Soledad de Buenos Aires (I)‡
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



"..Soledad".. dijo al presentarse y yo repetí para mí
mismo la estrofa de ese antiguo tango que decía: "..Soledad, la de barracas,
que me trajo soledad".., sin pensar en lo premonitorio de esa frase.


 ..


El lugar y el momento eran los menos adecuados para
enfrascarme en una disquisición acerca de los alcances de su nombre: era
nuestra primera entrevista, en el salón de reuniones, y ella representaba la
"..otra parte".., por decirlo de alguna manera. Venía de Argentina a
auditar la empresa de la que yo era Auditor Interno y esa era nuestra entrevista
preliminar, para definir los alcances la revisión.


 ..


Cuando entré ella estaba sentada y me daba las espaldas.
Pero al volverse me dio el regalo de dos visiones hermosas: sus grandes ojos que
sonreían permanentemente y sus piernas que semejaban dos pilares de hermosa
hechura, blancos, bien delineados y embriagadores.


 ..


"..Soledad, mucho gusto".., respondió a mi presentación.
Omitió el apellido, dándole un toque de informalidad a la reunión, que
presagiaba ser dura.


 ..


Me senté a su lado y empezamos a charlas sobre la situación
de su país, agitado por los problemas sociales originados por los políticos y
su aplicación a ultranza de medidas económicas insostenibles. El Presidente
había renunciado presionado por los estragos del levantamiento civil en gran
parte del país y el tema del día era quién lo reemplazaría, las
posibilidades de declarar moratoria de pagos, el papel que jugarían los políticos
tradicionales en tanto se producía el necesario recambio generacional o cuanto
tiempo demoraría en reconstruir confianzas en el pueblo. La palabra corrupción
no se pronunció pero estaba presente en todos los ahí reunidos como la gran
barrera para sortear el momento de crisis que vivía Argentina.


 ..


Ella estaba sentada con una pierna sobre la otra, vestida con
un traje sastre adecuado a la ocasión, gris claro con rayas oscuras y que le
llegaba a media pierna. Pero no cualquier par de piernas. No, señor. Eran dos
monumentos de piernas que parecían moldeadas por un artista y que ella lucía a
sabiendas del efecto que producían entre los hombres. Esas piernas eran sus
armas de defensa y ataque, que confundían y atemorizaban a quien tenía por
delante, especialmente si ese alguien era hombre. Y yo soy un hombre tan normal
como el que más.


 ..


El movimiento que imprimía a sus piernas mientras hablaba me
tenía más pendiente de sus extremidades que de lo que decía. Creo que si me
hubiera pedido repetir la idea de lo que recién había expuesto no habría
podido hacerlo pues mi atención estaba en ese par de piernas y esos muslos que
se insinuaban bajo su falda, impidiéndome ocupar algún otro órgano de mi
cuerpo.


 ..


Ella estaba consciente del efecto que producía y parecía
divertirse con la cara de estúpido que yo tenía, intentando vanamente
disimular mi interés en sus muslos con una expresión de interés en sus
palabras que ni siquiera escuchaba.


Finalmente nos abocamos al trabajo y quedamos los dos solos
en la sala, ella haciendo las preguntas habituales en estos casos y yo
intentando responder y mostrando los libros y antecedentes que me eran
requeridos. La jornada se desarrolló normalmente, entre las explicaciones que
daba a sus preguntas y mis miradas furtivas a sus piernas, que seguían su
jugueteo para mi desesperación. Era tal mi interés en sus piernas que en
varias oportunidades mis explicaciones no fueron satisfactorias y me vi obligado
a rectificarme, en tanto ella parecía divertirse con mi turbación..


 ..


Ya tarde dimos por terminado el trabajo de ese día y me
ofrecí a llevarla a su hotel y, como era lo lógico, la invité a cenar. Ella
aceptó, lo que también era lógico, pues los gastos los pagaba la empresa y mi
misión era atenderla bien durante su estancia en Santiago.


 ..


Llegados a su hotel, me pidió la espera unos minutos
mientras subía a su cuarto a cambiarse para la cena. Me dirigí al bar, donde
pasé el rato al amparo de un cóctel margarita que prontamente me envalentonó
y me hizo ver como posible una aventura con la bella Soledad, la de allende los
Andes.


 ..


A la media hora apareció en el bar, radiante de belleza, con
su metro 65 de estatura, pelo trigueño, ojos verdes, piel blanca y ese par de
piernas que tanto me gustaban. Lucía un vestido de color azul eléctrico
partido a un costado, que mostraba parte de sus muslos cuando caminaba. Y sus
senos se mostraban exuberantes bajo la tela, insinuando unas dimensiones que
parecían artificiales pero que al caminar delataban dos cosas: primero que eran
naturales y segundo que no llevaba sostén. Este descubrimiento me acobardó y
volví a sentir la misma turbación de la mañana debido a sus piernas y muslos,
pero ahora por la visión de su par de senos redondos, bien formados, cimbreándose
y con sus pezones que golpean el vestido como queriendo buscar la libertad.


 ..


Intentando aparentar una calma que estaba lejos de poseer, la
invité a un trago. Ella aceptó con una sonrisa que resaltaba la belleza de su
rostro delgado y sus labios carnosos que parecían hechos para besar o para
otras labores más íntimas que estaban vedadas a mí, un viejo de 60 años,
algo cansado por el trabajo rutinario de toda una vida. Y más viejo me sentía
ante la frescura de sus 26 años, tan tremendamente bien llevados.


 ..


Se mostró locuaz y de una simpatía extrema. Abordamos
muchos temas, para los que siempre tenía una frase inteligente, sagaz,
oportuna. Y su eterna sonrisa modelando ese bello rostro del que me sentía
prendado.


 ..


Cenamos en un restauran francés, que elegí para
impresionarla, sabiendo que nada de lo que hiciera podría causarle la más mínima
impresión, ya que se notaba que era una mujer de mundo y que estaba
acostumbrada a lugares sofisticados.


 ..


Después de cenar la llevé de vuelta a su hotel, donde ella
me pidió la invitara al bar a un último trago.


 ..


Fuimos nuevamente al bar del hotel y pedimos un whisky para
cada uno. Tal vez el trago, tal vez la distancia de su tierra o la soledad que
en esos momentos la envolvía, no sé, pero pronto, muy pronto, estábamos haciéndonos
confidencias.


Y fue al calor de este momento de intimidad en un rincón
apartado del bar ya casi desierto en que Soledad me preguntó repentinamente,
con un tono tan natural en su voz que no delataba las implicancias de su
pregunta:


 ..



¿Cómo te parezco?



 ..



¿En qué sentido?, pregunté.


 ..



"..Como mujer, se supone".., respondió con aire cómicamente
ofendido.


 ..



¿Qué puedo decir ante algo tan obvio y que estoy seguro no
te ha pasado desapercibido?



 ..


Mi respuesta, sin ser impertinente, pretendía ser todo lo
insinuante que podía, ante el tono de la conversación.


 ..


Ella rió francamente, echó hacia atrás su cabeza y arregló
su pelo de manera sensual.


 ..


En ese momento comprendí que las cosas entre ambos ya no serían
igual.


 ..



¿Pasarías la noche conmigo?



 ..


Lo dijo mirándome abiertamente, sin sonreír. En sus ojos se
insinuaba un mundo de cosas que no podía descifrar, excepto la pena que la
embargaba. La humedad que cubría su verde mirar delataba la lucha que estaba
sosteniendo con que quizás qué recuerdo, dolor, ausencia o desilusión que
corroía su alma.


 ..


Pero por sobre todo era la soledad que oprimía su corazón
la que había dictado sus palabras y yo era el afortunado hombre que en ese
momento se había cruzado en su camino y con el cual ella quería olvidar aunque
fuera por una noche los sentimientos que laceraban su corazón. Era evidente que
yo no le interesaba como persona, por mi edad, sino que esa noche sería un
instrumento que le ayudaría a luchar con sus fantasmas.


 ..


Era tan hermosa, tan deseable, que dejé la dignidad de lado
y tomándola de un brazo nos dirigimos a su cuarto, mientras unas lagrimas
rodaban por su mejilla sin que ella hiciera nada por ocultarlas y yo pretendía
no verlas.


 ..


Ya en su pieza, seguimos bebiendo. Ella para aturdirse y yo
para darme valor. Ella para no pensar en la persona con quien pasaría la noche
y yo para disfrutar a plenitud el cuerpo que se entregaba. Ella para estar no
estando conmigo y yo para gozarla completamente.


 ..


Con varias copas en el cuerpo, la abracé y besé con
apasionamiento, al que ella respondió fría pero aceptablemente. La llevé a la
cama y la deposité con suavidad, apartando sus tan deseadas piernas y subiendo
su falda a la altura de la cintura, con lo que su sexo quedó ante mí cubierto
por unas bragas blancas diminutas, que apenas lograban abarcar su monte entre
las piernas, que semejaba un paquete de carne y pelo.


 ..


Acerqué mi boca y me dediqué a morderlo con suavidad,
sintiendo como los pelos de su pubis picaban mis labios por entre la tela sedosa
de su calzón.


 ..


Soledad inició unos movimientos lascivos que delataban su
creciente estado de excitación, hasta terminar llevando una de sus manos a su
braga, la que tomó un costado de éste y lo corrió a un lado, dejando ante mi
vista su hermoso canal de labios gruesos y ensortijados pelos, humedecidos por
el deseo naciente en mi bella compañera.


 ..


Me dediqué con afán a besar su sexo, metiendo mi lengua
hasta lo más profundo de su canal, hasta lograr alcanzar su clítoris. Los
gemidos de placer que emitía Soledad fueron el mejor aliciente para aumentar
mis esfuerzos sobre ese trozo de carne al final del túnel, logrando prontamente
que me brindara un orgasmo pleno de jugos vaginales.


 ..


Logrado mi primer objetivo, me levanté y me desnudé,
dejando ante su vista mi instrumento que, aunque de proporciones normales
tampoco era de despreciar. Me acerqué a Soledad a la espera de que ella le
hiciera los honores a mi verga, lo que no tardó en cumplir, tomándose de mi
barra de carne y llevándola a su boca, que se dedicó a chuparla y besarla,
mientras la metía y sacaba con su propia mano.


 ..


Viendo que estaba pronto a acabar y mi deseo era hacerla
gozar a ella, la quité mi instrumento y le pedí que se desnudara, lo que hizo
de inmediato.


 ..


El cuerpo que reveló ante mí era aún más perfecto de lo
que había imaginado cuando estaba vestida. Sus senos eran perfectamente
erectos, redondos y grandes, con un par de pezones terminados en punta. Su
cadera era digna de una modelo y sus piernas más hermosas e incitantes que lo
que había visto en la mañana. Y todo armonizado en un porte que resaltaba sus
encantos, sin hablar de su bello rostro contraído por el deseo, que lo hacía
doblemente hermoso.


 ..


Me puse entre sus piernas y le hundí mi verga hasta lo más
profundo. Ella levantó sus pies y los puso por encima de mi espalda, cabalgándome
a gusto mientras sus brazos me rodeaban y me besaba con pasión.


 ..


Pero algo desentonaba en el conjunto: sus ojos cerrados no me
miraban, no participaban del bello momento que estaba disfrutando.


 ..


Le hundí repetidamente mi lanza, que sacaba y metía con
furia, hasta lograr acabar al unísono con ella, pero ella lo hizo derramando lágrimas
que manaron de sus ojos cerrados y corrieron incontenibles por sus mejillas.


 ..


Al día siguiente nos encontramos nuevamente en la sala de
reuniones y pareció que la noche anterior se había borrado de su mente, pues
no hizo ninguna alusión a ella. Y nuestro trabajo lo hicimos mecánicamente,
casi como dos extraños.


 ..


Terminado el día, nuevamente la invité a cenar, pero ella
rehusó. E hizo lo mismo los días siguientes. Solamente el último día, cuando
ya había desistido de invitarla, ella me pidió que cenáramos nuevamente, pues
deseaba conversar conmigo de algo personal, relacionado con nuestra cita
anterior.


 ..


Quedé en pasar a buscarla a las 10 de esa noche. Me estaba
esperando, tan radiante como la primera vez, pero más insinuante y provocadora.


 ..


El aperitivo nos lo servimos en el bar. Antes que dijera
nada, ella me manifestó que quería disculparse conmigo por su comportamiento
de la vez anterior y deseaba explicarme la razón de su proceder.


 ..


A partir de ese momento la historia cambió de rumbo y mi
vida nunca más volvió a ser la misma.



 

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