Conocimiento II
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

De allí en adelante, lo llamaba, le decía a mi papá que me lleve a casa de mis tíos para pasar allá, y como éramos muy allegados, pasaban las dos familias mucho tiempo juntos. La mayoría de las veces yo importunaba a mi tío en los sitios más inverosímiles, agarrando su verga cada vez que podía. Ya me la sabía de memoria. Él, por su parte, cuando quería, acariciaba mis pezones y yo me humedecía y me excitaba. Así una tarde en que con mamá fuimos a su casa, ella y mi tía salieron y nos quedamos solos él y yo. Nunca antes mi tío había acariciado mi panocha en directo, a lo más, el juego del caballito o un roce casual sobre mi ropa, pero esa tarde me propuse satisfacer la necesidad que tenía de que me acariciara mi vagina, que sienta mi humedad. Empecé a acariciar su verga, le bajé el short que cargaba, se lo quité, le quité también su calzoncillo y empecé a divertirme con ese monstruo que me alteraba hasta que le propuse jugar al caballito y le dije que me iba a quedar sólo en bragas, para sentirlo mejor. Así lo hice y me quedé sólo con mi remera puesta y mis bragas blancas. Sólo tenía unos poquísimos vellos púbicos que ni se notaban. Estando él desnudo, en su cama parecía un barco de vela, con ese mástil enorme. Mis ojos brillaban de la emoción, estábamos solos y teníamos toda la tarde para nosotros. Lo cabalgué como una posesa y brinqué y salté, dirigida por él, para no causarle daño a su bello monstruo. Aproveché un momento para quitarme la remera y vi mis pezones duros y firmes, que temblaban de deseo de ser acariciados, lo que él entendió e hizo inmediatamente, provocándome aún más placer. Mi corazón se agitaba, se quería salir de mi pecho. Sus manos acariciaban y apretaban delicada pero firmemente mis pezones y sentí una explosión inmensa con su epicentro entre mis piernas. La cara interna de mis muslos estaba toda mojada por mis líquidos, que manaban de mi panocha y mis bragas ya no resistían tanto flujo. Cerrados mis ojos como los tenía, veía fuegos artificiales de colores desconocidos para mi hasta entonces. Tuve varias contracciones, escalofríos, tembladeras, sentí que mis ojos se revolvían en sus cuencas y las piernas me temblaban. ¡Era maravilloso!. Jadeaba y gemía casi hasta gritar y quería que ese momento durara para siempre. Las palpitaciones que sentía en la unión de mis piernas parecían no terminar nunca, hasta que al placer inmenso fue siguiendo una calma fabulosa, una paz jamás sentida antes y un volver a mis latidos y pulsaciones normales. Sonreí con alegría al comprender que había sentido mi primer orgasmo y me abracé a su pecho. Mi tío estaba excitado, con una calma propia de su madurez. Estando aún sobre él, me abrazó, pasó sus manos delicadamente sobre mi espalda desnuda y me susurró al oído:
? ¿Sabes lo que te pasado?.
? Sí ?le respondí, con los ojos aún cerrados y abrazándolo fuertemente?. He tenido un orgasmo y ha sido maravilloso. Lo más bello que he sentido en mi vida, lo he sentido ahora, aquí, con usted. (aún ahora, a mis 19, lo trato de usted).
?¿Te ha gustado?
?Nada en mi vida me ha gustado más.
Entonces, lo liberé de mi peso y empecé a acariciar nuevamente su bella verga. La cabeza grandota, morada, emanaba unas gotas de líquido preseminal, que yo esparcía por su pene y que se quedaba en mis dedos, estirándose junto a ellos, cuando los apartaba. Lo escuché que me decía:
?Me gustaría que te lo metieses en tu boca y lo chuparas como si fuese un helado.
Me tomó por sorpresa. Jamás se me había imaginado que algo así se podía hacer. Me quedé fría, estupefacta, y además, muda. Me dio asco. Y como tenía su verga entre mis manos, apretándola con una ligera presión, la miré y al sentir lo mucho me gustaba verla, acariciarla, recorrerla, tuve sensaciones encontradas y no sabía que hacer. Me aparté un poco, le solté el palo precioso y brillante, húmedo y tibio y me recosté junto a él sin decir nada. Mi tío comprendió que no era el momento de hacer lo que me había pedido y me abrazó y yo me acurruqué en su pecho. No dijimos ni una palabra y durante mucho rato estuvimos así, callados. Yo no me sentía bien porque no podía hacer lo que él me había pedido y sabía que se lo debía. Pero él entendió y después de un rato largo, me habló con mucha dulzura y me pidió que me vistiese, que debíamos irnos. Lo hice y salimos, paseamos por un tiempo en su coche y hablamos de muchas cosas triviales, como que no hubiera sucedido nada. El estaba alegre y bromista como siempre y empecé a sentirme mejor. Después de dar unas vueltas, regresamos a su casa y mi mamá y mi tía, ya habían llegado, dijimos que habíamos salido a comer helados, conversamos un tiempo más y regresamos a casa mamá y yo, ya mucho más tranquila, aunque en el camino, recordé que no pude cumplir con mi propósito inicial, o sea, que me tío acaricie mi vagina directamente con sus manos y dedos y también me percaté que sólo había acariciado mis pezones y nunca los había besado, cosa que yo ya había visto más de una vez en las películas de la televisión por cable. Otra vez será, pensé. Luego de unos días, se terminaron las clases y me fui de vacaciones a la playa por dos meses, tiempo en el cual no vi al dueño de mi verga querida y sólo me complacía por las noches, acariciándome con todos mis dedos y soñando con aquel último juego del caballito que habíamos tenido. El aire salino del mar, el viento, el sol y la naturaleza hicieron su parte y cuando regresé a los dos meses, mi figura se había moldeado, tenía cintura y caderas marcadas, mis senos ya casi eran verdaderamente senos y mi vello púbico había crecido bastante, no totalmente, pero cuando me veía en el espejo, se reflejaba en él, un cuerpo de mujer.
Cuando regresé a la ciudad, llamé a mi mejor amiga ?Angélica? que había ido de vacaciones a la montaña y quedamos en que ella pasaría el fin de semana en mi casa, como lo hacía siempre, desde que empezamos a ser compañeras en la escuela, en el kinder. Ella, que se desarrolló antes que yo, en este inicio del segundo año de secundaria, ya era una mujer, porque las vacaciones habían terminado de convertir su bonito cuerpo, en el de una verdadera mujer (ella ya había menstruado, mientras yo todavía no), a pesar de que su estatura era menor a la mía. En su momento, como habíamos hecho desde niñas, nos bañamos juntas y juntas admiramos nuestros cuerpos. Ya teníamos senos, teníamos vello púbico, y cada una, un culito respingón. No quiero ser inmodesta, pero mi cuerpo se veía mejor, ya que soy más alta, tengo más cadera, mejores piernas y mi trasero ya hacía que los hombres se regresen a mirarme en la playa. Angélica era más bonita, indiscutiblemente, pero en fin, ambas estábamos bien. Mientras nos bañábamos, me contó que había tenido su primer enamorado, que se habían besado y abrazado y que casi al final de las vacaciones, cuando estaban en el mar y se besaban, abrazados y juntos vientre con vientre, ella había sentido algo fuerte y duro empujando contra su entrepierna y que le había gustado mucho, pero también le había dado miedo. Se había apartado del chico y disimuladamente había empezado una conversación trivial para tranquilizarse y calmar al muchacho, que quería seguir pero ella no había cedido. Me dijo que cuando eso pasaba, había sentido que sus pezones se ponían duros y que le dolían un poco y que luego a la hora de ducharse, ella se los había tocado muy suavemente y que había vuelto a sentir lo mismo, es decir un gusto y un dolor muy agradables.
Decírmelo a mi, que ya era experta en esos menesteres. Como mi amiga no sabía de mis caricias con mi tío, tuve que decirle que ya mi mamá había hablado conmigo sobre todo lo referente al sexo y le expliqué lo que le había pasado a ella y a su enamorado, y así supo que a los hombres se le paraba la verga, que eso era lo que había sentido y hasta le sobé levemente sus pezones y ella dio un respingo. No lo hice con ánimo de acariciarla, pero cuando me di cuenta de que la conversación nos había excitado, ya tenía sus pezones en mis manos y los míos en las suyas. Cuando iba a bajar mis manos hacia su entrepierna, algo nos detuvo y empezamos a reír nerviosamente y seguimos bañándonos como si nada y la cosa quedó allí. La felicité porque ya había tenido su primer enamorado y nos prometimos que siempre nos contaríamos todo lo que nos pase, sea lo que sea, y con lujo de detalles. Por supuesto, yo jamás le contaría a Angélica lo de mi adorado tío y su hermosa verga. Y estaba loca por verlo, ya que tenía más de dos meses sin sentir, ni ver ni acariciar su bello monstruo.

Un día de aquellos cuando no estaba nadie en mi casa, me puse a curiosear en el VHS y mi hermano había dejado un vídeo. Ingenuamente puse Play y empecé a ver una película porno, en donde pude ver, por vez primera todo lo que se puede ver en un vídeo de esos: uno con una, uno con dos, una con dos, lesbianas, felaciones, penetraciones anales, dobles penetraciones, orgías. Aprendí muchas cosas que no había imaginado siquiera. Las mamadas seguían provocándome repulsión, pero aún así, lo que más me llamó la atención fueron dos cosas: Una mujer mamando dos vergas a la vez y la penetración con la posición del caballito. Al día siguiente, menstrué por primera vez. No se si en algo incidió lo que había visto y las caricias que me procuré toda esa noche recordando lo que había visto en la película porno y recordando a mi querido tío.

Había cumplido ya los 14 años y una tarde lo llamé y le pedí que viniera a visitarme y justo cuando llegó, mis padres lo saludaron y al poco rato le pidieron que se quedará una rato conmigo, que ellos volverían pronto. Ël preguntó que cuanto tiempo y le dijeron que más de dos horas y él dijo que lo esperen que haría unas llamadas y luego dijo que tenía tres horas libres, que las aprovechen para hacer todo lo que necesitaban y mamá dijo que muy bien que aprovecharían las tres horas entonces. Y se fueron.

Apenas lo hicieron, lo abracé con mucho cariño y él me correspondió. Le pedí que me espere que iba a darme un baño y lo hice. Me desvestí con la puerta del baño abierta, mientras mi tío me miraba desde el dormitorio de mis padres.
Quedé en cueros y noté su mirada de asombro. No era para menos, pues mis formas ya no eran las de la niña gruesa que lo había cabalgado hacía más de tres meses y era una mujer de muy buen ver. Me dijo que me había convertido en una mujer linda, y yo, contenta y halagada, desnuda y excitada lo abracé y le pedí que me bañara. Me dijo que no, que lo haga sola, pero que antes de darme el último enjuague, lo llame. Así lo hice y aproveché mientras me duchaba para acariciar mi panocha que pedía acción a gritos. Cuando estuve lista lo llamé y el vino hasta el cuarto de baño, corrió la cortina y parado del lado de afuera, empezó a acariciar mi cuerpo bajo el chorro de agua e hizo que me ponga de espaldas a él. Se detuvo en cada parte de mi cuerpo, empezando por la cabeza, luego el cuello y a continuación mi espalda, donde la recorrió toda y terminó por detenerse en el nacimiento de mi trasero, al que empezó a amasar suavemente con ambas manos, pero con firmeza. Yo estaba ya temblando por la suavidad que las yemas de sus dedos habían dado al masaje y las piernas empezaban a flaquearme. Mientras me lo apretaba, me susurró al oído que tenía un bello trasero. Cerró la llave de la ducha. Creí que iba a llegar a mi pozo cuando sus manos bordeaban mi cadera e incluso algunos de sus dedos se afirmaron a la parte baja de mi abdomen, pero no, siguió por la parte posterior de mis piernas, que yo a duras penas mantenía entreabiertas. En algún momento sus pulgares se situaron muy cerca de mi ano causándome un estremecimiento lleno de mucha electricidad y creí que ya llegaba a mi panochita, que muy húmeda esperaba con desesperación a sus dedos, ya que sus pulgares, al bajar, iban tocando la cara interna de mis muslos, pero no tocaron mi panochita. Así llegó hasta los tobillos y ya tuve un orgasmo, pequeño, algo corto, pero muy sabroso. Yo estaba que no daba más. La habilidad de mi tío para comunicar y provocar sensaciones con las yemas de sus dedos es una cosa maravillosa. Agachado como estaba, me pidió que me diera vuelta, lo que hice y su cabeza y sobre todo sus ojos, quedaron exactamente a la altura de mi vagina chorreante. La miró, se relamió sus labios muy eróticamente y dijo: ¡Que cosita tan bella!. El no había visto hasta entonces mi pubis cubierto de vellos y poniendo la palma de su mano derecha con su base apoyándose en la unión de mis piernas, trató de abarcar todo mi monte de venus en la palma de su mano. ¡ay que sensación!. Apretó su mano y casi sentí mi clítoris ponerse duro y tratando de alcanzar su mano. ¡Estaba en el paraíso! El apretó su mano, empujándola contra mi pubis y la palma se le humedeció con mis fluidos y empezó a apretar y aflojar alternativamente. No transcurrió mucho tiempo y tuve otro orgasmo, tan húmedo que la palma de su mano chorreaba. Subió sus manos húmedas a mi vientre y sus yemas volvieron a empezar su enloquecedora tarea. Recorrió todo mi vientre, regando mis flujos a lo ancho y a lo largo. Yo ya me contorsionaba de placer. Cuando llegó a mis senos, ya bien formados, turgentes y con los rosados pezones apuntando al cielo, doliéndome de lo duros que estaban, los acarició y se detuvo mucho tiempo en ellos. ¡Yo no soportaba ya tanto placer!. Tomó uno en cada mano y al soltarlos me atrajo hacia él y nos abrazamos. Yo pegué mi vagina a su entrepierna, para sentir el duro bulto que ya había notado
Y me apreté contra él, mojando su pantalón con el agua del baño y con mis fluidos que chorreaban. Restregándome contra su bulto, moviendo mis caderas como si tuviera un motor, me sobrevino un orgasmo más, que el percibió por mis gemidos y mi desfallecimiento y el cese de la rotación de mis caderas y él sonriendo me dijo:
?¡Veo que me has extrañado, eh!
?¡Siiiiiii! ?fue toda mi respuesta.
Me tomó de la mano y me llevó a la cama del dormitorio de mis padres y le dije:
? ¡Ahora me deja hacer a mi!.
Le quité su camisa, le bajé la cremallera de su pantalón y de un tirón, agachándome, lo dejé en el piso. Cuando levanté la cabeza, rocé mi bello monstruo con mis cabellos y mi nariz y sonreí. Me levanté y lo acosté. Estábamos del lado derecho de la cama grande. Ansiaba cabalgarlo, pero me di cuenta que si lo hacía, nada impediría que me penetre y yo, en mi ingenuidad, no quería eso. Ni lo había imaginado siquiera. El, como si me entendiera, se levantó, me acostó y se sentó a mi lado en el espacio suficiente que yo había dejado para ello, pidiéndome que abra las piernas todo lo posible, lo cual hice encantada, mientras doblaba mis rodillas.

?Observa, disfruta y aprende ?dijo con voz baja pero firme?.

Entonces sus manos reconquistaron mis senos y luego de acariciarlos brevemente, empezaron a bajar, deteniéndose en mi ombligo y sus alrededores, donde los dedos de mi tío provocaron una extraña y deliciosa ansiedad. Siguió bajando y enredó sus dedos con mi vello púbico tirando de los pelitos suavemente, haciendo vibrar mi hinchada vulva, hasta que llegó a los gruesos labios mayores, con sus dedos mágicos y empezó a recorrerlos, mientras yo vibraba, gemía, sudaba frío y me contorsionaba ligeramente. Empecé a acariciar mi pezón derecho con mi mano izquierda y a tratar de disfrutar todas las sensaciones nuevas que estaba sintiendo. Abría los ojos desmesuradamente para observar lo que él hacía y con la mano derecha agarré su verga que se movía levemente, henchida de sangre, enorme y majestuosa, húmeda su cabeza. Siempre que la miraba, me dejaba como hipnotizada. Empecé a recorrerla con mis dedos y volví mis ojos a las manos de este hombre que tanto placer me estaba proporcionando. Sus dedos ya se habían aventurado hasta los labios pequeños y jugueteaban con ellos provocándome un inmenso placer. Mis fluidos parecían provenir de una fuente inagotable.
Acercó su cabeza mis oídos y me dijo, en un susurro.
? Voy a acariciar el centro de tu placer.
Llegó a mi dilatado clítoris y casi di un brinco. Empezó a masajearlo suavemente con la yema de su pulgar y yo a gemir, mientras mi mano ya no se movía sobre su verga, sino que sólo la apretaba y con mi dedo índice esparcía su fluido por la cabezota. Mi cerebro estaba procesando todas las sensaciones que le llegaban por mi piel, por mis ojos, por mis oídos (escuchaba mis propios gemidos) y mi sensualidad crecía y crecía para no perderme el placer de todas las percepciones recibidas. Podía ver mis gordezuelos labios mayores chorreantes y palpitantes y las contracciones de mi abdomen, así como mi respiración entrecortada que se reflejaba en mis pechos turgentes que rítmicamente se mecían hacia atrás y hacia delante. Su pulgar en mi clítoris y los otros dedos cerca de mi ano, pero sin tocarlo, todos moviéndose acompasada y deliciosamente, me hicieron tener una serie de orgasmos largos y espaciados por unos pocos segundos. Mi cuerpo vibraba y se contorsionaba, fuera de control y mi vagina no paraba de sentir innumeras contracciones. Cuando cesó el caos que el placer provocaba en mi cuerpo, varias lagrimas escaparon de mis ojos, por los que veía su preciosa verga hinchada y palpitante rodeada por mi mano derecha y con su cabezota toda mojada. Entonces él se apartó y se acostó a mi izquierda, con el bello monstruo enhiesto y me pidió que me ponga mis bragas y que juguemos al caballito. Me subí sobre él y cuando empecé a cabalgarlo, guiado mi cuerpo por su manos, mis senos quedaron cerca de sus labios y el empezó a besar primero y succionar después, mi pezón derecho. ¡Dios que placer! Era la primera vez que lo hacía y al cabo de poco tiempo, mientras el cambiaba a mi pezón izquierdo, me sobrevino otra serie de orgasmos tan violentos que sus brazos, tirando de mi cintura hacia él, hicieron que quede sentada sobre su vientre, porque de lo contrario, bien pude haber quebrado su pene, por la violencia de mis contracciones. Tuve tantos orgasmos mientras él besaba y chupaba mis pezones que en un instante sentí como un desvanecimiento y me fui sobre su cabeza, totalmente extenuada. Él se desembarazó de mi, que quedé cuan larga soy, boca abajo sobre la cama y parándose a mi lado mientras empieza a pasar su mano por mi trasero, me dice:
?¡Eres una hembra rica!
Yo no daba más. Me daba pena verlo todo tieso, con su verga erguida y balanceándose, que pedía acción a gritos. Pero no quería que me penetrara y el pensar en mamarla, me repugnaba. Entonces dijo las palabras que solucionaron todo:
?Ven. Mastúrbame que debo acabar o se me revienta tu juguete preferido. Se levantó y trajo unas toallas de papel del baño y me dijo que eran para que el semen no caiga sobre la cama. Lo masturbé con delicadeza pero con firmeza mientras con mi mano libre acariciaba su pecho y sus tetillas. ¡Que hermoso era sentir como él iba perdiendo el control de si mismo y se entregaba a mi mano, mientras jadeaba y gemía! Allí me di cuenta que un hombre puede estar en poder de una mujer totalmente, tal como yo me sentía en poder de mi tío, cuando experimentaba mis orgasmos y no podía controlarme. Me avisó: ¡Ya vieeeeeene!, ¡acaaboooooooo!. Empecé a sentir nuevamente un cosquilleo entre mis piernas y a chorrear por allí. Tomó mi mano libre y la puso justo delante de la roja cabezota y sentí como sus chorros golpeaban la palma de mi mano con singular potencia. Mis dos manos quedaron llenas de su semen. Hizo que con una mano impregnada de semen vuelva a acariciar su verga y a esparcirlo suavemente por todo su largo y quedó exhausto y sonriente, mientras yo no soltaba su miembro. ¡Fue una experiencia tan bella para mi! Realmente me sentí mujer en ese instante. Lo abracé y besé sus mejillas con un ¡Gracias tío! que me salió del alma. Me dijo que fuera a lavarme las manos que él se daría una ducha después, pero lo tomé de su pene, lo hice que se levante y caminando, yo con su pene en mi mano, como llevando a un niño pequeño, lo conduje al baño y lo metí en la ducha, para ir yo al lavamanos. Con curiosidad, antes que el agua mojara mis manos, y sin que él lo note, olí mis manos y con la punta de la lengua, saboreé su semen. Ni el olor ni el sabor me disgustaron. Tampoco me gustaron mucho, pero en ese momento supe que muy pronto tendría a mi bello monstruo entre mis labios. La curiosidad ya se había instalado en mi. Terminé y salí. Esperé que él salga y lo hizo, se vistió, conversamos sobre lo que había sucedido y sobre todo las nuevas experiencias que esa tarde yo había probado y del aprendizaje que él, como mi maestro y yo como su alumna tendríamos que vivir. Luego de unos cuarenta minutos, llegaron mis padres y mi tío se fue. Aquella noche, entre mis sábanas, recordando tan hermosa tarde, la pasé húmeda, sin tocarme. Mis senos no estaban satisfechos con las pocas caricias y sobre todo con las primeras mamadas que habían sentido y que habían sido pocas, y me dije que mañana mismo tendría que hacer algo al respecto.

Al día siguiente después de almorzar y descansar lo llamé a su móvil y le pedí que me recogiera por mi casa, que mi papá no podía llevarme donde una compañera a realizar una tarea del colegio y que por favor me llevara. Me dijo que a las seis pasaba por mi y así lo hizo. Todo era una estratagema urdida por mi, para estar a solas con él, pero él no lo sabía. Yo vestía con una falda holgada y una blusa muy apretada, sin corpiño pero que no dejaba apreciar mis pezones para nada. Digamos que sexi, no iba. Nada más subirme a su auto le puse mi mano sobre su bulto y él sonriendo al mirarme me dijo:
?¡Golosa!
Lo seguí acariciando por sobre el pantalón mientras le indicaba como llegar a casa de mi amiga. Llegamos, le pedí que me espere y subí, dizque para entregarle algo a mi compañera de colegio. Hasta eso, ya había oscurecido y de regreso, seguí con mi mano entre sus piernas, pero ya le había bajado el zipper y su verga afuera, era acariciada con mis manos. Le pedí que fuéramos a un centro comercial grande, que estaba cerca y cuyos parqueaderos están bajo techo, que quería comprar algo rápidamente y también le pedí que se parqueara en la parte más oscura. Todo esto sin soltar su miembro, erguido y duro como la piedra. Ël entendió mis intenciones y con asombro me dijo:
?¡Hey, quieres guerra!.
? Si tío. ¡Quiero que beses mis senos, que chupes mis pezones!¡Ayer me quedé con las ganas de más!. Como estaba oscuro, los vidrios cerrados y oscuros también, el se pasó atrás y me hizo sentarme sobre su verga. Yo me saqué las bragas y por primera vez mi panochita, chorreante, húmeda y palpitante estuvo en contacto directo con su verga inmensa y roja. Por un rato, mientras yo me levantaba la blusa y ponía mis pezones al alcance de sus labios, el empezó a frotar su miembro contra mi clítoris y yo a gemir y jadear y a moverme cadenciosamente para incrementar el placer. Mi tío se contuvo un poco y dejo de hacerlo, creo yo que por no penetrarme, porque ya iba yo a pedírselo y se concentró en mis pezones. ?¡Que delicia!? Pasaba su lengua con vehemencia por mis erguidos pezones y luego los mordisqueaba suavemente. Luego chupaba mi pezón pero de una forma muy particular y placentera: con la boca abierta y los dientes cerrados, lo apoyaba en la parte externa de su dentadura y lo restregaba contra ella. ?¡Era la gloria!?. Luego pasaba al otro pezón y hacía lo mismo. A la vez, sus manos acariciaban mi culo, apretándolo y sobándolo, lo que me producía sensaciones espectaculares ya que no lo hacía con sus dedos, sino con toda la superficie de sus manos y dedos. En algún momento, sus dedos rozaron mi ano y un escalofrío recorrió mi médula. Para entonces, su monumental verga se restregaba contra mi vientre en un vaivén similar al coito, mientras la base de su pene y sus huevos rozaban rítmicamente mi hinchado clítoris. Con el placer que sentía en mi trasero, en mis pezones y en mi pepita, tuve al menos cinco orgasmos seguidos y en un momento, sin poderme controlar, en medio de mi paroxismo, besé su boca por primera vez y nos fundimos en un beso lento, sabroso, jugoso. Nuestras lenguas se decían lo que se debían, sin separarse, entrecruzándose, y recorriendo los labios del otro. ¡Era mi primer beso!. Y era con mi bello tío, el de los ojos verdes, el de la verga que me subyugaba. Sin que me lo diga, satisfecha yo para entonces, empecé a masturbarlo mientras lo besaba, metiendo mi mano bajo mi amplia falda que tapaba nuestra unión y no demoró mucho tiempo en tener su orgasmo. ¡Me bañó de leche!. Mi falda quedó toda húmeda por dentro y mi panochita satisfecha. Él recogió algo de semen en la punta de sus dedos y metió uno en mi boca, al cual instintivamente empecé a chupar. Al hacerlo, sentí como una fuerza torrencial irrumpía en su pene, casi que haciendo un ruido, como la corriente de un río torrentoso y nuevamente se irguió, poniéndose duro como a mi me encantaba y me le monté encima. Su cabezota se hizo sentir entre mis labios menores y empezó a entrar, mientras yo succionaba su dedo con desesperación y cuando mi himen dio la señal del dolor, ante la invasión de la descomunal cabezota, ya esperando caer sobre ella, para ensartarme ese mástil arrebatador, el me sostuvo y con un susurro, dijo: ¡No, ahora no. Aún no es tiempo! Agradecí mucho tiempo después, que el se haya controlado, aunque en el momento, el morbo de la situación hacía que mi cuerpo necesite adentro al bello monstruo. Pero él era y es, un tipo sereno y supo contenerse y aplacar mis ansias, volviendo a mis senos, que aunque me dolían, no rechazaron sus caricias ni sus besos. Nos tranquilizamos. Vi el reloj y habían transcurrido 35 minutos dentro del parqueadero. Nos arreglamos, alisamos nuestros cabellos y salimos de allí. Yo dichosa, llegué a casa y me dirigí a mi recamara donde me desnudé y me metí a la ducha. Mis doloridos pezones, seguían duros y erguidos. Bajo la ducha, no los acaricié, pero sí a mi panochita, por un rato delicioso. Luego bajé a cenar y mi madre le dijo a mi padre: ¡has visto la cara de felicidad que tiene tu hija!. Yo sólo sonreí y luego me despedí, me fui a hacer mis tareas y me dormí.

En las semanas siguientes no pudimos vernos porque su trabajo lo mantenía muy ocupado. Un día, conversando sobre sexo con varias compañeras de colegio, entre las que estaba Carola, quien era dos años mayor a las demás (tenía 16), ella nos contó que aunque todavía no tenía relaciones con su enamorado, ya se acariciaban mutuamente hasta llegar al orgasmo. Nos contaba que el miembro de Pedro, que así se llamaba el chico, era muy grande y que él se ufanaba de ello. Un día se la había medido en estado de erección y tenía 14 cm, desde donde empezaba hasta la cabeza, medido por la parte inferior. Las preguntas y exclamaciones de nosotras se venían en tropel. Ella contaba que le mamaba la verga y que a duras penas alcanzaba a meterse dos terceras partes en la boca, con arcadas y todo. Denisse, otra compañera contó que alguna vez vio a su hermano masturbándose y que no le parecía que tuviera una verga de mayor tamaño que la del enamorado de Carola y prometió traernos el dato lo más pronto posible. Yo le pregunté a Carola si no le daba asco hacerlo y ella me contestó que no, que para nada, que le gustaba mucho e incluso, sin que Pedro la acariciase cuando se la mamaba, ella se excitaba y alguna vez hasta había llegado al orgasmo. Otra compañera, Viviana, dijo que algunas veces había tocado el bulto de su enamorado por sobre el pantalón, mientras él le acariciaba los senos y que si bien le parecía grande, ya considerando lo que eran 14 cm, creía que no pasaba de allí. Yo pregunté a que sabía el semen y Carola dijo que tenía un sabor algo ácido y ligeramente dulzón, que a ella no le desagradaba y siempre que mamaba la verga de Pedro, le gustaba tragarse todo el semen que podía. Pero la curiosidad de todas nosotras giraba en torno al tamaño. Prometimos conversar la semana siguiente con otros datos, porque la curiosidad nos picaba. Denisse aseguró que traería la información a cualquier costo y Viviana, entre risas, ofreció sacrificarse por averiguar el de su amado. Todas nos preguntábamos que haría Denisse con su hermano. ¡Que inquietudes a los 14 años!. El día fijado llegó y Denisse dio su dato: 14 cm y Viviana : 13 cm. Al preguntar como se informaron, la primera dijo que le preguntó directamente a su hermano, pues tenían mucha confianza y que él no le mentiría ya que ella no se atrevería a comprobarlo personalmente y Viviana, quien siguiendo las opiniones de Carola, ya había dado su primera mamada, con mucho gusto y algarabía de su parte al contarlo y que incluso había hecho el “serruchito” y había tomado la medida, para felicidad y complacencia de su enamorado.¿Y el sabor? Rico, delicioso. ¿Y no te provocaron arcadas?. No, bueno si un poco, pero la molestia pasó rápido y el placer fue intenso. Con esas dos opiniones, yo decidí cual sería el próximo paso de mi conocimiento: Saborearía, mamaría y tragaría semen. Estaba decidido. Por supuesto, ante ellas, yo era una de las más ingenuas, a pesar de mis preguntas. Y eso que Carola dijo que muy pronto tendría ya su primera sesión completa (penetración incluida), que en unos días Pedro cumplía años y ese iba a ser su regalo.
Como al mes de nuestro último encuentro, hablé brevemente con mi tío, por teléfono y le dije que necesitaba verlo a solas lo más pronto posible y que le tenía una sorpresa. El rió y me dijo que en cuanto me quede sola por un tiempo significativo en casa, lo llame a su móvil para ir inmediatamente. Tuvieron que pasar cuatro días hasta que mi hermano se fue con sus amigos a la playa y mis padres a un compromiso de toda una tarde para que la oportunidad se de.
Lo llamé y le dije que pase por casa como sin querer unos minutos antes de que mis padres se fueran. Así lo hizo y para complacencia de ellos, no me quedaría sola, ya que debían hacer unos trámites muy largos que les llevarían un par de horas por lo menos, y en una ciudad que queda a una hora de la nuestra, lo cual nos daba cuatro maravillosas horas para nosotros dos. Para la ocasión yo me había puesto una falda larga y amplia sin slip y una remera holgada, oscura y gruesa, que no dejaba notar mis pezones. Además tenía una regla de medir que usaba para mis tareas, lista.
No más irse, llevé a mi tío a mi cuarto y nos pusimos a ver televisión, acostados los dos, apoyando yo mi cabeza en su hombro. El pasó su brazo izquierdo por detrás de mi cabeza y sin más metió su mano por la ancha manga de mi remera y empezó a acariciar mis senos, sin llegar a los pezones, a la vez que yo acariciaba su bulto por sobre su pantalón. Se me hacía agua la boca pensando en lo que iba a saborear y antes que sus dedos acaricien directamente mis ya duros pezones, bajé su cremallera y liberé su bello monstruo. Empecé a acariciarlo, con la yema de mis dedos y él empezó a crecer. Mi tío me quitó la remera por sobre mi cabeza y ya sus dedos viajaban a mi jugosa conchita, cuando su enhiesta verga me llamaba casi a gritos. El estaba acostado, boca arriba y yo arrodillada a su lado, sobre la cama. Empecé a besar su pecho, sus tetillas y a bajar hacia su ombligo. Llegué y lo miré a los ojos. Sin palabras, su mirada me dijo: ¡Llegó el momento!. Miró su verga y alternativamente mis ojos y mis labios, varias veces. Tomé mi bello monstruo con ambas manos y lo recorrí desde la base hasta la punta de la cabeza y acerqué mi boca hasta allí. La veía enorme. Pensé que no iba a poder engullirla. Justo antes de sacar mi lengua y dirigirla hacia el orificio por donde salía una brillante gota de líquido, volví a mirarlo a los ojos, y ambos sonreímos. Yo con lascivia y lujuria. Él, con deseo y ansiedad. Me dijo:
? Ten cuidado. Te gustará pero hazlo suavemente.
En ese momento recordé que debía medirlo. Me detuve y me levanté para tomar la regla. Su cara de asombro dio paso a sus palabras:
?¿Qué haces? ?preguntó.
? Quiero saber cuanto mide ?respondí.
? ¿Por qué? ?volvió a preguntar.
?Porque quiero saber el tamaño de lo que voy a meter en mi boca. Y algún momento la quiero toda adentro.?respondí provocativamente.

Entonces lo hice poner de pié. Mientras el sonreía tomé la medida por la parte superior. ¡Medía 19 centímetros y algo más. Dejé la regla, lo acosté en la cama y volví a acariciarlo y acerqué mis labios a la cabezota morada y mis manos a su tronco venoso e hinchado. Pasé mi lengua por la punta, abrí la boca y pude meterme la cabeza en mi boca y empecé a succionar con algo de fuerza, sintiendo la piel de su pene apretada por mis dientes. Mi tío se estremeció y tomó una de mis manos y de ella el dedo medio y lo llevó a su boca y empezó a mamarlo, recorriéndolo solamente con sus labios y presionando suavemente su lengua alrededor de la punta del dedo. Entendí rápidamente el mensaje y mientras el liberaba mi dedo, yo empecé a hacer inmediatamente lo que había entendido. Pude meterme en la boca casi la mitad de ese exquisito pedazo de lomo y cuando me acostumbré a él, sin despegar mis labios de la piel de su verga, mi lengua empezó a aprender y memorizar todas y cada una de sus venas, y a saborear lentamente el líquido preseminal que fluía sin cesar. Movía mi lengua en círculos recorriendo la inmensa cabeza roja y mis dientes ya no lastimaban su piel. Intenté que entrara un poco más en mi boca, pero no lo conseguí y empecé a introducirlo y sacarlo de mi cavidad bucal, mientras agarraba con mi mano derecha la parte que no podía caber en mi dilatada boca. Así, en cada envión conseguía que entre un poco más, pero no conseguí sino uno o dos centímetros más allá de la mitad. Mi tío me miraba con una mezcla de lujuria y ternura en sus ojos y una cierta sonrisa maliciosa. Me decía: ?¡Nena, que bien lo estás haciendo! ¡Sigue, sigue!. ¡Aprenderás mucho!¡Que delicia!.
Continué y continué. Esperaba que en cualquier momento eyacule y quería saborear ese semen, con toda mi alma. Mientras tanto, el había ido desplazando su mano hasta mi conchita y me masturbaba suavemente, acariciando mi hinchado clítoris con mucha delicadeza. Aparté su mano de allí, con mi mano libre y sacando su miembro de mi boca, a la vez que un hilillo de su fluido unía su cabeza a mis labios le dije:

? Ahora no necesito eso. Con mamarle su verga me sobra y me basta!.

Y relamiendo mis labios y su líquido, volví a mi mamada gloriosa, mirándolo coqueta y directamente a sus bellos ojos verdes mientras lo hacía. Con mi mirada, le decía todo lo bello que estaba sintiendo y que no quería que ese momento parara nunca. Estaba tan excitada que, conociéndome, sabía que el momento de mi orgasmo estaba cerca. ¡Y lo estaba consiguiendo sólo mamando una verga!. ¡Toda mi boca y mis labios eran mi mejor zona erógena en este momento!¡Que placer tan intenso! Haciendo esfuerzos y ya más acostumbrada a ese bello monstruo en mi boca, conseguí introducir casi tres cuartas partes e incrementar la velocidad del sabroso mete y saca, mientras con mi mano derecha abarcaba lo que no me cabía y lo masturbaba firmemente y no apartaba mis ojos de los suyos. Escuché que me decía:
?¡Voy a terminar! ¡Voy a terminar!
Saqué su falo de mi boca y lo dejé a un centímetro de distancia de mis labios. Mientras mi mano derecha seguía masturbándolo firmemente, mi lengua lamía la morada cabezota muy cerca del agujero de su punta. Supe que el momento había llegado, cuando sentí sus piernas ponerse rígidas y el brillo de sus ojos, que yo no dejaba de mirar, se incrementó. Abrí mi boca, dejé de masturbarlo y con la punta de su verga apoyada en mi lengua, esperé. Entonces, dos chorros consecutivos de semen, inundaron mi boca y un tercero la colmó. Mientras mi mano volvió a pajearlo y él se contorsionaba sin dejar de mirarme a los labios, cerré mi boca alrededor del tronco y volví a mamarlo como hace unos instantes, mientras su leche magnífica se escurría entre mis labios y su tronco.
?¡Me vas a mataaaaaaaaaar!?gritó y yo, sosteniendo aún a mi bello monstruo con mi mano izquierda, lo saqué de mi boca y me tragué el semen que allí me quedaba, siempre mirándolo a los ojos y después de tragarlo, recorriendo mis labios con mi lengua. Así, con semen brillando sobre mis labios, me acerqué a su boca y lo besé, con mucha dulzura y pasión. Nuestras lenguas jugaron, se enroscaron y nuestros labios se tocaron como nunca antes. Mis manos, asían suave pero firmemente su verga, ya semierecta y cuando terminamos este beso delicioso, volví a la cabezota morada y engullí nuevamente mi preciado tesoro y oprimiendo mis labios a lo largo del tronco, lo introducía y lo sacaba lentamente, sin dejar de mirar sus ojos verdes, que tenían esa expresión de languidez que me enloquecía. Seguí mamando, aunque llegó a la flaccidez y así la pude abarcar totalmente en mi boca, y trabajándola lentamente, con mi lengua golosa e incansable, a los pocos minutos sentí que volvía a crecer y ya no me cabía, pues sentía la punta en mi campanilla, por lo que su tronco, poco a poco fue saliendo desde mis labios y cuando volvió a su tamaño descomunal, lo retiré de mi boca y le pedí:
? ¡Penétreme tío!,¡Necesito que me haga mujer!.

 

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