La madrastra perversa II
Enviado por Flores el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Transcurrieron  tres años y Jezabel se convirtió en ama y dueña del hogar,
reduciendo a los dos hombres al rol de obedientes inquilinos. Redecoró toda
la casa, cambió los muebles, compró aparatos para hacer gimnasia y construyó
una biblioteca según sus gustos personales de libros. Hernán, su marido,
estaba tan encandilado con las curvas femeninas de Jezabel, que no le
importaba ceder todo su terreno en el campo de las decisiones. En cambio
Ariel, su hijastro, era quien necesitaba tener más control por medio de la
disciplina, por lo cuál debió experimentar, en base a su conocimiento en la
rama de la psicología, técnicas de debilitamiento a su autoestima.
Pero Ariel todavía conservaba en secreto algunas de sus perversiones. Una de
ellas era esconderse en el baño con la ropa interior de su madrastra y
masturbarse con ella. Pero Jezabel, que cada día agudizaba más el control de
vigilancia en la casa, lo descubre en una de sus tantas morbosas prácticas.
En el instante en que la puerta se abre bruscamente, el semen eyaculado cae
sobre la prenda, una diminuta tanga negra. Los ojos enajenados de Jezabel se
clavan en un tibio y semidesnudo Ariel. Hacía tiempo que ella no lo
castigaba corporalmente, y esta tarde estaba dispuesta a ponerse al día. En
el estado en que lo encontró, con los pantalones y los calzoncillos bajados
hasta los tobillos, lo recuesta boca abajo con el vientre apoyado sobre la
tapa del inodoro. De uno de los canastos saca un cinturón y comienza a
enlazarlo entre sus manos.
- Yo te voy a enseñar a respetar las prendas íntimas de la mujer- manifiesta
de forma iracunda.
Comienza a descargar una serie de azotes sobre las desprotegidas nalgas de
Ariel. Uno tras otro, contemplando el enrojecimiento de su piel. Acabado el
castigo, lo hace ponerse de pie, sin otorgarle el permiso de subirse los
pantalones. Levanta la tanga del suelo y la coloca dentro de la pileta.
       -    Ahora la vas a lavar bien hasta que le saques toda la mancha-
ordena Jezabel.
No es tarea sencilla, el semen se impregnó en la tela y Ariel debe fregar
con esfuerzo. Una vez finalizado el trabajo, su madrastra le hace alisar la
tanga y extenderla en el aire, dejando escurrir sus gotas sobre el suelo.
       -   Te vas a quedar así, sosteniendo la tanga hasta que se termine de
secar- sentencia Jezabel.
Pasaron seis horas, en los que Ariel no movió un solo músculo y mantuvo sus
brazos extendidos, hasta que la prenda estuvo seca. Esa misma noche, Jezabel
le comunica la nueva noticia.
        -  A partir de ahora, debajo de tus pantalones, siempre vas a llevar
puesta una bombacha. De esta manera vas empezar a ver la ropa interior
femenina como una vestimenta de protección y no como un objeto de morbo
masculino- expresa Jezabel.
Ariel sabe que es en vano plantearle una discusión y sólo asiente con su
cabeza. Para fortuna de él, su madrastra le compró bombachas holgadas de la
que usan las muchachas excedidas de peso, y no lo obligó a usar esas tangas
de encaje que de seguro le hubieran resultado más incómodas.
Todo transcurrió en su normalidad hasta el día en que se desató la tormenta.
Con el padre de viaje, Jezabel salió con unas amigas y Ariel, aprovechando
la casa se preparó la comida dejando la mesa sucia de alimentos. Lo que
nunca hubiera esperado es que su madrastra regresara tan pronto.
- ¿Qué este chiquero?- exclama al ingresar con sus amigas Laura, Florencia y
Paola.
Ariel, asustado, se levanta de la silla y no atina a hacer nada.
- ¿Te gusta vivir como un perro? Vas a vivir como un perro- desafía Jezabel-
Ponte sobre el suelo en cuatro patas.
Ariel observa a las amigas de Jezabel que lo miran fijamente, soltando una
diabólica sonrisa por lo bajo, y no responde a la orden de su madrastra.
          -     ¿Quieres que vaya a buscar el cinturón?- amenaza Jezabel.
Amedrentado, Ariel se desplaza en el  suelo, sosteniéndose con sus rodillas
y con las palmas de sus manos.
           -     Ahora repite:   "soy un cerdo y me gusta la mugre"- dice
Jezabel en tono jocoso.
Ariel hace su animalada gracia y las cuatro mujeres se echan a reír
inconteniblemente.
- Si le gusta la mugre, que coma del suelo- participa Laura.
Jezabel toma el plato de comida y, ayudada por el tenedor, arroja todo el
alimento en el suelo.
       -     Cómelo todo, cerdito, que no estamos para derrochar alimento-
    Ariel hunde su rostro en el alimento y empieza a comer. Las  mujeres no
dejan de reír, Paola empuja con su bota la comida para que quede concentrada
bajo la nariz de Ariel.
La vejación culmina y Ariel se marcha enfurecido a su habitación. No es la
primera vez que su madrastra lo humillaba, pero nunca lo había echo delante
de sus amigas. Totalmente iracundo, decide vengarse. Se dirige al baño y
rocía la tabla del inodoro con pegamento. Se vuelve a su habitación, apaga
las luces y se tiende en la cama. Comienza a imaginarse a las cuatro
mujeres, una por una, con su trasero pegado al inodoro gritando
desaforadamente mientras las demás intentan despegarla. Se pregunta quién
sería la víctima, y en su interior surge el deseo de que fuera Paola, por
haber pisado su comida aprovechándose de la situación.
Cuando cierra los ojos avecinando el pronto sueño, la puerta se abre
violentamente y se encienden las luces.
- Nos crees tan idiota, infeliz- Jezabel se muestra realmente enfadada-
Levántate y ve al living que ahora sí te la buscaste.
Ariel se levanta y se dirige al living donde lo aguardan las Paola, Laura y
Nadia con sus miradas poco amistosas.
- Desvístete rápido- ordena Jezabel.
Ariel comienza a quitarse la ropa. Cuando se desprende de sus pantalones y
deja ver debajo su bombacha blanca de lunares celestes y bordes
puntilleados, las tres mujeres ríen con complicidad.
- Que se deje la bombachita puesta que le queda tan bonita- dice Nadia,
mientras sonríe
Ariel teme una fuerte azotaína con el instrumento más contundente, pero
Jezabel lo sujeta de los cabellos y a la rastra lo conduce hacia el lavadero
donde lo arroja como una bolsa de ropa y luego cierra la puerta con llave.
El lugar es frío y Ariel, que se encuentra semidesnudo y descalzo se
acurruca tiritando.
Pasaron cuarenta y cinco minutos hasta que Jezabel abrió la puerta y le
ordenó salir. Lo conduce hacia el living donde sus amigas degustan un vino
dulce con masas secas sentadas sobre el sillón, y le ordena quitarse la
bombacha. Sumisamente, Ariel se desnuda frente a las tres mujeres que
dirigen su indiferente y festiva mirada hacia su pene.
- Tu pene te hace juego con tu cara de marmota- dice Paola con gracia.
- El pene no está tan mal. Lo peor son sus bolas caídas- acota Laura
Por detrás de Ariel llega Jezabel con una sábana azul pardusca que
inmediatamente tiende sobre el suelo.
- Acuéstate boca abajo sobre la sábana- dictamina Jezabel.
Ariel se inclina lentamente y siente un fuerte hedor proveniente de la
sábana. Jezabel despliega una vara de madera y le azota el trasero.
- Rápido, que nos tenemos que ir al cine- apura Jezabel.
Al apoyar su cuerpo sobre la sábana, Ariel comprueba que está húmeda, y el
fuerte olor no es más que orina, la mezcla de orina de Jezabel, Laura, Paola
y Nadia. Ariel cierra los ojos e intenta no respirar demasiado. Nadia y
Paola se levantan del sillón y envuelven su torso en la sábana. Jezabel toma
una cuerda y ata el extremo superior en sus brazos. Laura hace lo mismo con
sus piernas.
Todas sonríen alegremente y toman sus abrigos. Se retiran del departamento
apagando la luz dejando a Ariel en el suelo atado como un matambre
 
Escribile un e-mail al autor:
floresdelcerro@hotmail.com

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