fijarse siquiera en la ropa que le había entregado, Mònica volvió a
mirar hacía el grupo de extranjeros. No parecía que la observasen. Se dió la
vuelta y se quitó la camiseta por encima de su cabeza. Se puso la blusa,
despacio. Era de gasa, negra, y absolutamente transparente. No podía llevarla
sin sujetador y se arrepintió de no haber cogido uno de casa. Seguidamente se
quitó la falda y se puso la otra, por los pies. Era exageradamente corta. No se
había dado la vuelta, pero intuía que debía insinuar claramente el principio
de sus nalgas. Se miró al espejo. Nunca había llevado un conjunto tan
extremadamente provocativo. Sin esperar más se giró hacía Sergi. Tenía ganas
de que la viese. Él la miró con aprobación y con un gesto le señaló el
grupo de chicos. Cuando Mònica los vió enrojeció de golpe. Estaban todos
vueltos hacía ella, sonrientes, y alguno más atrevido le hacía señas indicándole
que estaba muy buena, asintiendo con la cabeza y haciéndole gestos con la mano.


Vió como Sergi iba a caja, pagaba, y le señalaba que la esperaba fuera,
observándola desde la luna del escaparate. Esta vez decidió darle lo que quería.
Tenía ganas de que se lo pasara bien, con la esperanza de vivir nuevamente una
noche loca. Estaba tan excitada... Siguió con la cortina abierta y, vuelta hacía
los chicos, se desnudó, quedándose en braguitas, y se vistió de nuevo con la
ropa que traía de casa. En el último momento, dos de ellos se acercaron hacía
ella. Se asustó y, además, no sabía si era eso lo que Sergi quería. Cuando
los tuvo delante se escurrió entre ellos, sin poder evitar que, al pasar uno de
ellos le pusiera la mano en los senos, magreándola, mientras otro se refregaba
entre sus nalgas. Sergi la esperó fuera, con una sonrisa, diciéndole: - Veo
que empiezas a entenderlo.


Se había hecho tarde y Mònica tenía hambre. Como si lo supera, él la llevó
a cenar. Nunca había estado en ese local. El comedor era pequeño, de unas diez
mesas. Se sentaron en el rincón y Sergi encargó unos aperitivos y la cena para
los dos, sin darle opción a escoger. Al retirarse el camarero, le susurró: -
Ve al lavabo a cambiarte. - Mònica no podía creerlo: - No puedo salir con la
ropa que me has comprado, Sergi -, protestó. Por única respuesta, él le cogió
un pezón, firmemente, mirándola a los ojos. Al sentir la presión de sus
dedos, Mònica empezó a notarse de nuevo húmeda. Bajo la mirada, como antes, y
se dirigió al lavabo.


El espejo le devolvió la imagen de una putita de lujo. Su piel bronceada
destacaba bajo el negro del conjunto. Se distinguían claramente sus pezones
duros bajo la tela de la blusa, y la falda, ceñida, no le tapaba lo más mínimo.
A cada movimiento temía que las braguitas quedaran al descubierto.


Al salir le pareció que todo el comedor, ahora medio lleno, la miraba
mientras lo cruzaba para reunirse con Sergi en la mesa. - Desabróchate un par
de botones más. - Mònica, absolutamente avergonzada, le obedeció,
disimuladamente. El camarero aprovechaba cada ocasión para espiar dentro de su
escote, que descubría casi todos sus senos, con los pezones duros de la
excitación de sentirse observada.


Los postres se fueron alargando, hasta que el comedor se fue vaciando de
comensales. Mònica estaba distraída mirando su plato cuando oyó que él le
decía: - Ahora quítate las braguitas y déjalas sobre la mesa. - Sabía que no
obtendría ninguna compasión quejándose. Mirando de reojo que no la viera
nadie, las hizo deslizar por sus piernas hasta el suelo. Las depositó,
plegadas, junto al plato, justo a tiempo para ver la cara del camarero, que no
se había perdido detalle de toda la operación. Pero Sergi no había acabado: -
Separa las piernas. - La falda era lo suficientemente corta para que, con las
piernas ligeramente abiertas, no pudiera tapar nada. La sombra rubia de su pubis
era evidente para cualquiera que mirara en la dirección correcta. De repente,
notó la mano de Sergi sobre la parte interna de sus muslos: - Ahora pide dos
cafés. - Mònica bajo la cabeza mientras Sergi llamaba al camarero, que se
acercó sin quitar la vista de su vientre, ahora que los dedos de Sergi la
estaban masturbando a la vista de quien se acercase. Casi no tenía voz, pero
soportó la mirada irónica del maître: - Dos cafés, por favor. - Éste sonrió
sardónicamente. - Enseguida, señora.


En mucho rato, era la primera ocasión en que se quedaban solos en el
comedor. Entonces Sergi la miró a los ojos, se desabrochó despacio la
cremallera del pantalón y liberó su pene, absolutamente enhiesto. Era la
primera vez que Mònica veía su erección y la miró, hipnotizada. Estaban en
un establecimiento público y él, tras el mantel, acababa de sacársela. ¡No
era posible! - ¿Sabes qué sigue ahora, verdad? - Ella, alarmada, imaginó que
le estaba pidiendo que lo masturbase.- Eso no, Sergi, no me lo pidas... - Era
sincera. Estaba muerta de vergüenza temiendo que alguien la atrapase. Pero él
continuó: - No debías haberte quejado. Como penitencia, quiero que te la
pongas en la boca. - Mònica no pudo ahogar un grito: - ¿¿¿Aquí??? - La voz
de Sergi era una orden: - Y hazlo bien o, créeme, no será la única que
pruebes esta noche.


Sin pensarlo, Mònica bajó la cabeza rápidamente, con la esperanza de
hacerle correr antes de que entrara nadie. Estaba completamente mojada y los
dedos de Sergi en su clítoris le hacían perder el mundo de vista. Sin
entretenerse, se la introdujo en la boca y, con la lengua, se la iba lamiendo.
Movía la cabeza arriba y abajo, lentamente, al tiempo que la giraba para darle
más placer. Notaba que, si Sergi seguía masturbándola de esa forma, se correría
con su polla en la boca. Era como si la estuviese penetrando, y sentía en cada
centímetro de su boca aquel punto de placer enloquecido.


Estaba a punto cuando Sergi la agarró por el pelo y, de un tirón, le echó
la cabeza hacía atrás, justo a tiempo para encontrarse de caras con el
camarero, que llevaba rato observando. Quiso morirse. Estaba paralizada, con la
cabeza gacha, sintiéndose como una puta y, lo peor, a punto de correrse por la
situación. La sonrisa del camarero era casi luminosa al decir: - El café de la
señora. - Y añadió, mirándola fijamente: - ¿Quiere leche? - Mònica
respondió: - Sí, por favor. - cómo podía haber contestado cualquier otra
cosa. Ahora fué Sergi quien tomó la iniciativa: - Pues venga, nena, hazme una
paja para tu cortado. - Le miró suplicante, pero no se atrevió a llevarle la
contraria. Sergi se levantó, sentándose sobre la mesa. Ella, obediente, comenzó
a masturbarlo. Primero lentamente, luego acelerándose cuando vió que él
echaba la cabeza hacia atrás, bajo la atenta mirada del camarero, que se quedó
allí, de pie. Mònica también le miraba, de tanto en tanto, hasta que notó
que se acercaba el final. Con toda naturalidad, cogió la taza con una mano
mientras con la otra aumentaba un poco el ritmo, y, con mucho cuidado, procuró
que el semen de Sergi fuera a parar dentro.


Estaba en estado de choc por la excitación. Respiraba agitadamente,
anhelando que la situación no acabara, con las piernas juntas, rozando muslo
con muslo, a punto de correrse. Se recostó en el respaldo de la silla, sin
dejar de mirarles a los dos y, despacio, acercó la taza a sus labios y,
finalmente, sintiendo cómo explotaba su orgasmo, con los ojos muy abiertos, mirándoselos,
se lo terminó de un sorbo.


(nina@bcntelecom.net)



 

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