El Jardinero y su enorme
Enviado por Corcel el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Esta historia que contaré es verídica y siento la necesidad de compartirla, por supuesto que cambiaré los nombres de los personajes que participaron.

 

Todo comenzó una mañana que me quedé en casa y escuché la conversación entre las mucamas de la casa vecina, quienes no advirtieron que yo estaba reposando en mi jardín. Un tapial nos separaba pero la distancia es tan corta que podía oir con claridad la charla. La conversación se desarrolló más o menos  así:

 

-         Hay niña, decime la verdad: ¿A vos te molesta el jardinero cuando viene a trabajar y no hay nadie más en casa?

-         Mirá, Anita, yo no te voy a andar con mentiras. No soy ninguna mojigata y te voy a decir toda la verdad. Pero decime vos primero: ¿Qué te hace a ti?

-         Te voy a contar, María, que a mí me pasa chuliando y cuando sabe que estamos sólos se me acerca mucho y me quiere topar contra los muebles y las paredes pero yo nunca lo he dejado...

-         ¿De veras? Decime la verdad, ¿Nunca te ha siquiera tocado?

-         Por Diosito que no me he dejado.

-         Ay, Mamita! No sabés de lo que te has perdido. Pues te cuento que a mí ya desde hace varios meses que el muy hijupueta me está cogiendo y bien rico.  Hay varias cosas que me gustan del muy cabrón: primero que nada, siempre anda bien aseado. A pesar del trabajo rudo que hace, siempre huele bien y eso a mi me hace sentir cómoda. Lo otro es que tiene una verga que dá gusto. Es grandota como no tenés idea. Es larga como un banano y gruesa, y cuando la tiene bien parada, hasta se le hace curva, como que fuera un gran plátano. Cuando me la mete, esa forma de curva que tiene me vuelve loca. Me toca todas las entrañas. Además que es bien paciente y tierno. Cada vez que cogemos, no se apresura a terminar, como me pasa con otros hombres con quienes suelo coger. Casi todos los muy hijos de puta les gusta metermela con fuerza y no duran ni cinco minutos cuando ya han terminado, y a mí me dejan como pendeja, con ganas de seguir cogiendo. Este cabro se toma su tiempo en acariciarme con ternura, me besa por todos lados y con su lengua recorre cada rincón de mi cuerpo. Aunque no lo creas, cada rincón de mi cuerpo.

-         ¿No me digás que te mama la chocha?

-         Ay, pasmada. Me mama la chocha, el culo, las tetas, los pies...¡todo! Y hay veces que me hace terminar con la boca e inmediatamente después le pido que me la meta y vuelvo a terminar. Creémelo o no, hay veces que tardamos hasta una hora entre  juego y juego y al final casi siempre nos venimos los dos juntos.

-         ¿Y dónde te coge, María?

-         En todas partes. A veces en mi cuarto, a veces en el cuarto de los señores, a veces en la sala.

-         Te voy a decir la verdad, María. A mí ya me amontonó las primeras veces, pero no me he querido dejar coger porque voy a quedar preñada.

-         A mí eso no me preocupa porque cuando tuve a mi hijo me esterilizaron así que no me puede preñar.

 

Aunque al principio me pareció que la conversación era desagradable, me fue dando curiosidad y me sentí cómoda de que no me podían ver escuchándolas. Y a medida que las confidencias iban subiendo de tono, yo me iba excitando más y más. Pues como la semillita de la curiosidad me quedó sembrada, por momentos me sentía culpable de ser libidinosa pero en mi mente quedó el deseo de verle ese gran banano al jardinero, que por cierto llegaba a mi casa todos los primeros viernes del mes. Yo no suelo estar en casa cuando él llega, pues trabajo, pero el siguiente viernes que le tocaba llegar, no fui a trabajar, despaché a mi sirvienta y me quedé sóla en la casa. Los niños ya se habían ido a la escuela con el papá quién trabajaba en una ciudad alejada 135 kms de casa por lo que él siempre regresaba entrada la noche.

 

Lo hice pasar adelante, ahí estaba él: fragante, joven y muy guapo, algo que antes de escuchar la indiscreta conversación, no había reparado. Quizás tendría unos 30 años, era alto y fornido como un roble, de tez blanca, cabellos castaños y ojos verdes. Fue muy respetuoso al saludar y se dirigió directo al cuarto de servicio a cambiarse de ropa y preparar sus herramientas.

 

Yo subí las gradas hacia mi cuarto, pero mi mente giraba a mil por hora ingeniándomelas como podía lograr que me cogiera como a la mucama vecina.  Estaba muy agitada y no sabía qué hacer, pues temía que él se podría sentir cohibido y rechazarme por ser la patrona.

 

Como no se me ocurría nada decidí darme una ducha en mi baño, y Eureka! Mientras me duchaba se destrabó la manguerita alterna que baja del plato de la ducha, y el agua se desparramaba por los lados, haciendo un gran desastre. Apagué la ducha inmediatamente, me enrollé una toalla alrededor tan corta que apenas lograba tapar desde los pezones hasta un poquito debajo de mi vello púbico y bajé las escaleras en busca del jardinero, quien en ese momento estaba afilando las herramientas.

 

-         Francisco, ¿Sabes de fontanería? – le dije cuando estuve cerca.

Él se me quedó viendo claramente asombrado por lo atrevido de mi vestimenta. Y entre una extraña mezcla de apenado e impertinente, tartamudeando me dijo.

 

-         Si, Señora. ¿En que le puedo ayudar?

-         En mucho, Francisco. Fijate que se me ha destrabado la manguerita de la ducha y el agua que se desparrama hace un verdadero desastre en mi baño.

-         ¿Quiere que se la arregle?

-         Si no es molestia.

-         Claro que no, Señora. Estoy para servirle.

-         Eso espero... – dije entre dientes muy atrevidamente. Por un momento me sentí como una puta y que no debía ser tan atrevida.

 

Francisco subió inmediatamente y yo detrás de él. En un santiamén reparó la manguera. Y yo me había quedado petrificada viéndolo a un par de pasos de distancia. Cuando noté que se iba a dar la vuelta, pues ya había terminado la reparación, yo me agaché, haciendo el mate de que recogía algo que se había caido al suelo. Por lo corto de la toalla mi culo quedó al aire en toda su esplendidez en dirección de Francisco. Él se quedó inmóvil, congelado, sin hacer un movimiento, pero observando el tremendo espectáculo que yo le ofrecía. Yo ya estaba al borde de la excitación y de la impaciencia, pues creo que por temor y pena el muy tonto no se atrevía a dar el siguiente paso. Así que tomé la iniciativa y en la posición que estaba, culo al aire, retrocedí topándole sus genitales con mis gluteos. Pude claramente sentir que él ya estaba completamente erecto por la excitación. La toalla cayó al suelo y yo comencé a restregar mi culo contra su paquete. La excitación que sentía era sin igual.  Aún sobre su pantalón podía sentir  lo esbelto y la forma del pene de mi Francisco. Y él, muy hábilmente, comenzó a hacer lo suyo. Con una gran tranquilidad y experticia, comenzo a serruchar su pene, sin bajarse el pantalón, a todo lo largo de mi rajita, la cuál ya estaba chorreando jugos. Me abrazó por atrás y comenzó a acariciar mis tetas mientras seguía serruchando mi trasero. Sin dejar de abrazarme por detrás, su lengua buscó la mía y comenzaron los exquisitos besos que a mí me calientan que es maravilla.

 

Habrían pasado varios minutos, y entre sus expertas caricias y besos sentí mi primer orgasmo, y aún no se había quitado ni una prenda de vestir, y fue en ese momento que me desesperé por verle el pene. Ese bello monumento que fue lo que despertó mi lujuriosa curiosidad. Y traté de soltarle el cinturón, pero no me dejó, me tranquilizó con caricias y me dijo:

 

-         Tranquila, mi amor, que tenemos todo el tiempo del mundo.

Me llevó a la cama y siguió con sus caricias. Sus labios y lengua comenzaron a trabajar hábilmente por todo mi cuerpo.

 

-         Quiero que usted goce, mi señora. Mi boca le dará placer, y sólo pararé hasta que usted me lo pida.

-         Grandísimo hijueputa, yo no soy tu señora. Soy tu puta y hacé conmigo lo que te venga en gana.

-         ¿Todo lo que yo quiera, mi puta rica?

-         TODO, TODITO...Quiero verte esa vergota, maldito hijueputa. - Le espeté, apretando los dientes.

 

 

 A todo este refuego yo ya había experimentado unos 3 orgasmos y quería desesperadamente verle el pene. Pero él me llevaba poco a poco. Me estaba cocinando a fuego lento.  Poco a poco fui conociendo más partes de su cuerpo hasta que finalmente pude ver el espectáculo mayúsuculo de ese hermoso y formidable pene. Era tal como me lo imaginé con la descripción de la vecina. Era enorme y curvado. Su grosor era espectacular y su longitud probablemente duplicaba la de mi marido. Tendría unas 10 pulgadas.  Lo quería dentro de mí.  Y finalmente, al cabo de muchos minutos de placer y retozar entre las sábanas, sentí la gloria. Su pene comenzó a penetrar lentamente por mi vagina. Mis jugos y su saliva que se encontraban inmersos y esparcidos por todas las rendijas de mi cuerpo, le facilitaron a tan grande y bello pene la penetración. La curvatura de su verga se sentía espectacularmente delicioso al hacer una extraña presión en la paredes de mi vagina. Fue entonces que sentí el más intenso orgasmo que jamás haya experimentado.

 

Esa mañana no se hizo jardinería en mi casa, ni ninguna de las siguientes mañanas de viernes. En mi trabajo, ya no llegaba los primeros viernes del mes. Y finalmente el jardín se comenzó a poner feo.

 

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