La doctora principiante
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



Mi tercera semana de prácticas en el hospital San Lázaro. Me estaba yendo
bien, fui una alumna regular, más que todo porque se me dificulta aprender de
memoria ciertos términos y procedimientos, pero en general había cursado mi
carrera de medicina con todas las de la ley. En esos pocos días había estado
ayudando a algunos doctores que atendían en la sala de urgencias y únicamente
me había enfrentado sola a una señora y una niña que presentaban fractura en
el tobillo la primera y un golpe leve en la cabeza la segunda.


Ese día era un jueves, lo recuerdo claramente, y lo recuerdo porque tenía
mucha hambre, no había desayunado bien, los jueves en mi casa no hacen
desayuno, es una especie de sacrificio familiar tradicional o algo así. El
doctor Arrázola me indicó un cubículo y me dio instrucciones para que
inyectara a un paciente. Corrí las cortinas cafés y en la camilla estaba
sentado un joven de abundante cabello castaño y ojos negros, estaba mirando
hacia el piso. Entré y le saludé, él me devolvió el saludo con una breve
sonrisa. Tenía una alergia y la inyección la haría desvanecerse. Su cara, con
facciones de niña, era hermosa. Le pregunté qué había comido, qué creía él
que le había ocasionado la alergia, como una rutina, y él, con sus largas
manos me decía que no sabía, que sólo quería quitarse los diminutos puntos
rojos del cuerpo. Debía tener unos dieciocho años, no era mucho menor que yo.
Le dije que se bajara los pantalones para aplicarle el antialérgico, corrí las
cortinas para aislarlo completamente del exterior, saqué la jeringa de la
bolsa, extraía el líquido del pequeño frasco y recordaba las lecciones
aprendidas. Todo de espaldas a él, preparando las cosas en la mesita que estaba
al lado de la camilla. Cuando me di vueltas lo vi con los pantalones azules
hasta las rodillas, de pie, y mirándome un poco avergonzado y como sin saber qué
hacer.


Tenía un pene lindísimo, blanco, con la cabeza roja, largo, gordo, sin
prepucio. Podía ver detrás de su miembro, sus bolas sin vellos, sus piernas
delgadas. Sentí un temblor cálido en todo mi cuerpo, ¡qué bueno era ser
doctor! Fue en una fracción de segundo, y enseguida me di cuenta de que él no
lo había hecho adrede, lo supe por su cara, que en realidad fui yo quien le había
dicho que se bajara los pantalones, entonces tenía que manejar la situación
como toda una profesional y calmarme, no emocionarme ante ese espectáculo para
mis ojos. Lo tomé del brazo y lo dirigí hacia la camilla, le dije que se
acostara mientras le veía las nalgas blancas y firmes. Cuando se hubo acostado,
apoyé mis brazos y el codo en su culito y me dispuse a ponerle la inyección.
Me demoré un poco para seguir disfrutando de su desnudez, para seguir
acariciando esas nalgas bien formadas.


Sé que este comportamiento no fue muy ético o profesional, pero me dije a mí
misma que el muchacho me había gustado desde que lo vi y que además las cosas
se dieron de tal forma que se me despertó el deseo, que era humano, y yo soy
humana y, por supuesto, débil. Él siempre permaneció con un gesto apenado,
sonrojado y esperando mis órdenes.. eso me gustó... tener un hombre tan bello y
con un pene tan deseable a mi disposición y avergonzado. Fue el primer paciente
lindo que vi desnudo.


Luego, casi seis días después, me pidieron que acompañara al doctor
Mendieta en los pisos superiores del hospital. Me tocaba cuidar pacientes en sus
habitaciones y entablar relaciones más duraderas con ellos. Esto siempre me ha
gustado más, siempre he dicho que en el ejercicio de la medicina es esencial el
lado humano, las relaciones con los pacientes y el contacto directo, que lo demás
viene por añadidura, por regla. Mi primer paciente, mi primer cuarto... nunca
lo olvidaré... nunca.


Su nombre, Federico, un chiquillo de 16 años, añitos, pues aunque desde que
lo vi trató de hacerse el maduro, supe que era un niño en todos los sentidos.
Su madre y su padre, en la habitación 307, me daban instrucciones y me
imploraban que lo cuidase bien, que era su único hijo y que lo amaban con el
alma. Cuando se fueron le hice unas cuantas preguntas de rigor al "..nene".. y él,
con una prepotencia chistosísima, me respondía mirándome fijamente a los
ojos, claro que, cuando yo bajaba la mirada para apuntar datos en la libreta o
algo, me encontraba con su mirada inquieta en mis senos. No me molestaba pero
tampoco me agradaba, era como lidiar con otro "..don Juan".. más, de menos edad y
en otras condiciones. Me sentía como en un cuento de Cortázar.


Él estaba muy tranquilo, no tenía dolor alguno, su problema era que se le
había subido un poco de lugar uno de los testículos luego de una patada que le
dieron peleando, según me dijo el doctor Mendieta. Después de ordenar un poco
la habitación y terminar con la libreta, me senté a su lado y le pregunté
como había sido lo del testículo. Me respondió, sentado en la cama,
columpiando sus zapatos deportivos, que había peleado porque un chico le había
cometido una falta fortísima jugando fútbol, que él se levantó y le colocó
un izquierdazo en el pómulo al sucio jugador y que éste le lanzó una patada
baja que lo había dejado tendido en el piso por varios minutos. Le hervían los
ojos jóvenes cuando relataba la historia, le dije que tenía que ser más
calmado para evitar esta clase de peligros para su integridad física, nos reímos
un poco y le advertí, bromeando, que un golpe más fuerte lo hubiera dejado
impotente o con problemas para tener hijos.. él levantó el pecho y me dijo que
nunca le pasaría eso, que él era todo un hombrazo y que todo le funcionaba
bien. Lo dejé hablando solo mientras sacaba la bata del closet, se la arrojé
en la cama, le dije que se la pusiera sin nada debajo. Me miró dudando y me
anticipé a decirle que la operación sería mañana y que teníamos que
trabajar rápido. Se fue al baño mirándome de reojo y con desconfianza, me
sonreí para mí porque el pobre no se imaginaba lo que le venía.


Salió al poco rato con las manos atrás para tapar la abertura de la bata y
de un salto se sentó en la cama. Saqué la bandeja de instrumentos y los coloqué
en la mesita. Le dije que tenía que rasurarlo y le señalé el lugar. Abrió
los ojos y luego, como dándose cuenta que no podía permitirse hacerse el tímido
por su temple de machito, puso una cara de desinterés y me dijo que él podía
rasurarse solo. Le di a entender que no con la cabeza y me acerqué con la
cuchilla, le pedí que se acostara y lo hizo titubeando. Le subí la bata hasta
el pecho y vi su pene bastante desarrollado para un niñito de su edad, sus
pocos vellos en la zona y sus bolitas encogidas. Sus ojos querían cerrarse de
la vergüenza y me miraba con timidez. La cabeza de su pene era como un hongo,
me gustó de inmediato y aunque después me lo reproché, se lo toqué dizque
para acomodarlo. No tenía dudas, la carrera de médica era para mí, que rico
era poder ver a un nene machito con ínfulas de maduro, ahí desnudo, con su
pene encogido y que podía tocar como me diera la gana.


Empecé a rasurarlo debajo del vientre y cada vez que le agarraba el miembro
para moverlo de un lado a otro, en realidad sin razón alguna, su cuerpo producía
un leve temblor, que traducía para mí algo de excitación, como era normal. Yo
simplemente disfrutaba del momento, excitada algo también. Debo decir que me
demoré más tiempo del necesario jugando con su sexo y las zonas aledañas. Al
terminar, se lo acaricié suavemente y le dije que podía cubrir su penesito, sólo
para molestarlo.. eso lo disgustó y despertó nuevamente su hombría. Se cubrió
y empezó a decir que no era ningún penesito, que era bien grande y poderoso y
no sé qué cosas más. Me retó alegando que nunca había visto algo así. Me
di vueltas y le lancé una sonrisita, salí del cuarto y le dije que nos veríamos
mañana.


El día de la operación se había levantado un paro general en el hospital,
sólo funcionaba regularmente la sala de urgencias. Siempre pasaba en estos
hospitales públicos. Los trabajadores pedían la cancelación de cuatro meses
de sueldo que adeudaba el distrito. Así que subí a la 307, saludé a los
padres de Federico, muy amables los señores, y lo saludé, él me devolvió un
gesto prepotente que me causó gracia. Les expliqué lo que sucedía, aunque ya
estaban enterados por el doctor y la preocupación era más que todo por el
plazo en que se resolvería el problema de los pagos. Afortunadamente para los
pobres pacientes, a los cuatro días los titulares escribían la buena nueva de
los dineros cancelados a los médicos del único hospital público de la ciudad.
Ese día el doctor Mendieta me confirmó la operación del joven dentro de
veinticuatro horas, así que subí a la habitación, los padres entendieron y se
fueron a sus casas prometiéndole al nene volver para el momento de la cirugía.


Lo miré y él me lanzó un piropo, ya nos teníamos algo más de confianza
el uno al otro, le dije que no se pasara, que yo era una doctora y él un
paciente y además menor. Y aunque no era absolutamente necesario, le pedí que
se desnudara, que tenía que rasurarlo otra vez.. se negó, que estaba ya
rasurado y que así estaba bien. Entonces levanté las cejas y me entendió. Se
alzó el mismo la bata y pude ver su pene nuevamente, me sorprendió otra vez,
¿cómo un muchachito de 16 podía tener semejante cosota tan linda? Esta vez se
lo agarré con toda la mano como si lo fuera a masturbar y procedí a rasurar
los pocos vellos apenas salientes que estaban a su alrededor. Me miraba y yo le
sostenía la mirada de vez en cuando. De repente, mientras se lo movía en mi
mano izquierda de un lado a otro, lo sentí crecer poco a poco, y en tres
segundos estuvo su pene completamente erecto, ¡qué grande y qué divino era!,
la cabeza rojita quería estallar y sentía sus latidos. No lo miré mientras
crecía, pero cuando creí que lo tenía todo tieso, levanté los ojos y vi con
delicia su carita de pena que escapa la mirada de mí.


Volví a mi trabajo y sin mirarlo le pregunté que si con sólo tocárselo se
excitaba, él me respondió ahogado un tímido sí. Le dije que eso estaba bien,
que sus novías habían de disfrutar mucho y ahorrarse trabajo, eso le causó
una leve sonrisa a Federico en los labios. De maldad y caliente comencé a movérselo
de arriba abajo, le pregunté que si le gustaba, me respondió afirmativamente
con la cabeza. Ya se había ido todo lo machito que había en él, estaba a mis
deseos postrado. La verdad, Ricardo, mi novio, erecto lo tenía más pequeño
que el del "..nene".., en realidad era un pene grande y hermosísimo el que estaba
masturbando entre mi mano. Dejé de rasurarlo y seguí bajando y subiendo con la
izquierda. Nos mirábamos a los ojos, él tenía los labios entreabiertos y el
gesto suplicante. Le dije, aunque no sé si me haya creído, que lo estaba
masturbando porque teníamos que saber, antes de la operación, si su eyaculación
era normal. Asintió con la cabeza y se echó hacia atrás en la cama, se relajó
y lo disfrutó tanto como yo. Me mordía de ganas de tenerlo dentro de mí, pero
sabía que era muy arriesgado y que cualquiera podía tocar la puerta en
cualquier momento y me demoraría mucho incorporándome.


Aumenté el ritmo del movimiento y de repente el miembro de Federico se infló
gordísimo en mi mano y estalló todo su semen caliente en mis dedos y en las sábanas.
Acerqué la cara a su sexo y le limpié los residuos con la boca, siempre me había
encantado el sabor del semen, lo arropé al desarrollado pene con mis labios y
con la lengua le quité el semen de la cabeza. Sólo vi que arqueó el cuerpo
hacia arriba cuando se vino, y que cerró los ojitos de placer. Luego hizo un
gemido cuando se lo chupé. Me miró agradecido, fui al baño, me lavé las
manos, traje una toalla húmeda y limpié el semen de las sábanas. No lo vi más,
al día siguiente me asignaron otra habitación, pero estaba más, mucho más
convencida de que quería ser doctora.


Verónica Sánchez



 

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