Mir ndose en el espejo (I)
Enviado por Anonimo el día Jueves 1 de Enero de 1970
 



A los 38 años, Cristina empezó a preocuparse por su vida. Creía que
ingresar a la cuarta década era casi como empezar a envejecer. Casada y con un
hijo adolescente de 17 años, pensaba que no tenía mucho de que quejarse pero
no era una mujer feliz. Aquella mañana se despertó angustiada. Había pasado
la noche sin dormir luego de hacer el amor, como de costumbre con José, su
esposo. Le preocupaba sentir que "..eso".. se había convertido en una
costumbre, en una rutina en la que él disfrutaba a su manera y en la que cada día,
mejor dicho cada noche... cada viernes por la noche... sentía ella que ya no
sentía nada. Tenía que aceptarlo, que reconocer que no era feliz.


Como era sábado, no tenía que ir a trabajar, hubiera querido quedarse en la
cama hasta avanzada la mañana. Pero también se dio cuenta que no soportaba más
tiempo permanecer en el mismo lecho donde pocas horas antes había sido
disfrutada, casi apropiada en su intimidad por su marido. Se levantó sin hacer
ruido ni mover la cama y así desnuda, como había quedado, caminó lenta y
pensativamente para observar su hermoso cuerpo en el amplio espejo que tenía en
pasillo entre su habitación, el dormitorio de su hijo y el baño. Estaba tan
ensimismada que no le importó en ese momento si su hijo salía de su habitación
y la encontraba en su plena desnudez. Apuró el recorrido visual por su cuerpo,
senos grandes, blancos como la leche, claros pezones erguidos, su cintura algo
gruesa, buenas caderas y hermosos glúteos. Detuvo su mirada unos segundos en el
casi amplio y tupido triángulo de vellos que cubrían su pubis y no dejaban ver
sus labios más ocultos. De pronto sintió algo en su interior que le decía que
estaba viva. Giró sobre sus delicados pies e ingresó rápidamente en el baño.
Mirarse en el espejo la había excitado. Sin embargo, se resistía a reconocer
que ella podía sentir emociones y placeres tan profundos y deliciosos que, creía,
sólo los hombres podían tener. En realidad siempre tuvo una lucha interior
para reconocer su sexualidad que bullía intensamente en su interior y que ella
frecuentemente trataba de ignorar.


Esta vez, descubría que cada movimiento, cada pensamiento, cada centímetro
de su piel, de todo su cuerpo, tenía una vida propia y latía en su interior,
fluía como pequeñas y grandes oleadas de sensualidad que avanzaban raudamente
hacia sus pechos concentrándose en sus pezones y también hacia su sexo
humedeciendo su vagina y también un poco en su exterior. Todavía no comprendía
bien qué ocurría en ella que le producía esas contracciones en sus paredes
vaginales y esos latidos en aquel botón en flor que parecía electrizar todo su
cuerpo y que se llama clítoris. Tenía un fuerte temor que le costó mucho
esfuerzo vencer pero logró acariciar primero sus labios vaginales y luego de
separarlos suavemente encontrar ese punto tan sensible y frotarlo ligera pero
repetidamente con cada uno de sus dedos: había descubierto su clítoris, la
llave del placer, la puerta de ingreso al paraíso, la catedral del orgasmo que,
desgraciadamente, ignoraba su marido. Sí, ahora se daba cuenta que él era
diferente a ella, no solamente porque pensaban de manera distinta sino porque
ella podía sentir emociones y placeres que él no le podía producir. Se sintió
muy mal y se dijo que algo tenía que hacer. Vio que habían pasado más de 15
minutos y abrió el grifo de la ducha y dejó correr un buen chorro de agua que
le brindó excelentes masajes a su excitado cuerpo ayudándole a relajarse. Aseó
todo su cuerpo, lavó sus cabellos, depiló sus axilas y luego... algo que
siempre quiso pero nunca se atrevió siquiera a imaginar concientemente...,
empezó a rasurar buena parte del vello que poblaba su pubis para mostrar su
hermosa vulva con aquellos labios que nadie, aparte de su marido, había visto y
cogiendo un espejo volvió a examinarse descubriendo aquella parte de su cuerpo
que todos los varones querían de las mujeres, y que ella ahora tímidamente
imaginaba que algún otro hombre podía acariciar, encender y hacerla disfrutar
del amor. Se rasuró primero en la zona superior, luego en los costados con
mucho cuidado, dejó apenas una breve zona de vello y tuvo una nueva sensación
de desnudez pues podía mostrar su sexo en toda su plenitud y belleza. Se lavó,
secó y luego pasó su mano sintiendo la suavidad de sus labios y cómo de ahí
empezaba a fluir electricidad y a encender su cuerpo. Nada la podía detener y
siguió con las caricias íntimas que nunca, nadie, ni ella misma, antes se había
obsequiado, logrando masturbarse intensamente hasta producirse esas agradables
convulsiones por oleadas que se entrecruzaban en el primer orgasmo verdadero que
sentía desde que tenía marido... pero en ausencia de él, y descubrió que su
marido ya no era necesario para hacerla feliz, porque ella podía serlo por sí
misma. Luego de unos minutos, se relajó, recuperó la respiración que antes se
había agitado alocadamente, se vistió con ropa ligera y cómoda, y salió del
baño. Era otra. Fue una mujer la que había ingresado al baño una hora atrás,
y otra, totalmente nueva, la mujer que salía en este momento, dueña de su
propio cuerpo, de su propia intimidad.


En la casa todo seguía en silencio. Fue al dormitorio de su hijo, llamó a
la puerta y al no obtener respuesta, ingresó encontrando a Mario profundamente
dormido. Parada delante de su cama se quedó pensativa. Cuando adulto, ¿sería
él un buen marido? ¿A qué edad descubriría el amor? ¿Haría feliz a alguna
mujer? Aunque tenía 17 años y nunca pasó por su mente estas ideas, de pronto
se aglutinaron en su mente, una tras otra, hincando sus temores. Luego de unos
segundos de indecisión, lo cogió por un hombro moviéndolo apenas a la vez que
le decía "..hijo mío, levántate que es tarde"... No obteniendo una
respuesta, repitió el llamado y levantó las sábanas e intentó, sin ocultar
su propia risa, de alzar en brazos a su hijo y éste se vio obligado a sentarse
al borde de la cama, reclamando que ese día no había que ir a la escuela.
Cristina insistió logrando que, medio dormido medio despierto, se levante y
vaya caminando zigzagueante al baño para despertarle plenamente con el agua fría
de la ducha. Ayudado por su madre ingresó al baño, mientras ella le ayudaba a
quitarse la polera que llevaba puesta. De pronto, Cristina se detuvo, su hijo sólo
tenía unos bóxer y no se atrevió a quitárselos. Aunque antes ella siempre le
había ayudado a bañarse hasta hacía unos de años, ahora sintió que estaba
invadiendo la privacidad de su hijo a pesar de saber concientemente que no tenía
por qué ser algo incorrecto ayudarle. No, por una fracción de segundo se dio
cuenta que se había detenido porque le había dado curiosidad el ver cuánto
habría crecido su hijo, saber si ya se estaba convirtiendo en un hombrecito y rápidamente,
sus prejuicios y su mente la habían autocensurado. A la vez, esa sensación de
que estaría haciendo algo malo le producía un interés mayor por ver la
desnudez de su hijo y estaba paralizada por el dilema de controlarse y actuar
decentemente o liberarse y satisfacer esa curiosidad carnal de descubrir cómo
había cambiado el cuerpo de su hijo.


Insistió diciéndole a Mario que se despertara bien y que entre a la ducha
pero él estaba tan somnoliento que Cristina se vio forzada a inclinarse un poco
y coger el elástico de la cintura de los bóxer y bajarlos. Al principio volvió
su cabeza para no ver pero a medida que lentamente le bajaba los bóxer a Mario
sintió con gran fuerza la tentación de mirar y satisfacer su curiosidad. No,
no podía estar teniendo esas sensaciones, esos deseo inadecuados en una madre.
De pronto, puso en su mente la excusa de "..no haré nada malo si sólo
miro".. y volvió su vista para descubrir que, efectivamente, Mario ya no era
aquel niño que ella ayudaba a bañarse dos años atrás. Su sexo, su pene, había
ganado en grosor, el glande se asomaba de la piel en la punta y los vellos crecían
en su pubis. La imagen quedó grabada en la mente de Cristina. Abrió el grifo y
dejó correr el agua fría que rápidamente despertó totalmente a su hijo y
ella salió del baño, dejando a Mario en su privacidad. Estaba algo
atolondrada, no podía pensar con claridad. No sabía cómo organizar en su
mente todo lo ocurrido. ¡Al diablo! se dijo, no es lo mismo pensar y ver que
hacer o coger, seguro son solamente mis prejuicios, y trató de olvidar lo
sucedido.


No había dado dos pasos fuera del baño cuando en su mente apareció la
curiosidad por saber si su hijo ya tenía conciencia de su cuerpo, si su pene
tenía erecciones o si se masturbaba. De pronto se dijo que en realidad ella no
conocía nada de su hijo. Siempre había tratado de ser una buena madre y estar
muy cerca emocionalmente de su hijo. No sólo prepararle sus alimentos o
asegurarle ropa limpia y esas cosas. También se había preocupado por si tenía
alguna necesidad, algún temor o alguna duda pero ahora había abierto los ojos
y descubierto que no sabía nada de lo que su hijo pensaba, hacía o sentía
cuando ella no estaba delante de él. Tenía que ganarse su confianza para que
él mismo pudiera decirle qué pensaba, qué sentía o qué dudas tenía ahora
que era adolescente y cuando la sexualidad es algo tan importante. Si ella lo
había visto desnudo ahora, si había visto con toda libertad su floreciente
sexo, ¿por qué no podía conocer más de su hijo? Estas reflexiones la dejaron
más tranquila, sí, se trataba de que ella no quería que su hijo fuera como su
marido y que hiciera infeliz a una mujer como su madre. Y ella iba a ayudar a su
hijo, sí, porque una madre también tenía el deber de asegurar la felicidad de
su hijo, incluso la de su propia vida sexual. Ahora, Cristina se sintió bien,
reconfortada y con una nueva obligación como madre... hasta que se percató que
su hijo le llamaba desde la cocina preguntando por el desayuno. Ella sonrió en
su interior y dijo, "..allá voy cariño"...


Cristina se abocó a las tareas domésticas tratando de olvidar sus
pensamientos y temores. José, su marido y Mario, su hijo, pronto estaban listos
para salir. Como siempre ocurría, ellos volverían luego de unas horas
esperando que la responsable madre y esposa les tuviera listo el almuerzo. No
era de otra manera. ¿Qué otra cosa se podría esperar de ella? Cristina volvió
a ser conciente de su situación y, nuevamente, se dio perfecta cuenta que debía
cambiar la situación. Tenía que independizarse de las cadenas que la ataban a
su marido y demostrarle a su hijo que una madre no sólo le lavaba la ropa y
preparaba la comida. Preparó rápidamente una comida fría y la guardó en la
nevera.


Fue a su habitación y, antes de ingresar, se percató otra vez del amplio
espejo y se detuvo a mirarse. Algo le atraía fuertemente en el espejo, como si
hubiera tomado vida propia, como si el espejo fuera ella misma que algo le quería
decir. Miró su rostro, era conciente de su belleza y se consideraba una mujer
bonita aunque su apreciación era objetiva y sabía que en un concurso de
belleza ella no ocuparía los primeros lugares. No era una jovencita de 18 ó 20
años pero su cuerpo todavía mantenía una buena forma, le agradaba su mirada,
el color y textura de su piel, sus cortos cabellos que hacía poco tiempo había
teñido de un color oscuro. Pensativa empezó nuevamente a desnudarse. Nunca había
sentido tanta satisfacción en desvestirse frente al espejo. Otras veces lo hacía
rápidamente y sin prestar mayor atención. Ahora, se trataba de un acto
totalmente sensual, quería sentir y disfrutar de cada momento, de cada centímetro
de piel que descubría. Se había quedado en dos piezas, un sujetador grande y
fuerte que cubría sus amplios senos sin dejar traslucir nada aunque sentía que
sus pezones estaban erectos y tratando de liberarse. Su calzón, también de
color carne, ocultaba sus más íntimos tesoros que empezaban a humedecerse y ya
no mostraban a los lados, en el interior de sus muslos, los vellos que antes
trataban de salir pues los había rasurado temprano por la mañana. Llevó sus
manos hacia la espalda, desabrochó el sujetador y lo dejó caer lentamente,
liberando sus palpitantes pechos y los hinchados pezones que acarició y pellizcó
suavemente con ambas manos a la vez. Igual hizo quitándose el calzón que ya
estaba humedecido en la entrepierna, lo miró detenidamente preguntándose cómo
podía haberlos mojado tanto y tan rápido, olió aspirando fuertemente y sintió
el intenso aroma de mujer, de hembra excitada y empezó a sentir el despertar de
sus pechos, de su vagina, de su clítoris, en fin, de todo su cuerpo y dejó
salir a la mujer que ya empezaba a ser. Así desnuda ingresó a su habitación y
se acostó de espaldas iniciando un cuidadoso recorrido por todo su cuerpo. Se
preguntaba internamente si otras mujeres conocían su cuerpo y su sexualidad así
tan profundamente como ella estaba empezando a conocer. ¿Otras mujeres se
acariciaban igual? ¿Con cuánta frecuencia se masturbaban? ¿Tenían curiosidad
por el cuerpo de sus hijos? ¿Se sentían mal por pensar en el sexo, por querer
disfrutar como otras personas? Continuó acariciándose lentamente cada zona que
podía despertar, su cuello, sus hombros, sus axilas, sus pechos, sus pezones,
su cintura, sus caderas, su vientre, sus labios vaginales, su clítoris, sus
nalgas, su ano, sus muslos, sus piernas y sus pies, bajando y subiendo todo este
recorrido tantas veces como quiso, hasta dedicar una mano a sus pechos y otra a
su clítoris con furia y amor a la vez hasta liberar su fuerza interior, y
soltar la tensión acumulada en esos momentos, desencadenando intensas
convulsiones que recorrieron todo su cuerpo por varios minutos sin que nada lo
pudiera detener. En esos momentos, por su mente pasaron miles de imágenes, que
nunca antes hubiera sospechado guardaba en su interior y en ninguna de ellas se
encontraba su marido, el siempre ausente José, pero sí tenían lugar especial
sus amigos, algunos compañeros de trabajo y hasta Mario, su hijo. Poco a poco
fue retomando la calma, sintiéndose muy relajada, cansada y satisfecha, hasta
quedarse dormida. Cuando despertó, reparó que estaba desnuda, la puerta se había
quedado abierta, José y Mario estaban en casa, creyó que acababan de llegar y
el ruido de ellos le había despertado, sintió que su hijo ingresaba al baño.
¿Le habría visto desnuda sobre la cama? Sintió temor, un fuerte temor y a la
vez que intentaba cubrirse con las manos, se levantó muy rápido y cogió una
bata.


No es fácil tomar decisiones cuando se tienen dudas y temores. Muy despacio
se acercó al baño, puso su oreja pegada a la puerta para escuchar. Primero sólo
sintió silencio. Luego de unos momentos descubrió unos susurros donde apenas
reconoció la voz de Mario y unos jadeos. Se sorprendió creyendo que se
encontraba enfermo pero luego reaccionó y solamente pudo imaginar una cosa, sí,
no había lugar a dudas, su hijo se estaba masturbando. Rápidamente vino a su
mente los recuerdos de la mañana cuando intentaba que Mario ingresara a la
ducha. La imagen de su hijo desnudo volvió con fuerza a su mente y ahora
Cristina temblorosa trataba de combinar los gemidos y jadeos que escuchaba con
el recuerdo de la desnudez de su hijo, y se sintió excitada, tremendamente
excitada, sin poder controlar la humedad que surgía entre sus piernas ni los
latidos de su clítoris. Sabía que su pequeño hijo ya se había convertido en
un hombre que estaba liberando sus urgencias sexuales y que, seguramente, no tenía
una mujer con quien disfrutar su naciente sexualidad. Curiosa situación, ella
no tenía un hombre que le satisfaciera haciéndole el amor y su hijo todavía
no conocía una mujer en toda su carnalidad y tenía que consolarse por su
propia mano. De pronto, escuchó un gemido más fuerte y prolongado. Sabía que
eso significaba que su hijo estaba eyaculando, que de su adolescente pene estaba
brotando aquel licor de su naciente hombría. Nuevamente, volvió ella en sí y
se dijo que tenía que hacer algo para ayudar a su hijo. No sabía cómo, pero
ya encontraría la manera de hacerlo. Aunque ella no lo fuera, su hijo sí tenía
que ser feliz y disfrutar de todos los tesoros de la sexualidad.


Toda la tarde la pasó tratando de distraerse viendo algo en la televisión
sin lograrlo. Sólo quería que llegara la noche para dormirse y descansar. Como
todos los sábados, su marido se reuniría con sus amigos, seguramente para
hablar de mujeres y vanagloriarse de sus conquistas y falsos triunfos, cada cual
sintiéndose más hombre que el otro. José volvería a casa muy de madrugada o
al amanecer, algo bebido caminando titubeante para acostarse a dormir y no
despertar hasta la tarde del domingo. Cristina pensaba que, siquiera por unas
cuantas horas, estaría sola, libre de un extraño, sí eso era lo que sentía
respecto de su marido. Intentaba concentrarse en la película que se mostraba en
la pantalla pero no lo conseguía. Hoy había sido un día diferente, muy
diferente a todos los anteriores en su vida. Estaba bastante cómoda en el sillón
y buscaba de relajarse, se hallaba descalza disfrutando de esa sensación de
libertad y agrado al rozar suavemente la alfombra con sus pies. Primero con uno
y luego con otro como dibujando semicírculos pequeños y grandes. Llevaba una
falda corta a mitad de muslo y, al separar y juntar sus piernas, sentía también
la frescura del aire entre sus piernas. De un momento a otro se percató que
Mario, su hijo la observaba con disimulo desde el sillón del frente, pero no
tenía sus ojos puestos en ella sino en sus muslos y auscultaba su interior cada
vez que ella separaba juguetonamente las piernas. Una nueva sensación llegó
primero a su mente y luego a su cuerpo. Era admirada por su propio hijo. Sentía,
por primera vez, que ella era un objeto sexual para su hijo, sí, se estaba
exhibiendo espontáneamente ante Mario y le permitía observar su entrepierna,
su calzón y, ahora recordaba, ya no podía ver los vellos que antes
acostumbraban sobresalir por los costados de su calzón entre las piernas.
Descubrió que, sin querer, estaba coqueteando con su hijo, y sin habérselo
propuesto, lo estaba excitando, pues ella también lo observaba con disimulo
para descubrir aquel bulto entre sus piernas que antes había ignorado y era una
prueba fiel de la tremenda erección que tenía su querido hijo, gracias al
cuerpo de su madre. No pasaron más que unos pocos minutos y Mario se levantó
para dirigirse, qué duda cabía, al baño y satisfacer su intensa excitación,
para masturbarse, para.... "..correrse la paja".., sí esa era la expresión
que usaban los hombres, los adolescentes para referirse a esta forma de placer
solitario. Cristina sintió alegría y también excitación. Esperó unos
minutos y ella también se levantó, fue hacia el baño, llamó a la puerta y
preguntó "..¿te sientes bien , querido?".. para escuchar la respuesta
temblorosa de su hijo "..sí mamá, ¿por qué no lo iba a estar?"... Ella
no supo qué decir.


Más tarde, por la noche, cuando José ya había salido, estaban viendo la
televisión en silencio, Cristina se levantó diciendo que iba a ponerse cómoda
de ropa y luego ir a dormir. Caminó lentamente sabiéndose observada por Mario
y empezó a sentir un calor intenso por su cuerpo. Imaginó que su hijo miraba
su trasero y el balanceo de sus nalgas al caminar. ¿Por qué les atrae tanto a
los hombres el trasero de las mujeres? se preguntó. Y a medida que subía por
las escaleras, su hijo quedaba justo debajo de ella, imaginó cómo estaría
observándola debajo de su falda y trató de subir muy lentamente, prolongando
aquellos segundo de voyeurismo adolescente y de exhibicionismo maternal. Antes
de ingresar a su habitación se miró nuevamente al espejo, cuán diferente era
vestida y desnuda, tranquila y excitada, oscura y transparente en toda su
sexualidad que recién ahora empezaba a descubrir y disfrutar. Como el espejo
estaba al extremo del pasillo, su hijo no la podía ver ahora, así que empezó
a desnudarse, primero la falda y luego la blusa, seguida por el sujetador y
finalmente su breve tanga. No le preocupó dejar tirada su ropa en el suelo, tal
vez fuera una señal para Mario. Ingresó al baño y se sentó al inodoro para
orinar. Por alguna extraña razón que todavía no entendía, cada movimiento,
cada acto suyo podía tener una sensación diferente y nueva, alguna relación
con su sexualidad, y el orinar empezó a convertirse en una oportunidad de
placer, dejó correr lentamente el pequeño chorro de orina, como una lluvia
dorada que le gustó disfrutar. Abrió el grifo de la ducha, combinó fría y
caliente y se introdujo para recibir miles de gotas que volvían a masajear cada
milímetro de su piel. Cuidadosamente fue jabonando cada parte de su cuerpo y
excitándose con mayor habilidad y rapidez. No había llegado a su clítoris
cuando le sorprendió un vendaval de convulsiones y placeres en un orgasmo cada
vez mayor. Se cogió con ambas manos para no perder el equilibrio y mentalmente
se prometió repetir ese orgasmo regalándose caricias en sus labios vaginales y
en su clítoris cuando estuviera acostada, sola, en su cama.


Terminó de recuperar su aliento, se enjuagó bien y cerró el agua. Se
sorprendió al no encontrar toalla alguna, iba a salir pero no quería mojar el
piso. Tomó valor y llamó a su hijo pidiéndole que le alcance una toalla. A
los pocos segundos Mario llamó a la puerta y Cristina le dijo que estaba
abierta. Luego, la puerta se abrió unos pocos centímetros y Cristina dijo, con
la voz más calmada que pudo simular, "..discúlpame pero olvidé traer
toallas, pasa hijo"... Mario se sorprendió al ver, por primera vez, a su
madre desnuda sin escuchar que ella le decía que eso era natural y no tenía
nada de malo. Mario no dejó de mirar a su madre, sus pechos, su sexo, de arriba
a abajo y de abajo hacia arriba en los dos o tres segundos que le tomó entrar
al baño y extender su mano con la toalla. Cristina se cubrió y se dio vuelta,
mostrando sus desnudas nalgas para que su hijo tuviera una visión completa.
Nuevamente se sentía satisfecha porque le había dado la oportunidad a su hijo
de conocer nuevas emociones, porque había visto una mujer desnuda por primera
vez y porque ella se dio cuenta sin duda alguna, que había empezado también a
disfrutar exhibiendo su desnudez. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro
cuando Mario ya había abandonado el baño, seguramente para dirigirse a su
habitación y correr a masturbarse por tercera vez aquel día. Tranquila,
Cristina se dirigió a su habitación, ya sin cuidado de ser vista desnuda y así
se acostó en su cama, dejando la puerta semiabierta y luz de una pequeña lámpara
encendida. Trató de dormirse pero no pudo, lo único que podía era revivir en
su mente, todo lo que había ocurrido ese día.


elclitse@usa.com



 

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