Hola:
Tengo ahora 19 años y estudio literatura. Quiero relatar algo que me ha hecho muy feliz. No vivimos en nuestro país de origen por el trabajo de papá y en el país donde estamos , nos va bien. Todo empezó cuando tenía unos 10 años, con mi tío, esposo de una hermana de mamá, en ese entonces de unos 33. Yo me llevaba muy bien con él, ya que era una persona con quien podía hablar de las cosas que me importaban a esa edad y según mi mamá, ya era pegada él desde muy pequeña. Ahora soy una chica que se puede llamar gruesa, pero pese a ello, tengo mis formas bien puestas, son muy bien delineadas, sobre todo mi trasero y mis piernas, que siempre los hombres regresan a ver en la calle.
Resulta que mi tío, siempre jugaba conmigo, me escuchaba y yo estaba prendada de sus maravillosos ojos verdes, en realidad era un tipo guapo y sigue siéndolo.
Mi tío siempre me daba masajes, sobre todo en la espalda y en los brazos, y era algo que me gustaba muchísimo, ya que me relajaba mucho, porque siempre estaba tensa, ya que en mi casa mi papá y mi mamá se peleaban todo el día a gritos. Un día, yo le propuse a mi tío jugar al “caballito”, o sea yo sentada encima de él y moviéndome como una amazona. Era algo que me gustaba y alguna vez ya lo había hecho con mi papá y con otro tío, hermano de mamá y con quien no me gustaba hacerlo, aunque a él, parece que si.
Cuando mi tío venía a casa, yo siempre me le pegaba y le pedía que jugara conmigo a lo que el accedía y a veces me sobaba la espalda y los brazos.
Alguna de esas veces, mientras jugábamos al caballito, sentí algo diferente bajo mi entrepierna, algo duro que me presionaba y que me producía una sensación muy agradable justo allí, pero no dije nada, si no que empecé a moverme más rápido y presionando aún más, eso “duro” que sentía.
Con el pasar del tiempo, yo sólo quería jugar al caballito cada vez que estaba a solas con él, por lo agradable de la sensación.
Una vez de esas, mientras mi tío me sobaba la espalda estando yo acostada sobre él, y yo vestida con una blusa y un blue jean, el bajó sus manos por debajo del jean y de mi calzón, es decir, directamente sobre la piel, y me acarició el trasero que para mi edad, ya estaba algo desarrollado, y justo entra mi tía, la esposa de él, que felizmente no alcanzó a ver nada porque yo me moví enseguida, a quien le digo, asombrada porque no esperaba que él posara sus manos allí:
¡tía, mi tío me sobó la......
¡Mijita, me interrumpió, usted debe tener confianza con su tío, ya que él la quiere mucho!
Felizmente, ahora lo digo, no me dejó terminar la frase, ya que ella nunca se imaginó que la última palabra era ¡nalga! y menos que en vivo y en directo, por debajo del calzón, ya que no hubiera vivido las sensaciones tan bellas que me han tocado y a él, probablemente, le hubiera ocasionado un problema mayor.
Ello me dio más confianza de la que ya tenía en mi tío y lo deje hacerlo siempre desde ese entonces. Parece que a mi tío el asunto le fue gustando, porque ya no sólo me sobaba la espalda, sino también el vientre, lo cual me producía cosquillas muy ricas. Así, un día de esos, mi tío paso sus manos sobre mis incipientes pezones, sin detenerse en ellos y sentí un escalofrío que me agradó, lo cual el notó y empezó a hacerlo a menudo, deteniéndose en ellos. Me producía un enorme placer, unos escalofríos sabrosos, unos corrientazos placenteros y luego, al desvestirme en la noche, descubría unas manchitas en mis bragas, pero no me preocupaba mucho. Algo habían crecido ya mis senos, pero muy, muy poco. Siempre, cuando el llegaba a mi casa, yo aprovechaba para estar cerca de él la mayor parte del tiempo y siempre lo abrazaba o él me abrazaba a mi. Una vez, yo me senté encima de él y ya empezaba a sentir algo duro bajo mi culito y como yo estaba vistiendo una camiseta holgada, el acariciaba mis pezoncitos largo rato, estando ambos delante de toda la familia, pero sin que nadie se dé cuenta.
Yo ya sentía, desde tiempo atrás, la curiosidad por lo duro que sentía siempre bajo mi entrepierna y cada vez que podía, hacía con mi tío un juego de manos en el cual se toca los dedos de la mano de alguien, que debe estar asentada en una mesa o en una superficie firme, y se los va descartando de uno en uno. Pero yo siempre procuraba que cuando le tocaba a su mano, ella descansara sobre la parte más baja de su vientre, es decir, lo más cerca posible a ese lugar donde yo sabía que había algo que se endurecía con la presión de mi entrepierna. Pero generalmente no notaba nada “duro” hasta que una vez, planeé jugar dicho juego después de una sesión de caballito y al practicar el juego, yo mismo dirigí su mano para apoyarla donde su parte dura se notaba bajo el short que usaba en ese momento. Al principio, él no le dio importancia, pero se dio cuenta de mi interés y permitió, sin decir nada, que yo dejara mi mano apoyada a los lados de la suya, sintiendo ese bulto casi bajo mi mano. Sentía un miedo y una cosquilla interiores porque percibía un palpitar en ese bulto.
Al pasar los días, empecé a decir a mi tío, que yo le agradecía todo lo que él me enseñaba, que era la única persona que me escuchaba y que se daba tiempo a explicarme las mil y un cosas que yo le preguntaba. Había decidido, que debía ver el bulto que palpitaba en la entrepierna de mi tío, y me pasaba horas ideando un plan para hacerlo realidad.
Uno o dos años antes, no lo recuerdo con precisión, traviesa como he sido, al salir otro tío mío, como de unos 20 años, del baño de la casa de mi abuelita, envuelto en una toalla, y mientras él caminaba por la sala, como al descuido le halé la toalla y el se quedo ante mi como dios lo trajo al mundo por unos breves segundos, que me permitieron verlo todo y obviamente, mi mirada fue justo a su entrepierna, donde vi un bulto que me pareció grande. Yo ya había visto el pene de niñitos pequeños, pero nunca la de un hombre ya formado y lo que vi, me gustó y mucho, pero con ese tío yo no tenía mucha confianza así que de aquello no pasó.
Pero volvamos a mi otro tío, al de los ojos verdes. Yo seguía siempre conversando con él y a veces me lanzaba a hacerle preguntas que rozaban el tema del sexo, a lo que un día el me dijo:
—cualquier cosa que desees saber, pregúntamelo a mi, que suficiente confianza hay entre los dos como para que lo hagas—
Luego le hice varias preguntas, pero eran más de temas, si se quiere, biológicos que sexuales, yo tenía sólo 11 años pero una curiosidad de traviesa y pícara. Así fuimos intimando aún más y yo pude escuchar de él, absolutamente todo lo que era el sexo, eso sí, explicado biológicamente, de una manera natural.
Cuando el me daba masajes, también me pedía que le sobe la espalda y poco a poco fue haciendo que yo también le pase mis manos por su vientre, bajando cada vez más mis manos, hasta llegar a tocar su vello púbico y rozar la base de su pene con el dorso de mi mano pero nada más. Alguna vez que fui a su casa con mi mamá y él estaba dormido solo en su cuarto mientras mi mamá y mi tía conversaban, me puse a acariciarle el vientre y llegué hasta su vello púbico, con toda la intención de agarrar su pene, pero justo cuando iba a hacerlo, él se despertó y yo retiré mi mano asustada, pero me tranquilicé ya que él no le dio importancia o no lo sintió.
Otra vez que hablábamos, yo casi no tenía que hacer cualquier pregunta porque él como que adivinaba mis pensamientos y me hablaba justo de lo que yo quería preguntar, mientras me miraba con sus ojos verdes que me arrebataban, me llevó al patio de su casa y ante una insinuación previa mía, sin más se bajo el short que cargaba y me enseño su pene diciéndome que ya no debía tener dudas, que si eso era lo que yo quería ver y le dije que sí, que estaba bien. Pero esa vez fue todo, vi su miembro fláccido durante unos 10 segundos con detenimiento y ya, le agradecí por ser tan comprensivo conmigo y se subió el pantalón. Pero una duba aún flotaba en mi mente......
Eso que yo había visto, no me parecía lo que había palpado, como al descuido cuando asentaba mi mano cerca de la suya, en el juego de manos que ya relaté. Lo que yo había palpado, sin duda era más grande.
Una ocasión, en mi casa, yo ya andaba por los trece años, hubo una reunión familiar y en el almuerzo, todos comieron y bebieron cerveza en grandes cantidades. Al poco rato, mi tío fue a acostarse en mi cuarto y yo empecé a revolotear a su alrededor, quería jugar al caballito y que me sobe, pero el estaba bastante mareado y casi dormido, me pedía que lo dejáramos para después. Esperé que se duerma y le bajé el zipper del short que llevaba puesto y me encontré con su calzoncillo, que cubría lo que yo deseaba ver y que se notaba muy poco. En eso me llamaron de la sala y fui a estar allá un rato, para que no sospechen. Cuando regresé, mi tío había subido el zipper y tuve que bajarlo nuevamente y alcancé a alzar el borde de su calzoncillo y pude ver su pene, como lo había visto antes, fláccido, pero de un tamaño que despertó mi curiosidad. Quise tomarlo en mis manos, pero en eso, él se movió y ya no pude hacer nada. Salí de allí, algo desalentada y me fui con los demás, que conversaban, reían y tomaban cerveza en la sala. Las veces que regresé al dormitorio, él siempre estaba boca abajo y así se me fue la tarde y no pasó nada más.
Una tarde que había ido yo con mi mamá a la casa de mi tía, mientras ellas conversaban en el dormitorio, yo me dirigí al estudio, donde mi tío hacía algo en su PC. En cuanto me le acerqué, el me pidió que le diera un masaje en toda la espalda, mientras el seguía trabajando. Vestía una remera y un short holgado y yo, blusa y jeans. Empecé a recorrer su espalda con mis manos y le pedí que se quite la remera para masajearlo mejor y así lo hizo. No se que me pasó, al cabo de unos pocos minutos, mis manos se dirigieron hacia la zona de su ombligo y empecé a bajar sobre su short. Entonces, por sobre la tela, me topé con su pene, que ha había empezado a erguirse y lo recorrí de arriba hacia abajo varias veces, pero él no dijo nada, aunque sentí una contracción en sus músculos. Seguí haciéndolo, según yo, disimuladamente, como si nada, y cuando me di cuenta que no podía hacer nada más, ya que el estudio estaba con la puerta abierta, volví a su ombligo y luego a su espalda. Todo terminó tranquilamente y luego conversamos un rato, como si no hubiera sucedido nada. Cuando nos fuimos de allí con mi mamá, yo sentía una emoción inmensa y muy agradable, y ya en casa, en la noche, mi panochita se humedeció con mis dedos, durante largo tiempo. No podía creer lo que yo había hecho y me asombró el que mi tío no me hubiera dicho nada, ni un comentario, ni una palabra.
Al mes, más o menos, hubo una reunión en casa de él y fuimos con mis padres, mis hermanos y mis tíos. Empezaron a beber cerveza, como siempre y luego comieron. Mi tío no llegaba aún, puesto que había salido a hacer deporte. Cuando llegó, se juntó con los demás, pero por poco rato, sin beber cerveza, ya que quería sólo agua. Se dio un baño y salió con una bermuda y sin camisa y pidiendo disculpas fue a su cuarto, donde encendió el aire acondicionado y el televisor y cerró la puerta. Al rato, yo le dije a mi mamá que quería ver televisión con mi tío y ella me dijo que si, que mejor ya que había algunas personas fumando y en el cuarto el aire estaba limpio. Fui para allá y mi tío dijo que pasara, que lo acompañe y sólo se veía la luz que emanaba de los destellos del televisor. Estuvimos algún rato viendo la TV y conversando, pero yo no veía que el quisiera jugar algo como el caballito, o el de los dedos de descarte así que me desanimé un poco, y es que quería que por lo menos, me acaricie un poco mis pezoncitos. Como el seguía sin camisa, yo empecé a darle masajes en los hombros y él se acostó boca abajo. Al rato, se levantó y trajo un frasco con un talco que olía muy agradablemente y me preguntó:
—¿te gustaría ponérmelo en el cuerpo?—
Sin decir nada, puse un poco en mi mano y empecé a esparcírselo en el pecho y me di modos para acariciar sus tetillas. Seguí bajando por su pecho y el me pidió, directamente, que le ponga del ombligo para abajo. Con confianza empecé a hacerlo y a bajar mi mano bajo su bóxer hasta donde siempre acostumbraba, pero algo me decía que ahora iba a suceder algo diferente, mi corazón empezó a palpitar aceleradamente. Cuando estaba con mi mano sobre su vello púbico, justo con el dorso de mi mano cerca de su pene, en la penumbra divisé que en su prenda se levantaba algo que similaba a una carpa de circo y él, mirándome, sin decir nada, me dio el valor que necesitaba para hacer lo que tanto anhelaba. Directamente, ya sin disimular, mientras sentía que algo se me reventaba en el pecho y sintiendo entre mis piernas una gran humedad y con mi mano temblando de la emoción, agarré su miembro erguido, desde la base y empecé a recorrerlo con la yema de mis dedos, lenta y nerviosamente hasta llegar a su cabeza. El hombre estaba enhiesto, así que me demoré unos cuantos segundos en llegar a ella y luego empecé a recorrerlo hacia abajo y hacia arriba, como aprendiéndolo con mis dedos, sintiendo cada vena y luego su cabeza, más ancha y caliente. Mientras la emoción me parecía reventar mi cabeza y explotar mi entrepierna, en mis pezones, sentía escalofríos y mi piel estaba erizada. Era la sensación más agradable que yo jamás hubiese experimentado. Me parecía que a cada desplazamiento de mi mano esa verga crecía y crecía y yo cada vez me emocionaba más mientras mis dedos se humedecieron incluso con lo que, posteriormente supe, era su líquido preseminal. Yo no quería soltarlo por nada del mundo, estaba en la gloria, mi mano subía y bajaba, me sentía una ciega queriendo aprender de memoria ese miembro tan grande, tan duro y a la vez tan suave, tan deseado. Su cabeza me parecía una maravilla y la apretaba con delicadeza cada vez que llegaba a ella, me parecía inmensa. Llegué incluso, guiada por su mano, a recorrer sus testículos, que los sentí calientes, duros y grandes. Al cabo de unos minutos —siete u ocho, no más— él me susurró al oído:
—ya tuviste lo que tanto deseabas, dejémoslo allí, que alguien puede entrar al cuarto y sorprendernos—
Yo no quería dejar de acariciar ese aparato que me parecía un bello monstruo al tacto, ya que no lo había podido ver, pero también me daba miedo que alguien entre al cuarto, así que lo solté no sin antes recorrerlo por última vez y me acomodé junto a él, que me daba la espalda y empecé a tratar de tranquilizarme. Mi ropa interior estaba tan mojada como si me hubiera orinado pero sentía una satisfacción infinita, a mis trece años, ya había tenido en mis manos ese pene con el que tanto había soñado. Luego salí del cuarto y más tarde, camino a casa, mis padres me preguntaban que porqué estaba tan callada. Yo no quería hablar para no delatar mi emoción, así que dije que tenía mucho sueño y fingí un bostezo, pero esa noche, no pude pegar los ojos, ya que el recuerdo de la verga de mi tío en mis manos, se me llevó la madrugada, mientras acariciaba mi panochita lentamente pero sin descanso. Al amanecer, rendida, mientras salía el sol, al fin pude dormir, soñando con ese miembro glorioso, más grande y más bello de lo que había imaginado. Sabía que muy pronto iba a poder contemplarlo, a mi gusto.
Pasaron unos cuatro días y una noche, el fue a mi casa con mi tía. Ella y mi mamá se pusieron a conversar y le pedí a mi tío que me ayude a hacer unas tareas en mi cuarto. Mis intenciones eran poder tocar y sobre todo ver, esa verga en la que tanto había pensado en todos estos días y se me iluminó el cerebro cuando vi que el vestía short y camiseta (remera), yo vestía blusa y short de tela de algodón. Fuimos, y después de un rato, nos pusimos a ver TV. Sin que me lo pida, casi con desesperación empecé a sobar su vientre y bajé mi mano por dentro de su pantaloneta, y agarré su verga, que ya estaba casi erecta. Al momento, mientras sus manos empezaban a sobar mis pezones bajo mi blusa (aún no usaba brassiere) sentí que ese pene creció y se puso duro como piedra. Lo empecé a recorrer y él empezó a respirar con fuerza, mientras apretaba con algo más de fuerza mis pezones, haciéndome sentir un dolorcillo placentero. Me sentía muy húmeda y según supe luego, muy excitada, hasta que no pude más, y con la misma mano con que lo sobaba, moví su verga hasta sacarla del short y ahí fue cuando realmente me impresioné, tanto, que por unos instantes, se me cortó la respiración. ¡Era hermosa! Grande, roja casi morada, con una cabezota más grande que el tronco y no la abarcaba bien cerrando mi mano a su alrededor. Era muy larga, más de lo que me había parecido al tacto (después de un tiempo, cuando se la medí, constaté que tenía 19 cm de largo y casi 5 cm de diámetro) y mucho más grande que la que una vez le vi a otro tío. Mis ojos, al verlo, casi salieron de sus órbitas y me invadió una sensación de placer indescriptible para una mujercita de 13 años (en ese momento yo era una mujer ya, con ese bello monstruo en mis manos, aunque aún no había menstruado). Me divertí con su miembro, lo sobé, lo apreté, lo acaricié, lo miré de cerca, por los cuatro costados, vi todas sus venas, acaricié la hermosa cabeza roja palpitante, lo recorrí, lo moví, lo estrujé, llena de dicha y felicidad. Nunca había tenido un juguete tan precioso en mis manos. Todo el tiempo mi respiración era agitada. En ese momento entendí que había cumplido uno de mis sueños: ver y tener la verga de mi idolatrado tío en mis manos. ¡que belleza!. Entre mis piernas, empezó a fluir un río de mis íntimas humedades, que mojaron mi prenda por completo. Al rato largo, por precaución, dejamos el jueguito y nos tranquilizamos y regresamos donde mi mamá y mi tía. Esa noche, antes de dormir, mis dedos no sabían que otra manera de recorrer mi vulva, podían inventar. Ya cansada, dormí rendida y satisfecha.