Mi Primer Empleo
Enviado por WALTER H. el día Jueves 24 de Julio de 2008
 
Cuando finalicé mis estudios secundarios, contaba ya con dieciocho años, es decir que era mayor de edad, pero aún tenía la apariencia de un adolescente.
Si bien entre mis planes estaba el proseguir una carrera universitaria, apenas terminaron las clases me enteré que en una tienda necesitaban personal, así que me anoté y tuve la gran suerte que enseguida me llamaron para trabajar.
De todos los postulantes, se habían decidido por dos, otro muchacho y yo y por ende, nos pondrían a prueba durante un breve período, dentro del cual analizarían quien se quedaría efectivo.
Ya en mi primer día de trabajo, me dieron la ropa que deberíamos utilizar; una especie de uniforme que identificaba a la tienda y que usaban por igual mujeres y hombres.
La ropa en cuestión, sobre todo el pantalón, me quedaba algo holgado y si bien no era lo que yo acostumbraba a vestir (siempre andaba con prendas muy ajustadas y ceñidas a la cintura), tampoco me calzaba tan mal.
Las tareas que debíamos desarrollar, tanto el otro muchacho como yo, eran de diversa índole; desde ayudar en el salón de ventas, hasta bajar y subir las prendas del depósito, que estaba ubicado en el subsuelo del local.
El la parte superior de la tienda, tenía sus oficinas el dueño de la firma comercial, quien se dedicaba personalmente de su negocio, teniendo únicamente como colaborador, a una especie de encargado general, que hacía las veces de jefe de personal también, entre otras varias taras.
Este “encargado”, era un hombre mayor, bien parecido, con una muy buena figura física e impecable en su manera de vestir y todos los empleados, dependían en cierta forma de él, es decir que era una persona de total y absoluta confianza del dueño de la tienda e inclusive este último lo consultaba permanente a la hora de tomar decisiones.
Si bien este era mi primer trabajo y no tenía experiencia previa, me esmeré desde el primer día para “hacer buena letra” y ello rápidamente fue notado por el encargado, quien me felicitó en un par de ocasiones y fue precisamente este buen señor, quien recomendó al dueño de la tienda, para que me tomase a mí como efectivo en aquel empleo.
Resulta que una tarde, había llegado mucha mercadería al local y el encargado preguntó quien podía quedarse “después de hora”; por supuesto yo rápidamente respondí en forma afirmativa y una vez finalizado el horario de atención al público y cerrada la tienda, me dispuse inmediatamente a bajar toda la indumentaria al subsuelo y acomodarla.
Una vez que finalicé con aquel trabajo, comencé a cambiarme las prendas, es decir, a quitarme el uniforme para vestirme con mi ropa, pero “hete aquí” que entre toda la mercadería que había arribado al local comercial, se encontraba una línea “de mujer” alucinante, consistente en vestidos, polleras, etc.
Previo cerciorarme que el encargado no andaba cerca (estaba en su oficina), comencé a probarme aquel vestuario y rápidamente me excité tremendamente, pues se trataba de unas prendas preciosas y que obviamente me calzaban a la perfección, sobre todo de la cintura para abajo, por contar con un cuerpo que me permitía vestirme, tanto con ropa de hombre como de mujer.
Dentro de aquel maravilloso vestuario, había un vestido elastizado, bien ajustado y ceñido, tipo “solera”, color ocre, con la falda muy pero muy corta, de esas que apenas cubre la parte trasera, hasta la intersección de la cola con el muslo; tan bien me calzaba aquella prenda, que tuve que quitarme el calzoncillo y colocarme una diminuta tanga.
Estaba mirándome y “admirándome” frente a un gran espejo, embelesado, porque con la bombachita bien metida dentro de mi profunda “raja”, se me traslucía el contorno y la forma de mis carnosos “cachetes” y además, si me agachaba levemente, se me veía directamente la cola desnuda, cuando de repente escuché una voz que me dijo:
“¡Ese vestido te queda precioso!”
Tan absorto había estado, que no reparé en la presencia del “encargado”, quien me estaba mirando desde la escalera, vaya yo a saber desde cuando.
Por supuesto que me puse “de todos colores” y me invadió una sensación muy rara y extraña, además de suponer que aquel sería mi último día de trabajo, ya que seguramente sería directamente echado del lugar, pero para mi grata sorpresa, el hombre se acercó hacia mí sonriendo y me dijo:
“¡No te hagas problema! ¡No te sientas incómodo!”
Y agregó además:
“Yo soy una persona muy moderna y no tengo los prejuicios que tienen los demás”
Y finalizó diciéndome:
“Además es totalmente cierto que ese vestido te calza a la perfección, más aún, me gustaría verte desfilar un poco acá, sobre todo para ser más objetivo después, a la hora de tener que vender esa línea de ropa”
Una sensación de alivio corrió rápidamente por todo mi cuerpo y como en ese entonces yo era exageradamente exhibicionista (y lo sigo siendo por supuesto), improvisé un desfile pero más que para mostrar el vestuario, para enseñar (y ofrecer de paso) me preciosa figura.
Mientras yo, ya totalmente suelto, me exhibía descaradamente frente al “encargado”, este exclamó:
“¡Subí a la escalera, así yo te miro de abajo!”
Obviamente acepté de muy buen grado y ascendí a una escalera que estaba apoyada contra una estantería, permaneciendo allí arriba en una pose muy sugestiva, erótica y por supuesto por demás provocativa, mientras el hombre se ubicó debajo de mí con el propósito de observar ese hermoso cuadro que seguramente se vería desde allí.
Al cabo de unos segundos, el encargado me pidió que descendiera lentamente y cuando mi zona posterior quedó a la altura de su cabeza, me detuvo con sus manos y comenzó a toquetearme la cola.
El “encargado” rápidamente se dio cuenta que ello me producía gozo, placer y satisfacción y sin titubear, sin decir palabra alguna, sin consulta previa y obviamente sin hacer ningún tipo de gesto al respecto, empezó a incrementar el manoseo y el “franeleo”, metiéndome unas manos impresionantes, que me hacían estremecer por completo.
Por supuesto yo ya sabía que ello no iría a quedar en ese espectacular toqueteo y que el hombre, en cualquier momento, me pediría el culo y yo, tal y como no podía ser de otra manera, se lo daría sin ningún tipo de condicionamiento, pero justo en ese preciso instante, el “encargado” me hizo descender por completo de la escalera y tomándome por la cintura, apretó mi cuerpo contra el suyo y me estampó un precioso, tierno, dulce y amoroso beso en la boca.
Yo cerré los ojos y me entregué completamente, en una actitud sumamente pasiva y sumisa y mientras estábamos amorosamente entrelazados, el hombre me llevó hasta una silla y después de sentarse, me subió sobre sus rodillas y allí continuó besándome apasionadamente, mientras prosiguió con tu manoseo en mi cola.
“¡Sos hermosa! ¡Sos una nena preciosa!”
Exclamó y agregó:
“Yo le puedo decir al dueño que te tome mañana mismo, que te deje ya efectivo ¿Querés?”
Obviamente le respondí con un “sí” tajante y él entonces finalizó diciéndome:
“Pero vas a tener que quedarte siempre después de hora, conmigo y vestirte con ropa de mujer ¿Eh?”
Por supuesto yo volví a aceptar y de muy buen grado, entonces el “encargado”, mientras intentaba no sin esfuerzo, quitarme la tanga, exclamó:
“¡Quiero ese culito! ¡Por favor! ¡No me hagas esperar más! ¡Dame esa hermosa colita de nena!”
Me puse de pie, me quité la bombachita y le ofrecí mi preciosa cola, que seguramente debajo de aquel vestido, se vería por demás apetecible y tentadora; el hombre levantó un poco la falda y comenzó a bajarse el pantalón y el calzoncillo, sin dejar de tocarme y de halagar y elogiar mi párvulo culo.
Una vez en posición, me tomó por la cintura y fue acercando su enorme verga, total y completamente erecta y seguramente “caliente” al máximo; poco a poco fue penetrándome hasta que me la metió hasta el fondo y comenzó a moverse, suavemente al principio pero fuertemente y con más ahínco a medida que subía su estado de excitación.
“¡Ah! ¡Qué lindo! Siempre quise cogerme así a una pendeja, porque vos sos una pendeja ¿Cierto?
Exclamó el hombre y antes de esperar mi respuesta, agregó:
“El jefe se coge a... (No divulgaré el nombre de la empleada por razones de reserva) y ahora yo también tengo mi propia minita”
Después de una magnífica cogida en la que no escatimamos, ni él ni yo, gritos, gemidos, jadeos y alaridos de placer, el “encargado” acabó furiosamente dentro de mi precioso culo, llenándomelo por completo con su dulce y cálido néctar.
Antes de quitarme aquella hermosísima prenda femenina para vestirme con mi ropa, el hombre volvió a besarme en la boca.
Al día siguiente y al promediar la jornada de trabajo, el dueño de la tienda me llamó a su oficina, para comunicarme oficialmente que el “puesto” era mío, por mi desempeño pero sobre todo por las recomendaciones del encargado; ello en principio me hizo saltar literalmente de alegría y felicidad, pero al despedirme de mi compañero (quien obviamente no obtuvo el trabajo), me invadió otras vez aquella sensación de incomodidad, porque si bien yo consideraba que había rendido y muy bien, sabía perfectamente que solamente había sido “elegido” por haberme dejado coger por el “encargado”.
Pero esa especie de congoja no me duró mucho, porque al finalizar el horario de trabajo, volví a mis andanzas junto con “mi jefe”, ya que otra vez bajamos al subsuelo y después de vestirme con otra preciosa y alucinante prenda femenina, nos amamos apasionadamente.
Durante cuarenta y cinco aproximadamente, “trabajé” en aquella tienda y prácticamente todos los días me convertía en la “minita” de mi jefe, quien me cogía de una manera espléndida.
En un par de ocasiones inclusive, aquella tienda se convirtió en un verdadero“cogedero”, ya que mientras el dueño y la empleada “se revolcaban” en la oficina de aquel, en el subsuelo, el “encarado” y su “pendeja” (yo obviamente) cogíamos de manera alucinante.
 
Escribile un e-mail al autor:
walterculindohache@yahoo.com.ar

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