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Por la fuerza y por atras |
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Enviado por Walter el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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En varios relatos he hecho hincapié en que, promediando mis diez años de edad, tanto los chicos del barrio como mis compañeros de escuela, me cogían casi a diario e inclusive lo hacían en la vía pública y todo eso además ocurría con el aval de mi propia familia, ya que cada vez que alguien (un vecino o los mismísimos padres de los chicos implicados) venía a casa con algún comentario al respecto, por ejemplo: “Fulanito o menganito lo desnudó a Walter, le manoseó la cola y le metió el pito, en plena calle o en la canchita” (para no decir lisa y llanamente que me había cogido), recibía como respuesta un ligero: “Déjelo, son cosas de chicos, no tiene importancia”, por parte de cualquiera de los miembros de mi familia.
Todo ello, sumado a que yo estaba “provocando” constantemente, por ejemplo vistiéndome con ajustados pantalones cortos, que dejaban al aire parte de mis carnosos “cachetes”, o con femeninas bermudas sin nada debajo (ya que desde muy chiquito mi cola sobresalió nítidamente del resto de mi cuerpo) y exhibiéndome con poses sensuales, hacía que a veces, las personas mayores, me mirasen la parte trasera “con otros ojos” e incluso algunos hasta me dieran un “pellizco” o un ligero “mordisco”; pero siempre me las ingenié para manejar ese tipo de situaciones, muy a pesar de mi corta edad, aunque claro, hubieron algunas excepciones.
Frente a mi casa, vivía un hombre algo hosco y huraño, que no tenía muy buena relación con los vecinos del barrio y sobre todo con los chicos, porque varias veces estos (me incluyo yo también) entraban a su patio trasero (saltando el cerco) para “robar” frutas, debido a que este buen señor contaba con gran cantidad de árboles frutales, entre otras especies de plantas.
Aquel hombre era uno de los que ponía especial atención en mi hermosa “cola de nena” y varias veces lo sorprendí mirándome con total indiscreción, debido también a mi desparpajo y a mi falta total de pudor y de vergüenza, ya que yo tenía por costumbre (por ejemplo y entre otras cosas que hacía para exhibirme), pararme desnudo, de espaldas a la ventana, obviamente para que quien pasase frente a mi casa pudiese observar mis atributos o bajarme el pantaloncito casi hasta la rodilla, estando afuera en el patio, con la excusa de una rápida “meadita”.
Una tarde, yo había saltado al patio de la casa del hombre en cuestión, por la tentación que me dieron las deliciosas manzanas, las jugosas ciruelas, los apetitosos damascos, etc., pero tuve la mala suerte de ser sorprendido por el dueño, quien me agarró de un brazo y comenzó a reprenderme; yo estaba muerto de miedo porque no sabía que podría llegar a hacerme el tipo, pero al parecer, mi “colita” volvió a jugar un papel preponderante y quizás hasta me haya salvado de una paliza.
En forma intempestiva, el hombre dejó de retarme pero sin soltarme el brazo y en un rápido movimiento que no alcancé a advertir, me bajó el pantaloncito y puso su mano en mis “cachetes”; yo intenté “zafar” a toda costa pero me fue imposible por lo fuertemente que me tenía agarrado; el tipo comenzó a toquetearme y a manosearme toda la cola, mientras yo trataba sin éxito de escaparme.
- ¡Quedate quieto!
Me dijo el hombre con voz de enojado y agregó:
- Después de todo vos me estabas robando fruta, así que ahora tenés que dejar que te toque.
Yo me relajé en cierta manera por el cansancio de estar forcejeando en desigualdad de condiciones y el hombre tomó aquello como una forma de consentir, por mi parte, lo que él me estaba haciendo, entonces volvió a exclamar:
- ¡Qué grande la tenés a pesar de ser tan chico! ¡Qué paradita y suavecita!
Y finalizó diciéndome:
- Tenés el culito como el de una chica eh; por eso los chicos del barrio te cogen ¿No es cierto?
Yo lo miré con cara de asombro y él rápidamente me dijo sonriendo socarronamente:
- Yo ya sé que los chicos te cogen y que a vos te gusta, porque varias veces los vi desnudándote y cogiéndote; y además sé que en tu casa no te retan ni te dicen nada.
A todo esto, mi vecino seguía manoseándome y yo intentando salir de esa situación (y de esa casa), hasta que después de un buen rato me soltó aunque ,previamente, me amenazó con que si llegaba a comentar algo al respecto, me acusaría con mis padres y me denunciaría a la policía (algo que hoy en día sería tonto y absurdo, pero que hace treinta años atrás, daba mucho miedo y temor); y, antes de dejarme ir, me dijo que tomase la fruta que quisiese y que, si no volvía a entrar a su patio “a robarle”, él mismo me daría permiso y me dejaría sacar fruta de los árboles.
Después de un breve lapso de tiempo y acordándome de lo que había dicho el hombre, pasé un día frente a su casa y le recordé lo que me había dicho en cuanto al permiso para sacar fruta; el tipo me hizo pasar al patio pero inmediatamente volvió a bajarme el pantalón y a toquetearme la cola.
- Pero si no entré más a robarle...
Dije tratando siempre de zafar y salir de aquella casa, pero mi vecino me replicó enseguida:
- Dale, dejate tocar, si a vos te gusta. Ah, qué hermoso culo que tenés.
Y terminó diciéndome:
- La culpa es tuya por tener un culito tan lindo y andar todo el día mostrándolo, provocando y dejándote coger por los chicos del barrio.
Este último comentario hizo que yo dejase de intentar escapar y el tipo entonces, muy hábilmente, aprovechó la ocasión y me dijo:
- Vos conocés a mi esposa, es muy gorda y tiene el culo muy grande y feo y mis hijos ya están muy crecidos, con sus novios y novias y no se dejarían tocar, en cambio vos tenés una colita preciosa, la mejor del barrio, más linda inclusive que las de una chica y yo nada más te la quiero tocar un poquito.
Yo reflexioné y por un instante me puse en la situación de aquel hombre; su señora efectivamente era una mujer exagerada y desproporcionadamente gorda y el solo hecho de imaginarme ese horrendo culo, me daba una sensación de asco y repulsión; además, todos los halagos y elogios que había dicho de mi hermosa cola, me gustaron y mucho.
Inmediatamente después, una sensación de culpa me invadió por completo y me sentí como obligado a satisfacer a aquel buen hombre, que encima de todo me regalaba toda la fruta que yo quisiese y que lo único que pedía a cambio, era que lo dejase manosearme la cola; así que a partir de aquella vez y con bastante asiduidad, comencé a cruzarme enfrente cada vez que mi vecino se encontraba solo en su casa, para entregarle esa “manzanita” que a él tanto le gustaba.
- Ah, qué lindo, vos no te das una idea de lo que me gusta manosearte ese culito de nena que tenés, tan redondito y tan suavecito... Ah, me vuelve loco.
Exclamaba el hombre mientras me toqueteaba, aunque siempre alerta “por si las moscas”.
Todo transcurría por los carriles aparentemente normales, aunque en más de una ocasión además del manoseo, los besos y las lamidas en “cachetes, zanja y agujero”, el tipo se bajaba el pantalón y me apoyaba su enorme verga, aunque por supuesto sin intentar penetrarme, por temor quizás a lastimarme y tener después “kilombo” en el barrio; pero en cierta oportunidad y cuando yo tenía unos doce años (mi cola crecía a pasos agigantados y se volvía cada vez más femenina), hizo un intento por “violarme” pero yo conseguí escapar y no volví más a entrar a aquella casa, al menos cuando el hombre se encontraba solo (aunque sí seguí exhibiéndome delante de él y provocándolo con mis poses y mi forma de andar).
A mis catorce años, ya hacía uno (a los trece) que había perdido mi virginidad anal; los chicos del barrio seguían cogiéndome pero ya lo hacían “con todas la letras” y cada vez me gustaba más, al punto tal que ya no podía pasar más de dos o tres días “sin tenerla adentro” y fue entonces cuando la idea de que mi vecino de enfrente volviese a toquetearme y a manosearme, comenzó a darme vueltas por la cabeza y si bien había cortado de raíz toda comunicación con aquel hombre, empecé nuevamente con mis exhibiciones; sonrisita va, miradita viene y diferentes poses insinuantes y provocativas, fueron rompiendo el hielo, hasta que cierto día me encontré otra vez en ese mismo patio trasero.
- Pendejo de mierda, me dejaste recaliente y no viniste más; ahora vas a ver como te voy a coger.
Exclamó el tipo después de haberme toqueteado el culo tal y como lo hacía antes y una vez que me tuvo boca abajo, arriba del césped y puso toda su humanidad sobre mí para que yo no pudiese hacer ningún movimiento, se bajó su pantalón y comenzó a hurgar con su impresionante pija a las puertas de mi rosado y tierno “agujero”, hasta que me la puso, me la metió por completo, me penetró hasta el fondo y empezó a “serrucharme”, a “culearme”, a cogerme con todo, fuerte, duro y parejo.
Yo por supuesto pegué un grito porque me hizo ver las estrellas y a punto de ponerme a llorar, le dije:
- Cójame despacio vecino, que me duele mucho.
- ¡Aguantá! Te duele al principio pero después se te va a pasar y vas a ver que lindo.
Me dijo el tipo que no paraba un instante de “pistonear”; yo estaba acostumbrado a los chicos del barrio y a mis compañeros de colegio, todos ellos adolescentes y como tales, me daban dos o tres “bombazos” y acababan, pero mi vecino estuvo casi quince minutos “dándome y dándome”, hasta que, grito mediante, me llenó el tanque.
- ¡Ah! ¡Qué lindo! ¡No sabés cuanto tiempo esperé esto! ¡Hasta soñaba ya con cogerte!
Exclamó el hombre mientras se acomodaba su ropa y dándole un último vistazo a mi cola, me dijo:
- ¡Qué bárbaro! Tenés ya el culo igual al de una mina. Si tuvieras concha serías toda una pendeja y encima puta ¿Te hubiese gustado ser una chica?
Le respondí en forma negativa con un movimiento de cabeza, mientras me subía la bermuda (no tenía calzoncillo) y trataba de recomponerme, ya que me dolía hasta el alma. Una vez en mi casa, fui derecho al baño para ver si no tenía “nada roto” y a pesar del fuerte dolor que aún sentía, no tenía ni siguiera un rasguño, ni una gotita de sangre y aparentemente todo estaba en su lugar; eso sí, estuve casi toda la semana caminando “medio rengo”, poniendo como pretexto que me había caído andando en bicicleta.
Poco tiempo después de aquella “violación a medias”, el tipo, junto con toda su familia, se fue del barrio y nunca más volví a verlo (quizás por eso se había animado a cogerme) y aunque yo nunca escondí ninguna de mis relaciones, esta la mantuve en total anonimato hasta ahora, que me he decidido a hacerla pública (el hombre en cuestión tal vez ya no esté más en este mundo); si bien en los “corrillos” del barrio, algo se sospechaba e inclusive varios chicos me hicieron preguntas y comentarios al respecto, yo siempre lo negué tajantemente.
La reflexión final que surge para mí de todo esto, es que aquel buen vecino solamente respondió a sus instintos, ya que fui yo quien, con mi actitud por demás provocativa sobre todo porque, a sabiendas de que esa hermosa colita no era para nada normal, no solo para un chico de mi edad sino incluso para un “varón”, la exhibía y la mostraba excitando a todo el mundo y así como los chicos hacían uso y abuso de esa “manzanita”, siempre estaba latente la posibilidad de que algún “grande”, cediera ante la tentación, tal y como sucedió finalmente.
“Si te gusta el durazno, bancate también la piel y el carozo”; después de todo y dejando de lado cualquier tipo de hipocresía al respecto, a quien no le hubiese gustado comerse un culito como el que yo tenía en aquel entonces. Por último quisiera que me escriban y me cuenten si han tenido alguna experiencia como esta y de paso que me digan que hubiesen hecho, si hubieran estado en lugar de mi buen vecino de enfrente. |
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Escribile un e-mail al autor: walterculindohache@yahoo.com.ar |
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