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La asistente del jefe. |
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Enviado por Mario el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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Trabajaba, en esos tiempos en la empresa NCR. Con sólo 20 años y poca antigüedad, era, de la empresa, uno de los técnicos calificados. El gerente del sector me convocaba con frecuencia para consultas o asignación de tareas. Invariablemente, antes de introducirme en la oficina del jefe, su asistente Marina conversaba unos minutos conmigo en tono amistoso. Muchos hombres le dedicamos una mirada recortada a la belleza femenina. Solemos decir “esa mujer tiene una piernas fenomenales”, o “una boca sensual”. En algunas mujeres los hombres tratamos de encontrar esos retazos del deseo, sencillamente porque son lindas, aunque no sean bellas. Tienen algo, y entonces necesitamos ponerle un nombre a ese no sé qué. Marina, era de esa clase de mujeres, era linda. Tenía algo más que 23 años, una boca grande, el cabello trigueño largo y más o menos 1,70 metros de altura, buenos pechos, piernas bien torneadas. Con el correr de las convocatorias de nuestro jefe, se reveló muy “chacotera”, traviesa y en, casi todos nuestros ocasionales encuentros, se las ingeniaba para llamar mi atención, y debo reconocer que lo había logrado en varias oportunidades. Pero nunca creí que ocurriera algo: estaba casada y , a juzgar por los reencuentros con su pareja que había presenciado en varias ocasiones a la salida de la oficina, parecía que estaba muy bien atendida y no necesitaba mas. Sin embargo, a veces ocurre algo que nos sorprende. Yo había “perdido” a una novia permisiva más o menos dos meses antes y no tenía sexo desde entonces. Comenzaba a sentir el peso de la abstinencia. Para colmo, el clima del ambiente la potenciaba. La temperatura era elevada y todos nos ponemos un poco cachondos cuando comienza la estación del calor. Ese mediodía, en lugar de ir al cine con aire acondicionado para consumir las dos horas y media que separaban la jornada de oficina matutina de la vespertina, decidí quedarme a estudiar puesto que en la facultad se tomaban los últimos exámenes parciales del año. No era la rutina mía de un día común, por lo tanto fue la más genuina de las casualidades que al entrar me encontrara con Marina que estaba sola en la biblioteca, leyendo una revista. Respondió a mi saludo con una sonrisa abierta pero, advirtiendo que éramos los únicos ocupantes de la biblioteca, pretendió establecer una supuesta “distancia y formalidad” en la voz, nada de bromas y chicanas que gastaba desde su escritorio: -¡Que coincidencia! ¿O vos venís seguido?- fueron sus palabras de apertura en voz baja apropiada para una biblioteca. -No en realidad, vengo de vez en cuando para estudiar. Pero podes hablar normal total estamos solos y no molestamos a nadie – le respondí -Si es cierto, no hay nadie más...- comentó con un tono de simulada indiferencia al hecho de estar a solas conmigo. -Y vos estás muy linda....– le dije mirándola con una expresión que, supongo, delataba mis intenciones de avanzar. - Gracias – respondió con un cambio de impostación de la voz, que pretendía transmitir la idea que agradecía la cortesía manteniendo la distancia. Pero sus ojos la desmentían, su mirada era expectante, en sus pupilas leía claramente lo que ocupaba su mente: se preguntaba -¿cuál será su próximo movimiento en este partido que empezamos a jugar?-. Con movimiento estudiado cruzó las piernas de modo que dejó una buena porción de las mismas descubierta. Eso “me volvió loco” a tal punto que instantáneamente olvidé el repaso de Análisis III y sin preámbulos me senté a su lado: -Hoy estas más linda que nunca.. – insistí acercándome a su oído. Si giraba la cabeza nuestras bocas quedaban enfrentadas. Debe haber sentido, además de las palabras, mi respiración y mantuvo su mirada hacia delante. Agregué que hacía meses que la deseaba, que la soñaba, que imaginaba como sería desnuda... Me ordenó que callara pero intuí que no era lo que en realidad quería y continué el “ataque”: -Sé que no te soy indiferente, estoy convencido que me deseas también - Ella, habitualmente de palabra fácil e ingeniosa, se quedó sonrojada y muda, pero era evidente estaba interesada y halagada. Concluí el monólogo diciéndole: -Ahora y hasta las 2:30 no hay nadie en el laboratorio de electrónica. Busco la llave y te espero allí, en 10 minutos ¿Si?- Siguió callada y perpleja. Su cabeza, inmóvil, no dejó entrever ni aceptación ni rechazó. La dejé con el desafío y me fui lleno de expectativas (pero dudando que ella aceptara ir al encuentro, que no podía ser otro que erótico), previo paso por mi escritorio para tomar del maletín un par de preservativos, al lugar que le había propuesto. Supongo que intentó controlarse, pero no lo hizo o no pudo. Tardó un largo rato pero fue donde la esperaba. Entró sin verme porque quedé oculto por una de las hojas de la puerta. Al instante la tomé por la cintura por detrás, giró su cuerpo pero sin ademán de separarlo del mío y ensayó algún esquive y protestas débiles: - Soltame...... Yo no soy....- - ¿Me queres complicar la vida...?- - Yo la almohada la comparto sólo con mi marido....¿sabés?..- - ¿por qué no te buscas otra que esté libre....?- - porque me gustas vos, porque vos sos la que me quita el sueño, porque quiero averiguar como es el sexo de los ángeles,....– repliqué. Mi respuesta pareció justificación suficiente para lo que estaba por suceder entre nosotros. Marina debe haberse sentido como legitimada para dejar de oponerse al deseo. Dejó el débil forcejeo y aceptó que la besara en los labios, dulcemente, en una caricia larga, suave. Las lenguas jugaron, se entrelazaron y se abandonó por completo al juego erótico. Mis manos desabrocharon pacientemente cada uno de los botones de la camisa y corpiño hasta alcanzar sus senos, y acariciarlos en forma de circulo pellizcando levemente los pezones, las suyas acariciaban cada vez con más confianza. Levanté su falda y metí la mano por debajo, comencé por acariciarle febrilmente las nalgas, luego su sexo húmedo mientras no dejaba de besarla y decirle palabras suaves al oído. Yo estaba excitado y ella verdaderamente encantada, claramente le gustaba lo que le hacía y como se lo hacía. Lo exteriorizaba con suspiros de aprobación. - Basta,....puede venir alguien....- protestaba sin convicción de tanto en tanto. - Voy a cerrar la puerta con llave, así te quedas tranquila, ¿Si? - Giré la llave en la cerradura y comencé a besarle el pecho y a morderle los pezones. Le llevé una de sus manos, sobre el bulto de mi pito tremendamente rígido a causa de la excitación, y le susurré al oído: - ¿Le pongo preservativo? – - Si....si, por supuesto.. – respondió de inmediato, pasándome el aviso de que tenía vía libre, de que estaba dispuesta a la intimidad total. Con esa anuencia ya no tenía objeto demorar el epílogo. Volví a levantarle la falda y rasgue, por la urgencia, su calzón. Hicimos el amor, ella sentada en el borde de una fría mesada de mármol o granito, yo de pié entre sus piernas. Marina emitía, de tanto en tanto, gemidos de placer pero no soltó palabra alguna durante la unión extrema de nuestros cuerpos. El encuentro terminó también casi sin diálogo; sólo un último y prolongado beso para darnos tiempo a “volver” del éxtasis del epílogo. Aún faltaba para la hora de retomar el trabajo, pero ella recogió sus prendas y pidió que me asomara al pasillo para constatar si podía encararlo sin ser vista. Como le aseguré que estaba desierto salió disparada hacia el baño contiguo al laboratorio para recomponerse. -No se que me pasó en la biblioteca,......porque fui al laboratorio ayer. Yo no soy así. Lo pienso y no lo puedo creer.– me encaró, en voz baja, Marina en un fugaz encuentro a solas el día siguiente. -Ha sido una barbaridad lo que hicimos ¿mirá si alguien entraba? ¡que locura! – -Cierto pero la pasamos muy bien ¿No? – alcancé a decir -....pero fue la primera y última vez. Nunca más. Yo había discutido hacía más de dos semanas con mi marido, no tenía sexo desde entonces y estaba, estoy, muy resentida con él. Creo que me dejé llevar por despecho. Pero no soy mujer de dos hombres. No concibo, no quiero, no voy a ser parte de un triángulo – concluyó con determinación y se alejó sin dejarme espacio para replica alguna. Pero ese triángulo no tardaría en tomar cuerpo. Transcurrieron más de tres semanas durante las cuales Marina sólo admitía diálogos intrascendentes, circunstanciales cuando mis tareas me llevaban a su puesto de trabajo. Diálogos que ella abortaba, casi con brusquedad, si percibía que yo intentaba cualquier acercamiento o alusión al tema sexual. Su atracción sobre mi seguía vigente e incrementada, pero ella parecía dar a entender que había hecho punto y aparte. Un mediodía al salir de la oficina de mi jefe minutos antes de las 12:00, hora de fin del tramo matutino de la jornada, la encontré sola en su escritorio. Decidí jugarme. En lugar de saludarla e intercambiar unas pocas palabras, como era habitual, me acerque repentinamente y le susurré al oído: -Marina, tengo la bombacha que te debo desde aquella prueba de laboratorio; te espero en 10 minutos en el mismo lugar para reponértela . Puso cara de reprobación y comenzó a protestar con vehemencia: -Te dije que ya no....- Me fui sin dejarla concluir, y sin mucha convicción confieso, a esperarla. Había rechazado con firmeza toda las aproximaciones ensayadas. Supongo que intentó controlarse, pero no lo hizo o no pudo. Demoró y al principio ensayó una débil censura a mi convocatoria, pero a poco de entrar sucumbió, nuestras bocas se encontraron, sin embargo en ese segundo encuentro en el laboratorio, sólo aceptó besos y caricias contenidas. - Las manos quietas .¡Eh! - - No cierres la puerta. No quiero.... – - Otra vez no va a pasar ¿sabes?..- - No.. acá..... – agregó después de aceptar un beso más. Quería, pero en otro lugar. - Como vos quieras. ¿Dónde nos encontramos? – la apuré para no dejarle espacio para recapacitar y arrepentirse. Arreglamos una cita para ese mismo día, más tarde. El marido tenía partido (de voleyball) en el club. Ella improvisó una excusa, no me enteré de cual, para no acompañarlo y fue al bar de Callao (casi Corrientes. Hoy es una mueblería si no me equivoco) donde la esperaba. - Qué nervios, parecía que él desconfiaba cuando le dije que no iría al club. Es la última vez que “te doy pelota” ¿entendiste? - Está bien. Ahora tranquilízate y tomemos algo. – simulé aceptar su decisión. Transcurrieron algunos minutos durante los cuales fingimos estar interesados en el movimiento de gente en la vereda opuesta de Callao, frente a las puertas del viejo y famoso bar La Academia. El juego que nos convocó al bar comenzó una vez que el mozo trajo el pedido! Marina estiró su columna, impostando los pechos que bajo la blusa se insinuaban erectos forzando los botones y me miraba profundamente, mientras con esmerada meticulosidad saboreaba la gaseosa y masticaba el lomito, huevo y demás componentes de su sándwich, que habíamos ordenado por partida doble. No soy muy afecto a los sándwiches con múltiples componentes pero esa vez acepté la sugerencia de Marina. - Viste que bueno está el lomito?- comentó como si en aquel preciso momento nuestros dientes estuvieran triturando un bocado de idéntica composición y su lengua y la mía captaran el mismo sabor y aroma. Parecía que Marina tenía la necesidad de involucrarme con sus sentidos y eso me agradó porque sentí que disfrutaba el compartir conmigo los placeres de la existencia y que seguiría haciéndolo con la misma intensidad esa noche, con una sola variante significativa: el escenario cambiaría de una mesa tendida a una cama donde abrazarnos. No fue necesario mucho tiempo para reavivar la pasión de días antes en el laboratorio. Nuestras mandíbulas se movían con el mismo ritmo, lentamente, y los nuestros ojos fijos sobre los ojos como dos serpientes. Serpientes, ensimismadas, presas de voluptuoso deseo de devorarse mutuamente. Las hormonas nos conminaron a ganar la vereda, casi con precipitación, parar el primer taxi y sumergirnos en el tránsito enloquecido de la ciudad hacia un lugar recluido, teatro de la “ingestión” anhelada. Habíamos comenzado a andar en busca de un taxi, de pronto se detuvo y con sus ojos fijos en los míos: -La verdad Mario, sos la oveja negra de la Empresa, te queres voltear a una compañera de trabajo, casada. Tenés preservativos, no? No quiero “indigestarme” con el postre – dijo. Para nada la había imaginado tan desinhibida, apasionada y al mismo tiempo dueña de sus actos: tenía por delante una relación íntima; debía asegurarse de que el saldo fuera de sólo placer y para no correr riesgos higiénicos, ni de embarazo, había elegido en lugar de formular una pregunta directa, una forma ingeniosa y divertida. En aquella época era impensable que una chica pudiese llevar en su cartera un preservativo; no podía haberlo previsto para la cita.. -Vos no sos mejor, casada, te vas a acostar un colega de oficina. - le rebatí. Sonrió con complicidad, besó brevemente mis labios, y sentenció: -Merecemos el infierno. Fuimos a un hotel a 50 metros de Plaza de Mayo, donde tenía yo amistades y franquicia para ocupar un cuarto 2 o 3 horas sin registrarme ni registrar la compañera. En la habitación Marina tomó la iniciativa. Se acercó lentamente y susurró a mi oído, mientras desprendía los botones de mi camisa. Acarició mi torso desnudo, mis brazos, hombros, con las yemas de los dedos. Pude percibir cómo subía la temperatura de mi piel y la suya con las caricias. Creo que me mordía los labios y por momentos cerraba los ojos. Quería actuar con delicadeza, mostrarme como un hombre maduro. -¿Me ayudás?", pidió sugerente, mientras me mostraba los botones de su blusa ajustada. Mis manos, algo temblorosas, la desabrocharon y se la quitaron. Se apartó de mi y se quitó ella misma el resto de la ropa: falda, blusa y medias fueron dispuestas con prolijidad en una butaca, había que preservarlas sin arrugas para que no delataran la diversión, supuse que temía algún escrutinio al volver a casa, mientras no perdía detalles de las privilegiadas formas femeninas que iban apareciendo con la quita de las piezas de vestuario. Luego, con suma dedicación me ayudó a que me desnudara, con excepción del calzoncillo. Estuvimos unos minutos uno pegado al otro, besándonos, llenándonos de caricias...Dirigí mi atención a sus pechos, no tardó en caer el corpiño, los acaricié, reconocí su forma con los dedos y jugué con sus pezones excitados acariciándolos y besándolos. Pero cuando encaré su prenda íntima inferior, Marina aferró con firmeza el calzón para impedir que se lo sacara, - antes que nada sacate el tuyo y ponete la capucha - murmuró tirando del elástico de mi calzoncillo. Yo ya estaba enardecido pero ella, con determinación, insistió que me calzara el preservativo, y, una vez que lo hice, me empujó de espaldas sobre la cama. Luego de desembarazarse de los calzones trepó encima de mí, por instantes controló mi urgencia con caricias, palabras suaves y acalló mi protesta con una mano o su boca sobre la mía. -¡Shhh!, quietito.....- -No debes precipitarte,...- -dame un besito más......- -esperá, ...el amor no es un choque de trenes... - -...............- Al cabo de un corto tiempo, estimo que ya segura de haber dejado establecido con claridad que ella estaba al mando y quien cogería a quien, giró y se acostó de espaldas suspirando: -..te toca a vos...hacé que te sienta....– Sin demora pero despasiosamente, me acomodé sobre ella y seguí besándola, recorriendo todo su cuerpo con la lengua, avivando el fuego, haciendo que su respiración se agitara. Mis manos actuaban entre las piernas, acariciando su clítoris húmedo con suavidad, aumentando el calor... Con ansiedad separó aún más las piernas: -ahora basta di juegos de manos....Te quiero sentir adentro ya,...dale...se buenooo...no puedo más...dale.......- moviéndose al ritmo de una música imperceptible, pedía casi como un gemido. Me proponía penetrarla con delicadeza, pero ella, ni bien sintió posicionada la punta de mi miembro, empujó casi con desesperación hasta embutir toda mi carne dura en su cuevita ardiente; la sentí totalmente desenfrenada, anhelante, ávida del éxtasis de la piel junto a la piel, de los cuerpos sudorosos, enredados, casi salvajes... - ¡Así amor!...¡Así!..- repetía agitada. Se abandonó completamente al disfrute sin reprimir expresiones vocales correspondientes a su goce. Transcurridos algunos minutos, que me parecieron demasiados breves, observé cómo sus movimientos, y con los suyos los míos, acrecentaban su velocidad y su ímpetu, anticipando el clímax...Un "síiiii..." prolongado y un profundo suspiro me anunciaron que había acabado, apenas instantes antes que yo. La besé, abracé con más fuerza y acaricié su cabello largamente antes de separar nuestros cuerpos. Una charla amena, una pausa para higienizarnos y sobrevino la segunda vuelta que, otra vez inició Marina, trepándose encima mío después de ponerme el segundo preservativo. De nuevo menejó mi ansiedad con besos y palabras susurradas: -¡Shhh!, quietito.....- -No debes precipitarte,...- -dame un besito más......- -..Marinita te va a coger esta vez...- se introdujo al “amigo” y me cabalgó un buen rato hasta que cesó el vaiven, me abrazó y me desafió: - ...vamos darnos vuelta sin sacarmela, ¿Si? – lo logramos. En la segunda parte de la cogida no ahorró exteriorización alguna para informarme de lo bien que lo estaba pasando. Yo no me quedé atrás para enterarla de cuanto la disfrutaba. En esa primera experiencia amatoria y en todos nuestros encuentros íntimos posteriores, Marina, a juzgar por el catálogo de gemidos y exclamaciones desplegado, compartió conmigo sensaciones ultraterrenas, aunque tengo algunas dudas; con el tiempo aprendí que ni un detector de mentiras hará que una mujer entregue su secreto: cuando gime, ¿disfruta?, cuando dice que acaba, ¿acaba? |
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