Siempre que me emborracho me pongo caliente
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 

Siempre que me emborracho me pongo caliente. Muy caliente. Siento que puedo llegar a hacer cualquier cosa si no me controlan. Y las he hecho.

En 12 años de casada he hecho muchas locuras, casi todas con mi marido, que por suerte también es caliente y me satisface en todo lo que necesito, como yo trato de hacerlo con él.

No soy de muchas amigas y no salgo mucho sola tampoco. Prefiero cuidar a los niños y juntarme con alguna amiga en casa para tomar algo y hablar de sexo y parejas. Con mi marido vemos porno, tengo mucha lencería sensual y juguetes sexuales al por mayor. Incluso tengo un dildo de látex que tiene un tamaño algo así como 25x 10 cms. al que bauticé como mi africano.

Esto porque la mayor locura que cometí  y que les voy a contar, tiene que ver con una de mis fantasías sexuales, que es ser poseída por un africano bien negro, bien musculoso y con una verga que llegue a dar miedo. Siempre he tenido esa fantasía presente, más ahora que las películas porno nuevas están incorporando mucho a actores negros que cada vez me dejan más perpleja con el tamaño de las vergas que muestran.

Como les decía: cuando me emborracho me pongo caliente, muy caliente, y si no me controlan puedo hacer cualquier locura.

Hace unas semanas salimos con mis dos vecinas al cumpleaños de uno de nuestros estilistas. Fuimos a un bar under pero de moda que hay en Santiago. Obviamente mi marido no se molestó porque saliera sola (casi nunca lo hago) ya que sabe que el 99% de los hombre que iban a estar en la velada son gay.

Dentro del grupo había hartos hombres, pero ninguno se nos acercó a conversar, todos lo hacían entre ellos. Nosotras bebimos mucho, pero mucho pisco sour, y reímos y hablamos como si nos hubiesen tenido amarradas. Cuando mi amiga Ale se sintió mal le ofrecí llevarla a su casa en mi auto pero prefirió irse en taxi porque yo también estaba muy ebria como para manejar. La acompañó la Pamela y yo les prometí que iba a esperar un rato antes de partir, así se me quitaba un poco lo borracha. Desgraciadamente ya estaba borracha y ya estaba con mi concha en una temperatura altísima. No sé si porque mi inconsciente presentía lo que vendría o sólo porque cuando me emborracho me caliento.

Era temprano y no quería irme, así que me acerqué a Yussdel, un peluquero cubano que era el festejado y me puse a conversar con su grupo. Dentro de todos, noté inmediatamente a un hombre del grupo, muy alto, muy negro y muy callado. Le pregunté de donde era y me dijo que de República Dominicana. Por algún motivo mi estómago se puso apretado, mi concha se comenzó a mojar y mojar, primero con una especie de gel caliente y luego ya estaba con mi calzón empapado. No podía dejar de mirar al gigante negro que me miraba mucho también. No sabía cómo acercarme y preguntarle si era gay o no, así que me fui a preparar otro trago y luego le dije en voz alta a Yussdel que me iba a mi casa antes de cometer alguna locura alcohólica. Yussdel se rió y me dio su aprobación, probablemente sin imaginar que yo hacía todo eso con el prolijo interés de dar un aviso subliminal a mi negrote. Gracias a Dios él entendió el mensaje en forma clara y cuando yo ya venía tomando el ascensor noté que él se despedía raudo de la gente y se acercaba a mí.

En el ascensor le pregunté directamente si iba por Providencia y él me dijo que iba conmigo. Así de rápido. Bajamos sin hablar y sin intercambiar ningún tipo de gesto. Yo estaba tan caliente que estaba dejando de razonar. Claramente ya no estaba razonando. A penas nos subimos al auto y sin mediar palabras, me acerqué a él y lo besé y nos comenzamos a toquetear por todas partes, me agarró las tetas, me metió la mano por debajo del calzón y exclamó alegremente a cerca de mi concha extra mojada. Cuando llegué a su verga noté que había un bulto enorme y raudamente bajé el cierre, desabotoné el pantalón, bajé levemente el calzoncillo y ahí estaba la verga mas negra y grande que hubiera visto en vivo. Estaba tan dura que su cabeza llegaba a brillar. Mi acompañante reclinó el asiento y yo comencé a tocarla, a apretarla a masturbarlo lentamente, a hacer cariño en sus bolas y definitivamente a lamerlo. Lamerlo despacio y como si el mundo se hubiera detenido. Su cabeza era enorme y entraba justa en mi boca. Su glande era suave y con mi saliva se transformó en una delicia. Él me tomaba la nuca y trataba de hacer que me tragara más verga de lo posible. Debe haber sido una vergota de unos 25 a 30 cms, tan grande como mi antebrazo. Mientras se la chupaba mi vagina estaba tan mojada que hasta pensé que podría haberme orinado en los calzones, porque era algo nunca antes visto en mí. Estaba a sólo un par de caricias de un orgasmo. Sabía que no era necesario nada más que una caricia, una lamida o que me penetraran para acabar y acabar.

Luego de haberle chupado la verga a mi amante secreto por más de 20 minutos, no aguanté más y me subí el vestido, me bajé los calzones y me monté sobre este tremendo hombre. Nunca voy a olvidar la forma en que me tomó de las caderas y me dijo algún cliché sexual así como: “ahora vas a sentir algo bueno mami”, y acto seguido me dejé caer sobre él, sintiendo que mi conchita estaba siendo dilatada por su verga que entraba y no dejaba de entrar. Me hizo sentir como una especie de virgen. Nunca había sido penetrada hasta el fondo, y con un grosor como el de un vaso de vino. Estaba tan caliente que yo gemía como suelo hacerlo, pero más fuerte, como una puta sebreactuada, como una de esas putas que lo hacen con negros en las películas porno que vemos en los moteles con mi marido, como una niña de 15 años que estaba siendo penetrada por primera vez. Nunca había estado tan mojada, nunca había sentido a un hombre tan fuerte tomarme de las caderas, de la cintura, de mis nalgas. Mientras culeábamos como animales él me chupaba los pezones y me apretaba las tetas, también movía su pelvis para darme con más fuerza y no dejó de moverse nunca, siempre a un ritmo endemoniado. Yo estaba cumpliendo una de mis fantasías sexuales, que era tirarme a un negro, a un esclavo sexual, a un animal insaciable y con un cuerpo maravilloso, que me mordisqueaba el cuello y las tetas y que repetía cosas muy calientes que ahora no recuerdo y que no se si hubiera escuchado entre mis gemidos y mis contracciones. Él me decía que era la mujer mas fina y mas elegante que se había tirado en su vida. Yo me sentía como una puta, como una mujer, como una transgresora, como una fugitiva de la moral, ahí, en un estacionamiento subterráneo de un edificio medio en pelotas, tirando con desconocido, sin condón con mi cara llena de salivas y fluidos sexuales de su vergota, la pintura corrida y desenfrenada como una loca.

Cuando yo ya había acabado varias veces, mi amante negro me dijo que quería acabar en mis tetas. Yo me salí de encima de su vergota y comencé a chupársela como una enajenada, haciendo le masajes en las bolas y chupándoselas también, cuando siento que comienza a salir su semen y sin pensarlo dos veces lo comienzo a tragar como si fuera una mamadera sexual, con un sabor fuerte y una temperatura casi tan caliente como la que todavía tenía en mi concha. Seguí chupandosela un buen rato, hasta que él mismo me pidió que parara. Se la guardó y nos comenzamos a arreglar. Todavía estaba borracha y tenía la cara llena de semen, transpiración y pintura corrida. Todavía estaba mojada y caliente, así que le pedí el teléfono. Todavía lo tengo en mi cartera, anotado al dorso de unas tarjetas de estilista que antes había repartido un amigo de Yussdel. No sé si lo voy a volver a llamar. No sé si él estará aún en Chile. Lo único que me queda claro es que él no era gay y que cuando yo me emborracho, me caliento tanto que soy capaz de hacer cualquier cosa si no me controlan.

Un estilista del salón de Yussdel parece que nos vio haciéndolo en el auto porque cada vez que voy al salón me mira y hace sonrisas cómplices, ala vez que siempre trata de hacer una broma que incluya sexo entre negros de vergas enormes y mujeres blancas, casadas y con fantasías sexuales. Yo me sigo masturbando con el dildo gigante y pensando en ese estacionamiento y ese sexo adolescente que tuvimos. Mi marido ni se imagina lo que hice, y yo a veces he llegado a pensar que es un sueño, aunque sé que fue real, mi concha estuvo dolorida y sensible varios días luego del encuentro que les conté.

 

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