Mi hermafrodita inolvidable...
Enviado por Osvaldo el día Miércoles 13 de Enero de 2010
 
Javito era, científicamente, un "error de la naturaleza". Solo su nivel
intelectual estaba acorde a su edad, su ingenuidad y su apariencia físicas
eran asombrosas.
Nadie, fuera de su abuela y un tio, que eran quienes lo criaron desde bebe y
a su manera trataban de darle un porvenir, sabía quienes eran sus padres
naturales.
Nuestro primer encuentro se produjo a mis 16 años, allá por la década del
"60, cuando una mañana había concurrido a un club de
barrio donde practicábamos Ejercicio Físico como materia del secundario. Ese
día al entrar al vestuario, vi que dos alumnos, entre otros muchos, estaban
agazapados a los costados de la puerta de uno de los baños, ante la mirada
expectante y cómplice de los otros, y cual si fuera una consigna, uno de
ellos abrió la puerta súbitamente hacia afuera, y todos vimos asombrados y
confundidos como un chico copulaba vehementemente de parado a Javito. Pese a
verse sorprendidos, el que hacía de activo, siguió aferrado como una
sanguijuela a su cintura, ajeno a todo, inmerso en un éxtasis supremo
y continuó bombeando unos instantes más, hasta que entró en un pleno y
dilatado orgasmo, recostándose luego desvanecido sobre la espalda del bueno
de Javito. Despegados que se hubieron, arreciaron las burlas y las ofensas
contra el que hizo de pasivo. Recibió toda clase de insultos a cual más
hirientes, al punto que quienes estábamos al margen de esto, experimentamos
algo asi como vergüenza y tristeza ajenas.
Javito era algo más alto de lo normal para esos catorce años que tenía,
lampiño al extremo, caderas prominentes y redondeadas, cabello castaño
claro, nariz pequeña y respingada, su cara toda y sus grandes ojos celestes,
le daban una muy agradable fisonomía, aunque más acorde a una jovencita que
a un varón.
Su trasero, todavía enrojecido e inflamado por efecto de la frición de los
cuerpos, acaparaba toda mi atención. Blanco, voluminoso, pero perfectamente
proporcionado, redondo, parado... en una palabra: un culo perfecto, digno de
la más virtuosa de las vedettes.
Poco a poco se fueron retirando todos sus compañeros, solo quedábamos
Javito, yo y unos chicos de otro curso que recién llegaban a cambiarse.
Yo seguía estupefacto, a unos tres metros de distancia, sentado en un banco
y a medio vestir, con solo una toalla apoyada sobre mi pija que parecía
estar a punto de estallar, sin poder sacar los ojos de ese culo, mientras el
jovencito todavía sollozaba bajo la ducha tibia. El agua resaltaba la
blancura y la perfección de su piel, y advertí con asombro aun mayor, lo
minúsculo de su pene. Era casi imperceptible y así y todo, era lo
suficientemente voluminoso como para ocultar una pequeñísima bolsa
testicular. Supe despues, que tambien por esto Javito era víctima de toda
clase de chanzas.
Como dije, lo contemplaba y no podía evitar la tremenda erección que me
producía su visión. Creí por un momento que iría a eyacular allí mismo y en
ese instante. Casi descontrolado me acerqué a su lado con el pretexto de
consolarlo y sabiendo que mis padres no estaban en casa, lo invité a
almorzar conmigo como para que se calmara y se distrajera del mal momento
vivido. Con tono acongojado aceptó el envite. Mi casa quedaba a pocas
cuadras del club, me vestí lo más rápido que pude y lo ayudé a él a que
terminara de juntar sus cosas y vestirse. Ese breve viaje a mi casa se me
hizo una eternidad, mientras caminábamos Javito daba la sensación de que ya
había superado por completo el mal trance pasado y de nuevo volvió la
sonrisa a su rostro, yo en cambio, creía que mi pene se reventaría antes de
llegar, mis testículos parecían de piedra y ya me estaban empezando a doler
al solo roce del pantalón y los calzoncillos.
Por fin en el edificio abordamos el ascensor y una vez dentro del
cubículo, le introduje una mano bajo su short y le acaricié el culo
siguiendo imaginariamente todo su enorme y armonioso contorno. No notaba la
más mínima imperfección al tacto, parecía de porcelana por lo firme y de
terciopelo por lo suave. Javito no pronunció ni una palabra de reproche ni
advertencia. Ya en el departamento, solo atiné a cerrar la puerta y arrojar
los bolsos a un costado, me arrodillé detrás de el, le bajé por completo el
pantaloncito y me vi frente a ese increíble culo, se lo chupé, se lo besé,
mientras lo recorría con mis dos manos, al mismo tiempo le acaricié las
macizas piernas y le besé desesperadamente las espaldas y el torso, y cuando
me dispuse a bajarme los pantalones para penetrarlo, no hice a tiempo
y eyaculé un torrente de semen entre sus piernas sedosas y contorneadas.
Javito seguía sin pronunciar palabra, accedía a todo tan mansamente como con
el chico del vestuario, y no alcancé jamás a discernir si sexualmente gozaba
a la par de su acompañante ocasional, o solo se avenía a hacer felices a los
demás.
Terminado este primer casi-coito, luego de un almuerzo frugal, lo llevé a mi
cama y allí si, lo penetré a intervalos de quince minutos, por lo menos unas
siete veces hasta casi la media tarde... y a sí y todo mis deseos seguían
intactos, solo di por terminada esa primera cojindanga porque temía la
llegada de mi madre de su trabajo.
Me exitaba sobremanera su aire indiferente y totalmente pasivo, mientras yo
creía desfallecer de placer en cada eyaculación. Recuerdo que se la sacaba y
se la ponía de exprofeso varias veces en cada acto antes de acabar, porque
al pasar la cabeza de mi pene dentro de su cola, se producía un cierre como
a presión, de forma tal que debía hacer un pequeño y excitante esfuerzo,
tanto para quitarla como para introducirla.
A ese primer encuentro le siguieron muchísimos más, casí por tres años, de
lunes a viernes y a un promedio de casi cuatro polvos por encuentro. Tuve
orgasmos en los que hasta llegué a dejarle moretones en la espalda y en el
cuello. Otras veces, como si no me alcanzara con su trasero, le pedía que se
deje frotar mi pija por su cara, donde le rociaba con leche los ojos, la
nariz y la boca. Todo lo que Javito me pedía era que no se lo contara a
nadie para que no se burlaran de él. Obvio que yo era una tumba, pues no
quería que esa relación se cortara jamás. Con el tiempo empezó a venir a mi
casa aún estando mis padres, pues yo usaba la excusa de que lo ayudaba con
algunas materias del colegio, y esas tardes los cojía hasta por los ojos. Lo
cogí en todas y de todas las formas que se puedan imaginar. Si en aquellos
años hubiera existido un registro del Guinnes, él y yo, sin duda,
hubiéramos entrado en la inmortalidad. Recuerdo haber despreciado a
jovencitas hermosas, por estar encamado con él.
Supe después de muchos años, que el pobre Javito era lo que se denomina un
Hermafrodita, o sea: hombre-mujer al mismo tiempo, o talvez, ni una cosa ni
la otra. Sus parientes eligieron su sexo por él, y lo anotaron como
varón. En aquellos tiempos a los jovencitos no nos llegaba suficiente
información sobre estos temas. Para mi Javito era solo un putito bueno al
que daba gusto cojérselo y así como yo, lo hacían otros chicos el barrio.
Una mañana, a mis 20 años, vimos una camioneta cargando bultos y muebles.
Javito y su escasa familia se mudaban con destino desconocido, Una especie
de culpa me impidió averiguar entre los vecinos a dónde se habían mudado.
Lo único que de lo que estaba seguro, era de que nunca lo iría a olvidar.
 

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