(MAGDA)
El hombre estaba de pie frente a los amplios ventanales del pasillo de la clínica.
Su aspecto correspondía acertadamente a la descripción que mi hermana Haydee
me había hecho tantas veces desde que se habían conocido. Yo siempre pense que
ella había exagerado algunos aspectos puesto que habría de mirarlo con ojos de
enamorada, pero ahora debí reconocer que, si bien el tipo no era para nada
hermoso, emanaba de su figura un indudable atractivo que en ese momento no supe
definir.
A medida que me acercaba hacia él pude ver que, al parecer, me había
identificado, sin duda por el innegable parecido con mi hermana, ya que una
sonrisa limpiamente reflejada en su ojos azules me lo indicaba sin lugar a
dudas. Eso produjo en mi esa sensación de haberlo conocido desde siempre y en
ese ambiente de simpatía, caminamos hasta la pequeña sala en que Haydee nos
esperaba, radiante, como si nada hubiese sucedido la tarde anterior bajo las
luces del quirófano.
La pequeña operación, que yo había realizado, había extraído limpiamente
de su útero dos pequeños tumores que no habían dado indicación alguna de ser
preocupantes. Haydee abrazó al hombre con fuerza, besándolo en los labios y él
pareció algo turbado por mi presencia, pero al momento los tres caminábamos
hasta la salida de la clínica para abordar el taxi que nos llevaría hasta mi
departamento en la parte alta de la ciudad.
Esa tarde cenamos en un restaurante cercano y durante la cena yo fui el
blanco de las bromas de ambos por mi prolongada reticencia en aceptar su relación.
Reticencia que por fin había abandonado de modo que ellos, esa noche, ocuparían
sin problemas de mi parte, la habitación de huéspedes. Cuando llegamos al
departamento dejé a la pareja en la sala y yo me retiré a mi cuarto. Quería
irme a la cama porque al día siguiente debería asumir temprano mis tareas
habituales en la clínica. Sin embargo, no pude conciliar fácilmente el sueño.
Leí un largo rato y cuando percibí que ellos se habían retirado a su habitación,
dejé el libro sobre la mesa de noche y apagué la luz
Mis pensamientos eran muy vividos y claros. Me di cuenta que todos ellos
rondaban por el mismo motivo. De alguna forma esa noche era para mí importante
y novedosa. Hacía cerca de dos años que yo vivía sola en ese departamento.
Habitualmente no recibía visitas salvo algunas amigas y mi hermana, cuando ella
venia a verme. Me di cuenta que en este ambiente tan mío nunca había dormido
un hombre y ahora había uno. Un hombre que estaba acostado allí a unos pasos
de mi cama, en el cuarto vecino y que estaba acostado con mi hermana, que
seguramente se estarían acariciando, que seguramente en un momento mas harían
el amor, de ello estaba segura porque Haydee me había preguntado si podía
hacerlo luego de la operación y yo le había contestado que sin violencia no
habría ningún problema.
Me di vuelta en la cama, había un silencio intenso y yo estaba mas despierta
que nunca, eso me molestaba un poco. Debí reconocer que estaba expectante. Yo
era una mujer virgen, pero el sexo me atraía como un tema predominante. Si no
había tenido sexo era quizás porque siempre evité involucrarme en una relación
intensa. Mi carrera profesional estaba por sobre esa necesidad que podría luego
satisfacer en el momento que yo le decidiera. La verdad era que no me había
enamorado ni tampoco me había sentido atraída físicamente por alguien.
Frecuentemente me masturbaba casi como un ejercicio liberador de tensiones.
Voces apagadas me llegaban desde el cuarto vecino pero ninguna indicación de
que allí estuviese sucediendo algo pasional o intenso, al parecer era
simplemente una conversación. Me imaginaba la escena. Quizás Raúl acariciaba
tiernamente el cabello abundante de Haydee mientras besaba suavemente sus
mejillas, o la atraía hacia él al tiempo que acariciaba su espalda hasta el
nacimiento de sus nalgas. Haydee era una mujer ardiente, sensual y erótica, sus
conversaciones conmigo así me lo habían revelado. Era esa su naturaleza, una
morena bien conformada, de pechos generosos y muslos firmes y suaves. Yo la
conocía bien, la había examinado tantas veces, conocía sus dimensiones
intimas, la frondosidad de su monte de Venus, hermosa y suavemente curvado.
De pronto escuché un tenue quejido, me quede inmóvil, y contuve la
respiración, me puse rígida y me di cuenta que estaba sudando. Sentí la
transpiración en la palma de mis manos y percibí claramente el aumento de mi
frecuencia cardiaca. Estaba ansiosa. Volví a escuchar el quejido de Haydee,
ahora mas nítidamente y pude percibir el típico sonido que emitía Raúl instándola
a callar. Luego volvió el silencio y pude entonces moverme levemente. No quería
que fuesen a saber que estaba despierta Traté de acompasar mi respiración, que
tenia contenida. Una tenue luz iluminaba el cuarto y me di cuenta que la puerta
de algún modo se había abierto, quizás no la cerré bien antes de acostarme,
pero ahora ya nada podía hacer.
Me di cuenta que tenia los muslos húmedos y debí admitir que estaba
sexualmente excitada. Imaginaba que ahora quizás Haydee estaba siendo
lentamente penetrada, y seguramente el quejido se debía a que Haydee era
vaginalmente estrecha en su inicio y recordé que ella me había dicho una vez
dentro del contexto de otra conversación que Raúl era bien dotado. En ese
momento recordé como me había sorprendido en un examen que le había
practicado a mi hermana, su excelente lubricación vaginal y la recordé tendida
en la mesa del quirófano con las piernas absolutamente separadas y el conducto
vaginal abierto, rosado y humedecido, y pense que Haydee era una hembra completa
que en ese momento estaba siendo poseída por el macho que amaba en medio del
calor del lecho vecino y mientras esto pensaba me sentía latir de una forma
como nunca lo había percibido.
No escuchaba ahora ningún sonido y me imaginé el cuerpo de Raúl extendido
sobre Haydee, ya en este momento llenando con su presencia viril todos los
rincones de la mujer, con sus pechos englobados en sus manos o quizás reteniéndola
junto a él teniéndola asida por las nalgas, mientras la mujer oscilaba
levemente su pelvis para que él pudiese encontrar los ángulos más
placenteros. La evocación se había apoderado completamente de mí. Bajo mis sábanas,
la temperatura se había elevado. Mi diáfana camisa de noche se me hacia
molesta de modo que la fui deslizando hacia arriba hasta lograr sacármela por
sobre la cabeza y sentir entonces la majestad de mi desnudez llenando mi
espacio.
Me llegó el sonido de la respiración agitada de la pareja con un ritmo
acompasado y sensual que ahora ellos al parecer no querían o no podían acallar
y me uní a ese ritmo con mi propia respiración acelerándolo cuando ellos lo
hacían y elevando mi cuerpo cuando correspondía. Estaba participando
activamente en el amor de ellos y mi mano derecha trató de encontrar entre mis
piernas mi propia humedad. Ello fue fácil porque estaba casi inundada con mi líquido
secreto. Recordaba en ese momento los rosados labios mayores de Haydee, su
consistencia que había percibido varias veces con mis manos en el examen previo
a la operación y traté de concretar ese recuerdo tomando los míos entre mis
dedos expertos. Movía mis dedos en circulo y mis labios menores se agitaban con
ese compás diabólico dictado por los cuerpos que se amaban en el cuarto
vecino.
De pronto mi dedo índice se detuvo en mi propio centro para ejercer la presión
que estaba deseando sobre el orificio no explorado. Los sonidos me llegaban
entonces como suspiros contenidos de la mujer y como modulados quejidos del
hombre seguramente a punto de precipitarse en el orgasmo. Reparé en mi posición
en la cama y me percibí con las piernas brutalmente separadas y tensas, mi mano
izquierda comprobó la erección de mis pezones y la consistencia dura y nueva
de mis pechos mientras mi índice derecho sentía la elástica resistencia de mi
entrada.
En ese momento un grito de Haydee, ya imposible de disimular, lleno el
silencio y entonces mis piernas se recogieron casi con ternura y aliviada la
tensión, mi dedo penetró en mi propio espacio, sin violencia, casi con
ternura, me atravesé a mi misma con la seguridad de quien recorre su propio
territorio, sin detenerme, sin prisas, una y otra vez como para convencerme que
si lo había hecho y mientras los gritos ahogados de placer de Haydee se iban
haciendo solamente un susurro me fui recogiendo en mi misma en medio de un
placer embriagador y desconocido que emanando de mis profundidades agitaba mi
dedo y se expandía por mi cuerpo completo.