Día de muertos
I
El aire que entraba por la ventana del automóvil era como
una mano invisible que peinaba con sus yemas el oscuro cabello de Laura. Ella
miraba hacia el Lago de Pátzcuaro. Su boca hacía una pequeña mueca que no era
propiamente una sonrisa, sino una semilla de ésta. Sus ojos estaban
entrecerrados, procurando que sus largas pestañas protegieran un poco el globo
ocular. Por alguna causa el viento extrañamente frío era más molesto que
agradable, y sin embargo, cerrar la ventanilla era un acto que ella no estaba
dispuesta a hacer.
 ..
Jorge, al volante, tenía las cejas fruncidas, tal como si
varias cosas le molestaran a la vez pero se encontrara ante la indecisión de
por cuál de ellas repelar primero. En definitiva no se trataba de Laurita, le
hija de ambos, la cual tenía sus genialidades al momento de dar problemas, pues
esta yacía en el asiento trasero del coche profundamente dormida.
 ..
Al salir de casa, cuando Jorge le dijo, "..Apúrate mijita
que se nos hace tarde para el Día de Muertos".., se preguntó las razones
por las cuáles tendría que darse prisa para asistir. Bien podría esperar a
que Laurita se vistiera a su ritmo, que dejara de ver el programa de televisión
que la entretenía, que se tomara un refresco que había comenzado a beber.
Sacando cuentas, recapacitaba en que vivían en la ciudad de Uruapan, por lo
tanto estaban como a cuarenta minutos de Pátzcuaro, cuarenta que se hacían
sesenta por la alta afluencia de coches que coincidían en las festividades del
Día de Muertos, ochenta si se demoraban más y coincidían con quienes salían
de trabajar a las seis de la tarde, o cien minutos si, como de costumbre, algún
borracho se hubiese estrellado ya en alguna parte del tramo carretero. Pero en
el fondo no había prisa. Jorge ni siquiera era Michoacano, por lo tanto veía
las festividades del día 2 de Noviembre con ojos de turista. Tampoco tenía
ningún difunto al cual rezarle. Año con año iban a Pátzcuaro, atravesaban el
lago en las lanchas, llegaban a la isla de Janitzio, que se encuentra en lo que
años atrás era el centro del lago, y veían todo el jolgorio de la fiesta de
muertos, pero tantas visitas ya habían hecho de aquel paseo algo visto para él.
A punto estaba de decirle a Laurita que mejor se tomara su tiempo, pero ella,
con inusual agilidad, dejó de ver el televisor y, colocándose el abriguito que
le había tendido su madre sobre la cama, dijo entusiasta: "..Vámonos, ya
quiero ver a los muertos".. .
 ..
Esta celebración de Día de Muertos vuelve deseable tener un
muerto al cual rendirle homenaje, una abuela está bien, algún primo lejano que
sólo se le recuerde por lo desafortunado que pudo ser su muerte, la muerte está
bien siempre que no se acerque demasiado.
 ..
Un camión iba obstruyendo el paso, y el torrente de autos y
las curvas del camino hacían imposible rebasarle. Por fin encontró, aunque con
poca convicción, un motivo sobre el cual sembrar sus quejas. Le dijo a Laura:
 ..
- Por amor, no te despegues de mí un segundo. Siempre ocurre
lo mismo en esta fecha, llegamos, nos metemos entre la gente y en medio de la
fiesta te nos pierdes. No sé de ti, es como si fueras muy lejos y luego
volvieras. A veces pienso que viajas al mundo de los muertos y por una suerte
extraña te devuelven, pues siempre te recupero fría, muy fría.
- Esta fecha siempre es fría...
Jorge no insiste, las cosas han de ser, y han de ser a su
tiempo. Laura si es de Michoacán, y si tiene un muerto.
II
 ..
Estaban en una habitación. La habitación tenía dos camas,
una puesta enfrente de la otra. Cada uno de ellos estaba sentado en una cama
distinta. Nunca habían estado solos en un cuarto de hotel, ni en ningún otro,
aunque en sueños tal vez ya hubiesen hecho de todo. Cada uno de ellos extendía
sus piernas hacia la otra cama, como si quisieran inventar un puente levadizo
entre cama y cama cuyo centro fuesen las plantas de sus pies que se abrazaban
sin brazos. Si los pies encierran todos los puntos de digitopuntura, y en ellos
se representan la totalidad de órganos vitales, a esos instantes ellos estaban
ya penetrándose. Los pies de él eran más grandes que los de ella, pero los de
ella eran más suaves. Al poner las plantas de los pies al contacto del otro,
ofrendaban desnuda su historia personal, su andar. En la India, es un privilegio
mirar siquiera las plantas de los pies de los gurus, pues en ellas se concentra
toda su energía, en ese cuarto, en cambio, los pies establecían su propio diálogo,
que no era el mismo que sostenían las cabezas.
 ..
- ¿Cómo te fue?
- Bien, mis obras se han vendido mejor que nunca este año.
La Casa del Turista me ha hecho un involuntario y gran favor al incluir en su
cartel de este año una de mis figurillas. Es curioso que la muerte, atemporal
como es, se haya puesto de moda.
- ¿Cómo fue que conseguiste ese contacto con ellos?
- En realidad ellos vinieron a mí, y supongo que les
impresionó la mística que imprimo a mis esculturas. Cuando ellos llegaron a mi
taller y preguntaron por una catrina1 representativa les contesté
que yo no hacía catrinas, sino desnudo femenino. La tipa me miró extrañada,
pues de hecho tenía en mis manos una cabecilla de calavera, y estaba
esculpiendo el pico de su tabique nasal, así que aclaré: "..Dígame usted,
¿Habrá mujer más desnuda que una calavera? No sólo no tiene ropa, sino que
carne tampoco."..
- Eres un cabronzuelo. ¿Y que cara puso la chica?
- No entendió nada, créeme. Y es la delegada de cultura.
Seguro llegó a su casa y se tentó el rostro y descubrió que debajo de su piel
y su carne vive un bonito esqueleto.
 ..
Laura le dio una leve patadita al pie izquierdo de Lázaro,
quien se enderezó con agilidad inusitada y mediante un zarpazo rápido le tomó
del tobillo, procediendo a tocarle con suavidad, abrazando su patada, sintiendo
entre sus manos la fragilidad y fortaleza de aquel pie exquisito, Laura tenía
miedo de gozar, Lázaro no pensaba en nada y, acercando aquel enérgico pie a su
boca, comenzó a provocar que los dedos se abrieran lentamente para proceder a
morderlos lentamente, restregando la lengua en las orquillas que se forman entre
dedo y dedo, con una chupada tan breve y vehemente que pareciera que los dedos
de Laura hubiesen sido mojados en leche de cabra para luego ser mamados por un
cachorro de León parcialmente destetado. El mensaje era claro, el cuerpo era
bello y sin bagajes, y el placer que siente también. Mientras lamía le decía:
 ..
-No te enceles. Bien sabes que entre todas las michoacanas no
hay una que tenga esqueleto más bello que el tuyo.
 ..
A cada chupada, mordida, lamida, Laura sentía como un
escalofrío recorría sus huesos. Si Lázaro fuese caníbal, probablemente ella
no le negaría un buen trozo de su ser, aunque afortunadamente no lo era, y su
labor se limitaba a sentir con sus manos y su boca la resistencia y el soporte
que aquellos huesos brindaban.
 ..
Lázaro pensaba que las mujeres de Michoacán eran herederas
de una tradición mortuoria que no hacía otra cosa que rendir culto a la
belleza del sistema óseo. Para él, el mundo estaba equivocado en su apreciación
de la belleza, pues la medían partiendo de los aspectos más externos del
cuerpo, el cutis, el color de los ojos, la dimensión de las carnes, todo ello
siempre tan efímero. Sin embargo, las michoacanas estaban hechas a prueba de
esa frivolidad. Su cara, dentro de su redondez, exhibe una delta que concluye
con la barbilla, la nariz es pequeña y afilada como un aguijón, pues apenas
cubre el huesito picudo que la sustenta, los pómulos son carnosos pero deben
mucho de su belleza a que están fijos en un cráneo muy bien proporcionado,
redondo en su parte superior, mientras que los ojos son bellos porque bellas son
las cavidades que los alojan. Ver un rostro que lleve en sus venas sangre
tarasca2, es ver un rostro armonioso que no niega su humanidad y su
mortalidad, con la belleza desbordante que da esa inquietud en la mirada, con
sus cejas fuertes, enérgicas, propias del espíritu combativo de esta tierra, y
al igual que ésta, pleno de riqueza.
 ..
La mujer de Michoacán carece de una cintura muy estrecha,
sus nalgas no son alzadas y respingonas como lo dicta la moda, en cambio su
tronco es macizo, sus pechos son grandes y sus caderas son amplias, a tal forma
que la figura es deliciosamente femenina, a la vez que denota fortaleza.
 ..
Lázaro pensaba que el esqueleto de las michoacanas era
especial. Fuerte, capaz de sostener un cuerpo tan íntegro. De hecho, Laura le
había llamado mucho la atención desde la primera vez que la vio porque, según
él creía, ella poseía el esqueleto más bello del mundo. Esa vez le tocó
verla de espaldas, ella caminaba moviendo su cuerpo con una gracia y una
velocidad inusual para una mujer con esos tacones que llevaba encima. Sobre sus
tobillos se sujetaba un cintillo que no sólo daba volumen a sus chamorros, sino
que dejaba ver la exquisita forma del talón, justo como una copa de champagne
invertida. La manera de andar de Laura despedía garbo, pues su espalda permanecía
erguida, sin asomo de cansancio, como si el cuerpo no tuviese peso. Su cabello
era corto y permitía que uno tomara nota de la forma de su cabeza, es decir, de
su cráneo. Si bien aquella manera de moverse y aquel cráneo ya le habían
robado parte del aliento, al verla voltear y conocer su cara, el robo del
aliento fue total. Sus pestañas eran largas, sus cejas enérgicas, su nariz
pequeña, sus mejillas deliciosas y sus dientes discretos, ocultos dentro de
unos labios finos. Sus pechos eran generosamente michoacanos, grandes, erguidos,
vivos y exuberantes. Lázaro imaginó que seguramente en vez de pezones tendrían
en su cima una mariposa monarca, al igual que el pubis tendría una multitud de
ellas en vez de vellos.
 ..
Laura lo encontró muy atractivo. Era alto, con un esqueleto
bien fuerte también. Un artista del sistema óseo cuida a detalle cada elemento
de su andar, de esta manera, Lázaro tenía muy estudiada la forma de
conducirse, con una elegancia casi cósmica. Era el paso de un bailarín. Sus
maneras de pensar eran extrañas, pues sentía gran fascinación por la muerte,
de hecho, no había una mejor profesión para él que la de escultor de
catrinas.
 ..
- La muerte no existe en realidad.- decía Lázaro a Laura-
Si lo vez bien, cada segundo muere al instante mismo en que se manifiesta. En
teoría, ese segundo se extingue para siempre, pero no es así. Ese segundo
existía antes de llegar, y permanece luego de que se marcha. Nosotros operamos
igual, nacemos y en teoría empezamos a extinguirnos, pero nunca nos iremos, si
somos lo suficientemente mágicos para estar aquí ahora, quiere decir que hemos
estado desde el principio de los tiempos, pues si no hubiésemos existido de
antes y repentinamente apareciéramos en este inmenso orden de cosas, la
cuarteadura que se haría sería tremenda, sería una herida por la cual se
desangraría el universo, sería Dios tapándose con un dedo un agujero en la
yugular. Suena tentador hacer tanto desorden, ser la causa de la muerte de Dios,
pero hasta eso sería fútil, seríamos la muerte del Creador pero el esperma
que da origen a un nuevo caos, es decir, Dios resucitado en otra forma. Nada
nace y nada muere. Por eso en Michoacán se rinde culto al muerto, que en
realidad es culto a la capacidad de recordar, homenaje a la existencia
compartida, un agradecimiento a quienes nos dieron parte de sí, un trozo de su
intención.
 ..
Laura le escuchaba fascinada por aquella forma de hablar,
tomando detalle del movimiento de aquellos labios. Algún movimiento del cuerpo
de él le invitó a que dejara aquella cama distante en que se encontraba y
pasara a sentarse a horcajadas sobre sus piernas.
 ..
Como premio al discurso, tomó la cabeza de Lázaro y la
acercó lo suficiente para que él pudiera sentir el embrujo de su aliento, y él,
sintiendo la tibieza de aquel acto femenino de exhalar, percibía el sutil aroma
a cerezas que despedía el labial que Laura llevaba puesto, olor que no era
puro, sino mezcla del perfume del cosmético y del aliento de ella, quien
abriendo los labios decía la palabra bésame sin sonido alguno, y él,
atendiendo al llamado del abismo, acercaba su propia boca para hacerla chocar
con los labios de Laura. Nunca en su vida había besado Lázaro una boca que
besara con tal hambre, al contacto todo se disolvía, todo él era boca y se
alojaba en la de ella, que absorbía con algo más que sus pulmones, pues no sólo
era como una aspiradora pulmonar, sino que aspiraba con el alma cualquier
vestigio de amor que encontrase, luego, la lengua de ella se adentraba en las
fauces de él, como devolviéndole todos los besos que hubiese dado en la vida,
compartiéndoselos a él, y luego exigírselos de vuelta. La boca de Laura, a
pesar de no abrirse demasiado, parecía querer tragar entera la cabeza de Lázaro,
mientras que la lengua hacía su tarea de libarle la miel previamente depositada
en el corazón. Al besarse el tiempo dejaba de existir, dejaba de existir la
muerte porque la vida dejaba de tener importancia, era un segundo cero, era el
vacío que todo lo llena. Al separarse, el sabor de la saliva mezclada
embriagaba a cada uno de los amantes, quienes descansaban uno cerca del otro,
quedando de nuevo demasiado cerca, lo suficiente para invitarse de nuevo a besar
y atraerse.
 ..
No sentían prisa por dejar de besarse para pasar a la posesión
del cuerpo, pues los besos ya eran, de por sí, una posesión absoluta. Lázaro
comenzaba luego a tomarle de los brazos, recorriéndolos a todo lo largo,
tocando los músculos, pero también los huesos. Luego alzaba la mano de Laura
para verla de cerca, maravillándose de su movimiento, de su perfección, e
hipnotizado por su belleza comenzaba a morder aquella mano mientras que Laura
permanecía atenta a su inmolación. Se miraban a los ojos y ella bajaba la
vista discretamente, como avisando a Lázaro de la presencia de sus pechos, que
sin duda merecían amor. Lázaro dejaba entonces de abrazarla para colocar sus
manos sobre los senos amplios y humanamente densos que Laura portaba con
orgullo. Luego de tentar su textura, pasaba revista de cada botón de la blusa
de ella para abrirle el pecho como si detrás de la tela fuese a verse, con
claridad, el enorme corazón de tambor que vibraba en un redoble festivo. Bajo
la blusa estaba un sostén con un encaje nada accidental. Lázaro recorrió con
sus dedos la forma que el blanquísimo bordado ofrecía, tal como si le
interesara más el arte textil del sostén que la piel de los senos de Laura. Lo
cierto es que ese titubeo sólo avisaba de la dedicación con que serían
tocados los poros de la piel. Los dedos se deslizaron hasta el broche del
sujetador y lo abrió, liberando aquellos pechos salvajes. El pezón era grande,
color marrón, aun dormido pero atento. La boca de Lázaro cayó presa del
magnetismo y el calor de aquellas montañas, las cuales sujetaba parcialmente
con sus manos, para sentir su volumen, su suavidad, y para colocar los pezones
entre sus dientes y sentir en la lengua cómo adquirían filo. El sabor de
aquellas tetas era sin duda el de la leche eterna, la luz.
Si había que bajar las manos hasta las caderas de Laura, el
camino más hermoso sería sin duda su espina dorsal. Vértebra a vértebra
bajaron los dedos de Lázaro, como si recorrieran la escalera externa de un
templo, hasta que por fin estuvieron tocando aquellas caderas generosas, que al
contacto con aquellas manos se comprimieron hacia delante, como buscando una
penetración invisible, restregando los sexos aun envueltos en sendos
pantalones.
El magreo se tornó cada vez más violento. El sexo comenzó
a invadir cada movimiento. Se separaron sólo los segundos necesarios para
quitarse los pantalones, así, sin mucho trámite. Ambos se miraron el cuerpo.
Ella, con un sexo pequeño para la amplitud de sus caderas, escasamente poblado
de vello. Él, con una erección esquizofrénica en ese pene que francamente
rebasaba aquello que Laura había imaginado como más pequeño pero más blanco,
menos ancho pero más idílico, y eso sí, la abundante pelambrera que rodeaba
el sexo de Lázaro era algo que ella nunca imaginaría de un caballero con
cabello tan corto como el de Lázaro. Él colocó la punta de aquel miembro en
la entrada de aquel templo divino y comenzó a jugar ahí, bebiendo con sed el
jugo de ansia que ahí se fabricaba. Cuando ella se sintió lista, comenzó a
dejarse clavar por aquel falo enhiesto, sintiéndose llenar el cuerpo entero de
un calor poderoso. Abiertas las piernas estaba abierta el alma, atrapado el falo
estaba preso el corazón.
Se entregaron durante horas al juego de amarse. Laura tendida
de espaldas sobre el colchón, con sus piernas abiertas en compás, mientras
Lauro la penetraba con una furia que ofrendaba su violenta energía, violencia
que no era crueldad al ser exorcizada por un trabajo de manos que realizaba con
devoción. Las caderas barrenando con fuerza pero las manos haciendo del cuerpo
de ella una linda escultura, misma que culminó con un tacto suave sobre el
rostro de ella, como si los dedos de él la formasen al tocarla, como si cada músculo
facial se creara a su contacto.
Ese sería su secreto, la penetración unida a la elaboración
artística del propio cuerpo. Eran de arcilla, y se moldeaban, y con sus
alientos atrapaban el soplo de Dios, y a cada beso se daban una vida que merecían.
 ..
III
 ..
Era la víspera de Navidad. Laura y Lázaro habían ido, por
puro placer, al Parque Nacional de Uruapan. Es inútil decir que ya se ha ido a
ahí como pretexto para no acudir de nuevo. Las plantas aparecen inmóviles si
uno es tan irreverente como para verlas sin vida. Tienen vida. Cada una de ellas
es un individuo. Al igual que nosotros, ellas cambian día con día. Tienen un
nombre. Entre ellas se conocen. Son una comunidad fortísima de seres que lo
menos que brindan es oxígeno, pues quien entra en este parque sentirá que hay
una mano invisible que te toma de la barbilla, a la vez que un soplo vegetal se
infiltra por tu nariz, invadiéndote con su perfume. Las hojas de más de cinco
metros de largo terminan por imponerse, aunque al buen espectador le parecerá
igualmente maravillosa la diminuta hoja del musgo que se hospeda entre las
comisuras de los adoquines que conforman los pasillos del parque. El agua fluye
como si estuviesen al descubierto las venas de la tierra, y tanta vegetación da
la sensación de caminar entre la matriz del mundo. Sería recomendable que
nunca cayese semen en esta tierra, pues su fertilidad es tal que pudiese nacer
una planta humana. Lázaro atrajo a Laura hacia sí, y luego de plantarle un
beso en esas mejillas que tanto quería, le dijo:
 ..
- Si un día muero, trae mis cenizas y espárcelas en este
parque...
- No me digas eso. Tú no vas a morirte.
- Ojalá te pidiesen opinión a ti al momento que decidan mi
fin. Escúchame. Si un día muero, quisiera que me trajeras aquí en cenizas y
me esparcieras en este maravilloso parque. Este parque simboliza todo aquello en
lo que yo creo. Yo no creo en la muerte, sólo en la vida, y aquí hasta la
muerte tiene rostro de vida. ¿Ves ese cauce de agua? Nunca se detiene.
Reverbera de manera incesante, como un orgasmo de la naturaleza, el tiempo no se
detiene en este cauce, el movimiento es perpetuo, como el de nuestra alma. ¿Ves
esas plantas? Nunca más estarán igual, ya sea que mañana tengan una flor de
menos, o una flor de más, habrá cambiado. Su reflejo en el agua nunca será
igual porque el cauce siempre brotará en forma diferente. ¿Qué más da que
nazca como hombre o como planta?
 ..
Laura no dijo nada. Se adentraron al parque para llegar hasta
donde está un venero que se llama La Rodilla del Diablo. Desde luego cualquier
chiquillo de los que ahí abundan te contaran la supuesta leyenda de por qué se
llama así. Lázaro les dice a los niños que no quiere escuchar esa historia,
prefiere darle una moneda al niño con tal de que la calle. El niño insiste. Lázaro
le da otra moneda para que se marche. Desde luego la forma que recibe ese nombre
data desde mucho tiempo atrás, antes de la llegada a México de los españoles,
antes incluso de las tribus Tarascas. De ahí que a Lázaro le resulte aberrante
que la leyenda indique que las aguas se habían secado porque el diablo lo impedía,
que llegó un sacerdote y echó agua bendita ahí y la rodilla del demonio se
quebró, dando paso al agua. El sacerdote héroe, quitándole la mística al
agua, el diablo doblegándose a unas cuantas gotas de agua bendita.
 ..
Salieron de ahí y fueron a comer un poco de nieve de pasta,
todo ello para hacer tiempo. En el restaurante les ofrecen cupatitzio, que es el
agua del río del mismo nombre, cuyo mito es que, quien la bebe nunca deja
Uruapan. Laura y Lázaro alzan sus copas cristalinas y brindan con esa agua mágica
que los meseros ofrecen con toda solemnidad, aclarando que no se trata de un
agua cualquiera, sino esa agua que les pertenece, esa que encierra el espíritu
de su pueblo, esa que siendo de ellos, comparten con todos. Estaban invitados a
una posada, pero no querían llegar tan temprano. Tampoco había tiempo para ir
a ningún lugar. Eran los encargados de cooperar con las velas, mismas que deberían
de cargar los supuestos peregrinos.
 ..
Se subieron al auto con la idea de vagar de un lado a otro de
la ciudad, disfrutando del calorcillo del interior del automóvil, escuchando música
que les gusta y platicando. Evitaban al máximo las calles del centro. El tráfico
vehicular de la ciudad de Uruapan es horrible. Las calles son muy angostas,
algunas de ellas tienen la particularidad de tener sentidos encontrados, los
cuales no están debidamente señalados. Los vigilantes de tránsito nunca son
vistos, nunca están cerca, nunca infraccionan, y a costo de este beneficio de
vivir sin ley, se padece una anarquía total por parte de los conductores. Los
señalamientos nunca se obedecen, acaso los semáforos sean atendidos de vez en
cuando, pero los letreros de alto en las esquinas es como si no existiesen, y ni
se diga los letreros de "..Ceda el paso a un auto".., pues nunca se
respeta.
 ..
La gente de Uruapan tiene una apreciación distorsionada
acerca del tráfico, pues atribuyen que el mal tráfico se debe a que la ciudad
se infesta cada vez más de gente que proviene de pueblos de la llamada tierra
caliente, entiéndase Nueva Italia, Apatzingán o Tepalcatepec, tierras que
sufren todo el año de un calor insoportable, ideales para el cultivo de la
marihuana, con todo lo que ello conlleva, entre otras cosas, que la vida es muy
poco apreciada por allá, donde frecuentemente se matan unos a otros por
altercados simples de vialidad, porque alguien piropea a una muchacha, porque
alguien siente que le miraron feo, todas esas nimiedades son razones para matar
allá. Mucha gente usa armas, por lo mismo que se dedican al narcotráfico. Hay
dinero, lo que despierta aun más la avaricia y la sensación de poder. Las
mujeres son bellas, una rara mezcla de sangre Tarasca con sangre francesa e
italiana, aunque enamorarse ahí sea bastante mortal. Por eso, al momento en que
gente de esas tierras se va a vivir a Uruapan en el afán de buscar un sitio más
tranquilo para vivir, ignoran que llevan la violencia consigo, y así, el narco
que "..huye".. a Uruapan para vivir más en paz, es el primero que rompe
esa paz cuando se siente agredido, cosa que además sucede muy frecuentemente,
pues no duda en reclamar a balazos cualquier ofensa.
 ..
No todos los que habitan en tierra caliente son narcos,
aunque si tienden mucho a las riñas. La gente de Uruapan cree teorías muy
simplistas, tales como que en Uruapan hay pura gente honesta dedicada al cultivo
del aguacate, mientras que en Apatzingán hay pura gente mala y violenta que se
dedica al narcotráfico. Buenos y malos, así de simple.
 ..
La mala fama la gana la gente de tierra caliente mediante su
participación en eventos aislados pero de brutalidad singular.
 ..
En su paseo, Laura y Lázaro decidieron circular por la calle
Emilio Carranza, que atraviesa parte de la ciudad y llega justo a la plaza
central de la ciudad. Ahí, las hileras de coches son frecuentes, en parte
porque transitan muchos camiones de transporte colectivo que entorpecen la
vialidad. Esa calle, aunque lenta, tiene preferencia por considerarse una calle
principal, así, las callecillas que la atraviesan tienen alto en las esquinas.
Sin embargo, esto es un pacto a voces que existe entre los conductores, pues
ninguna de esas calles en las cuales los conductores deben hacer alto tienen un
señalamiento que así lo ordene. Esto propicia que los vehículos que intentan
sumarse a la calle Emilio Carranza, tengan que lidiar con los coches que ya van
en dicha calle. Las maneras de entrar al cauce de esta avenida son dos, pidiendo
permiso a los conductores que ya transitan por esa vía o, meterse a la fuerza,
aprovechando que el conductor de la vía principal se atonte. Sobra decir que la
gente con nula cultura siempre elegirá la segunda porque les permite no sólo
entrar a la vía que desean, sino que de paso demuestran que son más listos que
el otro conductor, además de que consumen una mínima ración de violencia
diaria, degustándola como un caramelo.
 ..
Lázaro conducía el coche por Emilio Carranza. Una camioneta
negra, de procedencia norteamericana, sin placas, vidrios polarizados, con música
a volumen considerable, estaba en una esquina, pretendiéndose infiltrar sobre
esa misma calle. Lázaro iba detrás de un camión de esos que transportan
valores. El camión se adelanta en forma brusca cerca de la esquina, abriendo un
hueco entre el coche de Lázaro y él. La camioneta aprovecha el titubeo de Lázaro
y acelera, adentrándose de la manera más vil, confiado en que el conductor del
auto compacto no acelerará por temor a pegarle a aquel camionetón. Lázaro
piensa que no tiene caso enfadarse por este conductor con tan escasa conciencia
de la armonía universal y lo deja meterse sin hacer reclamo alguno. Detrás de
Lázaro va una camioneta igualmente negra, con vidrios polarizados, sin placas y
con un flamante claxon que suena como una trompeta que emite la célebre
tonadita que todo mexicano interpreta como "..Chingas a tu madre".., y al
ver que al auto de adelante se le han metido en forma criminal, no duda en hacer
sonar su claxon, extendiendo su mensaje sobre el conductor de la camioneta recién
incorporada a la avenida.
Al escucharse la tonadita, la camioneta que va delante de Lázaro
frena en seco. De ella se baja un sujeto moreno, con rasgos indígenas, de cuyo
cuello penden ostentosas cadenas de oro, bajo de estatura, de complexión física
insignificante, su mirada es afiebrada y de ella emana mucho mal. Se para frente
al auto de Lázaro y le reclama, pues cree que fue éste quien le maldijo su
madre. Lázaro ni siquiera le hace caso porque estima que no tiene objeto
discutir con gente así, y en un error de estrategia omite también aclararle
que no fue él quien le hizo sonar el claxón. El sujeto le da un manotazo al
coche de Lázaro, quien, a efecto de hacerle entender que no fue él quien le
dedicó el bocinazo, oprime el inofensivo claxon de su automóvil, el cual, a
pesar de que no sonaba con la célebre tonadita, tiene el poder de sobresaltar
al enano visceral, quien a su vez no entiende el mensaje de "..entiende, yo
no fui, fue otro".., sino que se siente doblemente agredido, y en
consecuencia saca de la parte trasera de su cinto una pistola y sin más preámbulo,
descarga tres disparos sobre Lázaro, uno de los cuales da en la frente.
En un ataque de lucidez, el violento sujeto se da cuenta que
no puede estar más perdido, pues acaba de asesinar un hombre ante la vista de
todos y no le es posible huir pues está en un embotellamiento. Comienza a
escapar a pie, dejando dentro de la camioneta a su acompañante, a todas luces
prostituta. Corre en dirección equivocada, pues uno de los policías que está
a salvo dentro del camión que transporta valores, descarga su rifle en el
rijoso. Le tira a los pies, pero tiene mala puntería y le destroza el abdomen.
Dos muertos a causa de un claxonazo. ¡Viva México Cabrones!
Tanto patriotismo, tanta valentía, dejan a Laura sin su
amor. La posada se queda sin velas, pues éstas son prendidas alrededor de un
cuerpo que yace sobre un coche con la cara muerta mirando su copiloto, con una
mano sobre el volante y otra que intenta tomar con sus dedos un rostro, sin
lograrlo.
 ..
IV
A ambos lados de la carretera ya se advierte toda la
festividad que encierra el día de muertos. A las orillas, alguna gente avanza a
pié, rumbo a Pátzcuaro, o en dirección de algún panteón en el cual se
tengan enterrados los difuntos. Unas mujeres marchan en fila, cargan dentro de
sus rebozos, como si fuesen niños perdidos, racimos de flor de cempasúchil. El
amarillo destello de las flores contrasta con sus ropas, que hoy no son tan
coloridas como siempre, pero tampoco son negras. Sólo quien ve en la muerte una
enemiga se viste de negro frente a ella. Hace viento. Las velas que un niño
lleva encendidas permanecen de esta manera, sosteniendo una flama de fuerza
inexplicable. Muchos de los que avanzan a orillas del camino parecen flotar, y
nadie se atreve a detenerse para revisar si son vivos o muertos. Esta noche la
población crece con la visita de los que están de nuevo.
El follaje del campo se ve asaltado por lucecillas de fuego
que, ya solas, o aisladas, revelan que hay alguien con una pena por no olvidar,
o con una fiesta por recordar. Los grillos son el violín perfecto en este
concierto nocturno.
Jorge equivoca la entrada a Pátzcuaro y se ve obligado a
atravesar el pueblo. Pierde una hora en acomodarse cerca del muelle de donde
salen las lanchas en dirección de la isla de Janitzio. La gente carga flores,
velas, pan. Los muertos gustan de que les lleven aquello que en vida tanto
adoraban, para poder probarlo, al menos aquella noche, sintiéndose de nuevo
vivos.
Muchos de los asistentes no comprenden el significado de la
muerte, para ellos es un atractivo turístico, la visión de ritos
supersticiosos, costumbres sorprendentemente primitivas que subsisten. Incluso
cerca de los muelles está, absolutamente fuera de lugar, un mimo de esos que se
hacen pasar por estatuas y que sólo articularán un movimiento si les extiendes
una moneda en un sombrero que previamente tiran en el suelo.
En los muelles todo es comercio. Hace frío. Un frío que
cala hasta los huesos. La luna es, como siempre en esta noche, llena. Jorge y
Laura se esfuerzan por abrigar bien a Laurita, pues ya saben que una vez que
suban a la lancha hará un frío aun mayor al que ya sienten. Suben a una lancha
que se llama "..Lupita".. y se encaminan a la isla de Janitzio.
 ..
El lago de Pátzcuaro ya no es igual a lo que era antes. Hoy
es preferible verlo de noche, así, el espejo de las aguas reflejará vagamente
el cielo, mientras que ese horizonte acuático sólo se verá truncado por los
lirios que, en la penumbra, asemejan a la mítica Medusa que nada al ras del
agua, con su cabellera de serpientes agitándose. De día, uno advierte que el
lago se está secando, que no falta mucho para que ese lago ya no sea lago, que
pronto será un círculo enorme de fango, apestoso por tanto lirio que nunca es
cortado, y más aun por los estragos que la plaga humana ha dejado en sus aguas.
De día, advertirías que no hay más peses de colores que las bolsas flotantes
de papas fritas, que eso que creíste era un pescado blanco era una toalla
sanitaria, advertirás que el agua es color café, color lodo, que el fondo no
se verá limpio. De día te darán tristeza todos aquellos niños que compran
redes para pescar, pues de inmediato vendrá a la mente la pregunta ¿Para qué
pescarías en esta agua cualquier cosa? ¿Realmente devorarías el objeto de tu
pesca?. Por eso, es mejor venir de noche y ver el lago disfrazado de oscuridad.
De noche todavía impone terror, de noche todavía sientes ese canto silencioso
que te llama a morir ahí, de noche el humilde lanchero se convierte en Karonte,
se convierte en la efigie que habrá de transportarte desde el mundo de los
vivos al mundo de los muertos, de noche la lancha es una barca mística que te
lleva al más allá.
Luego de un rato, divisas la sede del más allá. Es la isla
de Janitzio que también conviene verla de noche. De día es una isla sin mucha
gracia, ves casas que se parecen a cualquier casa, sin magia. De noche, su
reflejo sobre las aguas la hace ver más luminosa. La noche de muertos esta isla
resplandece como ninguna otra noche, es como la flama de una inmensa vela que
duerme bajo el lago. Lo que de día son calles estrechas, accidentadas,
callejones, la noche de muertos se convierten en partes encantadas de un
laberinto festivo compuesto de escaleras que conducen hacia ningún sitio, casas
que son ajenas, veredas que conducen a la noche, atajos con destino a la vejez,
áreas de juego que vuelven niño a quien entra en ellas, mientras que de día
la escalera principal es una tortuosa subida repleta de comercios, la noche de
muertos se convierte en puertas dimensionales que conducen al corazón de las
tradiciones, los títeres que cuelgan en los escaparates parecen moverse solos,
las máscaras son espejos donde uno reconoce sus defectos y virtudes, las
colchas que ahí venden son partes de las naturalezas con las cuales uno se
cubre de la muerte y no del frío, los manteles bordados hacen de cualquier
comida un banquete mientras que las flautas que ahí venden transforman la voz
al lenguaje universal de los pájaros. Las mujeres que te invitan a pasar a su
mesa son como madres silvestres que te dan en cada platillo su calor, si
pudieras te sentarías en la mesa de todas ellas.
Jorge, Laura y Laurita llegan a la isla. Traen hambre pero no
quieren comer en las primeras cenadurías, quieren ir a uno que ya conocen,
situado a la mitad de la subida a la cima de la isla, pues además de que sirven
comida muy sabrosa tienen una vista que da al lago. Desde luego, durante el
camino van probando antojitos, primero unas gorditas de harina hechas con nata,
luego unos buñuelos bañados en jarabe de piloncillo, luego un puñado de
charales con chile, y para Laurita sólo con limón.
Una vez en la fonda piden como siempre, sendas órdenes de
pescado blanco frito, mismo que llega muy rápido, lo bañan con limón, su
sabor es exquisito. Al igual que siempre, Jorge se pregunta si esos peces los
sacan de este lago, cosa que cree improbable, pero se calla la pregunta por
temor a que le contesten que así es, pues no le agrada la idea de comer peces
provenientes de un lugar que le parece muy sucio. Las tortillas hechas con maíz
azul saben deliciosas, mientras que el queso que le ponen a las quesadillas sólo
lo come ahí. Los frijoles son negros, saben muy bien. Jorge toma un par de
cervezas, Laura sólo una, y Laurita una agua de arroz.
La fonda, al igual que casi todas las fondas, tiene su propio
altar de muertos. Laura se siente conmovida por una mujer que está tendida al
pié del altar. Lleva trenzas que caen a la altura de sus pechos. Viste en color
blanco, y entre sus trenzas el bordado de flores hace una forma semejante al
umbral de una catedral. Frente a sus pechos ella sostiene una vela y aguarda.
Laura comprende que la mujer está en el altar porque es viuda, y si algo de
esta tierra echa de menos su difunto esposo sin duda será el sabor de aquellos
labios. El bordado es en realidad una puerta enteramente abierta que invita al
espíritu del marido a volver a casa, y ella es esa casa, su interior está
iluminado, la vela lo guía.
 ..
Los altares son muchos y muy variados, repletos de flores de
cempasúchil y claveles, con velas encendidas, panes, fruta, platillos más
elaborados como mole, pescado blanco frito, frijoles. En ellos hay retratos,
generalmente de santos, o vírgenes, o el Cristo, en fin, de gente que en teoría
no muere nunca, y muy aisladamente hay fotos de seres queridos, esposos, madres,
hijos pequeños. No se les ahuyenta, se les quiere aquí.
 ..
Da la media noche. Es día de muertos. Surcan el cielo
multitud de fuegos artificiales que iluminan aun más la isla de Janitzio,
reflejándose maravillosamente en el espejo del lago, lugar en el que han de
extinguirse. Suena la música, que los muertos no crean que la vida es mala
después de su partida, eso les hará sentir mejor, que vean que hay fiesta, que
hay comida abundante, que hay danza, risa, que la vida sigue, que siempre seguirá.
 ..
Jorge acepta de mala gana ir a ver las danzas. Sin embargo
van.
 ..
 ..
V
 ..
Cuando llegaron los tres al área de los bailables, esto en
una pequeña explanada, no había música, sino un sujeto que anunciaba, a través
de una bocina y un amplificador, la presencia de aquello que él llamaba,
"..distinguidas autoridades"... Era el alcalde de un municipio acompañado
de otro con el mismo cargo. La gente no se emocionó mucho, tal vez porque
pensaban que la fiesta era para los muertos y no para políticos, que además,
morirían justo como toda la gente, sin distinción del puesto político que
ocupan. La rechifla se hizo general cuando el insulso de la bocina dedicó a éstos
dos personajes la danza que seguía, que era la del ofrecimiento del pan.
 ..
Las muchachas comenzaron a bailar con sus atuendos blancos
con bordados hermosos. Las muchachas mismas eran bellas, con ojos grandes,
vivos, con su boca carnosa y su nariz un poco redonda. Ataviadas con collares de
flores irradiaban vitalidad concentrada. Las bailarinas hacían su mejor
esfuerzo para que su danza estuviese perfecta, y por ello se movían llenas de
gracia.. sin embargo, los dos políticos parecían más interesados en platicar
entre ellos que en admirar la danza. Jorge pensó que los dos eran unos hijos de
puta por no valorar este baile. En la antigüedad, pensaba, estas danzas de
ofrecimiento de pan, flores, vino, satisfacían la sed de homenaje de los
Dioses, y la ironía era que estos homenajes divinos, pan, flores y vino, no
parecieran satisfacer ni siquiera un poco a este par de cerdos.
 ..
"..Demos un aplauso a nuestras distinguidas autoridades
que se tienen que retirar".., dijo el de la bocina. La gente ahora sí
aplaudió. A continuación seguía la Danza de los Viejitos.
 ..
La danza de los viejitos es una de las más populares en el
estado de Michoacán. Los bailarines (aunque no siempre son hombres los
bailarines, el atuendo es de hombre) se hallaban vestidos con sus pantalones de
manta al estilo tarasco, con sus camisas de mismo material con algunos bordados
de gran colorido. Sus cabezas estaban cubiertas con un sombrero de paja del cual
penden listones de colores estridentes. Sus rostros estaban sustituidos por máscaras
de madera que representan la cara de ancianos, caras de color rosa, con bocas
que muestran uno o dos dientes, dejando en claro que del resto están
desdentados, con cejas pobladas pero blancas, con ojillos de viejo que se ríe
de los años, de la vida, de la muerte, con amplias arrugas al extremo de sus
ojos, a veces con alguna verruga en la mejilla, o en las barbillas que comúnmente
están saltadas hacia delante. Sus manos, con las cuales sostienen un pequeño
bastoncillo, o bien los pies, enfundados en unos huaraches de corte purépecha,
son las únicas pistas de que los danzantes son jóvenes y no viejos, pues se
advierte que las manos y los pies son tersas y no arrugadas, por lo demás, el
baile consiste en múltiples saltitos y, desde luego, caminar encorvados y
asemejar lo más posible los movimientos de un anciano de noventa años o más.
 ..
Jorge se echa en hombros a Laurita, quien de otra manera no
verá ni siquiera una parte del espectáculo. La multitud se agolpa alrededor de
los danzantes, es día de muertos y por ende hay mucha gente, no puede ni
andarse, y lo mismo sucede en las danzas, un remolino de gente rodea la pista y
hay que luchar si se quiere tener un pequeño lugar desde donde se pueda ver
bien. Laura de una u otra manera se separa de Jorge en pos de gozar de un mejor
ángulo de visión.
 ..
Empieza la danza y los viejillos empiezan a saltar en formas
que parecen caprichosas pero no lo son. Brinco a brinco hacen ademanes que
revelan su vejez, tuercen sus cabezas con gran curiosidad, danzan doblegados por
un gran peso invisible que los hace jorobarse, cojean de cansancio luego de
tantos años, bailan en el filo del pasado y se ríen de él. Todos los
danzantes bailan muy bien, pero Laura sólo mira a uno. No puede dejar de verle.
Lo ve como si el danzante hiciera sus movimientos en cámara lenta, a cada
movimiento que da, el viejo corta un tajo de música, hasta que de pronto ya no
parece escucharse ninguna melodía, reina sólo el silencio entre Laura y el
viejo, quien parece mirarla fijamente, sonriéndole luego de tantos años de
vagar. A Laura las arrugas de aquel viejo le parecen conmovedoras, mientras que
el corazón de sus ojos parecen compadecerse de su dolor. Salto a salto el viejo
va inundando a Laura de ternura, tal cual si fuese un flautista que al toque de
sus notas le arrancara a ella la voluntad y le hace rendirse. En medio del
hechizo, Laura no se ha dado cuenta que la danza ha terminado y sin embargo ella
sigue con sus ojos al viejo, quien avanza, cansado, ora un paso, ora otro, para
luego voltear hacia atrás para asegurarse que ella viene detrás, y cada vez
que revira le sonríe con la más amable de las sonrisas. El viejo va dando de
bastonazos en el suelo inerte de Janitzio y ahí donde él clava su bastón van
naciendo flores. El perfume va embriagando el corazón de Laura, quien ya no es
dueña de sí misma y sólo piensa en el momento en que pueda alcanzar a aquel
viejecillo para poder tenderle su brazo para que se apoye en ella y menguar así
esa fatiga que dobla su espalda de manera tan dramática. Y así, van avanzando
por entre los callejones. La gente empezó por no ver al viejo y sin embargo
ahora están tan unidos la joven y el viejo que ambos son ya invisibles. La vida
transcurre al margen de ellos, quienes parecen estar inmersos en un baile de espíritus,
en un baile de sombras, en un baile de flamas vueltas a encender.
 ..
El viejecillo bajito revira en una esquina oscura y
repentinamente Laura ya no le ve. Siente una soledad tan abrumadora que le
brotan lágrimas al instante. No hay ruido alguno, todo es noche. Apura el paso
para doblar la esquina y ver qué ha sido de aquel abuelo interior, corre, llega
a la esquina, pira al otro lado. La ropa es la misma, el mismo pantalón y la
misma camisa con los mismos bordados, es el mismo sombrero con los mismos
listones cayendo de su copa, incluso la mascara es la misma, a diferencia de que
de aquellos ojillos arrugados emana un brillo profundo que la seduce. El anciano
no está encorvado, por el contrario, ha enderezado su espina dorsal y ha
adquirido un porte elegante, sus hombros que segundos antes imploraban un apoyo,
ahora se yerguen alzados como montañas, ofreciendo un apoyo infinito. Está
parado justo a la vuelta de la esquina, frente a Laura, quien está a escasos
treinta centímetros de él, respirando su olor, que es una mezcla de flores e
incienso. El anciano es más alto que ella. Laura siente que está frente a un
gigante, ante el espíritu de la longevidad.
 ..
El anciano extiende una de sus manos y toma a Laura del
tronco, guiándola hacia su cuerpo, hasta que los pechos de ésta le oprimen el
tórax. El viejo eleva el rostro al cielo como si agradeciera la tibieza de
aquella carne, como si la hubiese esperado durante siglos. El anciano sacude la
cabeza de placer, y lo hace al ritmo de los latidos cada vez más intensos del
corazón de Laura, quien siente una emoción cálida que llena sus manos de
deseo. Con estas manos comienza a tocar el cuerpo del viejo y siente que debajo
de aquellas prendas de manta se guarda un físico impresionante, unas piernas
fuertes que se coronan por un par de nalgas muy duras, mientras que el pecho es
tan plano que se siente en necesidad de pegar su oreja a aquel pecho para
escuchar los latidos del corazón que ahí habita, pero lo único que escucha es
el eco de sus propios latidos.
 ..
El viejo comienza a tocar el cuerpo de Laura con la
vehemencia que un viejo aprovecharía el cuerpo de una colegiala. El cuerpo de
ella se excita al contacto de aquellos dedos. Hacía mucho que no se sentía
tocada tan profundamente. El viejo le levanta el suéter, le quita el sostén y
le acaricia los pechos con ansia, de ahí se va a la espalda, tocando un arpa en
sus costillas. No siente frío Laura, sino calor. El viejo le levanta la falda y
de un jalón rompe a Laura la braga, y sujetando la prenda rota, la deposita
debajo del hongo de su sombrero, como si se tratara de un trofeo personal. Laura
sigue tocando aquel cuerpo y tienta sobre la blanca manta la presencia de un
miembro muy hinchado. Desata los cordeles del pantalón tarasco y emerge una
enorme pieza cuya visión casi la hace sufrir un orgasmo. La toma en sus manos y
la acaricia con suavidad, sintiendo la forma, la tersura de la piel, percibiendo
un latido sostenido, el deseo de moverse y un inmenso ardor. Siguen parados. El
gigante toma a Laura de la cintura y con la otra mano le eleva una de sus
piernas, abriéndola. Luego, con la mano que alzó la pierna, se las ingenia
para sostener con el antebrazo el peso de aquel hermoso muslo, para bajar más
la mano y colocar la punta de su pene justo en la entrada de su vulva, para
luego jugar un poco con los labios de aquel sexo, invitando e invitándose.
Laura, erguida en un solo pie y sujeta al cuerpo de él con su otra pierna,
comenzó a mover de un lado a otro su cadera, pidiendo la penetración completa.
El viejo hizo un arillo con sus dedos a lo ancho de su verga y, lentamente,
comenzó a adentrarse en aquel universo caliente que era el cuerpo de Laura,
hasta que no la hubo penetrado completamente comenzó a moverse en forma rítmica
y poderosa. Ya que Laura estaba bien clavada en aquel aguijón, fue innecesario
que el viejo sujetara su pene con la mano, así que soltó su instrumento y tomó
con la mano la nalga de Laura, conduciéndola de arriba abajo a su empalamiento,
el cual fue cada vez más vigoroso. Laura quería besar en la boca al viejo,
pero en cuanto ella extendió la mano para quitarle la careta, éste se lo
impidió, y por el contrario, la volteó de cara a la pared y de espaldas a él,
y comenzó a penetrarla en esa posición, con tanta furia que ella comenzó a
gemir de manera primitiva. De momento, la intensidad de las embestidas era tan
intensa que fue necesario que el viejo sujetara las caderas de Laura para no
errar el camino. Ya que el ritmo fue constante y el placer creciente, el anciano
alzó sus manos para tocar aquella parte de ésta mujer que más le importaba,
su rostro. Con sus manos recorrió cada músculo de aquella cara, y sin dejar de
penetrar con fuerza dibujaba en sus manos aquel rostro, para no olvidarlo nunca.
Laura comenzó a morder con suavidad aquellos dedos. El corazón le resultaba
tan grande que no pudo evitar llorar. El viejo sujetó de nueva cuenta las
caderas y comenzó a regarse dentro de ella.
Laura, con el rostro pegado al muro, vio caer a lado suyo la
máscara de viejo. Sintió cómo el danzante besaba cada hueso de su columna. La
humedad no sólo era de la saliva que regaba en sus besos, sino que también
lloraba. Al instante ya no sintió más besos, ni más manos. Sintió sólo una
cercanía.
 ..
- No puedes venir siempre.- Le dijo el danzante.
- Si a ti te dejan volver en esta noche yo veré cómo venir
hacia ti.
- No comprendes. Mientras deseo volver a tenerte no puedo
aprender a morir, y mientras más deseas mi vida, que es muerte, menos vives.
Recuerda que el río nunca avanza hacia atrás, y sólo cuando se estanca se
detiene, pero cuando se estanca se pudre irremediablemente.
- No soporto que no estés. Créeme, intento vivir feliz,
pero no me resulta fácil. ¿Algún día podré besarte?
- No sé si te gustaría.
- No me digas eso, vamos, bésame.
- Voltéate y hazlo, desde aquella noche no puedo tomar ningún
tipo de iniciativa.
Laura se volteó y tuvo frente a sí la presencia de Lázaro,
acercó su boca para transmitirle su aliento, pero a cambio no obtuvo ninguno.
Ofreció su perfume, pero a cambio no recibió aroma alguno. Sus labios se
juntaron como antes, pero esta vez su lengua no fue capaz de libar nada. Ante
tales circunstancias optó por sólo dar y no pedir. Aquel beso fue extraño.
Pleno pero extraño. Las veces anteriores no habían llegado a tanto, habían
hecho el amor pero ella no le había visto el rostro sin máscara, ahora en
cambio se besaban, pero él tenía los ojos cerrados.
- Mírame... – Ordenó ella.
 ..
Lázaro abrió sus ojos y en ellos no había nada. Ambos
lloraron.
Lázaro le hizo prometer, como las veces anteriores, que no
volvería.
Ella, al igual que las veces anteriores, se lo promete.
VI
Jorge la encontró comiéndose un buñuelo.
- Siempre pasa esto. Venimos y te pierdes. Estaba muy
preocupado. Dame buñuelito, anda. – Laura le dio un mordisco de buñuelo y
luego le obsequió un beso breve y tierno, tan tierno para darle seguridad a su
corazón, y tan breve para tomar nota de la tibieza de los labios de aquellos
labios. Jorge la abrazó con el brazo libre, pues con el otro cargaba a Laurita,
que hacía un rato se había dormido.
Tomaron el automóvil y emprendieron el regreso. Jorge
ciertamente la amaba y era lo suficientemente ecuánime para entender que hay
cosas contra las cuales no se puede luchar, pero su interior es fuerte y su
corazón paciente. Laurita dormía en el asiento de atrás. Laura cayó dormida
en el sillón del copiloto. Jorge extiende su brazo para quitarle el cabello del
rostro, ella por vez primera no se irrita al sentir una mano ajena en la cara.
La quiere mucho. Sin embargo lo intenta. Le hace prometer que el año entrante
no vendrán a Pátzcuaro a la fiesta de muertos.
 ..
Ella se lo promete.