El “Profe” De Gimnasia
Enviado por Walter H el día Jueves 1 de Enero de 1970
 
Cuando cursaba el sexto grado en la escuela primaria, faltando un par de meses para la finalización del ciclo lectivo, ocurrió un hecho con el profesor de educación física suplente, muy similar a los que hoy en día y cada vez con mayor frecuencia, salen a la luz y se transforman en verdaderos escándalos públicos; obviamente uno de los involucrados en aquel hecho y como no podía ser de otra manera, fui precisamente yo.
 
El profesor en cuestión tendría entonces unos veinticinco o treinta años, buena “facha”, simpático, agradable, “entrador”, con excelente “llegada” hacia los chicos, manejaba un vocabulario muy similar al nuestro y estaba reemplazando al titular, quien se había tomando dos meses de vacaciones extraordinarias por razones particulares; por supuesto que rápidamente hizo muy buenas “migas” con todo el grupo, gracias a su manera de ser y al trato que nos dispensaba.
 
Era común y casi normal que durante las clases de educación física, algunos de los chicos me tocasen el culo o me hicieran algunas discretas “apoyaditas” porque entre otras razones me gustaba mucho, adoptando yo ante ello una actitud completamente pasiva y, si bien siempre trataban de hacerlo sin ser vistos por el profesor (tanto por el anterior como por el nuevo), muchas veces no lograban ese cometido y eran sorprendidos por el “profe”, quien mirando de reojo a los involucrados, solamente sonreía levemente sin hacer nada al respecto.
 
En una de esas clases estábamos jugando al tradicional “rango” (saltar sobre un chico semi agachado - hecha esta aclaración para las nuevas generaciones -) y el profesor había formado tres hileras de alumnos, estableciendo una especie de competencia entre ellas y diciéndonos que aquella fila que terminase primero en completar el circuito (correr y saltar) sería a la postre la ganadora.
 
Hasta ese instante todo transcurría por los carriles normales, pero en un determinado momento y estando yo “agachado”, uno de los chicos que venía corriendo detrás de mí, en lugar de saltarme me “apoyo” por detrás e hizo un ligero movimiento de pelvis, es decir que literalmente “me cogió” delante de toda la clase, despertando sonrisas y hasta carcajadas por parte de algunos de los chicos (los que alcanzaron a vernos), uno de los cuales exclamó:
 
- ¡Jah! ¡Se lo cogió en lugar de saltarlo!
 
- ¡Bah! Si a Walter le gusta que se lo cojan y él (por el chico en cuestión) ya se lo cogió un montón de veces.
 
Susurró en voz baja un chico que estaba a su lado, pero no tan baja como para no ser escuchado, tanto por el profesor como por mí y aunque el hecho en sí rápidamente se dejó de lado para continuar con la clase, pude observar que, cada tanto, el “profe” hablaba discretamente con los chicos involucrados (el que me había “apoyado” y quienes habían hecho el comentario al respecto) y mientras lo hacía todos ellos me miraban de reojo y sonreían, por lo que enseguida me di cuenta de que yo formaba parte de esos diálogos.
 
A la semana siguiente el profesor volvió a establecer grupos de alumnos, uno de los cuales los integró, entre otros, con los chicos que habían formado parte del hecho ocurrido durante la clase anterior y conmigo y si bien, tal como comenté anteriormente, yo estaba acostumbrado a ser “tocado” y “apoyado” eventualmente en la “hora de gimnasia”, en esta ocasión los chicos de mi grupo comenzaron a manosearme el culo y a “apoyarme” con mayor descaro y cada vez que lo hacían, miraban de reojo al “profe”, buscando una especie de anuencia o de aprobación por parte de este.
 
- ¡Perdiste Walter! ¡Tenés que cumplir con la prenda!
 
Exclamó el profesor en determinado momento de uno de los juegos que estábamos llevando a cabo y si bien él no había establecido prenda alguna de antemano (adrede por supuesto), yo acepté sumisamente su decisión; el “profe” entonces junto con algunos de los chicos de mi grupo (- adivinen cuales -), me llevó hasta un aula que se utilizaba como depósito, donde se guardaban las colchonetas y demás elementos de “gimnasia”, no sin antes ordenar al resto de la clase seguir con las actividades.
 
El profesor abrió la puerta con llave y posteriormente, una vez que estuvimos todos adentro, la cerró de la misma manera; me hizo parar contra una de las paredes y después de ubicar al resto de los chicos en fila detrás de mí, me dijo:
 
- Bueno Walter, bajate el pantalón y el calzoncillo que los chicos te van a tocar la cola; esa es la prenda.
 
Si bien aquello me sorprendió en principio porque nunca antes había pasado por una experiencia similar, mi total y absoluta falta de pudor, de prejuicios y de vergüenza a la hora de desnudarme delante de quien fuera por un lado y por el otro, el hecho de que aquellos chicos ya me habían no solo toqueteado en culo, sino también me habían cogido en varias oportunidades, hicieron que me bajara el pantalón y el calzoncillo, quedándome con la “cola al aire”.
 
Uno a uno los chicos empezaron a tocarme el culo pero muy tímidamente, ya que ellos quizás estaban más asombrado y retraídos que yo por el hecho que se estaba consumando, entonces el profesor los detuvo y les dijo con voz muy imperativa:
 
- ¡No! ¡Así no! ¡Así tienen que tocárselo!
 
Y dicho esto el “profe” me manoseó la totalidad de mis ya voluptuosos y carnosos “cachetes” con sus dos grandes manos, algo que me produjo una sensación muy agradable y placentera; a continuación entontes los chicos siguieron tocándome pero en esta ocasión con mayor ahínco, hasta que en determinado momento, el profesor los detuvo nuevamente y exclamó:
 
- ¡Listo! ¡Ya está! Ahora Walter, los chicos te van a coger.
 
Yo enseguida me di cuenta de que esta “prenda”, seguramente tenía mucho que ver con aquellos diálogos que había sostenido el profesor con mis compañeros, ya que los chicos, totalmente sueltos y desinhibidos, comenzaron a cogerme por “turnos”, es decir que sin abandonar la fila, iban bajándose el pantalón y el calzoncillo, para apoyar después sus “picos” en medio de mi colita y “culearme”;
 
El “profe”, a todo esto, les iba diciendo a los chicos, por ejemplo, cuando finalizaba su “turno” y cuando debía “pasar” el siguiente, entre otras observaciones que les hacía con respecto a “la cogida”, pero él solamente miraba, sonreía y eventualmente se llevaba una de sus manos a su zona genital, hasta que, después de dos o tres “pasadas”, dio por finalizada la “prenda”, no sin antes preguntarme:
 
- ¿Y Walter? ¿Te gustó la prenda?
 
Yo le respondí afirmativamente con un movimiento de cabeza, mientras los chicos sonreían socarronamente y antes de acomodarnos las ropas para disponernos a salir del aula, el profesor nos hizo “jurar y per-jurar” que no dijésemos absolutamente nada al respecto, algo que nosotros nos comprometimos solemnemente; una vez que los chicos estuvieron ya fuera de aquel aula, el “profe” volvió a ponerme una mano en el culo y a decirme al oído:
 
- ¡Qué lindo culito que tenés Walter! Por eso a los chicos les gusta tanto cogerte.
 
La clase siguiente, el profesor volvió a llevarme al aula junto con los otros chicos, pero en esta ocasión el pretexto fue que le ayudásemos a acomodar algunas cosas y una vez allí adentro, volvió a hacerme bajar el pantalón y el calzoncillo y a decirles a los chicos que me cogiesen, aunque en esta ocasión que lo hicieran directamente, sin toquetearme previamente la cola; las subsiguientes clases, inclusive hasta la finalización del ciclo lectivo, el “profe”, con la excusa que hábilmente se ocurriere en el momento, nos llevaba a mis compañeros (dos o tres y eventualmente cuatro) y a mí  hasta aquel aula y hacía que aquellos me cogieran en diferentes posiciones y de distintas formas.
 
Aquel profesor seguramente era una de esas personas que disfrutan, se excitan o experimentan algún tipo de placer solamente por el hecho de “mirar”, o tal vez por ejercer su autoridad e inducir a los demás a hacer determinado tipo de cosas, entre comillas “prohibidas”, ya que aunque eventualmente él me toqueteaba la colita, nunca intentó hacerme alguna otra cosa, quizás por temor a lastimarme o algo por el estilo, pero en una ocasión sin embargo, cuando faltaban pocos días para el término de las clases, me llevó hasta el aula en cuestión a mí solo y después de manosearse sus genitales, me preguntó:
 
- ¿Querés que te muestre el  pico?
 
- ¡Sí!
 
Exclamé escuetamente y entonces el “profe” se bajó su pantalón y su calzoncillo y agarrando su poronga aún fláccida con ambas manos, empezó a hacerse la paja hasta que se le paró y se le puso “al palo”, entonces volvió a preguntarme:
 
- ¿Viste alguna vez un pico tan grande como el mío?
 
A pesar de mi corta edad, enseguida intuí que aquel “profe” era uno de esos tipos a los que les gustan que les adulen el tamaño de sus “vergas” y rápido de reflejos entonces y poniendo cara de asombro, le respondí:
 
- ¡No! Nunca vi semejante pico. ¡Es enorme!
 
Burda mentira de mi parte, porque, como desde muy chico me atraían las zonas genitales masculinas, ya había visto varias y la de este buen profesor, no era la más grande ni mucho menos, pero yo igualmente estaba decidido a aprovechar aquello para experimentar alguna sensación nueva y entonces le pregunté:
 
- ¿Me deja que se lo toque?
 
El “profe” me dijo que sí y yo le pasé la mano por todo el tronco, los huevos e inclusive le toqué los “pendejos” y verdaderamente aquella gran “poronga” estaba durísima; fue también la primera vez que, siendo yo tan chiquito, toqueteaba una zona genital de esas características y continué tocándole la “verga” durante un buen rato, hasta que el profesor dio por finalizada esa sesión y ambos volvimos a la clase.
 
Al finalizar el ciclo lectivo, nunca más volví a ver o saber de aquel profesor de educación física (decían que se había ido a otra ciudad), pero a pesar de que tanto los chicos del “grupo” como yo nos habíamos “comprometido solemnemente” a no decir absolutamente nada con respecto a aquellas “cogidas escolares” en la hora de gimnasia, a alguno de mis compañeros se le escapó un comentario e inclusive, al año siguiente (cuando estábamos en séptimo), aquello ya era un “secreto a voces”, aunque en esos tiempos, nadie se escandalizó y todo terminó siendo solamente una anécdota.
Walter H. Comodoro Rivadavia – Chubut – Argentina.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar

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