Sueños de unas noches de verano
Enviado por Alita el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Nunca he tenido la valentía de contártelo, tampoco creo que lo hubiese logrado hablando, ya habrás detectado que soy bastante tímido, por ello he preferido escribirlo, porque, dentro de lo malo, como tantos otros soy bastante mejor escritor que orador y haciéndolo así, puedo buscar esas palabras que en una conversación sería imposible encontrarlas o haría de ella un suplicio.

No sabes nada de mis sentimientos hacia ti seguramente y aunque hayas intuir por algunos comentarios que he hecho, qué me gustaría hacerte, jamás me he atrevido a sacar el asunto en una conversaicón y mucho menos intentar cualquier otra cosa que no sea una agradable charla.

Llegar a esta situación ha sido fruto de un cúmulo de coincidencias que me obligaron a fijarme en ti, más allá de lo que hasta ese momento no era más que la relación con un subalterno.

Cuando decidí contratarte e incorporarte al equipo, lo que más me llamó la atención de ti, fue sobre todo tu timidez y tu honestidad al expresarte (para mis compañeros, característico de un "maricón" dentro del armario).

Soy muy puntilloso en el asunto laboral, como sabes, nunca he contratado a nadie que en la primera entrevista me resultase soberbio, opaco o excesivamente extrovertido.

Al principio te puse a trabajar junto a otra persona del departamento para que te enseñase parte de las labores que debías acometer y me dediqué al duro "día a día" sin prestarte la mayor atención. Confiaba en que, de haberme equivocado en la elección, la persona responsable de tu formación me hubiese comunicado algo.

Por fortuna, no fue así y terminaste siendo pleno integrante del equipo y persona de mi confianza.

Tu elevada estatura, tus inmensos ojos azules, tu cuerpo fornido, en aquellos momentos me pareció que eran características de un chaval de 25 años, sin hacerle mayor caso. Incluso ví lógico que tu novia fuese muy parecida a ti en lo físico y mucho más lógico que fuese todo lo contrario en el carácter, muy posesiva y celosa, y ante todo con esa seguridad que te ensombrecía cada vez que se presentaba junto a ti.

Te confesaré que ella me atraía muchísimo más que tu (lo cierto es que tu no me atraías nada), porque siempre me han gustado los retos y las mujeres difíciles, y con ella me veía como el protagonista de "La fierecilla domada".

Más tarde, como recordarás, se dieron bastantes cambios, tanto a nivel profesional como personal, por lo profesional cambios importantes que me llevaron a dedicar más tiempo, aún, del que ya le dedicaba a la compañía y por lo personal mi esposa empezó con una depresión, que aún dura, que me dejó apartado de todo contacto sexual, al margen del sentimiento de creerme responsable de todos sus sinsabores.

Necesitaba una escapatoria, al menos la posibilidad de descargar adrenalina, porque entre la empresa y mi relación conyugal, la situación llevaba camino de afectarme mentalmente de forma muy seria.

Surgió la oportunidad del gimnasio y fue a partir de ese momento en el que empecé a darme cuenta que mi aprecio por ti distaba mucho de ser el puramente amistoso.

En mi caso era patente que debía hacer algo para eliminar esa prominente barriga que asomaba por encima del pantalón. En el tuyo no había tal barriga y tampoco la necesidad de efectuar más deporte, ya que lo practicabas casi diariamente.

Aún así, decidiste apuntarte conmigo, algo que agradecí enormemente porque de otra forma no hubiera llegado a acudir a ninguna sesión. Ya sabes lo tímido que, también, soy yo.

Fue cuando comencé a vislumbrar algo más que timidez en ti, cuando empecé a imaginar que podrías tener otros motivos además del puramente amistoso para acudir conmigo al gimnasio.

Al principio los dos, después de una sesión agotadora, nos desnudábamos para ir a la ducha, intentando darnos la espalda. En mi caso era lógico, mi pene siempre ha reaccionado de forma contraria, si no estaba ya erecto, a la que me hubiera gustado cuando me desnudo delante de alguien, arrugándose y pujando por entrar dentro de mi estómago, en vez de mostrarse.

En tu caso, no alcanzaba a saber porqué, estabas más que acostumbrado a desnudarte delante de otros hombres en las duchas de las canchas.

Me hacías sentir como la reina de las mariconas, cuando desnudándote te tocabas los genitales a escondidas pensando que yo no te miraba y ello me excitaba.

Nunca había sentido tal atracción por un hombre. Aunque he tenido contactos homosexuales, siempre habían sido productos de la casualidad, nunca por un deseo propio y eso me hacía sentir culpable y sucio.

La desnudez, por fín, llegó a ser aceptada por los dos, momento en el que pude darme cuenta de que te tocabas la polla siempre antes de quitarte los calzones para evitar que estuviese en la misma situación que la mía y yo luchaba por no aceptar la realidad… me atraías sexualmente.

Cuando te bajabas los calzones, aparecía tu magnifica polla en semi-erección, tan espléndida y tan atrayente. Lo que me obligaba a luchar conmigo mismo intentando auto convencerme que era completamente imposible que sintiese atracción por otro hombre, que seguramente se debía a que llevaba demasiado tiempo en "dique seco" y cuánto más, si encima siempre me pillabas desnudo frente a ti y tenía que evitar una erección por semejante visión.

En éstas estaba cuando terminé por aceptarlo y empezar a disfrutar viendo tu cuerpo desnudo, tu tupida pelambrera del pecho y llegaba a la inevitable mirada de tu polla y los ojos se me quedaban clavados en ella.

¿Cuántas veces me has pillado mirándotela? Supongo que cientos y aún así nunca has sido capaz de decirme nada, siquiera una broma sobre ello.

No sabes las veces que he el mismo sueño, contigo en esa situación… no sabes las veces que he deseado que la semi-erección a la que te obligabas, llegase a algo más para que te pusiese en un aprieto y yo pudiese sacarte de él… acercándome suavemente y susurrándote al oído que estaba deseando verla en todo su esplendor.

Que me gustaba saber que querías que te viese la polla en mejor estado que la mía.

Mientras tú accedías, deseoso, al acercamiento y me abrazabas fuertemente, pegando tu cuerpo y tu sexo sudado al mío, mientras me respondías que no sabías cómo decírmelo, que también tu habías soñado con abrazarme.

Así, roto el hielo, te besaba por todo el cuerpo, aspiraba el fuerte olor a sudor y sorbía todas y cada una de sus gotas, mientras recorría el inevitable camino hasta tu ingle, oyendo los gemidos que intentabas sofocar para que no te escuchase nadie en el vestuario.

Sentir en mis manos apretadas a tus nalgas, el escalofrío que te recorría por todo el cuerpo cuando te comenzaba a besar el suave capullo, el estremecimiento y temblor de tus piernas, cuando decidía meterme tu polla en mi boca.

Mientras, tú, en el éxtasis de aquello que has estado ansiando durante tanto tiempo, me agarrabas la cabeza y pugnabas por que entrase toda tu polla en mi garganta.

Nunca me acuerdo de cómo pasábamos de esa situación directamente al baño turco, con la toalla rodeándonos la cintura, será producto del propio sueño, pero aún puedo sentir, como si hubiera ocurrido, cómo me obligas a sentarme en él y arrodillándote, me metes la mano a través de la tolla y me agarras la polla a punto de reventar, y verlo, como si fuese una tercera persona y sentir, como si fuese yo mismo, cómo me comienzas a masajear con la mano, mientras, por encima de la toalla, mordisqueas el sobresaliente bulto al tiempo que te pajeas suavemente bajo tu toalla.

Cómo, cansado de morder tela, me abres la toalla y me dejas al aire la polla que ya pugna por llegar al techo y te la metes, ansiosamente, en la boca sin dejar de pajearte.

Mientras yo, agachándome, te retiro la toalla y te relevo en las auto caricias que te estás regalando, sobre esa polla ya completamente enhiesta y que está deseando que sea otra la mano que le dedique el masaje.

Cómo te levantas, ofreciéndome nuevamente tu sonrosado capullo para ser ávidamente recorrido por mi ávida boca.

Y cómo, sin dar más tiempo, te vuelves para ofrecerme tu prieto culo que desea mi saliva para lubricarse. Mi cara se entierra entre tus nalgas, beso hasta el último palmo de tu ano, mi lengua se convierte en un ariete que abre y lubrica ese agujero virgen. Te dilatas y disfrutas, hasta que no puedes más y te sientas sobre mis rodillas, introduciéndote lentamente mi polla en tus entrañas.

Gimes, de dolor y de placer, no pensabas que sería tan placentero, no te imaginabas que más allá del sexo con tu novia existiese un mundo parecido.

Disfrutas, te mueves como si lo hubieras hecho cien veces, yo te ayudo pajeandote violentamente, vengándome por las noches en vela que me has hecho pasar, transmitiéndote en cada movimiento que ahora eres mío y pensando que ésta es la mejor manera de descargar adrenalina.

Nos corremos… los dos al tiempo en un fogonazo yo descargo litros de semen dentro de ti, mientras tu manchas las paredes del baño turco con tus descargas. Paras, estás exhausto, el clímax te hace estremecerte, mientras yo pugno por sacarte hasta la última gota.

Suena el despertador…. Siempre suena el despertador y, como tantas mañanas, tengo los calzoncillos manchados.

 

Menu de navegación: Escorts Barcelona - Escorts Madrid - Escorts Zaragoza - Acompañantes Barcelona - Acompañantes Madrid - Acompañantes Zaragoza

Escorts Acompañantes Zaragoza Escorts Barcelona Escorts Madrid

Escorts Barcelona Escorts Madrid Escorts Zaragoza Contactos Eroticos

Copyright © 2008 EscortsOnFire.com - Todos los derechos reservados | Powered by Gemidos.com.ar | Diseño y programación EscortsOnFire.com | Sitemap