Confesiones de un exibicionista
Enviado por IMPUDICO el día Miércoles 31 de Diciembre de 1969
 

Después de mucho meditarlo me he decido por fin a escribir algunas de mis experiencias, aunque, por supuesto, bajo seudónimo. No entraré en la dichosa polémica de siempre sobre si esto es real o producto de mi calenturienta imaginación, baste decir que lo contaré tal como me sucedió y lo recuerdo, adornado y ampliado para hacer amena su lectura y no resulte un mero relato pornográfico , lo que piensen los lectores a su juicio queda.

 

Sucedió allá por el año 1996, teniendo yo unos 33 años; por aquel entonces mi matrimonio – hoy terminado – iba de mal en peor, y no sólo apenas teníamos relaciones en la cama, sino que casi ni nos hablábamos. Toda esta situación inducida por el odio hacia mi mujer y revertida sobre la totalidad del sexo femenino me empujó poco a poco y sin saberlo a convertirme en un exhibicionista compulsivo. Puede que en otro relato me decida a narrar como empecé en ello, pero la historia que hoy nos ocupa sucedió como ya digo aproximadamente por el año 1996, unos años después de que me iniciara  en estos menesteres de mostrar mis atributos de forma insolente a toda aquella mujer que se me pusiera a tiro.

 

Pues bien, sin más preámbulos paso a relatar lo sucedido esa noche.

 

Me encontraba yo deambulando sin rumbo fijo por las cercanías de la estación de autobuses de mi localidad. Deberían ser sobre las 11 de la noche ya, lo entrado de la hora sumado a lo solitario de aquella zona medio despoblada por aquellos tiempos, la convertían en un territorio de "caza" propicio para mis fines.

 

No había tenido mucha suerte aquella noche en la que la excusa para salir del infierno de mi casa me la había propiciado mi propia señora ya que debía recoger a su hermana que venia de visita a eso de las 0030 en un autobús, y por aquello de no llegar tarde y que no se encontrara a nadie esperándola me escape con mucha antelación para poder desfogarme un poco con lo que por aquella época me proporcionaba mi única vía de desahogo sexual, ya que incluso solía masturbarme en algún oscuro portal ó aseos públicos.

 

Como dije, aquella jornada transcurrió con poca fortuna, me aposté como casi siempre que hacia aquella zona en un semioscuro callejón contiguo entre la estación de autobuses y trenes que están muy próximas y por el que apenas transitaba nadie a esas horas de la noche, aquella penumbra se veía acentuada por el hecho de llevar puestas mis gafas de sol oscuras que siempre me acompañaban en mis correrías a modo de mascara encubridora. En esa ocasión llevaba puesto un pantalón de chándal cómodo, por supuesto sin slips o calzoncillos que me estorbaran o pudieran impedir la visión de mis partes, mis zapatillas deportivas y un anorak que me cubría hasta más debajo de la cintura, lo suficiente como para poder llevar mi verga por fuera de los pantalones y tapada sin que de este modo causara sospechas ni dejara ver nada comprometedor hasta que lo levantaba o desabrochaba la cremallera dejando todos mis atributos a la vista de la infeliz de turno.

 

Transcurría el tiempo y no pasaba persona alguna lo cual era a veces muy frecuente y desalentador, pero formaba parte del "juego" y propiciaba que el posible "encuentro" resultara aún más satisfactorio, intenso  y excitante caso de llegar a producirse, ya que muchas veces las victimas ni se percataban de que lo eran porque no veían lo que yo gozosamente les mostraba.

 

Aprovechando que un portal oscuro se encontraba entreabierto, entré y me bajé un poco mis pantalones, empecé a tocarme los testículos y el miembro imaginándome a una atribulada y asustada mujer que me contemplara mientras me masturbaba en su presencia y en contra de su voluntad. De cuando en cuando asomaba la cabeza a la calle para ver si alguien se acercaba y si no era así volvía a entrar en el portal para seguir meneándomela y poniendo mi badajo en una posición lo más erecta posible para incomodar mayormente a mis involuntarias y forzadas espectadoras, lo cuál es más difícil de lo que uno se piensa debido a la mezcla de alteración y   miedo a ser descubierto ya no por la policía o por algún señor que se indignase, sino también por la propia e inesperada reacción de la fémina ofendida.

 

Ya tenía la minga bastante morcillona y húmeda por la propia secreción previa a la eyaculación, cuando escuché en la calle el inconfundible sonido del taconeo producido por una mujer al caminar, (benditos tacones, mis fieles aliados a la hora de delatar la presencia femenina sin tener que descubrirme). Me asomé con cuidado para que no me descubriera y así poder mirar que no fuera acompañada de nadie. La fortuna me sonrió con que así fuera. La figura aún sombría y difusa de una mujer alta aparentemente de mediana edad se acercaba desde la entrada de la calle por la misma acera en la que yo me encontraba y todavía bastante lejos. Volví a refugiarme en la seguridad el portal para  desabrocharme el anorak. Ya con todo mi aparato por fuera salí de allí respirando hondo y cogiendo aire para tratar de calmarme. Podía sentir en todo su apogeo la mezcla de emoción y miedo producto del nerviosismo y la excitación de lo prohibido y rogando   que ella no cambiara de acera o simplemente entrara en algún portal antes de que nos encontráramos.

 

El corazón parecía querer salírseme del pecho mientras me acercaba a ella, igual que lo hace ahora mientras lo rememoro y lo escribo. Mis manos en los bolsillos del anorak se unían en mi bajo vientre para así cubrir mis partes hasta el momento preciso y no alarmarla antes de tiempo. Nos acercábamos… yo ajustaba mi paso para que el encuentro se produjera bajo la única y brillante luz de la farola que había en ese lado de la calle, así que acorté el paso; ella mientras tanto seguía adelante con su rítmico taconeo, aunque percibí que ya había advertido mi presencia al notarle un cierto atisbo de precaución ya muy familiar para mi. Apenas nos separaban unos dos ó tres metros cuando seguro de mi impunidad por la soledad e indefensión de aquella mujer, saqué las manos de los bolsillos dejando que el anorak se abriera naturalmente por si mismo separándose hacia los lados de mi cuerpo y dejando ver  mi miembro pendulante y húmedo campando a sus anchas y libre de ataduras. Clavé mis ojos en su rostro para poder apreciar su reacción, observando con gran placer una mueca de desconcierto, turbación y asombro al tiempo que apartaba su mirada como muestra de su rechazo y desaprobación a mi gesto y cruzaba la calle corriendo llevada por el pánico. He sido testigo de esa actitud cientos de veces sin que llegue a cansarme por ello; para mi es una victoria que siento y disfruto como un orgasmo. Con toda seguridad y sin lugar a dudas pudo ver mi poya y mis testículos en desafiante postura.  Satisfecho y pletórico me detuve a contemplarla y saborear el momento mientras que tapaba mi "armamento" con el pantalón del chándal.

 

 

 

Me quité las gafas oscuras y miré hacia atrás, tratando de retener en mi memoria todos los detalles posibles de mi último ultraje y humillación al género femenino para mi posterior goce y satisfacción, comprobando con agrado que se giraba a mirarme,  - para contemplar de nuevo mi rabo pensaba yo -, pero en realidad era para asegurarse de que yo no la seguía con otro animo y otras pretensiones mayores, si bien no era esa mi intención, yo ya tenia lo que buscaba, la había incomodado y ofendido mostrándole lo más íntimo y secreto de un hombre, lo más sucio, impúdico y deshonesto de mi persona que una mujer que se considere a sí misma "digna   y respetable"  pudiera imaginar verse forzada a presenciar en la vía publica. Yo le había enseñado una buena poya y sus cojones, algo que ella ni pretendía ni sospechaba, y que mi desmesurada fantasía suponía que le turbaría el sueño para siempre y la perseguiría en sus momentos eróticos. Muchas veces la imaginaría rodeada de sus amigas, en casa de alguna de ellas tomando café y puede que hasta alguna que otra copita de licor que la empujaría inocentemente a sentirse pícara y lasciva   y la animara a relatarles éste clandestino encuentro a las demás, que llevadas por el que dirán romperían en mil carcajadas aunque en el fondo y en su soledad sentirían envidia de no haber sido ellas las protagonistas.

 

Con estos pensamientos seguí adelante y decidí poner tierra de por medio como era mi prudente costumbre, no fuera ser que se le ocurriera pedir auxilio en su casa o llamar a la policía (por suerte para mi en esa época no existían los móviles, lo que facilitaba mi "afición"). Caminando dirigí mis pasos a la estación decidido a disfrutar de mi triunfo nuevamente y descargar mi adrenalina y mi esperma en los abandonados y casi siempre nauseabundos servicios de caballeros de la estación.

 

Entré en la estación rechazando la opción de usar los aseos de la planta alta por estar casi siempre más concurridos y con vejetes salidos en busca de un rabo que tocar o chupar (alguna que otra vez use sus servicios no me avergüenza reconocerlo), pero en aquella ocasión sólo quería recrearme en la reciente imagen de la mujer en el justo momento de encontrarse mis atributos en sus ojos, y fantasear sobre lo que estaría haciendo ahora o lo que llegaría a figurarse que iba a hacerle en ese oscuro callejón, así que bajé por las escaleras que conducían a los andenes para hacer uso de los servicios de abajo habitualmente más tranquilos y solitarios.

 

En los andenes destinados a los autobuses había poca actividad, algún que otro autobús aparcado y vació ya llegada la hora del fin de su jornada, una pareja de jóvenes quinceañeros tonteando en un banco y una vieja vagabunda desarrapada merodeando por las papeleras en busca, supuse, de algo que comer. Era una mujer de pequeña estatura, delgada, casi esquelética con aspecto descuidado y pobre, imposible determinar su edad aunque se veía mayor.

 

Me encontraba ya bajando los últimos peldaños de la escalera sin dejar de observar la situación cuando veo que la vieja se acerca a la pareja que se encontraba cercana a ella y se dirige a ellos como pidiéndoles algo creo yo, porque ellos hicieron un gesto negativo echando mano a los bolsillos y lamentando no haber podido cumplir su petición. La vagabunda les dijo algo más y el chico se volvió y le señalo hacia la entrada de los servicios, ella asintió agradeciendo y se dirigió cansinamente hacia allí.

 

 

 

Como ya habréis supuesto conozco bien los servicios y fui caminando despacio hacia ellos sin preocuparme de nada más, cuando de repente veo con asombro y regocijo que la vieja se mete equivocadamente en los servicios de caballeros, lo cual no es de extrañar ya que a los de caballero se accede directamente por un corredor cubierto a modo de túnel muy sombrío sin más iluminación que la de los propios aseos allá al final del pasillo, mientras que a los de señora se entra por una puerta adjunta lateral que pasa fácilmente desapercibida por parecer la puerta de un armario de limpieza y el símbolo indicativo de "Señoras" encontrase medio borrado, si no te fijas bien no los encuentras y te metes en los servicios de hombre como ya ha sucedido accidentalmente alguna que otra vez, y como le ocurrió en esta ocasión a nuestra andrajosa vagabunda.

 

Toda clase de ideas y conjeturas se me pasaron por la cabeza en un instante, pero un solo pensamiento por encima de todos; había entrado en un lugar en el que ella no debía estar y además de eso en una zona en la que yo necesariamente tenia que sacar la minga a pasear para orinar. Sin pensarlo apreté el paso para sorprenderla dentro y mostrarle en toda su grandiosidad aquello con lo que naturaleza me obsequió.

 

Al pasar junto a la parejita de novios, muy cerca ya de mi destino, noté como se sonreían y murmuraban divertidos con el error de la vieja del que ya se habían apercibido, y más cuando vieron que yo "distraídamente" y aparentemente ajeno a ello, me dirigía hacia allí para supuestamente saciar mis necesidades físicas, aunque mi intención era realmente la de  aplacar otro tipo de "necesidad".

 

Al entrar en los servicios cerré previsoramente el portón de acceso, cosa que nunca se hacía pero así tendría más tranquilidad y dispondría de mayor tiempo de aviso para esconderme si entraba alguien, a pesar de saber que aquellas horas era muy raro encontrarme con nadie. Los aseos no eran muy grandes, tan solo tuve que dar dos pasos   dejando a mi derecha dos sucios lavabos para encontrarme a mi izquierda con los dos urinarios de pared que estaban situados justo enfrente a las dos tazas de retrete. No ví a nadie allí, obviamente ella habría optado por sentarse en alguno de los retretes para hacer sus cosas allí. Avancé un paso para ponerme disimulando frente a un urinario de los de pared, pensando con pesar que mi "viejita" habría cerrado la puerta de conglomerado del cagadero escogido, pero para mayor sorpresa y júbilo por mi parte, observé que estaba sentada en el primero de ellos y que éste no tenia puerta ya que se encontraba allí apartada y desvencijada apoyada contra la pared.

 

Con un ligero respingo me dí la vuelta dándole la espalda al tiempo que sacaba mi chorra para manoseármela y tratar de conseguir una erección o al menos ponérmela lo más dura y crecida posible en el meadero de pared que estaba delante de ella. De vez en cuando giraba mi cabeza por encima del hombro para vigilarla y excitarme. Ella al percatarse de mi presencia balbuceó un "perdón" apenas perceptible con una voz ronca y grave a modo de disculpa por haber entrado en una zona prohibida para ella. Como no dije nada, transcurridos unos segundos volvió a repetir esta vez algo más alto "perdón… perdone eh?… ". Mascullé un gruñido ininteligible de contestación haciéndole saber que la había oído y que no me importaba demasiado su presencia, al mismo tiempo que le volvía la cara y seguía masturbándome en aquel urinario de espaldas a ella.

 

 

 

No se cuanto tiempo pasó en aquella situación, no mucho, pero consciente de mi posición de "superioridad" ya que la vieja no podía denunciarme puesto que la que se había colado allí indebidamente era ella, me relajé y me dispuse a disfrutar de las circunstancias, así que me levante el anorak por encima de la cintura y lo sujete con una mano por delante apretándolo contra el cuerpo para evitar que se bajara y con total desvergüenza y atrevimiento bajé los pantalones del chándal hasta casi las rodillas dejándole ver mi peludo trasero y mis muslos desnudos a la harapienta intrusa.

 

En esta insultante postura me encontraba y de vez en cuando giraba mi cabeza por encima del hombro para mirarla y ver sus reacciones. Ella gimoteaba y suspiraba forzada como si le costara respirar debido al esfuerzo de contraer el vientre y el esfínter para cagar. Sus balbuceos incoherentes y espontáneos me excitaban  y estimulaban cada vez más al tiempo que me pajeaba fingiendo que orinaba.

 

Me estaba poniendo a mil incitado por sus gemidos no de placer como ya habréis podido imaginar, medio desnudo delante mismo de sus narices a menos de un metro de distancia de sus narices y con la intranquilidad y el recelo de que   en cualquier momento pudiera entrar alguien y todo se acabaría en ese mismo instante. Nunca había soñado encontrarme en una situación parecida de arriesgada, excitante y morbosa, a pesar de que la hembra en cuestión era un despojo humano, nada que ver con lo que uno desearía para echar un polvo o simplemente echar una paja.

 

Me volví de nuevo para fijarme más en ella por unos momentos, vieja, sucia y descuidada tenía toda la apariencia de vivir en la calle, con un pantalón de franela oscuro y raído que tenía bajado hasta los tobillos y una rebeca de lana llena de rotos y manchas por encima de algo parecido a una camisa arrugada, así la recuerdo todavía hoy, pero era una mujer al fin y al cabo y yo estaba allí, ofendiéndola,   insultándola con mi actitud y enseñándole todo mi culo sin reparos y tocándome la polla junto a ella. Su pelo, por llamarlo de alguna manera, desordenado y pegajoso no tapaba su arrugado y feo rostro y por eso pude ver como sus ojos a veces contemplaban mis carnes aunque ella no le daba importancia y seguía concentrada en hacer de vientre.

 

Esta aparente indiferencia no enfrío mis ánimos porque yo sabía con certeza que ella me estaba viendo las nalgas y disfrutaba de la situación. Me gire de nuevo esta vez un poco más para facilitarle la visión de mi nabo, pero ella tenía la cabeza agachada en ese momento y no lo vió. Contrariado, aproveché para mirarla con más detalle y me fije en sus flacas y huesudas  piernas que quizás tiempo atrás hubieran podido ser deseables; en su piel, pálida y estriada que sugería tener un tacto áspero y desagradable, y por un segundo reparé en su entrepierna cubierta por un pelaje tan oscuro y abundante que me impedía la visión de su sexo.  

 

Así seguimos los dos unos minutos que me parecieron horas, estaba disfrutando del momento sin temor, casi olvidando por completo la angustia de saber que estábamos en una situación comprometida y que podíamos ser descubiertos  yo medio desnudo y ya empalmado por completo y ella sorprendida con las bragas bajadas en unos servicios que no eran los suyos.  

 

 

 

Yo permanecía muy atento por si ella hacía intención de acabar y marcharse porque no quería que se me escapara sin haberme visto la verga. Mi propósito era girarme frente a ella con todo mi aparato tieso haciendo como el que se la sacude después de echar la meada para no mancharse y luego guardármela, marcharme y adiós muy buenas, pero me estaba poniendo a mil la jodida vieja con esos grititos de esfuerzo que hacía para cagar y sentía como mi leche me estaba por llegar, de manera que sin poder aguantarme más me dí la vuelta plantándome delante de ella con mi pantalón bien bajado, mi anorak abierto y mis huevos brincando al aire cascándomela frenéticamente con total descaro, impúdicamente, sin ninguna vergüenza ni temor por mi parte, olvidando donde estábamos y viendo como ella incrédulamente era testigo de aquella obscenidad sin oponerse ni quejarse si quiera, tan sólo atinaba a mirar sorprendida   y estupefacta como me estaba machacando la poya a dos palmos de distancia de ella, sin ninguna señal de temor en su rostro.

 

No pude contenerme más, aquella escena tan enervante y morbosa, era una fantasía hecha realidad aunque como ya hemos dicho la protagonista no era la más adecuada y deseable. Unos segundos después, la cabeza de mi pene se tornó de un color violáceo brillante y se hinchó exageradamente  justo en el preciso momento en que mi semen ascendía desde mis testículos y brotaba incontenible; un bronco rugido que a duras penas pude mitigar para no ser oído desde fuera de los aseos surgió de mi garganta acompañando a una salvaje y abundante eyaculación delante mismo de ella, a un paso de su cara, con tanta fuerza y violencia que algunas gotas alcanzaron las piernas, los  andrajos y también una de las manos de aquella desdichada .Continué durante unos breves instantes más sacudiéndomela hasta descargar toda mi leche que seguía fluyendo copiosamente aunque con menor virulencia, exprimiéndole todo el jugo al momento… estremeciéndome y convulsionando de placer, sintiendo como mi corazón palpitaba con fuerza en mi acalorado y henchido pene.

 

Aún jadeante y sofocado, con la respiración entrecortada y con el miembro todavía escurriendo   las últimas gotas de esperma colgando de mi prepucio formando un fino hilillo de liquido blanquecino, me recuperé y regresé a la realidad encontrándome casi en pelotas delante de una vieja harapienta, con el vergajo semirigido y oscilante. Tan rápido como pude me subí los pantalones sin importarme mancharlos y salí de allí tan deprisa como me llevaron mis temblorosas piernas. Sólo recuerdo de esos confusos momentos a la vieja que sin pronunciar palabra inteligible alguna soltaba una retahíla de improperios y   agitaba las manos muy deprisa con gesto de asco. Más tarde me regocije pensando que se estaba sacudiendo mi semen de las manos y limpiándose como podía.

 

Ya fuera de los servicios corrí a toda prisa hacia las escaleras para dejar el lugar cuanto antes. No había nadie ya en los andenes esperando, lo que me alivió porque así no habría testigos. Me volví a mirar hacia atrás un par de veces antes de abandonar la planta baja, buscando a la vieja para ver si me seguía, pero no la ví.

 

Una vez en la planta de arriba traté de calmarme y miré el reloj, apenas habían transcurrido 8 minutos desde que entré en los baños y todo sucedió. Para mi tal como hoy lo recuerdo me pareció una eternidad y sin embargo todo sucedió muy rápido.

 

 

 

 

Salí de la estación cuando recordé el motivo que me había llevado allí; recoger a la hermana de mi mujer que venía de su pueblo en autobús; todavía me sobraban 20 minutos para su llegada y decidí alejarme del lugar ocultándome entre los coches por allí aparcados y vigilando la puerta por si salía la vieja. No fue así. Pasada media hora llegaba mi cuñada pero la recogí al verla salir en la puerta principal de la estación, no me atreví a bajar a esperarla en los andenes.

 

Muchas veces después de estos hechos he vuelto a los servicios de la planta baja de la estación, y siempre procuro usar el mismo urinario de pared que utilicé esa noche. Hoy en día, han arreglado la vieja puerta de conglomerado del retrete, pero para mi, aunque mire por encima de mi hombro hacía atrás y la encuentre cerrada, siempre estará allí sentada mi vieja vagabunda balbuceando y mirándome;  nunca más la he vuelto a ver pero me excita en extremo el rememorarlo y en ocasiones he tenido que entrar en el retrete donde ella estuvo y tras la intimidad de la puerta he vuelto a masturbarme esparciendo mi esperma otra vez en aquel bendito lugar.

 

Y hasta aquí mi confesión, espero que os haya gustado y excitado, ese era mi propósito. Aún no sé si animarme a escribir más experiencias, así que por favor si os complace hacérmelo saber y dadme vuestra opinión

 
Escribile un e-mail al autor:
IMPUDICOBSESIVO@GMAIL.COM

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