H‚roes Legendarios (I La ca¡da de Micenas)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Héroes Legendarios: La Caída de Micenas


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Parte I


¡Cómo recuerdo aquellos legendarios tiempos de aventuras! Cómo
recuerdo los grandes duelos que sostenían poderosos y temibles guerreros
legendarios, que empuñando su espada buscaban la gloria en una muerte cubierta
por el dulce manto de su sangre derramada en el campo del honor. Cuántos espíritus
transporté, cuántas ánimas guié hasta el umbral delgado y borroso que separa
el mundo de los vivos con el mundo de los muertos. Y cuántas historias vuelan aún
entre mis alas de plata que revolotean entre las ramas de imponentes árboles y
se estrellan en las ventanas de sus habitaciones, donde unos pocos privilegiados
son capaces de escuchar y plasmar en tinta mis recuerdos de miles y miles de años
de historia.


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Homero fue uno de esos privilegiados. El gran narrador de los
griegos no podía ver, pero si podía escuchar mi suave e imperceptible voz. ¡Perdón
mi apreciado amigo lector, no me he presentado! Yo recibo muchos nombres.
Algunos me llaman chiflón, aire o viento, más yo prefiero que me llamen Céfiro,
el viento del norte, del sur, del oeste y del este, portador de los recuerdos de
esta hermosa madre que la historia conoce como Tierra.


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Pues como les decía, Homero, el gran narrador griego, no podía
ver pero si escuchar. Ya hemos escuchado las hazañas de grande héroes
pronunciadas en palabras que vienen de su lengua. Nos ha contado de batallas y
enfrentamientos heroicos entre grande soldados. Pero algo se le fue, algo olvidó
para contarnos. ¡Nada ha dicho jamás acerca de las grandes hazañas sexuales
de estos héroes! ¡Qué olvido imperdonable! ¡Cuánta sabiduría lúdica pérdida!
Pero yo voy a poner un punto final a esta ignorancia tan lamentable. He aquí un
relato extraída de las memorias de un esclavo enamorado, al cual escuché
contarlo, perdido entre los dulces vapores de las copas que el dios Baco le
ofreció y ahogado en el llanto amargo de la desesperación de quien sufre una pérdida
irreparable.


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En la antigua Grecia florecieron grande ciudades. Poderosa y
ricas se erguían sobre las llanura dominando todo a su alrededor. Una de estas
era la gran Esparta. Esta se organizaba con base a un estado militar, donde todo
niño espartano era entrenado para la guerra, en el fino arte de matar, pasando
toda su vida en barracas militares donde solamente se encontraban hombres. Un
ejercito de siervos (llamados ilotas) obligados a servirles eran lo que se
encargaban de trabajar la tierra para ellos y sostenerlos. Pero lo que muchos
ignoran es que estos bravos guerreros eran gays. Así como lo oyen. Consideraban
a la mujer como una noble bestia, o un hombre incompleto, y que por lo tanto era
indigna de convivir con estos salvo para el apareamiento. Entonces los valientes
guerreros se veían en la necesidad de echar mano a su "..armamento"..
para apalcar sus desenfrenados ardores. Terminaron echando mano del armamento de
sus camaradas.


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Pues bien, este relato se sitúa durante las guerras que los
espartanos sostuvieron contra sus vecinos lo misenios, a quienes dominaron rebajándolos
a la posición de ilotas. Si me acompañan un poco y vamos en silencio, podremos
meternos dentro del campamento espartano, que mañana esperan tomar la ciudad de
Misenas, último bastión de sus enemigos. Síganme. Vean aquella tienda, ¿la
ven? Es la grande. Entremos sin hacer ruido, quiero presentarles a los
protagonistas de estas memorias. Allí está... ¡Uy! perdón amigo mío. No sabía
el espectáculo que veríamos aquí. Pero como ya llegamos, le invito a
quedarse, solo procure no hacer mucho ruido. Al temible Algerión no le agradan
las interrupciones cuando está dando cuenta de una indefensa víctima.


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Maximandro es el joven que se encuentra debajo del semental
ese. Si, el muchacho al que está partiendo en dos allí mismo. El semental es
Algerión, uno de lo principales comandantes espartanos. ¿No les parece erótica
esta visión? El poderoso Algerión dejándole ir todo el peso de su virilidad
dentro del pequeño hueco de aquel esclavo ateniense de apenas 15 años, casi un
niño, que se aferra a las sábanas del lecho y entierra allí su cara ahogando
una obvia expresión de dolor inmenso. Y es que Algerión es una máquina de
sexo. Sus 25 cm de masculinidad poseen una resistencia encomiable. Le encanta
someter a su inocente esclavo boca abajo en la cama, abrirle de piernas y
penetrarlo salvajemente como si se encontrase atravesando a un adversario con el
frío acero de su espada, mientras los sujeta de los brazos con ambas manos.


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Pero Maximandro no es solo una objeto pasivo del ardor de
Algerión. Se revuelca, se convulsiona y sufre a viva voz. Grita el dolor que le
produce ser atravesado por tan poderosa arma, mientras esta lo arrastra por la
fuerza a un éxtasis alucinante. Sabe bien que a Algerión le encanta que los
demás soldados lo escuchen sufrir con tanto placer su sometimiento. Sabe cuanto
disfruta su amo de los comentarios tontos y lascivos de sus compañeros, que lo
comparan con un toro poseyendo a su vaca. Le encanta dejar bien a su amo frente
a los demás. Es una esclavo amante de su señor.


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Es por eso que aguanta y soporta tan inclemente posesión. No
tiene alternativa. A pesar de que siente un hierro al rojo vivo entrar y salir
de sus intestinos, el lo soporta como todo un guerrero espartano, que aguanta
los rigores de la batalla con la frente siempre en alto, bajándola únicamente
para enterrarla en la fría tierra al caer abatido por un adversario más fuerte
y valiente. Hasta que al fin llega el tan esperado orgasmo, y con los ojos
trabados y acompañado de un grito de guerra, el poderoso Algerión se derrama
dentro del ano de su siervo, que recibe su semen como si fuese un regalo, la
ambrosía de la que los dioses del Olimpo se alimentan. El valiente espartano
queda tendido sobre la espalda de Maximandro, acariciando sus rizos negros hasta
quedarse profundamente dormido.


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Llega la mañana, y con ella los tambores de la guerra
comienzan a tocar. Algerión es el primero en levantarse. Besa tiernamente en la
boca a su esclavo y salé desnudo, dirigiéndose presuroso a la tienda de
Ergidas, el gran caudillo de Esparta. Se asoma discretamente en la entrada, pues
sabe que su a amigo le gusta copular en la mañana. Le encantan los mañaneros.
Efectivamente lo encuentra enyuntado con Crodos, su amante y gran amor. Penetrándolo
salvajemente mientras entierra su cabeza en su cuello, Crodos lo rodea con sus
piernas y le da entrada libre para que haga lo que desee con el. Ve de lejos a
Algerión detrás de la cortina y con un ademán, le muestra el vulnerable y
desprotegido culo de Ergidas. Algerión frota un poco su miembro hasta que toma
su tamaño normal y se aproxima furtivamente a su comandante, y de un solo
empellón le entierra su arma hasta los huevos. Un terrible alarido de dolor
sale de boca de Ergidas que, lejos de tratar de quitarse a semejante semental de
encima, hace los movimientos de embolo con mayor amplitud, de manera de meterse
el pene de su capitán.


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¡Qué visión tan magnífica!, ¿no le parece? Tres
valerosos y poderosos guerreros tomándose uno al otro en tan increíble trío.
Estuvieron así por unos 10 minutos, hasta que Ergidas logró tomar aire y le
dijo a Algerión:



No-... no-noble Algerión... ha, ha, ha... tu... tu
pequeeeeeeeeeño es-HAAAA, HA... es- esclavo...


¿Maximandro?


S-si... lo... lo quiero... ha, ha, ha.


Vamos entonces a mi tienda y te lo daré con gusto,
valiente Ergidas.


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Se desunieron y salieron para la tienda del guerrero.
Hallaron a Maximandro aún dormido. Algerión extendió su mano señalando hacia
su esclavo, invitando a sus amigos al festín. ¡Carne adolescente, carne
adolescente era lo se que se comerían en ese momento! El jovencito despertó
sobresaltado cuando sintió dos firmes manos manoseándole el trasero. Quiso
oponerse, pero una seria mirada de Algerión lo detuvo... fue suficiente para
darse cuenta que había sido prestado por su amo.


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¡Ah, la voluptuosidad y el erotismo de los antiguos! ¡Cuántos
recuerdos! Tres poderosos sementales están sacrificando a un inocente mancebo a
los dioses del placer, a la diosa Afrodita que se revuelca de la excitación
desde su morada celestial. El pobre Maximandro gemía y chillaba como una
chiquilla. La violencia con que era tratado era hasta superior a la usada por
cualquier verdugo griego profesional. Puesto en cuatro, recibía en sus entrañas
las violentas entradas del comandante de los espartanos, Ergidas.. y por el
frente aferraba entre sus labios el imponente miembro de Crodos, que ahogaba sus
gritos de felicidad t terror y los convertía en gemidos semi humanos, casi
mugidos. El no ya era una persona allí, era una especie de animal de placer.


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Algerión, mientras tanto, partía por la mitad a Crodos.
Arrodillado tras de el, sujetaba su virilidad y sus testículos aferrándolos
desde la base, estirándolos todo lo que podía, y ofreciéndoselos a la boca de
un desesperado Maximandro, el cual estaba a punto de sofocarse por la falta de
aire. Lo taladraba como un pájaro carpintero taladra un cedro de los imponentes
bosques del lejano Líbano. Codros gritaba y gemía, casi gruñendo. No era común
que alguien lograra arrancar sonidos de dolor de ese valeroso soldado, siempre
al frente y en las primeras líneas en las batallas. El pene de Crodos era una
gruesa masa de carne ensartada hasta la garganta del chico. Y como este lo tenía
fuertemente agarrado del pelo, no tenía la oportunidad de separarse ni un poco.
Y aunque la hubiere tenido, no la habría aprovechado. ¡Qué gran deshonra para
su amo sería oponerse a este abuso! ¡Algerión hubiese quedado en ridículo!
Eso era inconcebible para el joven esclavo. No podía dejar mal aparado a su
amado amo. El lo amaba tan profundamente, y estaba tan consiente de su posición
de objeto de erotismo y juguete para las intenciones lúdicas de Algerión.. que
la escapatoria no estaba ni siquiera contemplada dentro de sus posibilidades.
Era una baca y debía soportar como tal las embestidas salvajes y bestiales de
su toro... y de los demás toros de la manada.


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Poco a poco Crodos se va rindiendo al placer. Su virilidad,
famosa entre los espartanos, también tiene un límite, que se aproxima rápidamente
el la dulce forma de la agonía de una orgasmo fuerte y convulsionante. La
inmensa arma de Algerión golpea con fuerza sus entrañas, masajeándole la próstata
y apresurando los inacabables torrentes de semen que están a punto de salir de
el. Poco a poco se va irguiendo, echando la espalda hacia atrás. Al fin un
tremendo grito de placer sale de su garganta, al compás de los caudales del
precioso líquido seminal que sale de su pene y se derrama en el interior del esófago
de Maximandro, que se ve rebalsado de tan precioso néctar. Por fin logra
liberarse de la prisión de las manos de Crodos, y bajando la cara tose y se
atraganta. Un chorro del líquido blanco y viscoso sale de su boca y se derrama
en el suelo.


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Ergidas aún no termina. Su hinchado y duro miembro aún
continúa firme y belicoso, enterrándose hasta lo más profundo de las
doloridas entrañas del niño. El mete y saca, la fuerza con que se estrella en
sus blancas y suaves nalgas, es una estampa que muestra de la manera más clara
la dominación y subyugación de una persona. Maximandro cree que jamás
terminará aquel suplicio, hasta que de pronto Ergidas para su cabalgata y
volteando a ver a Algerión, cuyo pene estaba dentro de la boca de Crodos, le
dice:



¡Eha Algerión, hijo predilecto de Esparta! Este muchacho
ha de ser carne de primera que un Dios te regaló en persona.


Sin duda alguna Afrodita me ha sido propicia cuando adquirí
al muchacho.


Pero hay algo que mi pene desea con toda su fuerza. Un
sabor que hasta ahora Afrodita aún no me ha querido brindar, una sensación
que aún no he podido experimentar.


¿Qué es? Dímelo amigo mío, y te juro que con toda mi
fuerza te haré propicia a la diosa. Le ofreceré una hecatombe de esclavas vírgenes.


No creo que sea necesario tanto, ¿pero realmente tu lo harías,
amigo mío? Mira que mis embajadores aún no regresan, lo que me hace pensar
que has sido muertos. La cruenta batalle se acerca y los hombres de Orsanias
saben que de perder, el favor de Ares se quedaría de nuestro lado y la
victoria sería solo nuestra. La muerte puede caer sobre mis ojos y quedar sin
sentir los placeres que deseo.


Solo pídelos y te juro por Zeus que te los proporcionaré.


Yo, mi querido Algerión... yo ambiciono tu culo.- Algerión
abrió los ojos como el sol, sorprendido, pero ya había dado su palabra y tenía
que cumplir.


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Se subió a su lecho y boca arriba abrió las piernas.
Clavados sus ojos sobre el enrojecido e hinchado pene de Ergidas, se dejó hacer
por el. No era que nunca le hubiese hecho el culo antes, pero su estatus le
confería un gran respeto por todos, así que nadie se atrevería a pedírselo
como lo hizo su compañero de batallas. Ergidas se acostó detrás de el y le
subió una pierna. Con la otra mano introdujo lenta y trabajosamente su arma en
el ano de Algerión, estrecho por falta de uso. El valeroso guerrero gesticuló
lleno de dolor, su rostro enrojeció y sus músculo se tensaron cuando el falo
entró entero, hasta las bolas. El bueno de Maximandro, viendo el dolor de su
amo, se acercó y se puso su pene en la boca.


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Ergidas se despachó a gusto a costa de su lugarteniente. Lo
atravesaba como una lanza atraviesa las carnes de un guerrero en las filas
primeras. Se empeñaba en ser lo más rudo y salvaje que podía. Algerión
jadeaba, gemía y suspiraba, pero jamás gritaría. No quería darle tanto
placer a su sometedor. Mientras, Maximandro le prodigaba una variedad de mimos y
cariñosos chupetones a sus genitales. Ansiaba como un loco sentir el semen de
su amo en la boca. Ya sabía de memoria su sabor, pero había algo que lo hacía
desearlo con tanta devoción. Algo flotaba en el ambiente... una fría y pesada
bruma de Hades que reclamaba para si la vida de un hombre.


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La súbita entrada de Plautinias interrumpe a los amantes.
Era portador de una noticia ansiada, la cual ya todos conocían. Orsanias se negó
a capitular. Y con su propia espada, de un tajo hizo rodar la cabeza de los
embajadores espartanos, como un juramento, los hombres micenios preferían morir
igual antes que rendirse. La batalla era inevitable. Ergidas separó su
insatisfecho miembro del interior de las entrañas de Algerión y corrió hacia
su tienda, detrás de su fiel Crodos. Algerión rápidamente se puso su armadura
broncinea, su espada y su escudo, y salió a buscar su carro de guerra.
Maximandro lo ayudó en todo lo que podía. Al final, Algerión de dirigió una
mirada llenada de ternura y orgullo. Con voz suave y dulce le dijo:



Maximandro, hoy te has portado como un verdadero esclavo.
Me has hecho tan feliz y orgulloso. Esta noche que regrese, y que Micenas haya
caído, te vestiré de oro y piedras preciosas y dejaré que me enyuntes. Ese
será tu premio por tan fiel servicio amor mío.


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Maximandro se despidió de el besándole los pies. Casi llora
cuando lo vio alejarse, pero se contuvo. Qué dirían de su amo si alguien lo ve
llorando. Y a pesar de las palabras tan dulces y bonitas que escuchó, presentía
algo malo. Tenía la impresión que esa mañana tan hermosa en la que vio a su
señor alejarse sobre su carro, sería la última mañana que lo vería así...
la última...


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CONTINUARÁ...


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Cualquier comentario o sugerencias para la continuación de
este relato o de uno nuevo, pueden hacerlas a esta dirección:


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