Relaciones Peligrosas
Enviado por Walter H. el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Tenía yo unos veintitrés años de edad (soltero y viviendo aún con mis padres y hermanos) y frente a mi casa vivía una familia compuesta por la madre y sus tres hijos (del esposo y padre de los chicos nunca se supo nada), cuya principal particularidad era su forma de vida, desorganizada en todos los aspectos y hasta de una promiscuidad bastante pronunciada, pero a su vez muy amable, sociable y siempre predispuesta a dar una mano a quien lo necesitaba, a costa aún de sus magros ingresos.
 
El menor de los hijos de aquella mujer era Marcos, a quien cariñosamente todos llamaban “Marquitos”, uno de esos personajes típicos de barrio; un chiquito que no tenía un ápice de maldad, pero sumamente travieso y que contaba además con toda la picardía y con la madurez que la “calle” le había enseñado, a pesar de su muy corta edad, ya que en ese entonces apenas tenía unos once años.
 
Como todo chico “de la calle”, dicho esto con el mayor de los respetos y solamente a modo de graficar su manera de vivir, estaba muy “avivado” para su edad en muchos aspectos de la vida, sobre todo obviamente en los de índole sexual y al respecto, lo sorprendí en no pocas ocasiones, tocándole (o tratando de hacerlo) el culo tanto a chicos como a las nenas del barrio o levantándole las polleras a estas últimas e inclusive hasta tratando de “cogerse” a alguno de ellos.
 
Marquitos tenía la puerta abierta en prácticamente todas las casas del barrio, incluida por supuesto la mía, aunque él priorizaba aquellas en las que, además de ofrecerle buen trato, cariño y afecto, le daban algo para comer y, como todos esos requisitos los reunía mi casa, él era un asiduo visitante; algo de lo que yo tenía perfecto conocimiento, porque como en aquel entonces trabajaba en un organismo de la administración pública y mi horario me lo permitía, veía a ese chiquilín casi todas las tardes departiendo un rato ameno en casa.
 
Mi vecinito de enfrente pasaba muchas tardes en nuestra casa y no porque hubiesen chicos de su edad para jugar, sino porque casi siempre le dábamos la leche con pan con dulce, masitas, facturas o alguna otra cosa para comer y además porque podía ver la televisión a su gusto, aunque en realidad creo que él disfrutaba en casa de un ambiente cálido en todos los aspectos y donde además encontraba paz y tranquilidad, ya que allí no oía gritos, peleas, discusiones, ni nada por el estilo.
 
Por mi natural forma de vestirme, de exhibirme, de moverme y de provocar en todo momento, era común que yo anduviese en casa con diminutos y ajustados pantaloncitos cortos, mallas, u otro tipo de prendas que dejaban mis voluptuosos y carnosos “cachetes” prácticamente al aire; además mi manera de caminar meneando exageradamente las caderas y las poses que permanente hacía para resaltar todas las virtudes mi hermosa y femenina cola, hacían que a Marquitos más de una vez se le fueran los ojos hacia mi parte trasera y yo, cada vez que lo sorprendía mirándome el “tuje”, le sonreía y le guiñaba un ojo.
 
Un día en el que, como siempre, mi vecinito estaba en casa, el resto de mi familia, por diversos motivos, debió salir afuera por casi toda la tarde, quedándonos Marquitos y yo solos en casa, él sentado en un sillón mirando la televisión como comúnmente lo hacía y yo arreglando una de las canillas de la cocina (cambiándole el cuerito); estaba yo tan absorto en mi tarea que no reparé en que, al agacharme para sacar las herramientas de la caja y al efectuar el resto de los movimientos, mis “cachetes” se habían salido de adentro de mi pantaloncito corto y estaban completamente “al aire”, es decir que a simple vista mi traste parecía estar desnudo.
 
Ante tal espectáculo, Marquitos dejó de prestarle atención al televisor para fijar su vista en mi parte trasera y cuando yo me di cuenta de ello, le sonreí ampliamente, le hice un “meneadito” de cola y seguí con mi trabajo, pero después de unos breves segundos, él se acercó a la mesada y se paró junto a mí, con el pretexto de querer ver lo que yo estaba haciendo; con toda su picardía y haciéndose el distraído, comenzó a acercar sus manitos a mi culo y como yo, adrede por supuesto, no le decía absolutamente nada, apoyó toda la palma de una de sus manos en uno de mis “cachetes”.
 
Yo entonces y habiendo justo en ese instante terminado con el arreglo de la canilla, lo miré a los ojos, di vuelta la cara y miré hacia atrás para ver el lugar donde él tenía apoyada su mano, volví a mirarlo a los ojos y le sonreí, dándole unas suaves palmaditas en la cabeza; Marquitos tomó enseguida aquel gesto mío como una especie de permiso o de licencia que yo le estaba otorgando y lentamente comenzó a recorrer con su mano toda la superficie de mi cola, mientras intercambiábamos sonrisitas picarescas y miradas cómplices.
 
- ¿Te gustan las colas? ¿Te gusta tocarlas?
 
Le pregunté mientras guardaba las herramientas en la caja y como volví a sonreírle, esta vez más ampliamente, me respondió afirmativamente con un gesto de la cabeza, entonces le pregunté nuevamente:
 
- ¿Y porque no se las tocás  a los chicos o a las chicas del barrio de tu edad?
 
- ¡No! A ellos no les gusta que les toque el culo.
 
Y agregó además:
 
- Cada vez que les quiero tocar el culo se enojan conmigo.
 
- ¿Y te gusta que te lo toquen a vos?
 
Le pregunté para saber si ya tenía sus gustos o sus preferencias sexuales más o menos definidas, pero enseguida y poniendo cara de ofendido, me respondió tajantemente que no.
 
- ¿Y qué más te gustaría hacerles a ellos si se dejaran?
 
Volví a preguntarle para ver hasta donde llegaban las intenciones sexuales de aquel chiquito y por alguna razón no me sorprendió para nada su respuesta, cuando, sin preámbulos, exclamó:
 
- ¡Cogerlos! Me gustaría cogerlos.
 
- Bueno,  si te gustan tanto las colas  y los chicos del barrio no se dejan tocar, yo te voy a dejar que me toques la mía ¿Querés?
 
Le dije a Marquitos y su respuesta, como no podía de otra manera, fue nuevamente afirmativa, así que esa misma tarde, mi vecinito comenzó a toquetearme la cola, algo que mí por otra parte, me gustaba y mucho.
 
A partir de ese día y como Marquitos nos visitaba muy asiduamente, a nadie de mi familia le extrañó que él comenzara a venir a mi casa prácticamente todas las tardes, para tomar la leche y mirar la televisión, pero además de ello aprovechaba cada ocasión o cualquier distracción de los demás, para “hacerse” de mi parte trasera; la manera en que me toqueteaba y me manoseaba la cola muchas veces me hizo hasta dudar de la edad real que tenía aquel chiquito, porque me hacía sentir mucho gozo y placer.
 
Una tarde, estaba Marquitos en casa, como de costumbre y apenas nos quedamos los dos solos (porque el resto de mi familia había salido), se abalanzó sobre mi parte trasera de una manera distinta a la de las demás ocasiones, ya que siempre era yo el que, después de un par de sonrisitas cómplices y un cruce de miradas provocativas, me ponía el pantaloncito dentro de mi profunda “zanja”, para dejar mis “cachetes al aire libre” y permitir así que mi vecinito me los pudiese tocar.
 
En esta oportunidad en cambio, Marquitos empezó a toquetearme pero esta vez no solo a mis “cachetes”, ya que me metía la mano inclusive en el “agujero”, haciéndome correr un placentero escozor y escalofrío por todo el cuerpo.
 
- ¡Bajate el pantalón!
 
Me dijo mi vecinito en un momento y en un tono de voz bastante imperativo.
 
- ¿Para qué?
 
Le pregunté haciéndome el desentendido, entonces Marquitos directamente me dijo:
 
- Te quiero coger.
 
- Ya no te conformás con tocarme la cola, ahora también querés cogerme y todo porque los chicos del barrio no se dejan.
 
Le dije a mi vecinito mirándolo con cara de ofuscado, pero inmediatamente volví a sonreírle y finalicé diciendo:
 
- Bueno, está bien, te voy a dejar también que me cojas.
 
Seguidamente me bajé el pantaloncito (no llevaba puesto calzoncillo) y me arrodillé en el suelo para estar a su altura; para mi grato asombro, el chiquito se bajó su pantalón (tampoco tenía calzoncillito) e inmediatamente apoyó su pijita contra mi cola y comenzó a cogerme, moviendo su pelvis acompasadamente y con mucha fuerza e ímpetu.
 
Yo no lo podía creer, me estaba cogiendo un chiquito de once años y la única diferencia que sentía con respecto a los chicos y a los hombres que habitualmente me cogían, era que estos últimos me penetraban y en cambio mi vecinito no lo hacía por razones obvias.
 
Marquitos comenzó, por supuesto, a querer cogerme cada vez con mayor frecuencia pero él, si bien sabía guardar todas las reservas y era muy “bicho” al respecto a pesar de su corta edad, no medía o no tenía real dimensión de lo que podría llegar a pasar, sobre todo a mí, si alguien nos sorprendía o llegara a enterarse de nuestras relaciones sexuales; a tal punto que, un domingo en el que yo me encontraba aún durmiendo en mi cama, aprovechó una distracción momentánea de quienes estaban en mi casa y sigilosamente fue hasta mi habitación, metió la mano por debajo de las sábanas y me toqueteó el culo.
 
Actitudes como esa me hicieron poner en la disyuntiva de, por un lado querer seguir dejándome coger por Marquitos porque me gustaba y mucho pero por el otro, sentía temor por las posibles consecuencias, sobre todo porque ya inclusive mi vecinito había dejado de juntarse y de jugar con el resto de los chicos del barrio, de su edad, para estar conmigo y obviamente para cogerme.
 
Ya estaba por tomar la decisión unilateral de terminar mi relación sexual con Marquitos o por lo menos de reducirla al máximo, cuando de repente surgió una solución como caída del cielo; un compañero de trabajo se fue de vacaciones y me pidió que le cuidase la casa durante ese período (unos diez días más o menos), con la ventaja además de que su vivienda quedaba a muy pocas cuadras de la mía y en mi mismo barrio.
 
- ¡Qué bueno! ¡Te voy a poder coger un montón!
 
Exclamó mi vecinito apenas lo puse al tanto de la nueva ocasión que nos presentaba y ello fue precisamente lo que sucedió, ya que con el pretexto de mi extremado celo en cuidar la casa que me habían dejado a cargo y la total libertad de horarios que tenía Marquitos en su caja, pasábamos gran parte de la tarde e inclusive de la noche en nuestro nuevo “nidito de amor”.
 
- Quiero ir a la cama.
 
Me decía mi vecinito de enfrente y en la misma cama matrimonial nos desnudábamos por completo y Marquitos me cogía; el contraste entre ambos era a todas luces notorio, no solo por el tamaño físico o la enorme diferencia de edad, sino también por lo blanquísima, suave, tersa y siempre perfumada de mi piel y la suya, morena, ajeada y curtida a pesar de corta edad, tal vez por la falta de limpieza y de aseo personal, aunque esto último era, entre paréntesis, lo que a mí más me excitaba, además de sus toqueteos y manoseos en mi cola y las cogidas que me daba, es decir su olor a sucio, a culito a bolas mal limpiadas y a su casi total falta de jabón.
 
Si hasta ese momento mantenía con Marquitos, mi vecinito de once años, una relación sexual prohibida, esta se acrecentó aún más una noche, cuando aquel chiquilín, en forma totalmente imprevista, me dio un beso en la boca que me dejó sin reacción y sin aliento.
 
- ¿Quién te enseñó a besar así?
 
Le pregunté después de un largo rato que me llevó salir de mi asombro.
 
- Nadie. Nunca besé. Es la primera vez que beso a alguien en la boca.
 
Quizás sería su falta de amor o de demostración de afecto y de cariño por parte de los suyos o vaya uno a saber el motivo, pero lo cierto fue que a partir de ese beso, Marquitos me besaba y yo simplemente de desvanecía, me dejaba caer, me derretía; no comprendía como aquel chiquito podría llegar a besar de esa manera, con tanta pasión, tanto fuego, tanto amor, pero a su vez ese beso fue el detonante de la finalización de aquella relación ya que, si bien en esos días en los que me quedé al cuidado de aquella casa, mi vecinito me cogió y me besó en innumerables ocasiones, quedamos ambos de acuerdo en “terminar”, cuando mi tarea de “cuidador” llegase a su fin.
 
Marquitos, Marcos hoy en día, es un hombre felizmente casado y tiene dos hijos; trabajador y además buen esposo y padre de familia, algo que echa por tierra cualquier tipo de suspicacia que algunas mentes, autoritarias, retrógradas y retorcidas, seguramente aprovecharán para criticar ácidamente este relato, tan real y tan auténtico como la vida misma.
 
Walter H. (escribir a walterculindohache@yahoo.com.ar)
 
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar)

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