El Don (II)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Las turbulencias no me preocupaban demasiado. A pesar de que la mayoría de
la gente suele rezar una rápida oración en silencio cada vez que el avión en
que viajan pasa por un "..bache".., mis sentimientos son bien distintos.
Viajar en avión me relaja. Y aún más si el viaje dura varias horas y se hace
por la noche. El sentirme cerca del cielo, literalmente, es una sensación casi
hipnótica, tranquilizadora. Mirar las nubes, la tranquilidad del cielo, la paz
de la altura, siempre me hacen rememorar mi juventud. Y si hay algún recuerdo
especialmente agradable en mi vida es el de los dias en que comencé a descubrir
mi don.


El cuerpo desnudo de mi profesora fué el primer contacto real que tuve con
el sexo contrario. Hasta entonces tan solo las revistas y el cine me habían
enseñado el cuerpo femenino. Fué un verdadero shock para mi el comprobar que
la realidad era un tanto distinta. Mi profesora de matemáticas no era una mujer
joven. Sus pechos estaban caidos. Parecían dos frutas maduras. Las chicas de
las revistan los tenían más firmes y más grandes. A pesar de ello, no conseguía
quitármelos de la cabeza. Ni siquiera al dia siguiente, cuando la profesora
suplente nos explicó con gran retórica que su ex-compañera había tenido que
irse a un largo viaje y que no iba a volver a darnos clases.


Pero aún más fija en mi cabeza estaba la idea de que había sido yo el que
había hecho que la profesora se desnudara. Me había suspendido, la muy tonta.
Había pasado varias noches estudiando para mi examen, y ella me había
suspendido. No era justo. Quería hacerle daño. Quería avergonzarla como ella
me había hecho conmigo al suspenderme delante de toda la clase, cuando de
repente se levantó y, sin mediar palabra, comenzó a quitarse la ropa. La
sorpresa que reflejó su rostro cuando acabó de desvestirse no fué menor que
la que aparecía en la cara de los profesores que iban entrando en el áula
atraidos por los gritos y las risas de mis compañeros de clase.


Había sido yo. De algún modo, la había convencido para que se quitara la
ropa. Sin hablarle. Sin mover los lábios. Solo con el pensamiento.


Llevaba ya varios meses dándome cuenta de pequeños detalles. Cosas sin
importancia. Cosas como el que mis padres siempre me dieran todo lo que les pedía.
Nunca me negaban nada, mientras que a mi hermana mayor, a pesar de tener ya 17 años,
no la trataban igual. Tampoco el resto de la gente me trababa como a los demás.
Casi nunca discutían conmigo. Los vendedores me regalaban lo que yo pedía.
Nunca me cobraban a menos que yo quisiera pagarles. Pero cuando no llevaba
dinero, decían que no tenía importancia, que ya se lo pagaría. Y después,
nunca me recordaban que les debía dinero. Incluso mi hermana. Cuando
comenzabamos a distutir, como todos los hermanos hacen, siempre llevaba ella las
de ganar. Hasta que yo, con una rabieta, finalizaba la discusión. En esos
momentos ella siempre me daba la razón, pero no para que me callara. Era
sincera conmigo. De alguna forma siempre conseguía convencerla.


Fué precisamente con ella con la que decidí realizar unos pequeños
experimentos para comprobar mi teoría. Yo tenía algo distinto al resto de las
personas. Y estaba decidido a utilizarlo.


Nuestros padres no solían salir a cenar. Pocas veces tenían ocasión de
hacerlo. El principal problema era yo. No querían dejarme solo en casa, y mi
hermana nunca estaba disponible para hacer de canguro. Pero aquella noche la habían
castigado. Había suspendido un examen y había sido juzgada y condenada por
mandato paterno a pasar el sábado por la noche en casa cuidando de mí. Así
ellos aprovechaban para ir de fiesta con sus amigos.


Naturalmente, a ella no le hizo ninguna gracia, pero no se atrevió a romper
la promesa de no llevar a nadie a casa. Asi que comenzamos la noche cenando
solos, y luego pasamos a ver la televisión. Durante la cena no me dirigió la
palabra. Para ella, el enemigo era yo. Si no hubiera sido por mí, hubiera
salido con sus amigas como el resto de los fines de semana, así que no podía
esperar que fuera amable conmigo. Yo quería sentarme en el sofá más grande,
pero ella eligió tumbarse sobre él y no dejarme sítio. Yo quería ver una película
de acción, pero ella decidió ver un aburrido concurso. Al principio me irritó,
pero después decidí que aquella era la ocasión perfecta para probar si
realmente tenía algo que me hacía diferente a los demás.


La miré y me concentré en ella, imitando inconscientemente las acciones que
en el cine de ciencia-ficción protagonizaban las personas que tenían poderes.
Mi primer mensaje fué sencillo. Aquel maldito programa-concurso me aburría
enormemente. Yo deseaba ver la película de acción. Sin ningún aparente cambio
en su rostro, mi hermana cogió el mando y cambió de canal, directamente al de
la película que yo deseaba ver.


¡Había funcionado!


Aunque tal vez no era más que una casualidad. Al cabo de un momento, parpadeó
un par de veces seguidas y volvió a cambiar de canal.


Debía cambiar de estrategía. Las órdenes no habían sido las adecuadas. Le
había ordenado que cambiara de canal, pero no que no volviera a hacerlo. Debía
conseguir que cambiara por otro motivo. Así que volví a concentrarme sobre
ella. Con los ojos entrecerrados, me dí cuenta de que parecía una versión
barata de un hipnotizador de comics. A pesar de ello, envié mi siguiente orden
mental a mi hermana. Esta vez no le pedia que cambiara de canal, sinó que le
ordenaba que encontrara aburrido el concurso.


Pocos segundos despues volvió a coger el mando a distancia y a cambiar de
canal. Pero no puso la película que yo quería ver, sino otra cadena distinta.
A pesar de que de repente había encontrado muy aburrido el programa no estaba
dispuesta a concederme el que yo me saliera con la mía.


¿Otra casualidad?


Lo intenté de nuevo. Volví a concentrarme y le ordené que tuviera unas
ganas increíbles de ver la película. Le ordené que le gustara, que le
encantara, que no podía pasar ni cinco segundos más sin ver esa película.


Y de nuevo cambió de canal, pero esta vez para dejarlo donde yo le había
dicho. Como señal inequívoca de que quería ver la película, dejó el mando
en el suelo, delante del sofá donde se encontraba tumbada, sin dejar de mirar
atentamente a la pantalla.


¡Esta vez sí que había funcionado!


Había conseguido que mi hermana quisiera ver la película, contraviniendo
todos sus sentimientos agresivos contra mi.


Tenía que seguir probando. Debía averiguar hasta donde podía llegar mi
poder. No entendía porqué me sentía tan excitado, ni porqué mi, por aquel
entonces pequeño, órgano sexual se estaba inflando rápidamente, como si
alguien le estuviera inyectando aire caliente al mismo tiempo que elevaba la
temperatura de la habitación, pero sabía que tenía que ver con mi
descubrimiento. Miré a mi hermana. No podía verla como a una mujer. al fin y
al cabo era mi hermana. Aunque recordé que en cierta ocasión, cuando mi amigo
Juan me enseñaba una de sus revistas guarras escondidos en el garaje de su
padre, una de las chicas que aparecía en ella me recordó enormemente a mi
hermana.


La mujer de la revista tenía los pechos pequeños. Mi hermana, por contra,
estaba excelentemente bien dotada para su edad. En muchas ocasiones había visto
como los chicos la miraban de reojo, y aunque ella fingía no darse cuenta,
sonreía orgullosa. Cuando era más pequeño no lo entendía, pero ahora,
gracias a la mayor información que recibía por todas partes, desde mis amigos,
que eran todos unos salidos, hasta la propia televisión que pocas veces esconde
el sexo a la vista del público cada vez más joven, podía llegar a imaginar lo
que pensaban los hombres que miraban a mi hermana. Miré sus pechos con deseo.
Sentí una extraña sensación en mis pantalones. No era mi primera erección
(aunque entonces ni siquiera sabía que se llamaba así), pero era distinta a
las anteriores. Era más fuerte, más cálida, más excitante....


- ¿Desea una almohada?


Abrí los ojos bruscamente. La azafata me miraba con una media sonrisa en la
boca, mientras me ofrecia con la mano algo blanco y blando. Las luces en la
cabina habían bajado hasta ser casi imperceptibles. La noche había caido en su
totalidad sobre el avión y aún quedaban algunas horas de vuelo. La azafata me
había visto adormilado y pensó que iba a necesitar una almohada.


- Siento haberlo despertado - su voz tenía un cierto tono de culpabilidad


- No se preocupe - sonreí - De hecho se lo agradezco. Hubiera podido
despertar con una tortícolis de campeonato de no ser por usted. Aceptaré
encantado esa almohada.


Mientras me la entregaba y me preguntaba si deseaba una manta la miré de
arriba a abajo intentando que no se diera cuenta. Era joven y atractiva, como la
mayoría de las azafatas. Llevaba el clásico uniforme azul de las líneas aéreas,
con chaquetilla y falta por las rodillas. También llevaba medias oscuras,
aunque no negras del todo. Miré a mi alrededor y comprobé que la mayoría del
pasaje estaba dormido. No había nadie en los asientos contíguos al mio. El
pasajero más cercano tenía encendida su lamparilla personal mientras leía una
voluminosa novela titulada "..It"... Recuerdo que me costó horrores leer
ese libro cuando era más joven. Casi todas las noches que comenzaba a leerlo
acababa dormido con el enorme libraco sobre mi pecho. Exáctamente lo que iba a
pasarle a aquel pasajero. "..Empujé".. sobre su mente y, de repente, sus
ojos se cerraron y el libro se deslizó de sus manos hasta apoyarse en su
vientre.


Miré de nuevo a la azafata.


- Sientate a mi lado, por favor.


- Lo siento, pero lo prohibe el reglamento. Tengo que atender al resto de los
pasajeros.


Una condescendiente sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro mientras me
miraba, al tiempo que yo respondía con otro pequeño "..empujón".. sobre
su mente.


- El reglamento no dice nada acerca de mí, ¿verdad?


- N...no - dudó durante unos segundos mientras yo recorría mentalmente el
intrincado laberinto de su mente hasta encontrar el centro emisor de las órdenes
que el cerebro envía al resto del cuerpo: su voluntad. Una vez allí, realicé
algunos pequeños cambios. Inconscientemente, iba a sentir una enorme necesidad
de obedecer todas mis órdenes, todos mis deseos, todos mis caprichos.


- ¿Te sentaras ahora a mi lado?


- Claro que sí.


Me dedicó su más sincera sonrisa mientras se sentaba a mi lado. Estaba bajo
mi completo dominio.


- ¿Donde está la otra azafata?


- Está descansando. Durante la noche nos turnamos. El reglamento no lo
permite, pero es una tontería que estemos las dos despiertas cuando el avión
apenas está medio lleno.


- ¿Cuantos años tienes?


- Cumpliré veintiseis el mes que viene


- ¿Estás casada?


- Desde hace dos años. El es piloto en esta compañía


- Eso significa que entre vuelo y vuelo os vereis muy poco, ¿no?


- Apenas unas horas a la semana.


- Y no tendreis muchas ocasiones de hacer el amor, ¿verdad?


- No demasiadas - a pesar de lo personal de las preguntas, no sentía ningún
reparo en contestar


- Y eso hace que durante gran parte del día te sientas frustada


- Sí


- Frustada y excitada


- Sí


- Como ahora


Su cuerpo se movió sobre el asiento que ocupaba. Sus piernas se abrieron y
cerraron un par de veces, mientras curvaba su pecho dándome un excelente primer
plano de su busto.


- Si


- Te sientes excitada, muy excitada


- Excitada - repitió


- Muy excitada - insistí


- Muy excitada


- Deseas desfogarte, y para ello me tienes a mí


Sus ojos me miraron con deseo.


- La única forma de apagar tu ardor es hacerme disfrutar a mi. Todo el
placer que yo obtenga será reflejado en tí. Sentirás todo lo que yo sienta, y
no podrás llegar al orgasmo mientras no lo haga yo.


Comenzó a acariciarse los pechos mientras su respiración se hacía más rápida,
mucho más rápida.


- Tienes que hacerme disfrutar a mi si quieres hacerlo tu también. Supongo
que sabes lo que quiero decir.


Sin una palabra, se arrodilló a mis pies mirando ávidamente mi entrepierna.
Me bajó la cremallera y me desabrochó los pantalones. Con mucho cuidado,
aunque con ciertas prisas, sacó mi pene y se lo colocó en la boca. Su saliva
era cálida y su lengua comenzó a moverse rítmicamente, siguiendo los compases
que marcaba su mano, al tiempo que usaba la otra para masturbarse. Durante unos
segundos me miró a los ojos para comprobar que estaba realizando bien su
trabajo, y despues volvió a bajar la cabeza para concertrarse en mi goze. Cerré
mis ojos y deslicé una de mis manos por el interior de su blusa hasta sus
pechos. Comencé a acariciarlos distraidamente, jugando con sus pezones,
disfrutando tanto del tacto de su cuerpo como del contacto de sus lábios con mi
pene. Mientras tanto, mi mente regresó de nuevo al pasado.


A mis 12 años, mis experiencias sexuales no pasaban de algunas
masturbaciones en el cuarto de baño salpicadas de culpabilidad, y algunas
fantasías nocturnas que solían acabar con mis calzoncillos manchados de semen.
El cuerpo de mi hermana y la excitación de descubrir que podía llegar a
controlarla me estaba proporcionando más placer que todos mis anteriores
mediocres encuentros con el sexo. Estábamos solos en casa, mis padres aún iban
a tardar varias horas en regresar, y con cada minuto que pasaba descubría que
mi interes por su cuerpo era cualquier cosa excepto fraternal.


Llevaba puesto tan solo un pijama de verano. Hasta entonces no me había
fijado en que a través de las anchas mangas del pijama se podía llegar a ver
parte de su pecho. No llevaba sujetador, eso era evidente. No solía usarlo
cuando se ponía el pijama. Parte de mí se excitó por aquel hecho, pero otra
parte se avergonzó.


No me parecía bien. Aquella atracción no era normal. Pero a mi cuerpo le
daba igual mi moralidad. Mi pene se apretaba contra los pantalones de tal forma
que llegaba a hacerme daño. Debía de hacer algo, pero tenía miedo de que ella
se diera cuenta. A punto estaba de levantarme para ir al cuarto de baño a
liberar mis energías sexuales cuando recordé mi poder. Se me ocurrió una
forma de usarlo más original que la anterior.


Me concentré sobre ella. Seguía mirando la televisión fíjamente. Al
parecer, la película le estaba gustando una barbaridad. Mi sugerencia fué
clara: no podría verme, ni oirme, ni sentirme. Estaba sola en la habitación
sin preocuparse de donde me había metido yo.


- ¿Quieres cambiar de canal de una maldita vez? - pregunté


No hubo respuesta.


- ¡¡LUISA!!


De nuevo nada.


Me levanté y me acerqué a ella. No sabía si mi sugerencia estaba
funcionando o simplemente ella me ignoraba por despecho. La cogí por el pelo y
tiré suavemente.


Nada.


Tiré más fuertemente.


Nada de nada.


Hice acópio de fuerzas y le dí un tirón tan fuerte que parte de su cabello
quedó entre mis dedos.


Unas leves lágrimas aparecieron en sus ojos. El dolor había causado una
reacción independiente en su cuerpo, pero su mente seguía sin percibir mi
presencia.


Con un fuerte dolor en mi pene, que apenas me permitía caminar, volví a
sentarme en el sillón. Bajé la cremallera de mi pantalón y saqué mi pene de
la presión y asfixia que le causaban los calzoncillos. Ya libre, mi erección
era tan fuerte que seguía doliéndome.


- ¿Puedes verme, Lui? - Nunca le había gustado aquel diminutivo. Tan solo
lo usaba cuando quería molestarla, y con su sola mención, lo conseguía al
instante. aunque en esta ocasión, no hubo respuesta por su parte.


- Voy a masturbarme mientras te miro - Seguí insistiendo, pero mi poder
estaba funcionando. Ella no podía verme, ni oirme.


Comencé a masturbarme, mirando fíjamente la pequeña abertura por la manga
del pijama, imaginando como serían sus pechos realmente. El placer que me
producía mi masturbación era mayor a cualquier otro que hubiera practicado en
mi corta vida. A pesar de mi deseo, intentaba alargar aquella experiencia,
aguantando la llegada del orgasmo en todo lo posible.


A cada minuto que pasaba, mis prejuicios morales iban empequeñeciendo ante
los embites de placer de mi cuerpo, hasta convertirse poco a poco en minúsculos
recuerdos de frustraciones pasadas. Mi mente era demasiado joven para ver todo
el mundo de posibilidades que se abría delante de mí. Podía controlar
totalmente a mi hermana y lo único que se me había ocurrido era hacer que no
me viera para masturbarme delante de ella. Ni siquiera se me había ocurrido
hacer que se desnudara. Esta vez no tuve que concentrarme demasiado. Comenzaba a
dominar mi poder... y a disfrutar usándolo.


- Lui. Estás sola en esta habitación, y tienes calor. Ya no tiene sentido
llevar puesto ese caluroso pijama. Quítatelo.


Conscientemente, no había oido ni una sola de mis palabras, pero yo no le
hablaba a su consciencia, sino a su inconsciente. Las órdenes habían llegado a
ella, altas y claras. Sin dejar de mirar la pantalla del televisor, estiró la
parte superior del pijama por encima de su cabeza. Sus pechos aparecieron por
debajo de la tela del pijnama, firmes y jóvenes como los había imaginado. No
paraban de moverse a causa de los vaivénes que Luisa realizaba para desnudarse.
Sus anárquicos movimientos que recordaron por un instante a un par de flanes de
gelatina. Aquello ya no eran las estáticas fotos de las revistas. Era real. Tan
reales como los pechos de mi ex-profesora, pero jóvenes y hermosos.


Cuando la parte superior del pijama apenas acababa de tocar el suelo, le tocó
el turno a los pantalones. Con un hábil movimiento de caderas y empujándo
hacia abajo con las manos, las piernas de mi hermana quedaron al descubierto.
Llevaba puestas unas pequeñas bragas blancas que poco tenían que ver con la
excitante lencería que acostumbraban a mostrar las modelos de las revistas.
Pero en aquellos momentos poco me importaban sus bragas. Eran sus pechos los que
me tenían completamente hipnotizado. Eran perfectos. Tenían un tamaño
considerable, aunque sin exagerar. Sus aréolas (entonces no sabía ni que se
llamaban así) eran grandes, de un color rosado, aunque sin ser demasiado
oscuras. Sus pezones parecían pequeños en medio de aquellas grandes masas de
carne. No resaltaban demasiado sobre los pechos. Recordé que mi amigo Juan me
dijo en una ocasión que podía saberse que una mujer estaba cachonda (esas
fueron sus palabras) cuando los pezones se les ponían en punta.


Deseaba tocarlos, estrujarlos, sentirlos entre mis manos. Me acerqué a ella
y me senté en el suelo. Después de desnudarse, había vuelto a tumbarse en el
sofá. Estaba medio acostada sobre su costado apoyando su cabeza sobre su mano,
y a su vez el codo sobre el sofá. Yo me había sentado de forma que tenía sus
pezones a menos de 20 centmetros de mi boca. Completamente desnuda a excepción
de sus braguitas, lo único que seguía interesándole era ver la película de
la televisión. Levanté mis manos hasta aquello que me tenía hipnotizado. Su
tacto era suave. Eran blandos. Al sentir que mis dedos podían apretarlos sin
causarle dolor comencé a jugar con ellos. Era como apretar una pelota medio
desinflada, con la diferencia de que cuando dejaba de tocarlos volvían a su
estado original. Los apreté y estrujé de varias formas distintas. Después los
sopesé con las manos. Jugué con los pezones. Recordaba que alguien me había
dicho que los pezones eran la parte más sensible de una mujer. Eran duros. Al
principio apenas resaltaban del cuerpo de Luisa, pero poco a poco fueron tomando
forma y elevándose espectacularmente, hasta alcanzar más de un centímetro de
altura. En ese punto, al comprobar como mi hermana se estaba "..poniendo
cachonda".., un nuevo pinchazo de dolor estremeció mi pene. Tan hipnotizado
estaba con su cuerpo que me había olvidado completamente del mio. Seguí
jugando con sus pechos con una mano, mientras que con la otra comencé a
masturbarme. Sabía que los bebés tomaban de allí la leche cuando eran pequeños.
Me pregunté qué sabor tendrían. Acerqué mis boca y los lamí. Noté un
cierto regusto salado. Era verano y el calor hacía sudar los cuerpos durante
todo el día. Volví a lamer su piel, centrándome ahora en los pezones. La
verdad es que no sabían a nada, pero el hecho de estar chupándole los pezones
a una mujer de verdad era casi más de lo que podía soportar. Mi pene ya no podía
aguantar durante mucho tiempo. Estaba a punto de estallar. Solo una cosa me
impidió alcanzar el orgasmo en aquel momento.


Recordé otra de las animadas conversaciones a escondidas con mis amigos. Uno
de ellos presumía de ver todas las películas pornográficas que quería,
puesto que sus padres las alquilaban y él las veia a escondidas cuando estaba
solo en casa. En esas películas, las mujeres les chupaban el pene a los hombres
hasta hacerles correrse. Yo quería que mi hermana me lo hiciese a mí.


- Lui. Quiero que me chupes el pene. Quiero que hagas que me corra con tu
boca. Chúpamela, Lui, chúpamela.


El apremio en mi voz no dejaba lugar a dudas de mi estado de excitación,
pero a ella no pareció importarle. Dejó de ver la televisión, y se sentó en
el suelo junto a mí. Con los ojos vacios de toda expresión, introdujo mi pene
en su boca y comenzó a jugar con su lengua sobre él. Apenas lo tocó sentí
que estaba a punto de estallar, pero me contuve con todas mis fuerzas. Quería
disfrutar de aquello durante todo el tiempo que fuera posible. En contra de toda
lógica, mis esfuerzos iban dirigidos a impedir el orgasmo, mientras que los de
mi hermana intentaban justo lo contrario. Su lengua no dejaba de jugar con mi
glande, y sus frenéticos movimientos con la cabeza me estaban llevando al
paraiso. Apenas un minuto después de iniciar aquel extraordinario juego me sentí
sin fuerzas para impedir el orgasmo...


... y comencé a eyacular en su boca. La azafata había sido condenadamente
eficaz. Incapaz de contener mis espasmos de placer, parte del semen se deslizó
fuera de su boca cayendo sobre su impecable blusa azul. Con cada convulsión de
mi cuerpo, mis manos apretaban más y más sus pechos, hasta el punto de que si
no hubiera estabo bajo mi control mental probablemente le hubiera causado dolor.
Excepto la parte de semen que no había podido contener, se había tragado toda
mi eyaculación. Ahora estaba lamiendo los restos que habían escapado de su
boca y habían caido sobre mis pantalones y su blusa.


Me quedé asombrado de la cantidad de semen que había salido de mi pene.
Nunca en mis 12 primaveras había tenido una eyaculación tan caudalosa... ni
tan satisfactória. Mi hermana se había portado bien. Su cuerpo estaba repleto
de semen por todas partes. Al notar la proximidad de mi orgasmo, quitó la boca
para dejar que mi esperma fluyera libremente por donde quisiera. No le había
dado ordenes precisas de que se bebiera el fruto de mi orgasmo, así que no lo
hizo. Parte de la alfombra también estaba salpicada con mis jugos. Mamá se iba
a cabrear si aquello no se limpiaba pronto. Y yo estaba tan agotado que apenas
tenía fuerzas para moverme. Como pude, me senté sobre el sofá. Mi hermana
seguía en el suelo, mirando fíjamente la televisión. Una vez acabada su misión,
siguió con las sugerencias acerca de la película. Sin saber muy bien a qué se
debía la total falta de fuerza en todos mis musculos, le dí mis últimas
instrucciones para aquella noche.


- Lui. Quiero que te laves inmediatamente. quítate todo el líquido que te
he tirado por encima. Luego vuelves aquí y limpias la alfombra. No quiero que
quede ni un solo rastro de mi corrida. Después te vistes y sigues viendo la
televisión hasta que te canses. Mañana por la mañana no quiero que recuerdes
nada de lo que ha pasado aquí. La noche habrá sido como cualquier otra,
aburrida y nada más. Habrás visto la tele y luego te habrás ido a la cama. Yo
me fuí a dormir antes que tú. Ahora ves y límpiate un poco...


El rostro de la azafata reflejaba un placer indescriptible. Había realizado
muy bien su trabajo, y tener un orgasmo en la realidad al mismo tiempo que en
mis recuerdos había sido una experiencia sexual increible para mí. Y durante
todo el tiempo que yo había disfrutando del orgasmo, tal y como le había
ordenado, ella lo estaba disfrutando también. Todavía arrodillada en el suelo,
jugaba cariñosamente con mi pene y de cuando en cuando le daba un beso. Había
limpiado con la lengua todos los restos de mi semen que habían caido sobre la
ropa.


- Has hecho un buen trabajo, querida - le dije. Sus ojos me miraron con
agradecimiento y devoción.


- Quiero que durante toda tu vida recuerdes lo que ha pasado aquí esta
noche. Por tu propia voluntad has decidido hacerme esta increible mamada. Y el
placer que has recibido a cambio ha sido maravilloso. Nunca se lo dirás a
nadie, pero lo recordarás como la mejor experiencia sexual de toda tu vida.
Cuando lo recuerdes, no podrás evitar masturbarte pensando en mí, y en la
maravillosa corrida que has tenido esta noche. Desearás volver a encontrarte
conmigo para repetir la experiencia. Ahora vete, y disfruta del resto del viaje.


Sonreí al verla desaparecer por detrás de la cortina que separa la cabina
de pasajeros de la de las azafatas. Muchas cosas habían pasado desde mis 12 años.
Infinidad de experiencias sexuales, adolescentes, empleadas, actrices, vecinas,
azafatas, modelos, y toda clase de mujeres habían caido bajo mi control mental.
Y además estaban las mujeres de mis amigos.


Tener poder es algo maravilloso. Pero yo sigo prefiriéndo llamarle "..el
don".., puesto que un don es un regalo. Y eso es precisamente como yo lo
considero: un regalo divino.



 

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