Hoy, a mis 45 años de edad ....
Enviado por WALTER H. el día Jueves 24 de Julio de 2008
 
Hoy, a mis 45 años de edad y con una vida plena de sexo, me encanta sentarme frente a mi computadora, para rememorar épocas pasadas y plasmarlas en estos relatos, los cuales siento muchísimo placer en hacerlos públicos y compartirlos con todos los lectores; sobre todo aquellos que traen a colación un período en particular, una franja de mi vida que añoro permanentemente y más aún, si pudiese retrotraerme en el tiempo y volver hacia allí, lo haría con el mayor de los gustos.
 
En varias ocasiones he recalcado y resaltado el hecho de que prácticamente todos los chicos del barrio solían cogerme y si bien la gran mayoría de ellos lo hacía porque les gustaba y mucho (al igual que a mí obviamente), algunos me “hacían la colita” simplemente para estar en sintonía con los demás o por una especie de “moda”, es decir “si todos lo cogen, yo también”; pero dentro del grupo de los primeros había chicos a los que, no sólo les brindaba placer, gozo y satisfacción, sino que les daba desesperación mi hermosísima cola desnuda.
 
A una edad en la que la “parte trasera” masculina y femenina no tienen aún las lógicas diferencias de género, ni en forma ni en tamaño, mi cola, piernas y muslos (pero sobre todo la primera) sobresalía nítidamente y era objeto de una permanente tentación entre todo lo mundo y si bien yo siempre fui un “varoncito hecho y derecho” en cuanto a mi comportamiento y manera de ser, con respecto por ejemplo a los diversos juegos (fútbol, bicicletas, figuritas, bolitas, etc.) y al trato diario con mis “pares”, a la hora de coger, yo era “la nena del barrio” y me gustaba mucho serlo.
 
Despojado de todo tipo de vergüenza, pudor, prejuicios, etc., yo no tenía ningún inconveniente en mostrar mi cola desnuda, aún en la vía pública y de entregársela a quien me la pidiera, pero, tal como manifesté anteriormente, había algunos chicos en el barrio que se desesperaban ante mi preciosísima cola exageradamente blanca, suave, tersa, bien paradita y redondeada, la cual, encima de todo, solía yo mostrar y exhibir vistiéndome con diminutos, ajustados y sobre todo muy “cavados” pantaloncitos cortos; producto de esa “desesperación”, muchas veces me tomaban, sino por la fuerza, por sorpresa y sin que mediase palabra siquiera.
 
Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en la que me habían mandado a comprar a un almacén del barrio y allí me dirigía precisamente, cuando de pronto sentí una mano tocándome muy fuertemente la cola y al voltear hacia atrás observé a uno de los chicos, conocido por mí obviamente, a quien ni siquiera advertí sobre su presencia, ni del lugar ni de la manera en que se fue acercando hacia mí, sino hasta tenerlo a mi lado y una vez que sentí su mano en mi maravillosa cola.
 
Yo continué caminando hacia el almacén con la única diferencia que, el chico a mi lado, toqueteaba y manoseaba furiosamente mi cola, apretando mis carnosos “cachetes” y metiendo su mano debajo de mi pantaloncito, para hurgar en mi profunda “zanja” y en rosado “agujero”, teniendo en cuenta sobre todo que yo no llevaba calzoncillo debajo (en casa me habían acostumbrado desde chico a no usar ese tipo de ropa interior).
 
La desesperación de aquel chico por “hacerse” de mi cola desnuda fue “increscendo”, hasta que al pasar frente a una obra en construcción (de las tantas que abundaban en el barrio, en aquel entonces, por estar en plena formación), me agarró del brazo y prácticamente me “arrastró” hacia el interior de la “obra”; mi actitud ante ese hecho fue la de siempre (la que aún inclusive conservo hasta el día de hoy), es decir de pasividad absoluta, sumisión total y entrega sin ningún tipo de condicionamientos.
 
Ya dentro de la “obra” y el chico me bajó “de un tirón” el pantaloncito corto y después de mirar y admirar por unos segundos mi hermosísima cola (era sencillamente una “escultura” y por suerte aún lo sigue siendo), continuó con el “toqueteo” y el “manoseo”, pero ya sobre mi piel desnuda; le gustaba sobre todo poner su mano sobre la intersección formada por la unión de “glúteos y muslos” y apretar fuertemente, mientras halagaba y elogiaba mi “parte trasera”, no haciendo más que alimentar mi “ego”.
 
“¡Qué hermoso culo que tenés! ¡Cómo me gusta tocártelo! ¡Cómo me gusta cogerte!” – Solía exclamar el chico, entre otras frases afines; la manera en que me tocaba y la desesperación que ponía de manifiesto ante mi alucinante cola, me producía una sensación por demás placentera, máxime aún cuando él se desnudaba de la cintura para abajo y empezaba a cogerme.
 
Aquello era realmente espectacular y por demás placentero, ya que por un lado estaba el chico, que apoyaba fuertemente su entrepierna sobre de mi cola y se movía con asombroso ritmo e ímpetu; me cogía, me tocaba, me manoseaba, volvía a cogerme, me hacía cambiar de posición, me decía constantemente lo mucho que gustaba mi culo, etc. y por otro lado yo, quien permanecía completamente “a su merced” y simplemente “me dejaba hacer”, aunque igualmente gozaba y vaya si lo hacía.
 
Cualquiera que observara ese cuadro desde el inicio mismo, podría interpretar aquello como que el chico me habría “tomando por la fuerza” o “en contra de mi voluntad”, pero al ver mi cara, la que seguramente reflejaría placer y satisfacción y sobre todo al verme asentir aquello con “sumisión y pasividad”, inmediatamente se darían cuenta y comprenderían que de “situación forzada” no tenía absolutamente nada, sino que por el contrario toda esa “fiereza” del chico al toquetearme, al manosearme y por supuesto al cogerme, respondía únicamente a la “desesperación”, vuelvo a reiterar, que mi monumental y por demás tentadora cola, despertaba en él.
 
Hasta aquí traté de describir con la mayor precisión posible (el resto solamente podrá ser objeto de la imaginación de los lectores), la sensación y lo que les producía a algunos de los chicos del barrio, el “hacerse” de mi “parte trasera”, pero ¿Qué había de mí? Por supuesto un placer, un gozo, una satisfacción y un gusto sin parangón.
 
Si bien todo lo que tenía que ver con mi “súper cola” y los chicos del barrio, me agradaba total y absolutamente y vaya si me agradaba, este tipo de “culeadas”, duras, furiosas, fortísimas y frenéticas, tenían por supuesto otro tipo de sabor y contrastaban notoriamente con otras, que solían darme también otros chicos y cuyos detalles los dejaré para algún otro relato.
 
Soy WALTER H. y me E-mail es: walterculindohache@yahoo.com.ar
 
Escribile un e-mail al autor:
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