M¢nica (07, La comuni¢n)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Al día siguiente se levantó tarde. Se había pasado toda la noche masturbándose
imaginando a Sergi y sus amigos la noche anterior. De hecho, la despertó la luz
del día. Se duchó, desayunó, y se dirigió al comedor para recoger las copas
de la noche anterior. Sobre la mesa de mármol, entre los vasos, una mancha
espesa, blanca. Acercó los dedos, temblorosa, y dejó que el semen se deslizara
entre sus dedos, apreciando la textura, como si fuese un tejido. No pudo
reprimirse y acercó los dedos a la mejilla, frotándolos ligeramente sobre la
piel. Le excitaba imaginar de quién de los tres sería, como había acabado en
la mesa, hasta que, sin poder resistirlo, fué acariciándose, dejándose
llevar, con los ojos cerrados, hasta correrse. Parecía mentira, pero había
despertado su multiorgásmidad. ¿Cuántas cosas más descubriría?


Se puso una camiseta y salió a la terraza a tender algo de ropa. Al girarse
hacía el balcón de Sergi fué como si le hubieran golpeado la cabeza con un
martillo. Él estaba allí, con su mujer. Prestó atención. Era una morena
impresionante. Pelo largo, piel morena del sol, una piernas larguísimas
saliendo de la abertura frontal de su vestido... estaba apoyada en la
barandilla, mirando el pueblo. Sergi estaba detrás, distraído, en bañador,
tipo bóxer. Al verla, se giró hacía ella y Mònica vió, o imaginó, un
brillo en sus ojos. Le hizo una seña indicándole que no se moviera de donde
estaba.


Le obedeció y se sentó, ligeramente vuelta hacia ellos, observándoles con
los ojos entreabiertos. Sergi se acercó a su mujer, cogiéndola por la cintura.
Ella reclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Mònica veía la mirada
de Sergi clavada en ella, que continuaba sentada, sin perderse detalle. Él fué
desabrochándole el vestido a la mujer, empezando por los botones superiores,
uno tras otro. La mujer no daba señales de estar violenta por la situación,
moviéndose sensualmente, con los ojos cerrados, dejando que los dedos de él
jugasen con cada botón. Por fin. Al acabar, Mònica pudo apreciar claramente
que ella no llevaba nada bajo el vestido, no pareciendo importarle quedar
desnuda en aquella terraza. Ni siquiera miraba. Sergi sonrió a Mònica mientras
con las manos apartaba el vestido, ahora completamente abierto, para que pudiera
apreciar la perfección de los pechos de la mujer. Ninguna marca de bañador. El
vientre, plano, acababa en su sexo, rasurado. A Mònica no le atraían las
mujeres, pero no pudo dejar de reconocer que era una mujer espléndida.


Al rato de estar magreándole los senos, Sergi la cogió por las caderas y
ella echó el cuerpo hacia atrás, como si mirara hacia la calle. Él se bajó
el bañador hasta medio muslo y Mònica se maravilló de nuevo del tamaño de su
miembro. Eso le bastó para excitarse otra vez como una loca y, aprovechando que
la mujer tenía la cabeza gacha, pasó una mano bajo la camiseta y empezó a
masturbarse en silencio.


Sergi se abalanzó sobre su mujer y, de un solo golpe, la penetró. Justo en
ese momento ella levantó la cabeza y, con los ojos todavía cerrados, soltó un
gemido. Él empezó a moverse rítmicamente, cogiéndola fuertemente de las
caderas, sin dejar de mirarla. Mònica empezó a correrse, sin dejar que se
notara. Las embestidas de él eran cada vez más intensas, hasta volverse casi
salvajes. La mujer le seguía el ritmo, con los gemidos convertidos en aullidos
que debían oírse desde la calle. Su orgasmo era evidente, absolutamente ajena
a lo que pasara a su alrededor. Era un espectáculo hipnótico, fascinante. Mònica
no pudo reprimir su propio orgasmo.


Cuando Sergi se cansó se apartó. La mujer levantó entonces la cabeza y Mònica
pudo verle la cara, entre su pelo enredado. No tuvo tiempo de más, ya que él
la tomó fuertemente de la muñeca y la arrastró hacia el interior del
apartamento.


Mònica también se retiró, intentando tranquilizarse. Por un lado, sentía
unos celos intensos, intentando clavarse directamente en su estómago. Pero allí
no había espacio parea nada que no fuese el deseo de él.


El timbre de la puerta la sorprendió intentando poner orden a lo que sentía.
Sin imaginarse quién sería abrió la puerta y, con los ojos como platos, vió
a Sergi y su mujer. El llevaba todavía el bañador y ella un pareo de baño.


Naturalmente, se alarmó. Él entro como si estuviera en su casa diciendo:


- Mònica, ésta es Ester, mi mujer. –


Las dos respondieron a la vez:


- Encantada. – en voz baja, sin mirarse.


Sergi siguió de pie en medio de la sala mientras ellas se sentaban.


– Hemos visto como nos mirabas antes. – le espetó.


A Mònica le parecía encontrarse al borde de un precipicio, mirando al
fondo. Vértigo.


– Y hemos venido a que nos veas de más cerca. –


Entonces se acercó a Ester y la alzó suavemente, cogiéndola de los
hombros. Siguió:


- Mírala. – mientras le desanudaba el pareo y lo dejaba caer.


Ester se quedó ahí, de pie, desnuda en todo su esplendor, mirando al suelo,
ante Mònica.


- ¿Te gusta? - continuó Sergi.


Mònica empezó a sentirse mareada. Reaccionó para decirle:


- Mira Sergi, no se de qué va esto pero a mí las mujeres no.-


Él se acercó, sin dejarla terminar y también la alzó, pero esta vez
violentamente, hasta colocarla frente a Ester y tomándole el cuello de la
camiseta con las dos manos y rompiéndosela de un solo movimiento, gritando:


- ¡ Mírala! –


Sin poder resistirse alzó la cabeza y la miró.


Sergi las empujó a las dos hasta quedar sentadas juntas en el sofá. Ninguna
se atrevía a levantar la vista ni a mirarse entre ellas.


– Ahora os lo haréis para mí. – indicó mientras se sentada ante ellas.


Mònica estaba absolutamente paralizada. En ese momento vió por primera vez
los ojos de Ester. Su mirada era tan dulce, como si entendiera lo que estaba
sintiendo ella en ese momento. De un modo muy cálido le pasó el brazo por la
espalda y la abrazó. Mònica sintió el tacto de la piel de Ester sobre la
suya, como se le acercaba, la dureza de sus pezones clavándose en los suyos
que, extrañamente, también estaban tensos, acariciándolos, mimándolos con la
palma de la mano sobre sus pezones, su respiración, cada vez más agitada, el
pelo de Ester, tan suave sobre el hombro, su mano deslizándose lentamente, sin
prisas, por su vientre, rozándole casi sin tocarla su vello púbico, abriéndole,
con extremada ternura, los labios de su clítoris y empezando a buscarla, a
perderse en su humedad, entregándola a ese punto de placer cálido. Mònica se
dejó llevar, sus músculos perdiendo rigidez bajo las caricias de Ester,
sabiendo que eso era lo que Sergi quería.


Se encontraba en una nube, dentro de una escena que se iba tornando más
irreal a cada momento. Como en una película, observó como Sergi se levantaba
(debía haberse desnudado cuando ella no lo miraba) y se colocaba frente a su
esposa. Sin parar de tocarla, Ester cogió el pene de Sergi y se lo introdujo en
la boca. Lo hacía con una sensualidad irresistible, manteniendo la tensión y
el ritmo. Mònica se sorprendió buscando con la mano los senos de Ester. Le
acariciaba el pelo y le pellizcaba los pezones cuando podía alcanzarlos. Su
cabellera morena le proporcionaba una visión memorable mientras la movía con
la misma cadencia que imprimía a la mamada. Era un cúmulo de sensaciones las
que pasaban por la mente de Mònica. Se convertía en compañera .. de Ester
en la labor de hacer feliz a Sergi, un sentimiento que borraba cualquier sombra
de celos.


Empezó a masturbarla a ella también, hundiendo los dedos en su sexo,
mojando las ganas en su nueva humedad, absolutamente rendida al nuevo
descubrimiento. Con las mejillas enrojecidas de deseo, con un brillo de excitación
en sus ojos, observó atentamente como Ester lamía y chupaba la enorme polla,
besándole los testículos mientras con la mano manipulaba lentamente el tronco.
A la vez, repasaba con la lengua el miembro de arriba a abajo, chupando el
glande, tragándosela entera, con tanta suavidad y convencimiento a la vez. La
observaba con admiración y envidia y, encontrándose con su mirada cómplice le
sacó los dedos del sexo y se los llevó a la boca con ansia.


Cuando Sergi se corrió en la boca de Ester se dio cuenta de su extremada
belleza. Ella la miró con los ojos azules brillando de placer mientras
degustaba el esperma antes de tragarlo. Entonces fue como si una extraña conexión
se encendiera entre ellas. Mònica, con la mirada clavada en sus labios carnosos
abiertos, en sus dientes blancos y la boca llena de semen, se acercó y empezó
a lamerle los labios, hundiendo la lengua en su boca para compartir la anhelada
leche de Sergi, en una comunión de pasiones compartidas, de promesas, de sexo,
de emociones turbias y húmedas, corriéndose las dos a la vez.



 

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