La Muerte de Frida
Enviado por ernie el día Jueves 24 de Julio de 2008
 

V

estida con un sencillo pero carísimo modelo exclusivo de Dior, cuyo blanco resaltaba la tez aún tostada y la larga cabellera color trigo, Frida yacía entre las puntillas del ataúd, la tapa acolchada en rosa, levantada, mostraba hasta la cintura de la joven.  Casi envuelto en pimpollos de rosas de diferentes colores, el féretro ocupaba la mayor parte de la pequeña capilla ardiente en el costado del salón principal del moderno y lujoso velatorio.

 

        Luján había retirado el cuerpo de la morgue del hospital, junto a una empleada de la funeraria.  Fue él quien sacó la sábana y se asombró al verla desnuda, la piel bronceada, los dos pequeños triángulos blancos sobre sus senos redondos, el rosa de la aureola enmarcando sus pequeños pezones morados, el vientre plano y la pelusa rubia de su pubis que no podía esconder los labios gruesos de su sexo, las piernas largas, torneadas, de muslos per-fectos, la mueca dolorosa de su boca congelada en el último instante...

- Tómela de los hombros - pidió la gorda que lo acompa-ñaba, mientras colocaba el ataúd al lado de la camilla.  Al levantarla, el último aire de los pulmones de la joven salió por su boca en forma de eructo y se le estrelló a Luján en la cara.   Gracias a un supremo esfuerzo, no soltó el cuer-po, la típica broma de los funebreros esa vez no dio resul-tado.

 

        Luján se encargó de todo, contrató la empresa de pompas fúnebres, eligió el mejor ataúd, hizo que prepara-ran el lecho de pimpollos para rodearlo, se decidió por el servicio más caro para la atención del velatorio y dispuso doce limosinas para el cortejo.  Cuando los padres de Fri-da llegaron, él estaba junto a la joven y siguió a su lado durante todo el tiempo.  Aún tenía ante sus ojos el cuerpo desnudo de la muchacha que había amado desde el primer día que la vio, también desnuda, en la piscina de la quinta, aquel caluroso día de principios de primavera.

 

        Había ido a visitar a su padre por vez primera desde que se convirtiera en el jardinero y sereno de la magnífica casa quinta de Tortuguitas, una propiedad de seis hectá-reas a cien metros de la Panamericana.  Su madre había muerto de leucemia un año antes, sin poder verlo recibido de Técnico Químico, y ahora ya estaba en la Universidad.  La enfermedad se comió la mitad de la casa familiar y su padre decidió que el resto estaría bien empleado en pagar en parte los estudios de su único hijo, por lo que aceptó el trabajo que le ofrecía una vivienda digna y la posibilidad de vivir de su antiguo hobby, la jardinería.  Luján vivía en una pequeña pero limpia pensión cercana a la facultad y trabajaba medio día en una droguería de la misma zona.

 

        Eran las cuatro de la madrugada cuando un ruido lo despertó.  Salió al amplio jardín entre la casona y la vivienda de su padre y un chapoteo desde la pileta de natación con forma de gran riñón atrajo su atención.  Si-guiendo la hilera de pinos azules que enmarcaban la parte sur de la pileta, se acercó a ver.  Una silueta salió del agua y se paró frente al único farol encendido.  Era una muchachita desnuda, de pequeños pechos erguidos, larga cabellera rubia y caderas redondas, justas, piernas largas y vientre plano, que acomodaba su pelo mojado en una especie de rodete sobre la nuca. Luján notó el pelo rubio de su bajo vientre, pero no notó que había seguido caminando hacia ella lejos ya de la protección de los pinos.  

- ¿Quién...? - dijo la muchacha al escuchar los pasos sobre el césped, dándose vuelta  sin ninguna intención de taparse.

- Yo...  perdón, es que... -

- Vos sos Luján, ¿verdad?  El hijo de Don Javier.

- Sí, disculpe, ya me voy...

- ¡Por fin nos conocemos! Yo soy Frida, ¿qué pasa, tenés miedo? Vení, acercate que no muerdo...

- ¡No! si, digo...

-¿Te asusta una chica desnuda? ¡Deberías verte, con ese slip a lunares que usás! Vení, vamos a nadar, ¿sí? pero antes sacate ese slip, que no creo que hayas traído uno seco para cambiarte...

 

        El aroma penetrante de un perfume caro interrumpió los recuerdos de Luján.  Karina, la mamá de Frida, miraba fijamente a su hija, como hipnotizada.  Lucía un vestido negro, diseño exclusivo de Elsa Serrano, en costosa seda oriental, que había encargado para una velada de gala en el Colón a realizarse el mes próximo.  Las alhajas, pen-dientes, gargantilla, prendedor y anillos sobre la base de rubíes, eran un juego especial de afamada joyería londi-nense; los zapatos negros eran italianos, a medida para sus piececillos del 43. “Una mujer bien plantada” pensó Luján mientras se retiraba.

 

        Karina Anzorraegui Beltrán, nacida María Luisa, era lo que se dice una sempiterna vidriera.  Desde que se casó de apuro con Ludwig Von Gerstaff, a los dieciocho años, la hija del mozo y la kiosquera pasó a ser la “Señora” del presidente y mayor accionista de los laboratorios Holberg International, gracias a una fiesta a la que su padre la había llevado como ayudante de cocina y ella terminó en el césped del parque con un casi ebrio y aburrido alemán enloquecido por la belleza de esa mujer quince años menor que él.  El romance duró unos meses, los suficientes para embarazarse y aprovecharse del ancestral sentido del honor del magnate.

Cuidó de sus hijos el mínimo imprescindible (9 meses) y apenas los parió los entregó al cuidado de los sirvientes (jamás decía “personal doméstico”) y se dedicó a disfrutar de la vida según su concepto: modas, joyas, viajes, reunio-nes, fiestas y sexo, en ese orden.

 

        Karina quiso evocar algún recuerdo con su hija pero sólo recordó sus vómitos durante el embarazo.  Intentó nuevamente rescatar otra cosa, pero no pudo.  “Ella nunca me quiso” pensó, se sintió defraudada y le echó la culpa.

Volvía a su sillón cuando Luján ocupó nuevamente su lu-gar junto al féretro.

 

        Los pálidos labios de Frida estaban prietos, la “gotita” había arreglado la mueca primera de la muerte, Luján los recordó tibios, rojos, ávidos y abiertos...

 

        El slip quedó sobre el césped y Luján se zambulló tras la muchacha.  El agua estaba fresca y calmó un calor creciente entre sus piernas.  Las luces de la piscina esta-ban encendidas y pudo disfrutar de la desnudez de la joven bajo el agua, quien giraba buscándolo en la super-ficie.  Emergió a su lado, de improviso, ella rió y se sumer-gió en el agua, doblando su cuerpo y regalándole a Luján el espectáculo de sus nalgas.  El muchacho siguió su juego y la persiguió.  Ella parecía disfrutar mostrándose a la luz de los focos subacuáticos en mil y una poses de atrapante sensualidad, hasta que, en un estallido de risas y burbu-jas, salió a la superficie.  Luján la imitó y la encontró rien-do feliz. 

- ¿Cuál es el chiste? - preguntó.

- Vos, machote... -  contestó mientras le abrazaba y pegaba su cuerpo al de él.

Recién allí, al sentir la tibieza de la joven, se dio cuenta de su sexo erguido. Ella también había estado disfrutando del espectáculo.

Con una mezcla de deseo y vergüenza, la besó en la boca mientras acariciaba su espalda y sus nalgas, al responder ella al beso, sus manos se movieron por todo el cuerpo de la muchacha, quien a su vez lo acariciaba.  Se hicieron el amor hasta el amanecer, la primera luz los encontró sobre el fresco verde del césped, agotados y satisfechos.  Él sentía una mezcla de culpa y curiosidad, pero no sabía como preguntar.  Mientras la acariciaba muy suavemente, besando su cuerpo cada tanto, dijo en un susurro: - ¿Por qué yo?

- Porque quise un buen muchacho para mi primera vez - contestó ella y salió corriendo hacia la casona.

 

        Luján acarició la mejilla, ahora helada, de Frida. 

- ¿La amabas mucho, verdad?

Ludwig Von Gerstaff, el padre de Frida, estaba a su lado.

- Casi tanto como Ud., señor.

- Mucho más, muchacho, mucho más...  Al menos intentas-te ayudarla, apartarla de la vida loca que llevaba, le diste tu amor, puro y desinteresado, sembraste ilusiones en ella, la hiciste soñar...

- Pero no alcanzó, no fue suficiente, no hice lo suficiente...

- No te culpes, muchacho, bien sé que el único responsable soy yo.  Ya estoy pagando mi culpa, y la seguiré pagando mientras viva, pese a no poder terminar de pagarla aun-que viva mil vidas…

- Señor, no creo…

- Créelo, muchacho, fue mi culpa, el laboratorio no andaba bien, la piratería… - y continuó explicando.

 

Copias baratas, burdas, de medicamentos que tenían de-trás cientos de millones en investigación y experimenta-ción, se comercializaban por menos de la mitad del precio correspondiente, las drogas producidas en el país por Holberg, que daban trabajo a cientos de familias, eran ingresadas de contrabando, los impuestos que la empresa pagaba puntualmente, eran en su mayor parte evadidos por sus competidores.  Ludwig no tuvo otro remedio que hacer lo mismo.  Sobrefacturación de importaciones, mane-jo de dinero negro, contrabando de drogas bases, salarios con una gran parte no declarada, doble contabilidad, etc.  Para asistirlo en esa tarea, trajo a su hija Frida durante medio día.  Frida estaba en el último año del comercial, y era de su absoluta confianza.  Seis meses después, cuan-do necesitó un estudiante avanzado en el doctorado de química, por recomendación de su hija empleó al hijo del jardinero y casero de su quinta, Luján Alberto Estévez.

 

        Joven e inexperta, Frida se entusiasmó con la tarea, tomándola como un juego, ignorante del tamaño del delito, total, todos lo hacían.  Al padre le pareció una buena idea alquilarle un departamento a nombre de un amigo para instalar allí la “cueva” secreta, como ella gustaba llamarla.  Una computadora de última generación con impresora láser,  scanner y grabadora de CD Rom fueron llevados al departamento cercano a Puerto Madero, además del mobi-liario necesario.  Desde ese día, Frida se mudó y comenzó una nueva vida plena de libertad.

 

        Luján miró las manos.  Ella aún lucía el anillo de plata con tres pequeños rubíes engarzados en triángulo.  Había sido su regalo de inauguración del departamento de la Av. Córdoba, “nuestra cuevita de amor” le había dicho ella, con un brillo de picardía en sus ojos, ahora cerrados por siempre.  No quiso recordar, pero no pudo evitarlo.

 

        Tardó un buen rato en cerrar la boca, después que ella hubo desaparecido tras los pinos, rumbo a la casa.  Tomó el slip que descansaba sobre el pasto, lo miró, “real-mente, estos lunares...” pensó, se lo puso y volvió a su cama.  Su padre estaba preparando el mate, pero se excusó, estaba extenuado. Durmió hasta la hora del al-muerzo, lo despertó el olor al asado en la pequeña parrilla cercana a la ventana de la pieza, bajo la parra del patio.

- ¡Hola, dormilón! - saludó su padre mientras daba vuelta los chorizos.

- Hola, Pá, eso huele bien...

- ¡Buen día, Don Javier, buen día, Profesor Luján! - saludó Frida acercándose - ¿falta mucho? ¡ Estoy muerta de ham-bre!

- Un ratito, m’hija, podés preparar las ensaladas, si que-rés, pero explicame primero eso de “profesor” ¿sí?

- ¡Ah! ¿No le dijo? Esta mañana me dio una clase bárbara sobre química biológica y transmisión de fluidos que me encantó.

- ¡Ja! tengo un hijo profesor...

La cara de Luján tornó al color del vacío que se asaba sobre las brasas...

 

        El romance perduró pese a todo.  Los fines de sema-na, las tardes luego del estudio, las escapadas furtivas a algún departamento de un amigo o amiga, las caminatas por los parques, el dormitorio de ella en la casona.

Cuando el dinero para el estudio estaba cerca de su fin, vino el trabajo en el laboratorio.  Frida no era una santa, varias veces Luján encontraba rastros de otros jóvenes, algún porro, un par de ravioles escondidos en un cajón.  Sin embargo, sentía que Frida lo prefería y su amor hacia ella era tan intenso como la pasión que le despertaba, se decía que pronto dejaría ella de relacionarse con otros, que alguna vez la haría su esposa.

 

        Luján no sabía cómo enfrentarse al Sr. Ludwig, ni qué decirle, para colmo, Frida sólo le había dicho que no se preocupara.

Ludwig Von Gerstaff lo recibió cordialmente.

- ¡Adelante, Profesor! un gusto conocer al hombre que hizo estudiar a mi hija...

Todo comenzó bien y siguió mejor, veía a Frida diariamen-te y almorzaba con ella, su padre lo trataba como un hijo y elogiaba su trabajo,  Luján era feliz.

 

        Terminó el doctorado un día antes del estreno del departamento, a los 24 años.  Llegó a la Av. Córdoba alre-dedor de las ocho de la noche.  Frida lo recibió envuelta en un negligé azul noche, sólo perfume debajo, aceptó el ani-llo como si fuera un solitario con brillante de 30 kilates, pu-so las rosas en un jarroncito con agua (había llevado una docena), tomó un pimpollo rojo oscuro entre los labios y con suave meneo dejó que el leve vestido cayera sobre la al-fombra alrededor de sus pies.  Luján la estrechó en un abrazo interminable mientras la llevaba al dormitorio.  Por suerte, la cena era un buffet froid.

Esa fue la primera de muchas noches de amor en la “cuevita”.

 

- ¡Pobre estúpida! creíste poder con ellos...

La interjección apartó a Luján de los recuerdos.  Germán, el hermano mayor de Frida, estaba junto a él.  Sostenía un vaso grande de whisky con hielo, casi lleno hasta el borde.  Se tambaleaba levemente y su mirada vidriosa denotaba que se había dado un buen “toque” poco antes.

- ¿Qué dijiste? - La mirada de Luján era fría, un destello de furia brillaba en sus ojos.

- No, nada... - Germán se alejó tan rápido como pudo, co-nocía muy bien esa mirada, dolorosamente bien.

 

        Había llegado borracho a la quinta, Frida y Luján estaban al costado de la pileta, tomando una gaseosa.  Ella se levantó y fue a su encuentro, reprochándole su es-tado. Él la apartó bruscamente y mirando a Luján agregó:

- Ninguna putita me va a dar clases de comportamiento...

Luján lo miró.  El golpe en el mentón fue exacto, seco, Ger-mán trastabilló y cayó al agua. Ese día supo que, si no hu-biese sido por su hermana, lo habría enviado al hospital.

 

        El tango que dice “niño bien, pretencioso y engru-pido...” pinta por entero a Germán.  Cree que el poder de la billetera de su padre es suficiente para transformarlo en un elegido.  Petiso y gordo en exceso, de carnes blandas y fofas, piel pálida y mustia, ojillos hundidos entre dos bol-sas de grasa, andar torpe y algo encorvado, era el Quasi-modo de una familia físicamente perfecta.  Pobre de carác-ter y escaso de luces, su único refugio era el poder del dinero, pero la bravura aparente se evaporaba ante el pri-mer tropiezo y brotaba a la superficie su innata cobardía.  Vivía borracho, drogado o ambas cosas, apenas se le veía en el laboratorio pese a ser Director del mismo y para ta-par su impotencia se ufanaba de sus “conquistas” de qui-nientos dólares la noche.

 

        “Creíste poder con ellos...” las palabras del hermano de Frida resonaron como una alarma dentro de su cabeza.  Había visto a Germán dirigirse hacia el parque trasero y resolvió ir a buscarlo.

 

Lo encontró sentado en un banco del fondo, tras unas matas con flores.  Estaba dándose otro saque en su coque-to estuche forrado en terciopelo rojo, especialmente fabri-cado al efecto.

- Germán...

- ¡Eh! ¿Qué?

- Tenemos que hablar, quiero toda, pero toda la verdad...

- ¡No! Yo... no sé, digo... ¿qué cosa?

La corbata de seda bordada con hilos de oro, creación exclusiva de Yves Saint Laurent se arrugó entre las fuertes manos de Luján al apretar el cuello del gordo, un rodillazo en su entrepierna lo hizo gemir y doblarse en dos, la cor-bata seguía apretándole el cuello.   Germán, ahogándose, miró el brillo frío de esos ojos y se puso a temblar, entre sollozos e hipos, le contó todo.

 

        Durante un par de años la cosa funcionó, las finan-zas y la economía del laboratorio mejoraron sensiblemente gracias a las grandes sumas generadas por el contraba-ndo de drogas bases, la evasión impositiva y la sobrefac-turación de importaciones.  La ingente suma de dinero ne-gro generada fue utilizada, en una pequeña parte, en el pago de salarios no declarados y algunos gastos locales.  El resto, fue blanqueado a través de un par de bancos extranjeros.  Pero Germán habló de más a quien no corres-pondía.

 

        El inspector de la DGI conocía todo, la cueva había sido allanada, toda la documentación secuestrada, los ilícitos debidamente probados.  La multa prevista era de varios millones, suficientes para destruir la empresa, y la responsabilidad penal muy importante.  Debido a que Fri-da ya era mayor de 18, ella también sufriría cárcel.

 

- ¿Cuánto? - preguntó Ludwig.

- La forma de solucionar esto no se mide por cuánto, sino por cómo - contestó el inspector

- Mañana reciba al Sr. Raúl Alvarado, a las 9 y conocerá las condiciones del trato.  En caso de acordar con él, como espero, ni el allanamiento, ni la multa ni los cargos ni yo mismo habremos existido, caso contrario, váyanse proban-do Ud. y su familia los trajes a rayas y la miseria econó-mica.  Buenas tardes, Herr Von Gerstaff.

 

        Raúl Alvarado era un hombre de tez morena, pelo y ojos negros, estatura mediana y complexión atlética.  Vestía un traje de impecable corte y lucía una colección de costosos anillos en sus manos.  Su reloj de pulsera era un “Rolex” de oro con pequeños diamantes engarzados alre-dedor de la esfera.

Entró en el lujoso despacho de Ludwig con paso firme y una amplia sonrisa iluminando su cara, sentándose sin pedir permiso, recién saludó

- ¡Buen día, mi amigo!

- ¡No soy su amigo!

- Pero lo será, Ludwig, lo será, estoy seguro que muy pron-to comprenderá, permítame explicarle...

- Explíquese Ud., Sr. Alvarado... por favor.

- ¡Bien, bien! Mi pequeña empresa apenas tiene unos me-ses de iniciada y unos pocos clientes sin mayor impor-tancia.  Como antes me desempeñaba en asuntos de segu-ridad, tengo buenos contactos en el rubro, y el inspector de impuestos que Ud. conoció fue el que me hizo la gestión de inscripción en la DGI.  En el ínterin, su hijo tuvo un grave problema y quedó detenido y acusado... el padre me lo comentó y gracias a mis influencias pude sacarlo limpio en menos de tres días.  El padre me quedó muy agradecido y nos hicimos amigos.  Cuando me comentó hace dos días lo que había pasado con su laboratorio, me interesé viva-mente.  Si mi empresa contara con un cliente de la catego-ría de Holberg, podría crecer en un año lo que normal-mente tardaría cinco o diez.  En concreto, a cambio de ser cliente de Envasegur S.A., yo puedo usar mis influencias y borrar de un plumazo su actual problema, asegurándole además la posibilidad de continuar con su negocio como hasta ahora. ¿Qué le parece?

¿No es acaso una proposición ampliamente ventajosa para Ud., su empresa y familia?

- Y... ¿Cuál sería el costo de sus servicios?

- ¡Una bagatela! Apenas algo más ¿ o tal vez algo menos? de lo que le cuesta el envasado de la mercadería de exportación, que en realidad es nuestro rubro : Envases de seguridad para mercaderías de exportación, que incluye el flete “aside ship” y su respectiva carga en bodega, recep-ción en puerto de destino por una de nuestras asociadas, documentación completa, flete marítimo, seguros varios y entrega en depósito del importador. Ahora, ¿ qué me dice? ¿Eh?

- Pero... ¿ en verdad Ud. pretende sólo hacerme cliente?

- Y amigo, mi querido Ludwig, cliente y amigo...

- Pero... seguramente tendrá Ud. que arreglar con algo al inspector, a... otros, no sé...

- Minucias, pequeñeces que absorberé con gusto....

- No, no, en tal caso, quiero que me diga Ud. cuánto serán esas... tonterías...

- Ludwig, en realidad no más de us$ 10.000, algo para el inspector, algo para un par de policías y un abogado...

- ¿Nada más?

- Solamente eso, mi estimado. ¿Trato hecho?

- Trato hecho, Sr. Alvarado.

- ¡Bravo! Me hace Ud. muy feliz, pero quiero que revise este contrato y me pida cualquier tipo de aclaración que crea necesaria para su tranquilidad.  Por mi parte, tocaré los resortes que se requieren para borrar todo lo actuado contra Ud.  En un par de días tendrá sobre su escritorio los originales de las actas y mandamientos para que pueda quemarlos Ud. mismo.

 

        Dos días después, Ludwig quemaba los papeles originales de la inspección.  Se sintió aliviado, pero algo le decía que no iba a ser así.

 

        El inspector estaba enojado.  Sentado frente al escri-torio de Alvarado, agitaba vivamente el fajo de diez mil dólares que había recibido.

- ¡Diez mil, una propina miserable!  ¡A ese laboratorio le podía haber exprimido fácilmente un cuarto de millón, y me quedo corto!

- Pero mi amigo, Ud. recibe puntualmente una asignación mensual, a veces sin hacer nada...

- ¡Pero esto es especial, algo muy grosso, y Ud. sacará gran provecho de ello, exijo mi cuarto de millón, si no...! 

- Si no... ¿qué mi estimado...?

- Se lo exigiré a Von Gerstaff, con la amenaza de repetir el procedimiento, creo que  eso no sería conveniente para Ud. ¿no cree?

- No, no lo sería... veo que sabe Ud. hacerse respetar, pero comprenderá que no dispongo en forma inmediata de esa suma... tal vez en unos días...

- Pasaré una semana con la familia en mi quinta de Escobar, si le parece bien, a mi vuelta nos veremos. ¿OK?

- Como Ud. disponga, Inspector...

- Vamos, Sr. Alvarado, una discusión de negocios no puede ser la causa del término de nuestra amistad, ¿verdad?

- ¡ Claro que no, mi amigo, claro que no!  Disfrute con los suyos, llévese estos diez mil y a su vuelta le esperará el resto del dinero, vaya tranquilo...

- ¡Bien! Me alegro por su comprensión, buenas tardes, mi amigo.

 

Cuatro días después de la reunión, una pequeña noticia en una página interior de algunos matutinos señalaba la explosión de una garrafa en una quinta de la localidad de Escobar y la lamentable pérdida de un matri-monio y sus dos hijos de siete y nueve años de edad.

 

        Todo resultó a la perfección.  Incluso, Envasegur pro-dujo una buena rebaja en los costos de exportación y el ahorro de tiempo y molestias por papeleo burocrático.  En realidad, el Sr. Alvarado parecía tener “contactos” en muchos lados además del sector de seguridad.

 

        Por sugerencia de Raúl, Frida fue encargada de todos los contactos del laboratorio con la envasadora y despa-chante.  Rápidamente la joven dominó el intrincado y buro-crático mundo de la papelería de exportaciones, transfor-mándose en una asistente eficiente y confiable, el dominio del alemán le permitía comunicarse directamente con la asociada de Envasegur en Alemania, lo cual ahorraba tiempo y dinero a las dos empresas.

 

        Frida miró el reloj al terminar con la tarea en la oficina que utilizaba en Envasegur.  Era tarde para volver a la cueva, Luján la esperaba dentro de una hora en el restaurante. Decidió maquillarse allí e ir directamente, por suerte había ido con el vestido y no de jeans.  Apagó la computadora y la luz de la lámpara, cuando se disponía a ir al baño, Raúl entró en la oficina.      

- ¿Terminaste, muchacha?

- Sí, Sr. Alvarado, me iba...

- No, no, Nada de Sr. Alvarado, Raúl, y tuteame, me hacés sentir viejo...

- Está bien... Raúl.

- ¡Bravo! así me gusta, será hasta mañana...

- Claro, buenas noches...

Raúl salió hacia los depósitos y Frida entró al baño.  Luego de refrescarse y maquillarse, retocarse el pelo y arreglarse el vestido, salió después de cuarenta minutos.  Antes de salir, recordó que no le había entregado a Raúl la copia de la nueva llave de la oficina, que hubo que cambiar debido a la rotura del tambor.

Apurada, entró resueltamente en el depósito.

Le extrañó encontrar las luces apagadas, salvo en el sector del fondo.  Un sexto sentido la alertó.  Cerrando cuidado-samente, se escabulló tras las estanterías hasta tener una visión completa del sector iluminado.  Varios hombres con mascarillas en la boca y nariz, entre los que reconoció a su hermano y a Raúl además de a un par de empleados, pesaban y envasaban un fino polvo blanco en bolsitas de plástico que introducían luego en estuches metálicos y magnéticos los cuales adosaban a las paredes internas de los tambores de drogas medicinales de los laboratorios Holberg.  Sin hacer ruido, volvió a la oficina y encendió la computadora.  Trabajó durante varios minutos y luego hizo dos llamadas, la primera al restaurante para cancelar la cena y la segunda al Departamento Central de Policía.

 

           El Subcomisario Leonardo Mazzini conocía a los Von Gerstaff desde que era Inspector y había participado en un allanamiento a los depósitos del laboratorio debido a una denuncia realizada por un empleado despedido que resul-tó totalmente falsa.  En ese entonces, Frida era una niña de largas trenzas y algunas pecas en sus mejillas.  Luego de comprobada la falsedad de la denuncia, la buena vo-luntad de Mazzini evitó que la noticia llegara a los medios de prensa, evitando así la mala publicidad resultante.  De allí en más, Ludwig requería sus servicios para cualquier custodia especial y le proveía gratuitamente de un costoso fármaco importado que su esposa necesitaba consumir de por vida a causa de una rara enfermedad cardíaca.  Ma-zzini la escuchó atentamente, y de inmediato le dio instruc-ciones precisas:

- Primero y principal, debe Ud. salir de allí.  Espéreme en la confitería “Palermo” enfrente del depósito, vigile por si alguien sale, pero en ese caso no lo siga.  No avise a su padre ni a nadie en la empresa, puede llegar a oídos cóm-plices, yo hablaré luego con el Sr. Ludwig y definiremos la estrategia con sus abogados.

Ahora daré algunas órdenes y pasaré por Ud. en no más de veinte minutos. Deje todo como estaba antes de ir al depósito. ¿Entendido muchacha?

- Sí, Mazzini, ya salgo, lo espero...

- Bien, tenga mucho cuidado.

 

        Media hora más tarde, Mazzini llegaba a la confi-tería.  Cambiaron a una mesa en el fondo del local y pidie-ron dos cafés.

- Esperaremos unos minutos, mis hombres deben tomar sus posiciones en los techos y casas aledañas, cerrar to-das las calles de alrededor para asegurarnos que nadie pueda escapar.  El único problema es su hermano, si no fuera por él, ya habríamos entrado, tenemos la orden de allanamiento desde hace diez minutos, pero no quiero arriesgarme a un tiroteo dentro del depósito.

- ¿Entonces, qué va a hacer? -  preguntó Frida.

- Esperar a que terminen, para evitar que se asusten, luego, entrar con Ud., cuando mis hombres estén prepara-dos, así podré arrestarlos sin disparar un tiro.  ¿Me ayu-dará? no tiene obligación de hacerlo, pero difícilmente me abran la puerta si no se sienten confiados… - llamó al mozo haciendo la típica seña para abonar, atendió una llamada y  luego se dirigió a Frida:

- ¿Qué me dice?

- Está bien – contestó ella

- Listo, vamos. - Dejó un billete sobre la mesa y salieron hacia el depósito.  Frida abrió la puerta y entraron.  Un hi-lo de luz se filtraba por debajo de la puerta de entrada al depósito.  Frida abrió con cuidado, todas las luces estaban encendidas.  Los recibió Raúl, la sonrisa de siempre ador-naba su boca.  Se acercó a ellos, parándose frente a Frida.

- Gracias, Leo - dijo a la vez que una feroz cachetada estallaba sobre la cara de la muchacha, derribándola.

- ¿ Todo seguro? - preguntó al policía.

- Afirmativo.  Sólo habló conmigo, está confirmado.

- Bien.  Gracias otra vez, mañana hablamos...

 

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