La mujer de mi vecino
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Vivo en un bloque de pisos donde habitamos cuatro matrimonios. Es una
comunidad donde todos nos llevamos bien, pero, en especial, el matrimonio que
vive enfrente nuestro y nosotros. Nos conocemos desde apenas hace dos meses,
pero siempre salimos juntos los fines de semana, y algunos días de diario. Él
y yo, además, somos compañeros de trabajo, pero he de reconocer que me llevo
mejor con su mujer.


Es una chicha simpática, de unos 30 años, delgada, con pecho más bien
pequeño, pero de cintura para abajo, el cuerpo mejora, ya que tiene un culo
firme y apretado, y unas piernas como a mí me gustan, largas y macizas. La
verdad es que, entre ella y yo, nos encargamos de amenizar las veladas de los
cuatro cuando salimos por ahí, contando cosas graciosas y metiéndonos con todo
el mundo. Su nombre es Eva, y el de su marido Emilio. El de mi mujer es Mari, y
el mío Fran.


Sé que ella me gusta, nunca he intentado nada, porque la tengo como una de
tantas mujeres que me gustan, sólo para eso, para mirarlas y contemplarlas. Yo
no sé si a ella le gustaré, pero la verdad es que nos llevamos muy bien, y no
hay día que no entre en mi piso a decirle algo a mi mujer.


Muchas veces, cuando ella entra, estoy yo en un cuarto aparte, haciendo cosas
con el ordenador. Ella, cuando no me ve en el salón, siempre pregunta a mi
mujer por mí, y entra, hasta el cuarto del ordenador, para ver lo que estoy
haciendo. Miramos juntos páginas de Internet, comentamos cosas, y yo cuando la
tengo cerca, intento poner mi brazo de tal manera que, con mi codo, pueda tocar
alguna parte de su cuerpo. Yo siempre estoy sentado y ella detrás de mí, de
pie. Cuando quiere escribir algo, tiene que hacerlo sobre mí, y yo noto cómo
apoya sus tetas sobre mis hombros.


También noto, cómo cuando estamos sentados, y estamos hablando los cuatro,
que ella si está a mi lado, y cada vez que me dirige la palabra, pone la mano
sobre mi pierna, como el que no quiere la cosa. Además, muchas veces, cuando su
marido trabaja en un turno diferente al mío, a mí me gusta invitarla para que
tome café en mi piso, con mi mujer y conmigo, y así pasar la tarde hablando de
nuestras cosas.


Me gusta siempre sacar conversaciones sobre ropa interior, o temas parecidos
que me pongan cachondo, para así poder saber algo más de sus intimidades. Un día
por ejemplo, le dije que a mi mujer le había comprado un tanga color morado, y
ella empezó a contarnos que ella tenía muchos, de varios colores. Pero que
normalmente se los ponía en verano, y cuando iba a fiestas. Le gustaba vestir
bien por dentro tanto como por fuera. Así, que yo me imaginaba que cada vez que
salíamos a dar una vuelta, y ella iba vestida elegantemente, seguro que llevaría
debajo lencería bonita y erótica.


Otro día, Eva, vino a mi casa para ayudarle a mi mujer a depilarse las
piernas. Yo estaba en el sofá viendo la tele, y ellas a lo suyo. Mi vecina se
probaba a menudo la maquinilla en sus piernas y para ello se subía el pantalón
del chándal hasta las rodillas. Yo le miraba las piernas, intentando imaginarme
el total de las mismas, y sobre todo su parte alta. En unas de las veces ella me
dijo:


- Fran, toca mis gemelos y verás cómo deja esta maquinilla las piernas de
suave".. -


Yo le toqué la parte de la pantorrilla y noté que tenía las carnes de la
pierna muy blandas.


- Tienes las pantorrillas flácidas, ¿eh? - le dije yo.


- Sí, la verdad es que no estoy muy contenta con mis piernas. Son muy gordas
y poco prietas- me contestó.


- No creo que sea así. Además, a algunos hombres les gustan las piernas
como las tuyas.


La verdad es que ella se veía unas piernas muy feas, pero yo creo que no
estaban nada mal. Me ponía cachondo ese tipo de piernas, macizas, sin llegar a
ser gordas y flácidas. Subí la mano hasta sus muslos, eso sí, por encima del
chándal, para comprobar si por aquella zona eran iguales.


- No, por aquí arriba las tengo algo más duras- me dijo Eva.


Era verdad, yo lo único que quería era tocarle las piernas como fuera.


En otra de las reuniones, que tuvimos los cuatro en mi piso, ella y su marido
nos enseñaron unos vídeos que habían grabado en unas vacaciones. Eva tenía
el mando a distancia y, siempre que salía ella, paraba la imagen y la
rebobinaba para que la viéramos otra vez.


- Mirad, veis, aquí estamos en la playa de Torrevieja, - ella aparecía en
bikini en la pantalla, - ves Fran, cómo mi cara engaña, parezco delgada
vestida, pero mira que cuerpo tengo de cintura para abajo. - me dijo dirigiéndose
a mí.


Estaba delgada de cintura para arriba, como he dicho, pero, de cintura para
abajo, estaba maciza, no gorda como ella se creía. Además, su culo era firme y
enhiesto.


Salía otra imagen, vestida con un traje de chaqueta. La paraba y rebobinaba
para que la viésemos mejor. La verdad es que estaba muy elegante.


Cierto día, quedamos los cuatro para ir a la capital de la provincia, a
comprar algunas cosas. Nos fuimos en mi coche. Cuando ellos salieron, pude ver a
Eva vestida con una chaqueta gris, una camisa de color fucsia y una falda hasta
las rodillas color gris, a juego con la chaqueta, y una raja en un lateral.
Llevaba puestas unas medias negras, que simulaban un dibujo de red, y calzaba
unos zapatos negros, con un tacón de tamaño mediano.


Eva se sentó en el asiento trasero detrás de mí, y su marido Emilio, detrás
de mi mujer. Cuando llegamos a la capital, y cada vez que nos bajábamos, todos
salíamos del coche, y la última en hacerlo era Eva. Yo miraba a través de la
ventanilla, y entonces ella procedía a bajarse del vehículo, y al hacerlo, podía
ver por la raja que llevaba en la falda, gran parte de sus piernas cubiertas por
aquellas medias que me ponían a cien. Como tuvimos que hacer varias gestiones,
fueron muchas las veces que nos subimos y bajamos al coche. Todas las veces que
nos bajábamos se repetía la situación. Yo, como ya lo sabía, me bajaba
extremadamente rápido, para adelantarme a ella, pero siempre era igual, aunque
me bajara despacio, ella permanecía un rato en el coche, hasta que a mí me veía
de pie, junto a su ventanilla. Yo notaba que cada vez eran más exagerados sus
movimientos, y cada vez podía alcanzar a ver más parte de su pierna. Claro que
todo esto puede ser que sólo estuviera en mi mente, a mí me gustaba pensar que
ella lo hacía adrede, pero la realidad era que tan sólo era casualidad.


A la hora de comer, nos fuimos al McDonalds. Emilio entró en el servicio, y
Eva se quedó con nosotros. Ella le estaba contando a mi mujer algo sobre la
ropa que llevaba puesta, así que como a mí me interesaban esos comentarios me
uní a la conversación.


- ¿Has visto Fran, qué medias más chulas llevo? - me dijo al verme
interesado.


- Claro, están guapas, esas son de las que a mí me gustan. Con dibujos
grabados en forma de red fina.


- No son grabadas - me dijo, mirando a mi mujer. - Es que llevo puestas dos
medias. Me puse las de red primero, pero creí que iba a pasar frío y me puse
un panty negro encima.


Esta revelación, unido a que se subió la falda por encima de las rodillas,
para dejarme ver mejor las medias, me puso bastante cachondo. Me gustan mucho
las medias de las mujeres, y la verdad es que éstas, en sus piernas, eran
preciosas. Miré el trozo de pierna que hay por encima de las rodillas que me
mostró. No estaba yo acostumbrado a ver esta parte del cuerpo, ya que casi
siempre, lo máximo que le veía era hasta las rodillas, ya que imperaba la moda
de las faldas largas.


Comimos y decidimos ir al cine. Yo caminaba detrás con mi mujer, y delante
iba Eva y su marido. No podía evitar fijarme en ese culo prieto, que había
debajo de la falda, y que se movía insinuante a cada paso que ella daba. Entré
el último en la sala, y no sé cómo se las apañaron, pero, de los cuatro
asientos que cogimos, los dos centrales nos tocaron a Eva y a mí. La película
estaba interesante, pero era larga. Llegado a un momento de ésta, Eva, se ve
que estaba incómoda, subió sus piernas para quedarse sentada sobre ellas, de
manera que sus rodillas tocaban mi mano, que estaba apoyada inocentemente en el
brazo común de su sillón y el mío. No puede seguir el resto de la película,
sólo me concentraba en los dedos de mi mano izquierda, que estaban en contacto
con sus rodillas. Miré hacia abajo, y con la claridad que daba la imagen en la
pantalla, pude apreciar que la falda se le había subido un poco al adoptar
aquella postura. Las medias de red, a la altura de la rodilla estaban muy
estiradas. Notaba claramente en mis dedos, el suave tacto de los panty, y las
ondulaciones de las medias de red que llevaba debajo. Tuve otra intensa erección,
otra de tantas que había tenido aquella tarde.


Cuando salimos del cine, ya había oscurecido. Íbamos, mi mujer y yo,
comentando la película, y escuchaba a Eva decirnos a todos desde atrás:


- Joder, qué punto, ahora tengo calor en las piernas con tantas medias. -


Cuando nos íbamos a subir al coche, Eva se metió esta vez por la puerta
contraria, de manera que quedó sentada en el asiento posterior al de mi mujer.
Le dijo a su marido:


- Es igual, ahora cuando salgamos a la carretera me subo la falda. Con la
oscuridad no se me ve nada. -


Salimos, y yo sentí, cómo cuando estábamos ya en la oscuridad, Eva se subía
la falda. El ruido que ésta hacía, al rozarse con las medias, era
inconfundible. También escuché empezar a respirar profundamente a su marido,
por lo que deduje que se estaba quedando dormido. Empecé a pensar en todo ello,
y no me podía concentrar en la conducción. Estaba deseando de pasar por algún
pueblo, donde hubiera luz, y mirar hacia ella, para ver sus piernas. Sabía que
llevaba la falda recogida del todo.


Después de varios kilómetros, por fin avisté un pueblo. Miré a mi mujer,
que viajaba a mi lado y dormitaba, mientras escuchábamos la radio. Emilio también
parecía estar completamente dormido. Al llegar a la travesía se iluminó algo
más el interior del coche, y yo, sin cortarme un pelo, giré la cabeza un poco
hacia mi vecina Eva, simulando comprobar si también dormía. Ella iba mirando
por la ventanilla, callada. Aproveché para bajar la vista, y pude ver, todavía
algo en sombras, las piernas de Eva descubiertas hasta medio muslo. En ese
momento, ella también giró la cabeza, y nuestras miradas se encontraron. Yo, rápidamente,
volví la cabeza hacia la carretera algo decepcionado. Me había imaginado que
llevaría la falda subida hasta arriba, del todo, iba todo el camino imaginándome
el panorama que tenía detrás de mí, y cuando por fin puedo comprobarlo, veo
que tan sólo lleva al descubierto medio muslo.


Hice el resto del camino hasta el pueblo con un sabor agridulce. Desde que la
conocí, no hago nada más que pensar en cosas que no son, que sólo están en
mi cabeza. A cada gesto que ella hace, me creo que se me está insinuando, y que
todo lo que hace tiene una intención oculta. La lástima es que eso sólo está
en mi cabeza.


Al llegar al pueblo, Emilio se despertó. Me dijo que lo dejara en la oficina
donde trabajamos, a pesar de que eran casi las nueve de la noche. Emilio quiere
ascender de puesto y sé que lleva varias semanas trabajando en un proyecto, al
que se dedica fuera de horas. Varios son los días que terminamos en la oficina,
cuando tenemos turno de tarde, y me tengo que volver solo a casa, porque él
prefiere quedarse un par de horas más.


- No te preocupes por mí, que ya cenaré un bocadillo en el bar de al lado,
tardaré un par de horas. Tengo que terminar el trabajo esta semana, y voy muy
retrasado - dijo Emilio a su mujer.


- No pasa nada cariño, yo te esperaré levantada. Si quieres, te espero para
cenar juntos.


- No, cena tú. Creo que hoy llegaré un poco tarde a casa.


Mientras Eva hablaba con su marido, que ya estaba abajo, de pie junto a su
ventanilla, yo aproveché para volver a mirarle las piernas. Mientras hablaba
con él, ella se estaba bajando la falda hasta las rodillas. Volví a sentir el
roce de la falda con las medias, y ya sólo podía ver lo poco que me enseñaba
la raja lateral de la falda.


Llegamos a casa, y aparqué el coche cerca de la puerta. Mi mujer y yo sólo
habíamos comprado algunas cosas, pero Eva y Emilio habían hecho la compra para
el mes, y llevaban el maletero de mi coche hasta arriba de bolsas.


- Ayuda a Eva a meter las cosas dentro - me dijo mi mujer, viendo que Eva no
podía con una caja de leche.- Yo mientras me voy a duchar, y voy a ir haciendo
la cena.


Cogí la caja de leche y la llevé dentro del piso de Eva. Ella iba delante
de mí, con cuatro bolsas cargadas hasta el tope. Las dejó bruscamente en el
pasillo, y se dispuso a entrar en su dormitorio.


- Deja la caja en la cocina, por favor, Fran- me dijo ella.


Al dejar la leche donde me había dejado, y al volver a salir de la cocina
para ir al coche a por más bolsas, pasé por la puerta de su dormitorio. Miré
disimuladamente a través de la puerta que estaba entreabierta, y pude ver a mi
vecina de espaldas con la falda subida, de tal manera que sólo tapaba su
potente culo, bajándose los panty. Observé un segundo más la operación, y
observé que, debajo de dichos panty, llevaba unas medias de red, que le
llegaban hasta la parte alta del muslo. Antes de que se volviese y me viera, salí
otra vez hasta el coche, pensando en esas macizas piernas que acababa de ver,
adornadas con esas medias de red que me estaban poniendo tan cachondo durante
toda la tarde.


Cuando volví a entrar otra vez con más bolsas, vi a mi vecina, que llevaba
los panty en la mano, cruzando el pasillo que conducía hasta la cocina para
entrar en el cuarto de baño, que estaba enfrente de su dormitorio, y meterlos
en un armario que tenía allí, donde guardaba parte de su ropa interior. Como
no sabía dónde poner las lechugas que ella había comprado, entré en el
cuarto de baño para preguntarle dónde ella las guardaba.


- ¡ No, entres, qué estoy meando! - me dijo cuando ya me encontraba en el
interior. Salí rápidamente golpeado por aquellas voces, pero se me quedó
grabada en la retina aquella imagen. Eva estaba sentada en el water, con la
falda subida del todo, ahora sí que la tenía subida, y no como en el coche, y
las bragas las tenía en los tobillos. Pese a aquella postura, no pude alcanzar
a verle el coño, porque lo tapaba con la falda, pero poco me faltó. Yo seguí
metiendo bolsas en su cocina, y pasé varias veces más por la puerta del cuarto
de baño, pero ésta ya estaba cerrada.


Cuando ella salió, noté que en su cara había cierto aire avergonzado.


- ¿Me has visto algo? - me dijo en cuanto llegó a la cocina donde yo estaba
guardando algunas cosas.


- No te he visto nada. ¿No ves que ha sido muy poco tiempo?. Es que no me
imaginaba que estuvieras meando, como tenías la puerta entreabierta.


- No pasa nada. No cierro la puerta porque no me importa que me vean desnuda,
pero, que alguien me vea meando, no me había pasado nunca, y me he asustado. -
me dijo ella.


- ¿Qué pasa, que ya te había visto alguien desnuda alguna vez por
casualidad? -le pregunté.


- Bueno, algunas veces ha coincidido que ha venido visita, y yo me he estado
duchando, y al ir los amigos de mi marido con él a la cocina, a tomar unas
cervezas, yo he tenido la puerta entreabierta, y me han visto a medio vestir.


Ella me contaba esto mientras se agachaba a colocar las cosas en los muebles
de abajo. Yo la miraba a ella, desde esa posición cenital, y me imaginaba que
ésa es la imagen que tendría de ella si me la estuviera mamando.


- La verdad es que tú llevas toda la tarde intentando verme algo, y por fin
lo has conseguido - me soltó Eva, de sopetón, mientras se dirigía al salón a
coger más bolsas. - ¿Crees que no he notado como te bajabas del coche, rápidamente,
para ver mis piernas mientras yo me bajaba?


- ¿Yo?. Pero si eras tú la que te quedabas la última para bajar. - le
contesté mientras iba detrás de ella


Ella siguió hablando, ignorando lo que yo acababa de decir.


- Si lo que quieres es ver esto, sólo tienes que pedírmelo. - acto seguido,
se sentó en el sofá y se subió la falda hasta la cintura, mostrándome sus
largas piernas, vestidas con sus medias de red, y sus bragas negras
semitransparentes, con dibujitos, que dejaba intuir su vello púbico.


Yo quedé atónito ante aquella escena. Pero duró poco. Rápidamente volvió
a bajarse la falda.


- ¿Ya? - pregunté yo deseoso de poder seguir contemplándola.


- Ya te he dicho que si quieres verlo, me lo tienes que pedir.


- Por favor, súbete la falda otra vez.


- ¿Por qué?- preguntó ella sonriente.


- Porque quiero ver tus maravillosas piernas y tus excitantes bragas- le dije
decidido.


Ella, sonriente, se volvió a subir la falda y mostró nuevamente sus bragas.


-¿ Te gusta lo que ves?


- Me encanta. Tienes unas piernas que me vuelven loco. Me excitas mucho. - y,
sin poder aguantarme más, me arrodillé y puse mi mano en su muslo, sobre
aquellas medias de red. Ella pareció incomodarse y se retiró un poco. Me sujetó
mis manos por las muñecas y me dijo:


- ¡ Oye, que te doy la mano y te tomas el brazo!. Yo sólo te he dicho que
puedes mirar, pero no tocar.


Pero ya era tarde para ella, yo estaba verdaderamente excitado y no podía más.
Deshaciéndome de su presa, le cogí las piernas por las pantorrillas y se las
separé, mientras la terminaba de tumbar en el sofá. Ella empezó a resistirse
y a forcejear. En esa postura, le pude ver mejor la entrepierna, y, decidido,
aparté las bragas a un lado para poder ver su almeja. La tenía rasurada en la
zona de los labios, lo que a mí me terminó de enloquecer.


- No, Fran, yo no quería ponerte así. Simplemente quería que miraras mi
cuerpo, que me dijeras si te gustaba, pero esto no lo podemos hacer, los dos
estamos casados. - suplicaba ella mientras intentaba zafarse de mí.


- Ya es tarde Eva. Yo no me puedo contener, tienes un cuerpo irresistible.


A pesar de sus forcejeos, logré meter un dedo en su coño, y fue como si se
hubiera paralizado de golpe. Cesó en su forcejeo y comenzó a calmarse.


- ¿Te gusta esto verdad?- le pregunté yo.


- Sí, Fran, claro que me gusta. Pero no debemos hacerlo.


- Entonces dime que pare. - le dije inquisitivo, a lo que ella contestó:


- ¡ Méteme el dedo hasta lo más profundo de mi coñooo!.


La había convencido, y se estaba empezando a excitar, igual que yo. Noté cómo,
poco a poco, su coño se iba mojando.


- Vamos a la cama. Quiero follar contigo en la cama de mi marido. - me sugirió
ella. Los dos nos levantamos y fuimos, entre achuchones y roces, a su
dormitorio.


Allí, ella comenzó a desnudarme. Me quitó salvajemente la camisa y me bajó
los pantalones. Quedé en calzoncillos. Después, ella comenzó a desabrocharse
la camisa. Se la quitó y dejó al aire un hermoso sujetador negro de encaje. Su
pecho no era abundante, pero era muy bonito. Localicé la cremallera de su falda
y se la bajé. A continuación, ésta calló por su propia inercia, y allí quedó
su cuerpo semidesnudo: en sujetador y bragas negras, y con las medias de red
hasta la parte alta del muslo. La giré para contemplarla por detrás y vi, con
fascinación, que no eran unas bragas lo que llevaba, sino un tanga, que se le
metía entre las dos piernas insinuantemente. La apreté contra mí, y mi polla
tiesa, a través de mis calzoncillos, le metió la tirilla del tanga un poco en
el interior de su hermoso culo.


Se zafó un poco de mí, y se desabrochó el sujetador. Quedaron sus tetas al
aire, ni pequeñas ni grandes, pero con un pezón muy oscuro y una areola grande
para el tamaño de aquellos senos. Se terminó bajando el tanga, y pude ver que
llevaba el coño rasurado al cero, a excepción de una pequeña mancha de pelo,
que se había dejado en la parte superior de su raja.


Se acercó a mí y me quitó los calzoncillos. Se puso de rodillas, delante
de mí, y comenzó a chupar suavemente el largo de mi polla, recorriendo, con la
punta de su lengua, la vena gruesa que tengo en ella. Yo, mirándola desde
aquella postura, me acordé de cuando minutos antes estaba casi en aquella
postura en la cocina, pero vestida. Las mamadas cada vez eran más exageradas, y
comenzó a succionar mi capullo. Al rato ya se la metía entera, y se la sacaba
rítmicamente para volver a engullirla entera. El placer era máximo. Nadie me
la había comido como me la estaba comiendo ella. Todo ello, se unía a la tensión
que teníamos, al pensar que su marido podía venir de un momento a otro, y mi
mujer, pronto vendría preguntando por mí para la cena.


Ella se levantó y se inclinó sobre la cama, apoyando sus manos en el filo
de ésta. En esa postura me mostraba su gran concha, ya roja y mojada, y su
hermoso culo. Yo me agaché detrás de ella, y comencé a pasarle la lengua a lo
largo de toda su raja, parándome algo más en su clítoris, porque notaba que
al llegar a éste, Eva se estremecía y gemía más profundamente, debido al
placer que le proporcionaba. Mi lengua fue hasta su culo, y volvió a su coño,
internándome, esta vez, todo lo que pude en su vagina. No me pude resistir y le
di un bocado en los labios del coño.


- ¡Ah!. Me haces daño. - y diciendo esto se levantó y se tumbó sobre la
cama, con las piernas abiertas, las medias puestas, y los zapatos de tacón
pisando la colcha.


- Aquí tienes mi coño. Quiero que me metas esa polla lo más profundo que
puedas. Quiero que me desgarres el coño.


Esas palabras hacían gran efecto en mi. Mi polla estaba dura como una
piedra, pero todavía quería disfrutar un poco más de ella antes de metérsela.
Le cogí un pie, y pasé la punta de mi capullo por todo el zapato, que quedó
manchado con las gotitas de semen que yo tenía allí. Fui subiendo mi polla por
sus pantorrillas y la parte de atrás de las rodillas, notando cómo el capullo
se enterraba en las carnes tiernas de sus piernas. Seguí por la cara interna de
su muslo, y noté cómo ella llegaba a un estado de excitación muy alto, ya que
su cuerpo percibía cómo mi polla se dirigía poco a poco a la zona donde más
placer le iba a dar, y se contraía conforme yo me iba acercando a su vagina.
Pasé muy cerca de ésta, por la ingle, pero pasé de largo. Dirigí mi capullo
al poco vello que tenía y se lo acaricié con él. Seguí subiendo mi polla
hasta sus tetas, y la froté con sus duros pezones. Subí por el hueco, entre
sus dos tetas, y pasé por el cuello, hasta llegar a su boca, donde ella se la
volvió a tragar entera. Su lengua estaba frenética, no paraba de chuparme el
capullo.


- Métemela ahora, por favor, no aguanto más. Necesito que me penetres ya,
porque mi coño arde en deseo de acoger a tu polla. Hace mucho tiempo que no me
meto nada que no sea la polla de Emilio y, en este momento, necesito la tuya. -
dijo, en un desesperado intento de pronunciar palabra. Yo apenas la pude
entender, debido a que gemía y suspiraba muy rápido, y sus palabras se perdían
en su garganta.


Inicié el camino de vuelta, por entre sus tetas, y me dirigí de nuevo a sus
muslos, al elástico de sus medias, y desde aquí, la agarré bien por sus
nalgas, dejando bien abierta su concha, que no paraba de palpitar, y coloqué la
punta de mi polla en los labios de su coño. Ella lanzó un pequeño gemido de
placer, y no pudiendo esperar más, apretó su pelvis hasta mí y se clavó la
polla entera hasta los cojones. Lanzó un grito desgarrador, que temí oyeran
los vecinos, entre ellos mi mujer. Comencé a sacarla y a meterla sin parar, y
ella me acompañaba con su cuerpo. Me puso las piernas sobre mis hombros, y yo,
a la vez que la penetraba, iba sobando esas piernas, y esas medias, que me habían
tenido obsesionado toda la tarde.


- ¡Ah, Fran, así, jódeme más deprisa, ah, qué gusto, hacía tiempo que
no sentía así. ¡Ah!, ¡no pares ahora, que estoy a punto de correrme! -, sus
gritos eran fortísimos. No había visto a nadie gritar así mientras la jodían.
Se le veía que estaba gozando como nunca. Llegó a su primer orgasmo y abrió más
sus piernas, clavó sus uñas en mi culo, y ayudó con sus brazos a que las
embestidas pélvicas fueran más brutales. Su coño emanaba líquidos en gran
cantidad. Llegué a pensar que me había corrido sin darme cuenta. Cuando hubo
pasado su éxtasis, se retiró sacando mi polla de su coño y me puso boca
arriba.


- Ahora, te voy a hacer que te corras en treinta segundos, voy a cabalgar
encima tuya como tu mujer no lo hará en la vida. Mi marido está a punto de
venir, y no nos podemos entretener más, ¡so cabrón!, vas a hacer que me
divorcie.


Se montó a horcajadas sobre mí y se metió la polla entera otra vez. Comenzó
a follarme salvajemente, no tenía fin, no se cansaba.


- Vamos, Fran, córrete, que tenemos que irnos. Mi marido está al venir, nos
va a pillar. Venga, concéntrate y mira como saltan mis tetas, vamos, ah, me voy
a correr yo por segunda vez.


La verdad es que no hacía falta que me concentrara. A duras penas había
aguantado hasta ese punto, y estaba deseando de correrme, pero quería disfrutar
de ese momento toda la vida, porque no sabía si se repetiría alguna vez. La
velocidad que ella había imprimido a sus sacudidas era irresistible, no aguanté
más y me corrí, a la vez que ella alcanzaba su segundo orgasmo, en menos de
dos minutos. Llené de leche su coño, mientras ella gritaba sin parar y saltaba
sobre mi polla, metiéndosela y sacándosela, sin parar. Pese a haberme corrido,
mi erección seguía todavía como al principio, y ella se dio cuenta de que yo
estaba insaciable esa noche. Poco a poco, fue parando el ritmo, hasta que se la
sacó. Se dio la vuelta para chupármela y yo aproveché para atraer hacia mí
su coño, e hicimos un maravilloso 69 para limpiarnos nuestros sexos mutuamente.


Cuando terminamos, ella quedó tumbada en la cama casi sin aliento.


- Rápido, recoge tu ropa y vístete, que como yo siga viendo esa polla tiesa
que todavía tienes, voy a cometer una locura y voy a volver a follarte, aunque
mi marido entre por esa puerta.


Yo me vestí, mientras ella se quitaba, por fin sus zapatos de tacón, y sus
medias de red, quedándose como su madre la trajo al mundo. Su cuerpo era
precioso, lo contemplé estando yo ya vestido, desde la puerta de su dormitorio.
Se puso unas bragas blancas, que sacó del cajón de su mesita, y se enfundó un
excitante camisón largo de seda blanco, con una raja en el centro que llegaba
desde los pies hasta sus pechos.


- Cuando venga mi marido me lo voy a follar. Estoy muy excitada esta noche y
necesito otro polvo más.


Me despedí mientras la veía terminar de guardar la ropa con aquel camisón.
Lamenté no poder ser yo quien terminara de saciarla aquella noche. Cuando volví
a mi piso, mi mujer me estaba esperando en la cocina, mientras terminaba de
poner la mesa.


- ¿Por qué has tardado tanto?- me dijo.


- Hemos estado mirando una cosa en Internet.


A la mañana siguiente, me encontré en el hueco de la escalera con otra
vecina de ese bloque. Cuando nos metimos en el ascensor, me dijo:


- Qué bien te lo pasaste anoche con la mujer de Emilio, ¿eh?


- ¿Cómo sabes tú eso?, - pregunté sorprendido.


- Teníais la ventana del dormitorio suyo abierta y lo vi todo. La verdad es
que ella disfrutó bastante. Sus gritos llegaron hasta mi casa.


- ¿Me mantendrás el secreto? - le pregunté.


- Eso depende de lo que me des a cambio -, contestó.


Fdo.: RIGODÓN



 

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