-¡Ostias, Víctor!, -le grito-. ¡Ostias, Víctooor!, -chillo aún más fuerte, mirando al cielo de Madrid, aunque nadie se entera, porque todos los que me rodean arman mucho más escándalo y están bebiendo sin parar.
-¡Te juro que si viene un moro a vendernos costo lo mato!, ¡te lo juro, tío!
Pero Víctor no me mira. Está tumbado boca arriba con los ojos cerrados y la cabeza un poco ladeada, con la boca entreabierta. Parece que respira raro, como a saltos. Probablemente esté en coma, después de toda la mierda que se ha tomado y de la botella de Dyc que se ha bebido a palo, porque yo he empujado la botella abierta de Coca-cola a propósito y se ha ido rodando y vaciándose por la colinilla de hierba en la que estamos tirados. El muy gilipollas es todo un machote y se ha bebido el whisky en un cuarto de hora. Me acerco y le susurro al oído:
-Víctor, te voy a hacer una mamada aquí mismo que lo vas a flipar, tío. ¿Me oyes?
Pero ni siquiera abre los ojos. Intento picarle para comprobar si está en coma de verdad o está fingiendo.
-Eres un marica, Víctor. Un maricón de playa. Sólo eres una niña, con sus coletitas y todo. No quieres que te la coma... pues me voy a mi casa, a hacérselo a mi perro, que es más hombre que tú, ¡mariconazo!, ¡nenaza!.
Me levanto y empiezo a andar hacia arriba, hacia un camino de tierra. Cuando estoy llegando me doy la vuelta. Sigue exactamente igual. Vuelvo a bajar, ahora casi segura de que está totalmente indefenso y me siento a la altura de su cabeza. Le empiezo a dar tortas en la mejilla para asegurarme de que no está sólo dormido, primero suavemente, pero cuando veo que no reacciona me excito y le empiezo a dar de ostias. Me tranquilizo un poco y miro a mi alrededor, pero la gente pasa de todo y la oscuridad no deja ver con claridad a más de cinco o seis metros. Abro la mochila y saco un Pilot negro. Me tumbo junto a Víctor y me pongo a pintarle circulitos y espirales en la cara. Entonces, de repente, el Pilot se cuela en su oído sin querer (en realidad no) y empiezo a moverlo, haciéndolo girar con los dedos. Poco a poco se lo voy metiendo más, hasta que llega un momento en el que ya no puedo meterlo suavemente y tengo que empezar a hacer fuerza. Me pone muchísimo ver a Víctor con el Pilot metido en el oído hasta casi la mitad y, dejándoselo ahí, me levanto un poco y me acomodo con las piernas cruzadas aunque bastante abiertas y su cabeza entre ellas.
Me desabrocho el cinturón y los botones del Levi´s y empiezo a masturbarme con la mano derecha, como siempre hago, aunque con la izquierda no controlo bien el movimiento del Pilot y cambio de mano para poder meterle el rotulador en la cabeza con más precisión. Aunque así tampoco estoy cómoda, porque no estoy acostumbrada a hacérmelo con la izquierda.. pero ya no tengo más manos, y aunque esto me jode bastante (básicamente, me jode porque es algo que no puedo cambiar y tengo que aguantarme y tragar con ello) empiezo a frotarme el clítoris y a meterme un dedo y luego dos, mientras empiezo a meterle de verdad el Pilot. Primero me cuesta un poco, aunque al hacer un poco de presión y hacer que gire consigo partir lo que me impedía avanzar y se lo consigo meter hasta lo que deben ser tres cuartos del rotulador. La punta fina de cero cinco milímetros ayuda bastante a penetrarle las membranas, o lo que sean, que me voy encontrando según lo introduzco. Sin embargo no consigo concentrarme haciéndomelo con la izquierda y vuelvo a dejarle el Pilot metido mientras intento correrme de una vez, frotándome ahora con la derecha, concentrándome en Víctor y en el Pilot negro, pensando en que tiene un rotulador de punta fina atravesándole la cabeza. Aunque tardo un rato, porque empieza a hacer frío y se me están durmiendo las piernas de tenerlas cruzadas, consigo correrme. Me abrocho el pantalón y el cinturón y me levanto para desentumecerme y ponerme un jersey que llevo en la bolsa. Me arrodillo y me quedo mirándole. Le acaricio el pelo y la cara, y entonces cierro la mano y le clavo el Pilot a golpes, hasta el fondo, como si el rotulador fuera un clavo y mi puño fuera un martillo. Pero el muy cabrón empieza a sangrar por todas partes, por la boca, por el oído y sobre todo por la nariz, que le sangra a chorros. Y además empieza a temblarle todo el cuerpo, no mucho, no como los ataques de epilepsia de las películas, pero si de un modo muy desagradable. Me pongo de pie para que no me salpique la sangre en la ropa, con la mandíbula apretada como si estuviera rabiosa, y con los puños también muy apretados, mirando la sangre y las contracciones de todo su cuerpo. Después de un rato, los espasmos se van ralentizando, y en menos de diez minutos sólo le queda un leve temblor. Me acerco y con las uñas le intento sacar el Pilot, aunque así no puedo y termino sacándoselo con ayuda de unas tijeras que llevo en la mochila. Lo envuelvo en medio folio para que no manche y me lo meto en el bolsillo. Echo una ojeada para ver si me dejo algo y me voy a casa en metro. Cuando me bajo en Cuatro Caminos me acuerdo de que todavía lo llevo y lo tiro en una papelera en el mismo andén.
Al llegar a casa me ducho, me pongo un pijama y doy las buenas noches a todos, que todavía están viendo la película, casi avergonzándome internamente de llegar un viernes antes de las doce. Mi hermano pequeño ha pedido una pizza y luego se ha dejado más de la mitad. Seguro que el mamonazo ha llorado para que le dejaran llamar al Telepizza, para luego dejársela casi entera, el muy gilipollas. Como si lo estuviera viendo:"..¡Déjame llamar!, ¡déjame llamar!, ¡venga, papá! ¡que hace mucho que no nos pedimos una!, ¡venga, jó!, ¡déjame llamar!...".. Y luego el niñato mimado se deja tres cuartos de la pizza, porque además, si la pide, tiene que ser una familiar.
Meto dos o tres pedazos de pizza fría en el microondas y cierro los ojos. Me intento relajar, porque no quiero decirle nada esta noche a mi hermano. Prefiero meterme con él cuando sepa con seguridad que solamente me voy a meter con él. Cojo un vaso de agua y la pizza y me voy a mi cuarto. Le dejo una nota a mi madre en la mesa de la cocina para que mañana, cuando baje a por el pan y el periódico se pase también por la papelería y me pille unos cuantos Pilots, o Bics o lo que tengan para escribir, mientras sea de tinta negra. Dejo el agua y el plato en mi mesa de estudio y me tumbo en la cama. Aunque empiezo a comérmela, igual que a mi hermano, se me pasan las ganas en un momento y tiro los tres pedazos de pizza por la ventana, porque no me apetece volver a la cocina y, si lo dejo aquí, por la mañana toda la habitación apestará a extra de mozzarella y a extra de chili y a extra de ternera. Apago la luz y me asomo para ver dónde han caído los trozos. Me quedo un rato asomada, fumándome un Fortuna y mirando las estrellas, mirando al cielo, espiando a los vecinos y oyendo las televisiones de las casas. Cuando me acabo el cigarrillo tiro también el agua del vaso, intentando que rebote en las ventanas de los cinco pisos que hay debajo del mío, cierro la ventana y bajo la persiana. Luego me meto en la cama, cansadísima y flipando porque todavía no sean ni las doce y media.