Mònica no podía quitarse de la cabeza lo que acababa de hacer y prácticamente
no se dió cuenta de nada hasta que llegaron a un club. Era la típica discoteca
de costa, abarrotada de veraneantes, principalmente extranjeros. Sergi la
condujo hasta la barra. Ella se sentó, sin olvidar que no llevaba braguitas
(ahora guardadas en el bolsillo de él), y que la falda casi no la tapaba. Cruzó
las piernas, decorosamente, pero el efecto era espectacular, largas y morenas,
luciendo en todo su esplendor. Las palabras de Sergi al pedirle un trago largo,
un vodka, la sacaron de sus pensamientos: - Lo necesitarás preciosa.
Se quedó observando a la gente, que bailaba a su lado, muy cerca de ellos.
Al notar que muchos se la quedaban mirando, bajo la vista y se dió cuenta que
la transparencia de la blusa se acentuaba con la luz ultravioleta. Era como si
fuese desnuda, ya que se le adivinaban perfectamente los senos.
Disimuló mientras cruzaba los brazos para evitar que la siguieran mirando de
esa forma. Se dió la vuelta hacia Sergi justo a tiempo para ver como estaba
saludando a dos amigos. Se mantuvo fuera de la conversación, como imaginaba que
él quería, y más cuando no se había molestado ni en presentarla, a pesar de
que sus amigos no dejaban de observarla, primero de reojo, luego cada vez más
descaradamente, a medida que iban hablando con Sergi. Estaba avergonzada, con
las piernas y los brazos cruzados, pero la excitaba saber que estaban hablando
de ella. Hasta que Sergi, girándose hacia ella, le dijo:
- Baila un poco, nena. – ¿Era posible que le pidiera eso? ¿Que se
exhibiese ante todo el mundo? Tardó unas décimas de segundo en reaccionar,
pero al darse cuenta de su mirada, se levantó del taburete y se plantó ante
ellos. Y empezó a moverse. Lentamente al principio, moviendo las caderas,
procurando que la falda no le subiera más de la cuenta. Movía los brazos por
encima de la cabeza, .. viendo como dibujaban con la mirada sus pechos, ahora
tan duros, sin ningún disimulo, mientas hacían comentarios a Sergi. Cuando Mònica
consideró que ya la habían visto suficiente, se dió la vuelta dándoles la
espalda. Su excitación provocaba que aumentara el ritmo, moviéndose como una
gata para ellos, echando el cuerpo hacía delante a fin de que pudieran admirar
tranquilamente el principio de sus nalgas, sin hacer nada por evitarlo.
Estuvo así un buen rato, atrayendo las miradas ya no sólo de Sergi y sus
amigos, sino de los demás clientes del local. Notaba el deseo tras cada mirada
mientras si volvía cada vez más peligrosamente descarada. Hasta que Sergi le
hizo una seña para que se acercara a ellos. Sergi continuaba hablando con sus
amigos mientras con una mano le iba magreando las nalgas, con toda naturalidad.
La cabeza le daba vueltas. Se sentía tan puta, tan maravillosamente puta...
Oyó como Sergi decía a los otros dos (Marc y Jordi, le pareció) que allí
había demasiada gente y que estarían más cómodos si tomasen la última copa
en casa. En casa de Mònica, claro. Pro primera vez se fijó en ellos. Eran
bastante iguales, un poco más jóvenes que Sergi, con el mismo aire juvenil y
masculino. Exhalaban seguridad en lo que iban a hacer.
Subieron al coche. Marc conducía y, curiosamente, Mònica tuvo que sentarse
atrás, entre Jordi y Sergi. Arrancaron y, son previo aviso, Sergi le desabrochó
despreocupadamente la blusa, dejándola con los senos al aire, sin dejar de
hablar con sus amigos, como si nada pasase. Al verse ahí, en un coche,
circulando por las calles del pueblo, a la vista de cualquiera, tuvo un momento
de duda y protestó:
- Eso no puede ser Sergi. No quiero continuar jugando, se ha acabado... –
Sintió una mano en su nuca, un golpe seco, sus labios, sorpresa, humillación
dolor y deseo mezclados. Calló.
Una vez en casa se sentaron los tres juntos en el sofá mientras Mònica les
servía unas copas. Las dejó sobre la mesa y se arrodilló al otro lado, con la
mirada baja, esperando. Tenía tantas, tantas, tantas ganas...
Cuando se atrevió a mirarles quedó petrificada. Estaban los tres desnudos.
Realmente, no pudo dejar de admirar sus cuerpos. Pero el que la paralizó fué
ver como Sergi agarraba el pene a su amigo Marc y lo masturbaba mientras Jordi
le comía la boca en un beso profundo. Era una escena de ensueño. Marc, con la
cabeza hacia atrás, dejándose masturbar.. Sergi, aumentando el ritmo al tiempo
que Jordi le acariciaba el pecho. Se sintió húmeda al instante. Era la situación
más sensual que había visto nunca. Ellos continuaban como si ella no
estuviera. Jordi agachado, metiéndose la enorme polla de Sergi en la boca,
mientras éste le acariciaba las piernas, buscando la base de su pene, pasando
los dedos ligeramente sobre los testículos, como si los sopesara, y deslizándolos
peligrosamente entre sus nalgas, buscándole. A cada centímetro que Sergi
exploraba, Jordi iba aumentando la fuerza y la cadencia de la felación.
Para Mònica, era como si estuviera en un ascensor que bajara demasiado rápido.
Sus propias ganas le daban vértigo. Tardó en reaccionar, pero empezó a
masturbarse ante ellos, que seguían sin hacerle caso.
En un momento, Marc levantó la vista y se encontró con su mirada. Justo en
el momento en que se corría en la mano de Sergi. Viendo su semen brotar sobre
la piel de él, Mònica empezó a correrse violentamente, sin ningún pudor,
gimiendo. Sergi la oyó y, aún con la polla de Jordi en la boca y con la mano
enterrada entre sus nalgas la miró:
- Estate quieta. Nadie te ha dicho que pudieras mirar y, mucho menos,
masturbarte. – Obedeció automáticamente, como una niña atrapada en una
travesura. Ese sería su castigo, entonces. Sería el más difícil de aceptar.
Se quedó quieta, mirando al suelo, con más ganas de follar que las que había
tenido en su vida, oyéndolos suspirar, notando como cambiaban la postura,
mientras se colocaban a su lado, de cuatro patas, viéndolos solamente los pies,
sintiendo su movimiento, los golpes de riñón, los bufidos cuando se corría
uno, ahora otro, escuchándoles: "..Correte en mi boca".., "..ahora túmbate"..,
"..quiero ver como acaba en tu boca".....
No levantó la vista ni tan siquiera cuando les oyó despedirse de Sergi, sin
dirigirle la palabra a ella.
Ni la levantó durante todo el rato en el que él la ignoró, sin oírlo si
saber donde estaba. No se movería hasta que el se lo dijera y así, tal vez,
solo tal vez, la dejaría correrse.