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Adolescencia gay |
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Enviado por eddy el día Jueves 1 de Enero de 1970 |
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La historia que les voy a contar sucedió hace mucho tiempo atrás, cuando tenía trece o catorce años (ahora tengo más de treinta). Era un época en que tenía la típica revolución hormonal adolescente y ocupaba la mayor parte del tiempo pensando en el sexo, con mis manos en mis genitales. Me vivía masturbando con revistas y películas porno. Estas últimas, las traía todas las tardes a mi casa un amigo de la primaria: Gerardo. Indefectiblemente, de Lunes a Viernes nos mirabamos una porno. Yo no me animaba, pero mi amigo no tenía inconvenientes en pelar adelante mío y masturbarse hasta eyacular. Con el paso del tiempo me fui obsesionando con el pene de él. Nunca había deseado un miembro y mucho menos un hombre. Y eso me sorprendió. Pero no me preocupé ni me sentí mal o avergonzado al respecto. Todas las tardes, después de que Gerardo se iba, yo me masturbaba pensando en su pene erecto. Recordaba lo largo y duro que lo tenía y como era el momento en que eyaculaba. Gerardo solía acabar sobre la palma de su mano, lo cual a veces era insuficiente, ya que los chorros de semen solían caer en el piso, y eso a mi me excitaba sobremanera. Recuerdo que una tarde calurosa, mientras Gerardo se masturbaba me dijo: "no puedo creer el palo que tengo, la tengo re dura", y se reía sorprendido de la enorme erección que tenía. "Tocala, boludo, fijate lo dura que está". Yo lo miré como diciendo "ni en pedo" y sin darme tiempo a contestarle me agarró la mano y me la dirigió a su erectísimo miembro. Como un acto reflejo, lo primero que atiné a hacer fue a rodear su tronco con mi mano. No solo sentí la enorme rigidez de aquel pene, sino también que estaba caliente. Calentísimo. Y se lo dije. Y sin pensarlo, más bien llevado por la naturaleza, realicé el movimiento masturbatorio arriba-abajo dos veces, creo. Entonces observé como Gerardo cerraba sus ojos y hacía una mueca de placer inclinando su cabeza hacia atrás. Me detuve y el abrió sus ojos y me miró. Yo mantenía mi mano quieta alrededor de su tranca. "Dale, seguí", me dijo. Me quedé helado, pero al mismo tiempo hervía de calentura. Y seguí. Lo comencé a masturbar con firmeza. Disfrutaba de aquella dureza en mis manos. Estaba cumpliendo mi sueño de tocarsela. Pero duró poco ya que Gerardo comenzó a eyacular todo su esperma en muy espesos chorros que salían en todas las direcciones, incluso llegó uno de ellos a caer sobre mi brazo (el mismo de la mano masturbadora). Todavía puedo recordar muy bien la sensación que me produjo aquel semen espeso e híper caliente sobre mi brazo. Fue un instante que sentí enormes deseos de llevarme un poco a mi boca para probarlo, pero no me animé. Cuando Gerardo se recuperó me miró, se rió y me dijo: "ufff, que polvo". Sin más se levantó del sillón y se fue al baño. Yo me fui a lavar a la cocina. Eso fue un Viernes. Al Lunes siguiente Gerardo se apareció con tres películas en vez de la habitual una. Por supuesto, volvimos a hacer lo mismo. Y lo repetimos todos los dias de aquella semana, pero sin ir más allá de la pajeada de mi hacia él. Obviamente, mi cabeza vivía obsesionada con las tardes con Gerardo. Ansiaba hacer más cosas, pero no me animaba. Gerardo ya había debutado con chicas, y era un chico absolutamente heterosexual, pero algo estaba pasando y me daba cuenta de que él también quería más. Poco tiempo después, llegó un día que le comencé a hacer halagos a su pene. Le confesé que me gustaba mucho. Que me calentaba mucho pajearlo y que quería probar metermela en la boca. Cuando se lo dije de inmediato me dijo que el también deseaba que hiciera eso. Entonces, no se de donde saqué el valor y me agaché en dirección a su pene, que permanecía más duro que nunca. Lo tomé con la mano derecha y lo introduje en mi boca lentamente. Sentí como Gerardo se excitó cuando empecé a chuparsela. Sentí como se acomodó sobre el respaldo del sillón y comenzó a gemir a decir "ay, ay, sí, sí" o "uhhhh". Eso me enloqueció. Se la chupaba toda, con los labios y la lengua. Así sentía mucho más lo increíblemente duras que eran sus erecciones. Podía sentir como su glande latía. Improvistamente, sus chorros de semen coemnzaron a rebotar contra mi paladar y mi garganta. Me sorprendí, me quedé quieto y cuando sentí los jadeos y las expresiones de placer de mi amigo retomé la mamada y sin quejarme me tragué todo. Al principio me dió un poco de asco, pero la calentura hizo que me pareciera un néctar; el líquido más maravilloso del mundo. Y aún después de que terminó Gerardo, continué con la labor oral. Es que me moría de verguenza tener que mirarlo a los ojos. Cuando finalmente el miembro se comenzó a ablandar en mi boca dejé de chuparsela y sin siquiera mirarlo me fui al baño. Cuando salí, Gerardo ya se había ido. Al día siguiente repetimos dos veces lo mismo y lo disfrutamos más aún, ya que Gerardo estaba empezando a lograr retrasar su orgasmo. Día tras día venía a mi casa, poniamos una pelicula y enseguida me ponía a hacerle sexo oral. Dos y hasta tres veces también. Así estuvimos mas o menos quince días, hasta que una noche se quedó a dormir en mi casa. En la oscuridad de mi habitación, tratando de no hacer ruido para no despertar a mis viejos, lo empecé a hacer una paja. Gerardo quería que se la chupara, pero yo tenía miedo de que nos pescaran, por lo tanto desistí. Después de que mi amigo llegara al orgasmo ambos nos dormimos. Durante la madrugada, Gerardo me despertó. Estaba acostado al lado mío, en mi cama. Le hice señas de que estaba loco, de que se volviera a su cama, pero no me hizo caso. Yo agarré y le di la espalda e hice de cuenta que seguía durmiendo. Entonces él se me acercó y me apoyó con su bulto, que pude sentir estaba durísimo. Me quedé petrificado. No sabía que hacer y me quedé quieto. No estaba dentro de mis planes que me penetrara. Pero la sola idea de que eso pasara (la venía evitando en mi mente) me calentó a más no poder. Recuerdo que temblaba de la calentura que tenía. No sólo sentía el bulto de Gerardo, sino también sus dedos, que comenzaron a meterse en mi ano. Eso no me resultó ni placentero ni doloroso. Pero lo permití. Luego mi compañero de cama comenzó a moverse y me dí cuenta que estaba sacando su pene del calzoncillo y lo estaba tratando de acomodar... en mi agujerito. Sentí un miedo enorme cuando Gerardo apoyó el glande en mi puertita de entrada. Casi le dije que no, que parara. Pero no me dió tiempo. La comenzó a restregar contra mi ano y así la fue lubricando. Pero fue insuficiente, porque cuando la metió de golpe sentí un dolor enorme, como si me hubiesen desgarrado. Me dió la sensación que me metían la pata de una silla. No pude evitar lanzar un "ay, ay, ay, me duele". Pero Gerardo continuó haciendo fuerza y me la metió toda en cuestión de segundos. Ahora que lo veo a la distancia, comprendo a mi amigo inexperto que estaba preso del deseo y la calentura. Pero pagué caro su inexperiencia. No disfruté para nada. Para colmo, cuando me empezó a bombear, que fue el momento en que me estaba gustando un poquito, Gerardo eyaculó. Sí, me lanzó todos sus líquidos en mi averiado culito. De inmediato me fui al baño a mirar. Me salía un poco de sangre y tenía el ano todo dolorido. Hasta el agua del bidet me causaba dolor. Al otro día Gerardo me dijo que quería hacermelo otra vez, pero por supuesto, le dije que no y que no quería volver a intentarlo. Una vez que me recuperé del daño que me provocó aquella auténtica "rotura de orto" que me proporcionó Gerardo se me fue pasando el miedo y retomé la fantasía de que me volviera a coger. Por supuesto llegó la repetición. Pero fue mucho mejor. Una tarde de sol recuerdo que después de que se la chupara como media hora, Gerardo me pidió que le entregara la cola otra vez. Y le dije que sí, pero que tuviera más cuidado. Para mi sorpresa, Gerardo agarró su bolso del colegio y sacó un frasco, que pude ver, contenía una especie de vaselina. Aunque no supe bien que era, eso funcionó de diez. Fuimos a mi habitación y me puse en cuatro patas. Gerardo se colocó en detrás mío en posición, me bajó el pantalón corto y el calzoncillo, me tomó de la cintura y me acercó hasta su pene, que estaba como un mástil. Primero me restregó su pito en mi agujero y luego tomó la vaselina con sus dedos y comenzó a introducirlos. Muy pronto mi ano se dilató apropiadamente y entonces Gerardo se embadurnó el pene y lentamente, con cuidado, me introdujo el glande. Luego fue metiendo poco a poco todo su pene, que ahora no me hacía doler casi nada. Esta vez tardó mucho más en comenzar el bombeo. Me la metió y me la sacó numerosas veces hasta que de a poco fue subiendo el ritmo. Y con cada bombeo también crecía mi placer. Afortunadamente me pudo bombear con todas sus fuerzas sin lastimarme y con un dolor mínimo. Sin siquiera tocarme, me acabe la vida mientras sentía la pelvis de Gerardo chocando contra mis nalgas de mujer y haciendo el clásico "plac" del traqueteo. Y mi amigo no aguantó mucho más y se largó todo adentro de mi cola. Gruñó mientras acababa como si le doliera. Y eso me recontra calentó. Incluso luego de haber eyaculado, Gerardo continuó penetrandome y bombeando por unos instantes, que fueron deliciosos. Después de aquella tarde inolvidable seguimos teniendo relaciones durante aproximadamente un mes, hasta que me fui de veraneo con mi familia. A la vuelta lo busqué pero no pude encontrarlo porque se mudó a otra ciudad. Nunca más lo vi en mi vida. Y fue la primera y única vez mía con uno de mi mismo sexo. Poco tiempo después tendría otra experiencia, pero con un hombre mayor y luego nunca más volví a caer en estas experiencias. Las mujeres, que acapararon mi vida de allí en más me hicieron olvidar que también puedo disfrutar con un hombre. Y hoy lo recuerdo como una experiencia hermosa, tan placentera como irrepetible. |
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Escribile un e-mail al autor: eddy_roth@yahoo.com |
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