Especial para mentes calenturientas (II)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Tu cuerpo está palpitando de deseo, noto tu ansiedad, que no es menor que la
mía. Debo controlarme con un resto de cordura antes de que el instinto me
obligue a abalanzarme sobre ti.


El espectáculo de tus muslos abiertos, de tus nalgas abiertas por tus manos
y el oscuro agujero de tu ano, contrayéndose y guiñándome su ojo ciego, hacen
que me enardezca, me excite hasta casi olvidar la ternura. Algo en mí desea
tomarte con violencia, sin miramientos. Quiere que te penetre sin más, hasta
satisfacer salvajemente el deseo que dirige mi entrepierna, que levanta mi pene
como el hocico de un depredador, buscando una presa, amenazando un estallido de
violencia seguido del silencio y el olvido.


Pero la suavidad de tus costados, la piel perlada de sudor de tu espalda y la
mirada que me dirigen tus ojos, entre el pelo desordenado, la boca entreabierta,
me dan la clave para que la cordura vuelva a mí. Me hace sentirte como mujer,
no como mero objeto de mi pasión. Y a la vez me desvela tu imagen de hembra
anhelante, de mujer amante primigenia.


Te levanto de la alfombra. Te pegas a mis labios como si fuera el último
acto que fueras a cometer en esta vida. Nuestras lenguas se enroscan y
restallan, buscando absorber al otro. Te tomo en mis brazos y te levanto del
suelo, adelantando mi pelvis y pegando mi pene a tu vientre.


Alzas las piernas y rodeas mi cintura. Siento tu humedad en mi polla que
queda justo debajo de tu coñito y sestea entre tus nalgas, quizás tocando
levemente el botón oscuro de tu ano.


Me muerdes en el hombro y clavas tus dientes sin piedad. Lo que normalmente
sería una salvajada mi cuerpo lo analiza como una parte del ritual amatorio y,
en vez de provocar un rechazo, es sólo una señal de la pasión que te embarga
y me calienta aún más.


Clavo mis dedos en tus nalgas y te alzo más arriba. Giro por el salón llevándote
como una pluma. Aplasto tu cuerpo contra la pared y mi pecho se funde con el
tuyo, como si quisiera romper tus huesos cuando, en realidad, lo que quiero es
fundirme contigo, visceralmente, con piel, entrañas, uñas...


Me muerdes otra vez y hasta me tiras del pelo en tu frenesí. Recorres mi
cuello con tus labios y buscas mi oreja. Siento tu respiración agitada y ronca.
Separo tus nalgas y en mi mente imagino tu ano abriéndose aún más, dejando
escapar gotas de la vaselina que te apliqué y de la saliva que ayudó en la
penetración de mis dedos.


Me vuelve loco la imagen de tu culito. Y te llevo por el pasillo, golpeándonos
con las paredes, y enfilo el dormitorio. La cama, grande, vacía, con la ropa
desordenada, es la meta donde te voy a depositar.


Te dejo caer en ella y el somier cruje por el impacto. De inmediato me tumbo
sobre ti y busco tus labios, los muerdo, meto mi lengua en tu boca, repaso tus
dientes, la llevo debajo del tu labio superior mientras mis dedos pellizcan tus
pezones y la otra mano toma posesión de tu clítoris.


Un fuerte gemido escapa de tu boca. Tu espalda se arquea y formas un puente
en el colchón, los talones y tu cabeza son las únicas partes que contactan con
la cama. Mi peso te empuja hacia abajo y la urgencia de mi polla se hace
insoportable. Levanto tus piernas y llevo las rodillas a tus hombros. Tus pechos
se mueven libres, los pezones dilatados y duros.


Ahora tu coñito es una invitación prominente. Separas los labios con tus
propios dedos y tu mirada se vuelve lasciva.


- Mira... mira... - me dices con voz ronca y proyectas tu pelvis hacia
delante mientras me muestras tu cueva rosada.


Meto mi pulgar derecho en tu boca y lo chupas como si fuera una polla. Lo
llenas de saliva y tu lengua culebrea en torno suyo. Lo saco y lo dirijo a tu
culo. Penetro tu ano lentamente con él. Un nuevo gemido escapa de tus labios
mientras cierras los ojos...


Podría penetrarte desde atrás, a cuatro patas, pero quiero ver tu cara
cuando desvirgue tu ano... quiero penetrarte desde delante, con la flor de tu coñito
abierta sobre tu ano y mi polla fundidos en uno.


Escupo en la palma de mi mano, pero mi boca está casi seca por la excitación,
mi respiración es trabajosa, como si hubiera hecho un tremendo esfuerzo. Sin
embargo eras ligera como una pluma cuando te cargaba por el pasillo. No tiene
nada que ver con el cansancio, sino con el deseo casi animal que me inunda.


Llevo a mi polla la poca saliva que he podido reunir y cubro con ella la
cabeza, todo el glande aparece hinchado, rojo, a punto de estallar.


Te das cuenta de que ha llegado el momento que deseabas. Hay un destello de
miedo en tu mirada, pero también de determinación y urgencia.


Pasas tus manos por tus corvas y mantienes las piernas alzadas, medio
abiertas. Es la postura primigenia del parto. Pero en vez de eso voy a
penetrarte, vamos a hacer un camino inverso y por otro agujero, no menos
sagrado.


Tomo mi polla y la dirijo a la entrada de tu ano.


Apoyo justo la punta y mientras dilato tu ano con mis dedos. Esta manando líquido,
viscoso, caliente.


Presiono levemente, el esfínter comienza a abrirse y tu cuerpo se tensa por
el primer chispazo de dolor y sorpresa. La invasión continúa muy despacio. Sé
que es difícil acogerme, aunque sea lo que estás deseando. Una capa de sudor
en tu frente y sobre tus labios me dice que te esfuerzas por no gritar. Cierras
tus ojos brevemente y levantas aún más las piernas. Aprietas los dientes y gruñes:


- Entra...., entra..., fóllame el culo...


Aprieto un poco más y todo el glande entra. Noto una convulsión en tu
recto. El esfínter se dilata todo lo que da de sí. Es el momento crítico,
cuando en tu mente una voz pide que salga desesperadamente y quiere que la
tortura acabe. Sin embargo otra, creciendo en intensidad, se sobrepone al dolor
y al instinto de conservación y pide que me recibas en plenitud.


Te miro fijamente a los ojos. Espero tu decisión. Y tu mirada me dice... ¡adelante!.


Entro un poco más, muy despacio, intentando que tu angosto conducto se
adapte a mi volumen. Paro. Me retiro apenas medio centímetro. Noto la presión
de las paredes y, cuando siento que se relajan, empujo de nuevo. Un grito
ahogado escapa de tu garganta, mitad dolor, mitad triunfo, cuando te anuncio que
dos terceras partes están ya dentro.


Aún no estás preparada para sentir placer con la penetración anal, lo sé.
Pero en este momento puede en ti la satisfacción de estar siendo perforada, de
iniciar un camino en tu sexo, de sentir que un día podrás disfrutarlo tanto
como por tu coño, aunque ahora esté doliéndote más que cuando perdiste tu
virginidad por delante. Aunque te hayan dicho que eso es sucio.. que sólo debe
usarse para una función "..natural".. de expulsión de heces.. que sólo
las putas desean ser enculadas. Tu instinto femenino está triunfando y con una
mirada directa me pides más, que entre más profundo, quieres vencer...


Y te penetro. Más adentro, más profundo...


Acaricio tu clítoris y siento tu coño más grande que nunca, más jugoso, más
cálido.


Tu cuerpo se empieza a mover, muy despacio, reacciona ante los dos estímulos
contradictorios: el fuego placentero en tu coño y el fuego lacerante en tu ano.


Ninguno es más fuerte que el otro, son distintos, pero en tu cabeza se están
uniendo y ya pierdes la conciencia del origen de las sensaciones. El morbo de
sentir tu culo penetrado se engarza sobre el placer que te proporciona tu clítoris
y tu coño hasta que el dolor en tu ano pasa a un segundo plano. Y un orgasmo
pequeñito quiere asomar en tu pecho. Y me pides que te de fuerte, que te folle,
que no me importe si te hago daño.


- Voy a llenarte el culo de leche, cariño...


Y esta sencilla frase hace rebosar tu instinto de hembra caliente. La idea de
mi leche llenando tu conducto trasero dispara el resorte. Una vez más la
imaginación y el morbo dominan el cuerpo.


Y mientras mi polla deja escapar semen en tu interior, en disparos
intermitentes, en la oscuridad de tu ano, tú te corres, gritando y arañando
mis brazos.


P.S.: Más que el placer que os pueda proporcionar este relato, me gustaría
que lo leyerais un par de veces y que reflexionarais sobre lo que significa una
penetración anal. Sobre todo los hombres. Si podéis poneros en el lugar de la
mujer y comprenderla un poco mejor, seguro que vuestras relaciones futuras serán
más satisfactorias.


kage@ole.com



 

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