Antes que nada, me presento: me llamo Marcelo y no voy a revelar mi edad por razones de privacidad.
Lo que voy a contar sucedió hace ya un año y es la primera vez que lo escribo.
Soy médico gerontólogo con formación homeopática.
Supongo que habrá sido el intenso apego a mis padres lo que me inclinó en esa dirección. La cuestión es que luego de haber terminado la residencia en clínica médica, a mis ya 26 años, me vi enfrascado en cursos, seminarios y congresos sobre esa especialidad...
Mi práctica médica siempre fue muy tranquila. El único sinsabor propio de mi especialidad -supongo que ya se lo imaginarán-, es que bastante seguido me encuentro despidiendo a algún querido paciente... para siempre.
Este contacto continuo con el límite de la vida, supongo, fue lo que desató de algún modo, los hechos que relataré a continuación.
Los “viejos“, como los llamamos entre mis colegas, son en general muy afectuosos. Tal vez por estar cada vez con menos espacio en nuestra “sociedad del continuo zapping“, se muestran muy agradecidos con quien los escucha y les presta atención.
Es así que un día me encontré con Miranda, una simpática mujer de 78 años, de una mente de jovialidad excepcional y sumamente culta, acompañada de su nieta, Cecilia, de 16 años.
Era muy común por entonces ese cuadro: El abuelo y el nieto.
Los viejos, desplazados por sus propios hijos, encuentran en sus nietos adolescentes a los compinches ideales.
Experiencia de vida y juventud pueden encontrarse así, de un modo tal , que muchas veces quedé conmovido.
Publique varios trabajos en revistas especializadas sobre el tema acerca del afecto en la vejez y en nuestra sociedad.
Por otro lado, siempre tuve facilidad para relacionarme con adolescentes y ganarme su confianza, lo que hace que me confiesen secretos que ni a sus mejores amigos revelan y, por supuesto, mucho menos a sus padres.. cuestión que a veces, me pone en serios aprietos.
Es así que comenzó a suceder que Cecilia acompañaba sistemáticamente a su abuela a la consulta.
Miranda sufría de una insuficiencia renal irreversible que requería de contínuos controles.
En estas consultas yo notaba un especial trato de Cecilia hacia mi, pero lo tomaba como parte natural de la buena onda que había de mi hacia su abuela.
Nos caíamos muy bien y era frecuente que nos quedáramos hablando de "..literatura de terror“, género en el que teníamos un común interés. La verdad era que nos divertíamos mucho.
Por otro adolescente que acompañaba a su abuelo, me enteré que el consultorio, y especialmente la sala de espera, se había convertido en un lugar de encuentro para ambos.
Tenía por así decir, mi propio “fan club“. Pero además empecé a darme cuenta de que ellos se gustaban.
Esto es lo que Cecilia me contaba en su primera "..gran confesión“.. un día en que "..cayó de sorpresa".. en mi consultorio, diciéndome que tenía que contarme algo.
Esto no fue una sorpresa para mí, que me caracterizo por escuchar mucho a mis pacientes. Tanto es así que mas de una vez hay pacientes que vienen solo para charlar y esperar mi consejo y no por alguna dolencia orgánica.
Es así que Cecilia me tomó por confidente y teníamos largas charlas sobre cosas que le divertían y le preocupaban. Así era como me hablaba mucho de su intima amiga, Paula, y de Ernesto, el chico que había conocido en mi sala de espera.
Cierto día, en que la notaba especialmente afligida, le pregunté preocupado (suelo ser muy paternal, aún con mis pacientes añosos), qué le pasaba.
Me contó que se sentía muy mal con las chicas del cole porque la apartaban y no compartían sus cosas con ella.
Me costó mucho entender dónde estaba exactamente la dificultad, porque Lucía nunca había tenido problemas de relación social y era sorprendente que esto le sucediera justamente a ella.
Pero finalmente, con mucha vergüenza me confesó que el problema era que era virgen.
Lancé una carcajada por la dimensión que le daba al problema, pero, sorpresivamente para mí, Lucía tomó muy mal mi actitud y, ofendida se fue del consultorio casi corriendo y sin despedirse, muy enojada.
Me quedé sumamente preocupado y me sentía culpable de no haber sido mas comprensivo.
Pero luego pensé que para ella ese era un verdadero problema, y era yo el que no había sabido escucharla.
Entendí que sus compañeras “de mas experiencia“, la apartaban justamente por su falta de experiencia. Ellas habían formado algo así como el club de las “experimentadas“ y discriminaban a todas las que no hubieran “pasado la prueba“.
Llamé de inmediato a Cecilia diciéndole de mi torpeza y escuché de inmediato su felicidad por sentirse comprendida. Creo que el no haberse sentido escuchada por mi, realmente la había afectado.
La vez siguiente que vino con su abuela pidió hablar conmigo y me contó algo ante lo que no supe cómo responder: quería dejar de ser virgen “para saber cómo es“, pero tenía terror de pasar por esa experiencia con un chico.
Le sugerí que consultara con una psicoterapeuta.
Cecilia se ensombreció: “pensé que podía confiar en vos“.
Yo me quedé perplejo. No tanto por su pedido. Lo que me dejo pasmado era lo que en mí había aparecido de improviso y que me había puesto sumamente incómodo.
Hasta ahí era claro que yo era su “doctor“ de confianza y así me lo manifestaba, pero a partir de aquello las cosas empezaban a tomar otro color.
Por un lado me sentía halagado por la confianza que depositaba en mi.
Pero por otro algo me estaba pasando a mí.
Con cierto espanto, percibí que Cecilia no me era indiferente, y esto me perturbó produciéndome una enorme inhibición.
A pesar de su corta edad, había algo de su feminidad que había “traspasado“ toda la protección “profesional“ que yo había logrado construir a través de los años.
Mi perturbación fue mayúscula pero con gran esfuerzo la reprimí de inmediato. Me daba mucha vergüenza que se me notara algo.
Lo desesperante de la situación era que a partir de aquello, ya no veía a Lucía como a una “nena“, y que mi traje de “doctor“ no podía ocultar que en mí se había despertado el “hombre“ que yo tanto había reprimido para dedicarme exclusivamente a “mis viejos“.
Cecilia no era ninguna tonta y algo había percibido. Eso en lugar de amedrentarla, pareció desinhibirla aun mas.
En nuestros próximos encuentros Lucía ya no dudaba en seducirme con sus miradas, sus movimientos, sus caídas de ojos, sus besos al saludarme y al despedirse.
Mientras tanto seguíamos charlando amigablemente como si nada sucediera.. y me seguía contando sus enojos con esas “creídas“ de sus compañeras.
A esa altura, yo trataba de poner cara de póquer esperando que sea ella la que diera el próximo paso.
A mi me resultaba terrible. No me parecía bien lo que estaba sucediéndome a mi, y mi ética me prohibía expresamente imaginar nada con alguien a quien yo insistía en tratar como a una paciente.
Más aún teniendo en cuenta lo importante que yo era para ella. Un desliz de mi parte podía resultar catastrófico.
Pero el próximo paso lo dió Lucía y !de qué modo!.
Un día en el que yo finalizaba la consulta, escucho el timbre.
Me sorprendió no tanto por la hora (siempre hay alguien que viene a buscar alguna receta de último momento) sino por mi visitante nocturna.
Era Lucía. Estaba pálida, un poco desarreglada, temblorosa, claramente nerviosa y con expresión dolorida, parecía como que no había dormido desde hacia varios días.
Pensé lo peor: “Miranda“, dije en un susurro.
“No, soy yo".., dijo Lucía, “mi abuela está bien“.
La hice pasar al consultorio y fui a buscarle un vaso de agua.
Me dispuse a escucharla, pensando en que entonces algo habría pasado con Ernesto.
“Se trata de Ernesto?“ recuerdo que le pregunté. “No“, me dijo, “se trata de vos“.
Un frío helado me bajó por la espalda.
Temblaba de pies a cabeza y pensé por un momento que había refrescado, pero era imposible: se trataba de una despejada y cálida noche de verano, de esas en que la ciudad parece desierta.
“Con Ernesto está todo bien“ recuerdo que dijo. “Es muy bueno, un poco ingenuo, pero buen chabón“.
“Lo que pasa es que no tiene experiencia“ continuó, “él es virgen como yo“ y con una percepción superior a las chicas de su edad agregó: “creo que él está mas aterrado que yo“.
Yo la escuchaba impávido, mas bien rígido por la tensión. No quería saber nada de lo que me estaba diciendo,
Ensayé algunos consejos explicándole que la primera vez es difícil, que tuviera paciencia, que se lo tomara con calma, que no se presionara.
Me miró con algo de odio en su mirada: “me parece que no entendés nada“, dijo.
Y a continuación:“Yo quiero que vos me enseñes“.
Me quedé boquiabierto sin saber qué decir.
Luego de un rato de silencio recuerdo lo primero que se me ocurrió, algo así como que me lo dejara pensar. Tal vez tenía la esperanza de que se le pasara o de estirarla para que algo sucediera con Ernesto.
Cecilia se despidió sin su habitual beso.
Era claro que ya no se conformaría con un simple beso.
Ahora era yo el que no podía dormir. Sabía que no lo podía hablar con ninguno de mis amigos porque ya sabía de antemano su respuesta: “aprovechá la oportunidad“. Y no era lo que yo tenía en mente.
Lo que pensaba era que Cecilia estaba confundida y había creído que nuestra buena onda significaba alguna intención de mi parte. Es muy común en la relación médico-paciente que el paciente se enamore de su médico. Tengo entre mis pacientes a un montón de viejitas enamoradas de mí, es parte del oficio.
Cecilia en cambio era una joven encantadora. No muy atractiva a primera vista, a decir verdad, pero muy simpática y entradora.
Si yo podía dejar de verla como mujer...pensé...tal vez...
Pasé varias noches desvelado dándole vueltas al asunto y rogando que no volviera ni llamara.
Cada vez que mi secretaria se comunicaba conmigo un sobresalto me electrizaba. Siempre atento a la posibilidad de que fuera ella.
Pasaron los días y finalmente tomé una decisión.
Decidí ayudarla. Acceder a lo que me pedía y al mismo tiempo liberarme del problema. No podía seguir así.
Me informé bastante por internet y adquirí varios libros sobre el tema.
Iba a enseñarle sexo a Lucía.
La cité una noche después de la consulta.
Como Cecilia vivía con su abuela, estaba todo bien. No había sospechas. Miranda me adoraba y confiaba plenamente en mi.
Eran las 20 Hs. y mi taquicardia amenazaba con dejarme seco de un infarto si Cecilia no aparecía pronto.
No tuve que esperar mucho.
Cuando entró me saludo con un beso sobre la comisura de mi boca y amagó a abrazarme.
“No tan rápido“, recuerdo que murmure. “Primero tenemos que hablar“.
Estuvo de acuerdo aunque lanzó un pequeño bufido que demostraba su impaciencia.
Cuando nos sentamos en el escritorio de mi consultorio, noté que llevaba un jean muy ajustado que subrayaba unas magnificas formas, a las que yo, hasta entonces, no había prestado atención.
Llevaba también una remerita corta que dejaba ver un ombligo adornado por una roja piedrita brillante.
“Te voy a enseñar“ comencé, “¿trajiste lo que te pedí?“.
Ya había instruido a Cecilia sobre la ropa que debía traer.
Como obedeciendo una consigna, sin decir nada, se dirigió al baño y allí se cambio.
Cuando salió, ya estaba preparada.
Me dejóo mudo. Hasta ese momento yo no había apreciado correctamente sus formas. Ahora con esas calzas negras de lycra y una musculosa apretada sin soutien ni bombacha, sus formas eran claramente apreciables bajo el velo de las telas que ceñían su piel.
Me serené. Me había propuesto hacer un trabajo altamente profesional y debía mantener mi neutralidad a rajatabla.
“Comencemos con el primer ejercicio“ dije.
Le até un largo pañuelo alrededor de la cabeza que tapó sus ojos. “Ahora te vas a pasear por este cuarto, descalza, caminando lentamente, concentrándote en tu cuerpo, tus músculos. Vas a intentar descifrar todas tus sensaciones.
Luego vas a acostarte en esta colchoneta, y vas a hablar de tu cuerpo.
“entendido?“ dije con tono firme. De algún modo me sentía poderoso. La tenía a mi merced y eso era estimulante.
Mientras la miraba caminar lentamente con los ojos cerrados, concentrada en cada una de sus pisadas, pude sentir crecer su excitación.
En el equipo de audio sonaba Coltrane que con su saxo llenaba de dulzura la atmósfera perfumada por un sahumerio hindú con esencias afrodisíacas.
El objetivo era que Cecilia se conectara con su cuerpo en ese clima donde ella además tenia presente mi mirada sobre su cuerpo, pero sin poder verme.
Era para ella una presencia permanente a su lado.
Me dí cuenta de que sentía mi mirada acariciando toda su piel.
Por fin se recostó sobre la colchoneta y le pedí que me dijera qué sentía.
“Siento todo mi cuerpo“, dijo con los ojos cerrados.
“Ahora“ seguí yo, “concentrate en cada zona de tu cuerpo y decime qué te dicen“.
Así, empezó a describir lo que sentía en cada zona, en cada región de su anatomía.
Contrariamente a lo que yo imaginaba, Lucía no era tan ingenua. Evidentemente ser virgen no le había impedido ¨ilustrarse¨ de los mas diversos modos. No solo leyendo literatura erótica, sino también, como hube de enterarme después, viendo películas eróticas y pornográficas.
Era, digamos, una ¨chica instruída¨.
Es así que exclamó:
“Siento mis pechos turgentes, mis pezones erectos... !deseo que me acaricies por favor!“ exclamó rompiendo nuestro pacto e intentando incorporarse, implorante. Sin embargo volvió a recostarse, como no animándose a desobedecerme.
“No“, ordené con calma.
Volvió a recostarse y dijo: “creo que no lo voy a soportar, deseo con toda el alma que me acaricies, que me toques!“.
“Todo eso“, interrumpí yo, “ya va suceder otro día. Ahora todo lo que sientas vas a tener que decirlo con palabras. Tenés libertad absoluta para decir lo que se te ocurra“.
“Entonces, lo que quiero decir es que mis pezones anhelan tus dedos, tu boca, mi vientre quiere encontrarte, y mi vulva...mi vulva...!está absolutamente mojada!!estoy empapada!“ y con una carcajada y una sonrisa se sentó, corrió el pañuelo que la cegaba y contemplo sus calzas que en su entrepierna era una húmeda mancha que comenzaba a expandirse rápidamente.
“Básicamente estoy caliente, disculpe mi expresión doctor (me sorprendió que de pronto no me tuteara), pero es la verdad, necesito masturbarme“.
“Terminamos por hoy, entonces“ dije.. y di por concluido nuestro encuentro que seguiría al día siguiente.
Aunque contrariada, Cecilia obedeció.
Mi noche fue fatal. Yo estaba como caminando sobre nubes. Pero con una sensación de culpa que rondaba mi cabeza. Me parecía que todo eso estaba tremendamente mal y, sin embargo quería continuar, no deseaba detenerme.
Me di una ducha de agua helada y me acosté.
Me moría de ganas de masturbarme.
Pero me resistía, dado que lo había dejado de hacer hacia muchos años, cuando me di cuenta que de ese modo desperdiciaba energías que prefería emplear en una relación sexual autentica y no en simples fantasías.
Pero por otro lado, hacia mucho que yo no tenia sexo real. Estaba guardando mis ganas y ahora amenazaban con descontrolarse entrando en erupción como un volcán.
Pero finalmente, y con ayuda de un buen whisky, pude calmarme y me dormí.
Al día siguiente se repitió la escena y durante dos días mas.
En cada uno de nuestros ejercicios ibamos avanzando hacia la culminación.
Yo demoraba todo lo que podía cada sesión y, cuando notaba que Ceci estaba a punto de estallar, me detenía e interrumpía nuestro encuentro.
Por otro lado Ceci tenía absolutamente prohibido masturbarse. Su calentura tenía que alcanzar la mayor tensión posible para que el encuentro final fuera realmente un ¨debut¨.
Al quinto día, la excitación de Cecilia ya no precisaba de nuestro habitual “precalentamiento“ y podía decirse que “estaba a punto caramelo“.
Yo sin embargo creía estar sereno, dueño de la situación…mientras pudiera sostenerlo.
Supongo que me sentía cómodo y quería llevar a Cecilia al cenit de su excitación.
Esta vez estaba en bombacha y corpiño.
Una tanga semitranslucida que pícaramente se había comprado para la ocasión.
Ambas prendas blancas, hacían de algún modo juego con la tersura de su piel y la ingenuidad de su mirada.
Yo ya tenia pensado qué pasos seguir, pero confieso que, en ese momento...la turbación era monumental!.
Por un lado deseaba abalanzarme sobre ella y literalmente violarla sin su mas mínimo consentimiento.
Por otro lado se me cruzaban todas las fantasías que hasta ese momento había tenido y...no sabia por cual empezar.
Pero me olvidaba de un detalle: ella estaba ahí y no todo dependía de mi capricho.
Es así que todo plan se me desbarató, cuando ella acercándose y tomándome la mano me susurro al oído con vos entrecortada por la excitación: “por favor...haceme mujer…enseñame.“
Fue entonces que le dije: “Vos ya sabes. Solo tenés que cumplir tus fantasías. Pedime vos que querés que te haga“.
“Me gustaría que me beses...“ dijo, pro cuando creí que eso era todo agrego: “...todo el cuerpo“.
Me dediqué entonces a cumplir la fantasía que ella tanto ansiaba.
Pero sorprendida, registraba que aquello no era como lo había imaginado.
Se encontraba con zonas de su cuerpo cuya reacción desconocía por completo y que ni siquiera imaginaba en sus fantasías menos confesadas.
Fue monumental su gemido al lamerle las ingles, por ejemplo, próxima mi lengua a su conchita extasiada, antes de acariciarle lentamente su clítoris, se encontró con el primer orgasmo.
Fue tal su sorpresa que con ojos y boca muy abierta me pregunto casi con desesperación en la voz : “¿que me hiciste?...me vas a volver loca si volvés a hacer eso“.
Sin decir palabra me dirigió a su rosada conchita palpitante y gimió muy fuerte cuando pose muy suavemente mi lengua en su húmeda vulva y me quede quieto allí, haciendo levísimos movimientos de presión y saboreando muy lentamente su néctar.
Era claro que estaba desesperada de deseo y yo estaba comenzando a tener una erección como hacía tiempo no recordaba.
Escuchando su respiración jadeante le dije: “¿Te gustó?“. “Ahora tu doctorcito te va a dar algo para vos.....querés?“.
Y bajándome lentamente los pantalones, ella arrodillada frente a mi, esperaba eso que descubriría en un momento, turbada de placer.
Quede en calzoncillos. Mi erección era mas que evidente. Pero Cecilia, no se encontró con mi pene de inmediato: poso sus labios sobre mi erección y con sus dos manos presiono levemente a cada lado. Con ese movimiento, sin darse cuenta, había bajado levemente el borde del slip y el glande de mi ya enorme pene asomaba rojo y rezumante.
Ella lanzó una risita de sorpresa al encontrarse con su tan esperado ¨compañero de juegos¨ y sin demora pasó la punta de su lengua por el glande como saboreando lentamente un sabroso helado de su crema favorita.
Así continuo, mientras sus manos presurosas bajaban aun mas el calzoncillo, mientras su boca jadeante y desesperada rodeaba mi pene por completo subiendo y bajando, sin interesarse en lo mas mínimo por mi presencia, ni en mi placer.
A esa altura solo estaba concentrada en su goce y se había olvidado por completo de mi.
Yo, jadeante le pedía que se detuviera, que fuera mas lento. Sentía que si seguía así iba a terminar y quería que durara un buen rato mas.
“Bebita“, le dije, “voy a terminar un tu boca si seguís así“, avisándole que iba a derramar mi semen en su boca, pensé que se retiraría. Pero no fue así. Habiendo escuchado mi urgencia, aumentó su excitación, como habiendo decidido que era justamente eso lo que quería.
Yo me excitaba aun mas con su excitación, pero quería demorar todo lo que pudiera el momento de mi orgasmo.
Viéndola totalmente desatada, pidiéndome mi semen entre jadeos, gozando de mi verga encendida, me retiré bruscamente: no era mi goce el que yo quería alcanzar ahora. No antes de haberle enseñado lo suficiente.
Ella me miró perpleja como reprochándome el haberle quitado su caramelo.
“Ahora“, sugerí, “date vuelta“.
Tomándola con mis dos manos por su cintura, la hice girar hasta darme la espalda y lentamente, arrodillada de espaldas frente a mi y apoyada sobre manos y rodillas, tome su blanca tanguita y la deslice lentamente por sus muslos, rodillas y piernas, hasta extraerla por sus pies.
No pude reprimir la tentación de olerla suavemente como a una flor antes de dejarla a mi lado. Su olorcito era de gloria: lo guardé para siempre en mi memoria.
“Ahora, nena apoyate sobre los codos y le voy a dar placer a tu hermosa cola“.
Cuando lo hizo el espectáculo fue deslumbrante. Su rosada conchita y su ano palpitante resumían en un solo lugar lo que parecían todos mis anhelos tanto tiempo pospuestos.
Toda mi calentura parecía a punto de estallar y por un momento temí perder el control y derramar allí mismo mi semen sin haberla penetrado.
En ese punto hice una pausa y tome un sorbo de agua de un vaso que había sobre el escritorio, se me había secado la boca y mi corazón latía a mil.
Habiendo recuperado el control, acerqué ,mi mano a su pubis, desde atrás y la acerqué muy suavemente, rozando apenas la oscura y suave alfombra de sus vellos pubianos para que sintiera las deliciosas cosquillas de mi caricia.
Fue allí que lanzo un largo gemido como de perra en celo que me calentó enormemente: “aggghhh...siiiiiiiiiiiii!“.
Acerqué mi lengua allí y de un solo lengüetazo la pase húmeda por su conchita y su culo ardiente.
Me arrimé con mi pubis y con mi mano derecha dirigí mi verga hacia allí, haciendo firme contacto con su vulva y pasándole el glande por su rosada abertura y su apretado culo.
Acomodé la punta en su ano y le dije “¿te gusta ahí?“. “ Siiiiiiiiii“ exclamo.“Me gusta que me acaricies suavecito!, me vuelve loca!ñ…. pero tengo miedo!“.
“Mi amor!“, le dije lleno de ternura “vas a ver que no te va a doler...vos… me vas a ayudar a que te penetre!“
Llene de saliva la palma de mi mano y la punta de mis dedos y unté esa calida saliva por toda esa zona ardiente en que ella me estaba esperando para apagar tanto fuego.
Una vez que estuvo bien lubricada dirigí mi glande hacia su ano y apoye su punta contra su ano cerrado.
Luego pasé mi brazo por su cintura y dirigí la punta de mis dedos hacia su monte de venus, buscando la dureza oculta de su clítoris escondido.
Al apoyar la yema de mi dedo anular sobre su clítoris, buscándolo a lo largo de toda su extensión y descorriendo su capuchón, ella inspiró profunda y súbitamente conteniendo brevemente la respiración y soltándola en un leve gemido
En ese momento llevada por la excitación, empujo hacia atrás y abriendo mucho sus nalgas hizo que la penetrase de un solo movimiento que duro una eternidad, mientras con mis dedos frotaba su clítoris.
Me quede sumamente sorprendido de lo rápido que estaba aprendiendo, porque, sin dudarlo ni un momento, comenzó a moverse hacia delante y atrás haciendo que mi verga apareciese entre sus nalgas en todo su largo para ir a desaparecer dentro de su hermoso culo, mientras me apretaba con su poderosa musculatura haciendo estallar de placer a mi pene.
Estuvimos así unos 5 minutos y yo sentía que no iba a aguantar mas. No deseaba posponer mi orgasmo ni un segundo. Pero quería llevarla al placer antes de perder mi erección.
Pero no hizo falta ninguna maniobra: ella comenzó a excitarse de tal modo y a acelerar sus movimientos y su respiración jadeante iba tan rápidamente en aumento que yo me daba cuenta de que estaba por alcanzar el clímax.
Entonces ya no hubo nada por hacer. El mundo perdió todas sus dimensiones. La realidad era solo una excusa, el universo se resumió en un solo instante en el que el big-bang era un simple remedo de un accidente físico.
Toda la creación estaba allí: en ese punto en el que nos derramamos uno en el otro, mi verga en su culo, derramando ríos de semen caliente como lava que ella recibía gozosa de satisfacción, en un alarido de goce que duró la noche de los tiempos.
Nos quedamos así abrazados un largo rato. Ella aun empalada en mi pene que nos conectaba en una totalidad sin limites.
Yo la abrazaba con ambos brazos alrededor de sus pechos, sus manos sobre las mías, yacíamos de costado sobre la alfombra.
Ambos nos decíamos palabras de ternura.
Escuché, en un susurro que me decía “gracias“.
Así nos quedamos dormidos por mas de una hora.
Y si no hubiera sido por el ruido del picaporte al abrirse, no hubiera podido verla totalmente vestida, con su mochila al hombro y lanzándome un beso con la punta de sus dedos en un “chau!, me tengo que ir… seguí durmiendo...te amo!“.
Así continué un rato mas, sin poder creer en todo lo que había sucedido.
“Esto es real“, recuerdo que pensé. “Es mas.. es lo único real que me pasó en mucho tiempo“.
Al día siguiente creía que no iba a poder despertarme, de lo relajado y feliz que había dormido.
El teléfono sonaba: era Cecilia que quería que arreglemos el encuentro de esa noche.
Pero no pudo ser porque tenia que quedarse, algo que no entendí muy bien...
Nos pudimos ver al día siguiente.
“Primero charlemos sobre lo que paso el otro día“, dije, “contame qué sentiste“.
Me miró, lo pensó un instante y luego con una sonrisa en su hermosa boca exclamó: “Estuvo buenísimo, todavía no lo puedo creer, sinceramente te quiero dar las gracias porque no me lo voy a poder olvidar en toda mi vida…yo pensé que me iba a doler, pero sos un genio, no sentí nada....salvo después, que...sentí un poco de molestia“.
“La falta de practica!“, dije… y ambos nos reímos mucho.
Luego comentó que lo que mas le había sorprendido eran las caricias, lo mucho que la hacían gozar y...sobre todo… el sexo oral!.
Le dije que era una privilegiada, que muchas mujeres no saben gozar realmente porque sus amantes son muy ansiosos, o no se conectan realmente. “El acto sexual es un acto sagrado“, recuerdo que le dije.
“Ojo, Cecilia“, le aclare, “nuestro acuerdo incluye que te enseñe para que vos luego vivas tu sexo en tu vida. Este placer te pertenece. Vos después te vas y lo haces con Ernesto o con quien te plazca, obvio que siempre cuidándote!.
No podía con mi genio y seguía siendo ¨su doctor¨.
Cecilia me miró. “Ahora me quedé pensando en que mi amiga Paula tiene ese problema que vos decís que tienen muchas mujeres. Ella perdió la virginidad hace rato y tuvo como tres novios....pero el otro día me dijo que en realidad no sabia qué era realmente un un orgasmo“...“Lo que tuve yo era un orgasmo, no?“
“Contame exactamente que sentiste“, le dije.
“No se....es difícil decir...era como sentir un calor muy grande pero placentero, y después...como que me abría, como que mi...pelvis se abría… cuando te sentía en mi cola y te apretaba....y luego cuando sentí que vos terminabas....fue muy dulce sentir ese calorcito y...ahí perdí el sentido...ni me acuerdo si grité o que...“
“Si, gritaste“, le recordé, “si yo hasta tenia miedo de que nos escucharan los vecinos!“.
Cecilia se tapo la cara roja de vergüenza.
“Lo que tuviste fue un orgasmo, Ceci, maravilloso por ser tu primera vez.“
“Bueno, no fue la primera vez“ me dijo. Y ante la sorpresa de mi rostro estalló en una carcajada: “Ustedes los hombres siempre se creen los protagonistas de todo!“...y continuando dijo: “Yo ya conocía esa sensación cuando....me tocaba yo sola...tontito!....pero es verdad que esta vez fue diferente...no sé...las otras veces no terminé tan relajada como ahora... fue muy intenso....quedé toda la noche como con electricidad en el cuerpo, como si me vibrara la piel....y tuve unos sueños!!! “.
“Y!...“ agregue “no es lo mismo en vivo y en directo que en fantasía“.
“No...me parece que no“, rió Cecilia.
Nuestra charla ya era mas didáctica que otra cosa, una charla de amigos que no incluía esta vez la atracción sexual.
De mutuo acuerdo dijimos que estaba bien así y que si tenia ganas me llamaría.
Al día siguiente, en mi consultorio, mi secretaria me dijo que Cecilia estaba en el teléfono.
Me asusté un poco. Temía que Cecilia se enganchara amorosamente conmigo y que rompiera nuestro acuerdo. Pero mis temores se disiparon cuando me dijo que le había dado mi numero de teléfono a su amiga Paula que quería consultarme.
Cortamos mandándonos un beso y ahí recordé que Paula era la amiga de Ceci, esa que no tenia orgasmos.
Pasó toda un semana y yo ya me había olvidado del asunto, incluso de que mi secretaria sorprendida me había preguntado si le daba un turno a Paula, que no tenía voz de ¨mujer mayor¨ para nada.
Fué así que cierto día veo entrar a mi consultorio a una morocha escultural que decía llamarse Paula, amiga de Ceci.
Todo parecía completamente normal hasta que me dejó de una pieza cuando dijo:
“Vengo a que me hagas el tratamiento que le hiciste a Ceci, me contó la terapia que le hiciste y me fascinó...por favor…quiero que me enseñes a gozar!!“.